(ca) puertoreal.cnt.es: 82 AÑOS DE LA MUERTE DE BUENAVENTURA DURRUTI

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Vie Nov 23 06:35:23 CET 2018


El 14 de julio de 1896 nacía en León Buenaventura Durruti, segundo de los ocho hijos de 
Santiago Durruti y Anastasia Domínguez. De los ocho hermanos —Santiago, Buenaventura, 
Vicente, Plateo, Benedicto, Pedro, Manuel y Rosa— sólo tres sobrevivieron al finalizar la 
guerra. En 1932, durante una huelga, moría en León uno de los hermanos de Durruti, junto a 
un anarquista llamado José María Pérez. Otro murió durante los sucesos de Asturias de 
1934. En 1936, comenzada la guerra, Manuel Durruti se afiliaba a Falange Española, en 
León, y poco después moría fusilado por los mismos falangistas al haberse negado a probar 
su lealtad hacia la organización. Pedro, antiguo afiliado a Falange, fue fusilado en zona 
republicana.
BUENAVENTURA Durruti asistió, durante su infancia, a la escuela leonesa de Ricardo Fanjul. 
Parece ser que no pasó, como estudiante, de la mediocridad. Poco más tarde, y a pesar de 
cierta oposición por parte de su familia, abandonaba la escuela y aprendía el oficio de 
mecánico. Su maestro en esta tarea fue Melchor Martínez, que tenía en León una gran 
reputación como revolucionario. (Llamaba la atención por leer «El Socialista» en público). 
De hecho, fue el primer mentor ideológico que Durruti tuvo. «Voy a hacer de tu hijo un 
buen mecánico, pero también un buen socialista», decía Melchor Martínez al padre de Durruti.

En 1912 Durruti, influenciado por su padre de ideas socialistas y por M. Martínez, se 
afiliaba a la «Unión de Metalúrgicos»; sin embargo, pronto comprendió que el socialismo 
moderado de la UGT. Unión General de Trabajadores no era lo que más le atraía. Una vez 
abandonado el trabajo en el taller de Melchor Martínez, Durruti trabajó como montador de 
lavaderos de carbón. Iba a ser Mata-llana, a 30 Km. de León, el escenario de la primera 
dificultad que Durruti tendría con las autoridades. Se encontraba allí con motivo de la 
instalación de uno de estos lavaderos y no tardó en verse involucrado en un conflicto 
provocado por los mineros, que exigían la destitución de uno de los ingenieros cuya 
actitud era claramente contraria a sus intereses. Los mineros, con el apoyo de Durruti y 
los demás mecánicos, consiguieron que el ingeniero fuera despedido; sin embargo, al llegar 
Durruti a León se encontró con la noticia, nada agradable, de que la Guardia Civil se 
había interesado por él.

Poco después, 1914, su padre le consigue un nuevo trabajo en la Compañía de Ferrocarriles 
del Norte, como mecánico ajustador, empresa en la que el padre de Durruti trabajó hasta 
caer enfermo. Allí se encontraba Durruti cuando, en 1917, estalló la gran huelga 
revolucionaria, promovida por la UGT y secundada por la CNT Confederación Nacional del 
Trabajo—. Buenaventura desplegó durante la huelga una gran actividad, contribuyendo a la 
quema de locomotoras y al levantamiento del tendido de las vías, lo que significó su 
expulsión de la UGT y, obviamente, el despido de la compañía. Con su amigo «El Toto» se 
dirigió en primer lugar hacia Gijón, donde contactó con la CNT, y, posteriormente huyó a 
Francia, ya que además de ser buscado por saboteador, también lo era  por desertor.

El 1 de enero de 1919 Durruti cruzó la frontera, clandestinamente, y se dirigió a 
Asturias, donde debería realizar una misión encomendada por la CNT. Una vez cumplida la 
misión, parece ser que estuvo en La Robla, a 25 Km. de León, implicado en un grave 
conflicto laboral, dirigiéndose poco después a Valladolid, donde permaneció unos tres 
meses. Más tarde, y cuando se encaminaba hacia Galicia, con el fin de participar en 
diversas acciones, fue detenido por la Guardia Civil y enviado a La Coruña. Allí le 
identificaron como desertor y le trasladaron a San Sebastián, siendo sometido a Consejo de 
Guerra y encarcelado. Sin embargo, permaneció muy poco tiempo en la cárcel, ya que, con la 
ayuda de varios compañeros, logró evadirse y huyó a Francia (julio de 1919) después de 
haber pasado algún tiempo escondido en los montes.

En 1920 regresó a España, por San Sebastián, y se dirigió a Barcelona. Antes de emprender 
la marcha hacia la ciudad catalana, rechazó un trabajo en una fábrica de Rentería, que 
Manuel Buenacasa y otros compañeros le habían buscado, así como un puesto en el Comité de 
Metalúrgicos de la CNT en el país vasco: «En mi opinión los cargos importan poco decía 
Durruti. Lo importante para mí es la base, a fin de poder obligar a los de arriba, desde 
ella, a que respeten sus compromisos, impidiéndoles así, en la medida de lo posible, que 
se burocraticen». A su paso por Euskadi, Durruti conoció a otros anarquistas significados: 
Suberviola, Del Campo, Albaldetrechu y Ruiz, con los que creó el grupo llamado «Los 
Justicieros», cuyo terreno de acción era, simultáneamente, Aragón y Guipúzcoa. Durruti y 
el resto de «Los Justicieros» decidieron actuar rápidamente, y su primer objetivo era 
Alfonso XIII. El monarca español debía de asistir a la inauguración del Gran Kursaal de 
San Sebastián. La pretensión de los anarquistas era acabar con la vida del rey valiéndose 
de explosivos, pero sus intenciones se vieron frustradas ante el masivo despliegue 
policial que se llevó a cabo en el País Vasco para lograr la captura de Durruti, 
Suberviola y Del Campo, que habían sido denunciados.

En febrero de 1921, Durruti se encontraba en Andalucía en cumplimiento de una nueva 
misión, cuyo fin era ampliar las bases del anarquismo en esta región. El 9 de marzo, en 
compañía de Juliana López que era el otro emisario en tierras andaluzas, regresó a Madrid 
y fue apresado por la Policía. Ese día todo individuó sospechoso era detenido en la 
capital. El día anterior, Eduardo Dato había sido muerto a balazos por tres desconocidos. 
No obstante, Durruti, haciendo uso de una falsa personalidad, logró engañar a la Policía y 
salió libre, continuando su viaje de vuelta a Barcelona.

El grupo de «Los Justicieros», que más tarde cambió su nombre por el de «Crisol», siguió 
en su línea de utilización de la violencia como respuesta a la violencia desatada por la 
patronal. A finales de 1922, se constituía el grupo «Los Solidarios», cuyo fin primordial 
era la lucha contra las bandas armadas que subvencionaban los empresarios. Los choques 
entre estos grupos llegaron a adquirir un carácter de verdadera guerra civil. «Los 
Solidarios» contaban con varios colaboradores y gente de confianza cuya ayuda era 
solicitada según la naturaleza del asunto que les ocupara. Los principales componentes del 
grupo eran: Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso, Juan García Oliver, Eusebio Brau, 
Aurelio Fernández, Miguel García Vivancos, Alfonso Miguel, Ricardo Sanz, Gregorio 
Suberviola, Rafael Torres Escartín, Juliana López, Ramona Berni y Antonio «El Toto».

Uno de los primeros condenados a muerte, por el grupo, fue el cardenal-arzobispo de 
Zaragoza, Juan Soldevilla y Romero (n. 1843). Sobre la ejecución de Soldevilla, es muy 
interesante el fragmento de la novela de Pío Baroja «El Cabo de las Tormentas».

«El cardenal-arzobispo de Zaragoza era un reaccionario de influencia. La ejercía no sólo 
en su sede sino en Barcelona y recomendaba a las autoridades de allí medidas fuertes y 
duras contra los obreros y los agitadores. Los anarquistas sabían que el arzobispo 
conferenciaba en Reus con los jefes de la Patronal de Barcelona y daba consejos para 
atacar a la organización sindicalista obrera. La banda marchó a Zaragoza; se entendieron 
los directores con una vieja anarquista catalana que vivía allí hacía algún tiempo, la 
ciudadana Teresa, y entre todos prepararon una emboscada y mataron al arzobispo una tarde 
que iba a una posesión suya llamada «El Terminillo». El arzobispo fue muerto en el auto 
cuando entraba en su finca, donde había establecido una escuela dirigida por monjas. Los 
anarquistas le hicieron veinte disparos. El arzobispo cayó muerto y quedaron heridos sus 
familiares y el chofer.» (1).

El 1 de septiembre se llevaba a cabo una nueva y espectacular acción de «Los Solidarios»: 
el Banco de España de Gijón era objeto de un atraco a mano armada, llevándose los 
asaltantes un botín de unas 675.000 pesetas. La ejecución del asalto no fue fácil. 
Durruti, después de mantener un violento tiroteo con la Guardia Civil, logró huir subiendo 
al tejado de una casa y abandonando la ciudad al amparo de la noche. «La banda de Durruti» 
comenzaba a ocupar los titulares de la Prensa burguesa. Días más tarde el mismo Durruti, 
ayudado por varios compañeros, conseguía liberar a Francisco Ascaso, que se encontraba en 
prisión.

Amigos, Durruti y Ascaso, deciden emprender la marcha hacia Francia. Una vez en París, 
toman contacto con otros anarquistas allí establecidos, y juntos dan origen a la 
«Editorial Anarquista Internacional». La creación de esta editorial tenía como fin 
propagar por todo el mundo las obras ideológicas y de lucha del movimiento libertario. En 
París tuvieron conocimiento de la muerte de varios de sus compañeros — Del Campo abatido a 
balazos por la Policía en Barcelona y de la detención de otros  Suberviola y Aurelio 
Fernández.

A finales del año 1924, Durruti y Ascaso embarcaban con rumbo a Latinoamérica. Fue Cuba el 
punto inicial de su periplo por estas tierras y allí encontraron trabajo como cortadores 
de caña. Pronto comenzaron su labor en favor de los trabajadores de aquel país, y el punto 
álgido de sus acciones fue la ejecución de un empresario que mantenía a sus obreros en un 
lastimoso estado de esclavitud medieval. La activa búsqueda de los dos anarquistas por la 
Policía les convenció de la necesidad de abandonar la isla, y se dirigieron a México. Allí 
se encontraron con Jover y Vivancos, y juntos continuaron su peregrinar por Uruguay, 
Chile, Perú y Argentina bajo la denominación de «Los Errantes».

Waldo Bayer, autor de un libro sobre el anarquista Severino Giovani  fusilado en Argentina 
el 1 de febrero de 1932, narra alguna de las actividades de Durruti y sus compañeros a su 
paso por el continente americano:

«Si bien ya ha habido antecedentes en nuestro país, de esta clase de anarquismo 
expropiador, su verdadero auge se debe a la acción emprendida por los anarquistas 
españoles Francisco Ascaso y Buenaventura Durruti; dos figuras verdaderamente legendarias 
que, necesitados de seis millones de pesetas exigidas por un juez español para liberar a 
ciento veintiséis de sus compañeros, inician una serie de asaltos a casas bancarias que 
comienza en España, con el Banco de Cataluña, sigue en México y luego por los países del 
Pacífico, asientan sus bases en Chile, donde obtuvieron un buen botín, llegan a la 
Argentina, donde asaltan el Banco de San Martín, cruzan el Río de la Plata, llegan a 
Montevideo donde realizan otros asaltos con éxito y luego regresan a Europa en un 
increíble periplo de coraje a toda prueba y desenfado. Esa gente sabía resolver las 
situaciones más difíciles con absoluta tranquilidad y sangre fría» (2).

Durruti, Ascaso y Jover, buscados por casi todas las policías de Sudamérica, decidieron 
regresar a Europa. Para ello embarcaron en un trasatlántico que se dirigía a Inglaterra. 
Sin embargo, al tener que efectuar el barco una parada de emergencia en Canarias, los tres 
amigos se creyeron descubiertos y a punto de ser entregados a las autoridades españolas. 
Afortunadamente para ellos, no había motivo de alarma y, unas semanas después, el barco 
reemprendió su marcha hasta Inglaterra. Cruzaron el Canal de la Mancha y, poco antes del 
primero de mayo, se encontraban en París. Allí, Durruti trabajó durante algún tiempo en el 
sector metalúrgico y conoció a otros anarquistas de gran prestigio: Sebastián Faure, Louis 
Lecoin, Voline, Pedro Archinof y Néstor Mackno, su alma gemela.

El 14 de julio de 1924 era el día señalado para que Alfonso XIII, acompañado del dictador 
Primo de Rivera, llegara a París, invitado por el Gobierno francés con motivo de la Fiesta 
nacional. Enterados de la visita, «Los Solidarios» dedicaron mes y medio a preparar un 
plan para acabar con la vida del monarca español. Para ello se pertrecharon de gran 
cantidad de munición, tres fusiles y un automóvil. El atentado se llevaría a cabo en la 
estación anterior a París, donde el tren en el que viajaba la comitiva real efectuaría una 
breve parada. El vagón que ocupaban el rey y sus acompañantes sería ametrallado y huirían 
en el automóvil. Sin embargo, la Policía francesa fue puesta en antecedentes y el plan de 
los anarquistas quedó frustrado. El 25 de junio, en un modesto hotel parisiense de la 
calle Legéndre, Durruti, Ascaso y Jover eran detenidos y posteriormente encarcelados. El 2 
de julio aparecía la noticia de su detención en la Prensa. Las demandas de extradición por 
parte de diversos Gobiernos, entre ellos, el de España, no se hicieron esperar. El 
porvenir de los libertarios españoles se enturbiaba.

Faure y Lecoin promovieron una gran campaña en favor de los detenidos para que no fuesen 
entregados a ninguno de los Gobiernos peticionarios de la extradición. Los anarquistas 
españoles fueron juzgados  la defensa corrió a cargo de Lecoin y definitivamente 
indultados en julio de 1927. No obstante, no se les permitía la residencia en territorio 
francés. La misma Policía francesa les introdujo clandestinamente en Bélgica. Poco 
después, era la Policía belga quien utilizaba el mismo método con respecto a Francia. 
Nuevamente descubiertos en este país, Bélgica les admitió, si bien para permanecer allí 
tuvieron que adoptar una personalidad falsa previo acuerdo con la Policía belga! A 
propósito de está extraña situación, Ascaso comentaba: «Es lo más curioso que me ha 
ocurrido nunca. La legalidad sirviéndose de la ilegalidad». Durante este período -1927, 
exactamente era creada, en Valencia, la FAI —Federación Anarquista Ibérica—, cuyo primer 
secretario fue el portugués Germinal da Sousa. Su finalidad era activar el movimiento 
libertario y acercar la CNT hacia el ideal puramente anarquista, en oposición al 
colaboracionismo y moderación que pregonaban algunos de sus miembros, Pestaña, Peiró, Juan 
López, etc., lo que posteriormente originó una división entre ambas tendencias. Para 
pertenecer a la FAI era condición indispensable ser afiliado a la CNT. No nos vamos a 
ocupar aquí de la estructura y funcionamiento de la FAI, pero sí diremos que con su 
creación el anarquismo de acción iba a adquirir una nueva dimensión.

El 14 de abril de 1931 era proclamada la Segunda República Española. El 15 regresaba a 
España Buenaventura Durruti. Este hombre, junto con Ascaso, Oliver, Federica Montseny, 
Jover y demás partidarios del anarquismo práctico, iban a ser quienes dominarían la nueva 
organización anarquista.

El 1. ° de mayo la FAI lanzó su primer aviso serio a la República. En el Palacio de Bellas 
Artes de Barcelona se celebró un gran mitin, en el que se elaboró una lista de 
reivindicaciones obreras: disolución de la Guardia Civil, expropiación de las pertenencias 
a órdenes religiosas, desaparición de los monopolios, reparto de los cotos de caza... (3). 
Allí, Durruti se dirigió al auditorio: «Si fuéramos republicanos, afirmaríamos que el 
Gobierno provisional se va a mostrar incapaz de asegurarnos el triunfo de aquello que el 
pueblo le ha proporcionado. Pero como somos auténticos trabajadores, decimos que, 
siguiendo por ese camino, es muy posible que el país se encuentre cualquier día de estos 
al borde de la guerra civil. La República apenas sí nos interesa; la aceptamos como punto 
de partida de un proceso de democratización social...». Una vez finalizado el mitin, se 
organizó una gran manifestación en cuya cabeza marchaban los inevitables Durruti, Ascaso y 
Oliver. La Guardia Civil, puesta sobre aviso, hizo frente a la pacífica manifestación. Los 
resultados del enfrentamiento fueron: dos muertos y varios heridos por los guardias, y un 
muerto y quince heridos por parte de los cenetistas y un pelotón de soldados de infantería 
que, mandados por el capitán Miranda, se prestó a defender a los trabajadores del ataque 
de que habían sido objeto.

La intranquilidad de la clase obrera se hace palpable en todas partes. Los conflictos y 
las huelgas se suceden por todo el país: Sabadell, Lérida, Gijón, etc. En Madrid, Sevilla 
y Málaga, los conventos comienzan a arder. Mientras todo esto sucedía, Emilianne Morin, la 
compañera de Durruti, daba a luz a la hija de ambos: Colette. Casi al mismo tiempo, moría 
en León el padre de Durruti. Con tal motivo, éste se dirigió a su ciudad natal para 
asistir al entierro que fue, a la vez que el adiós definitivo a un hombre honrado, un gran 
homenaje a la presencia de un gran revolucionario. Durruti fue invitado por los sindicatos 
de la CNT leonesa a un mitin que se celebraría unos días después. Aceptó la invitación el 
anarquista leonés y, como consecuencia, las autoridades intentaron detenerle. Sin embargo, 
la amenaza de Durruti les hizo desistir de su propósito: «Detenedme y quizá mañana León y 
toda y su provincia se vean envueltas en una gran huelga general».

El día señalado para la celebración del mitin, la plaza de toros se encontraba repleta de 
trabajadores. La reunión estaba presidida por Tejerina, secretario local de la CNT. Allí, 
Durruti se dirigió a sus paisanos y les habló durante largo tiempo sobre el momento 
prerrevolucionario que se estaba viviendo en España. Efectivamente, Durruti no se 
equivocaba. El 18 de enero de 1932 se iba a reducir un gran acontecimiento en la historia 
del movimiento libertario. El escenario fue la cuenca minera del Alto Llobregat. Ese día 
se proclamaba allí el comunismo libertario. Figols fue el primer pueblo en lanzarse a la 
aventura revolucionaria. Tras Figols, Manresa, Berga y varios pueblos más. Inmediatamente, 
el Gobierno hizo uso de la Ley de Defensa de la República. La rápida intervención del 
Ejército y la posterior represión fueron las medidas tomadas. Los responsables serían 
detenidos, pero la represión no sólo se localizó en esta comarca sino que se extendió por 
toda España. «Durruti dijo a los mineros que la democracia burguesa había fracasado; que 
era necesario realizar la revolución; que la emancipación total de la clase trabajadora 
solamente podía conseguirse mediante la expropiación de la riqueza que detentaba la 
burguesía y suprimiendo el Estado. Aconsejó a los mineros de Figols que se preparasen para 
la lucha final, y les enseñó la manera de fabricar bombas con botes de hojalata y 
dinamita» (4).

En la mañana del día 21, Durruti y los hermanos Ascaso eran detenidos. Al amanecer del 10 
de febrero, un destartalado y viejo trasatlántico salía del puerto de Barcelona llevando a 
bordo 125 detenidos como consecuencia de los sucesos del Alto Llobregat. Su destino era 
Guinea. Sin embargo, el Gobernador de Villa-Cisneros se negó a admitir en su jurisdicción 
a Buenaventura Durruti, al que consideraba asesino de su padre, Fernando González 
Regueral, ex-gobernador de Bilbao, cuya ejecución había tenido lugar varios años antes en 
León. Durruti no había tenido nada que ver en la ejecución material del acto, ya que los 
autores de este atentado fueron Suberviola y «El Toto». El hecho, en definitiva, fue que 
Durruti y algunos compañeros detenidos fueron trasladados a Fuerteventura (5).

Una vez que Ascaso y Durruti recobraron la libertad —fueron los últimos en abandonar el 
destierro junto con Cano Ruiz—, sus esfuerzos se encaminaron hacia la preparación de la 
sublevación que tendría lugar en enero del 33. Durruti, Ascaso y García Oliver eran los 
encargados de coordinar el alzamiento en Barcelona. El fracaso de esta sublevación es 
conocido; sin embargo, los anarquistas lucharon a fondo en diversos puntos del país. En 
Andalucía, la represión llevada a cabo fue de dimensiones trágicas. Suficientemente 
conocido es el episodio protagonizado por el mismísimo Azaña: « ¡Ni heridos, ni 
prisioneros! ¡Tirar al vientre! ».

Poco después, Durruti hacía un análisis sobre el fracaso de la insurrección: «Es cierto 
que las condiciones no estaban maduras. Si hubiera sido así no estarían muchos de nosotros 
en prisión. Pero también es cierto que estamos atravesando un período prerrevolucionario y 
que no podemos permitir a la burguesía que domine la situación haciéndose fuerte en el 
poder del Estado. Es bajo esta perspectiva como debe interpretarse la tentativa 
revolucionaria del 8 de enero, puesto que jamás ha pasado por nuestra cabeza la idea de 
que el éxito de la Revolución consiste en la toma del poder por una minoría que después 
impondrá su dictadura al pueblo. Nuestra conciencia revolucionaria es opuesta a esta 
táctica. Nosotros queremos una revolución por y para el pueblo. Fuera de esta concepción 
no hay revolución posible.  Por todo ello, lo que nadie podrá discutirnos es que nuestra 
intentona no haya cumplido con el objetivo de constituirse en un ataque pensado y dirigido 
contra el mismo corazón del sistema capitalista y estatal, herido de muerte tras el 
levantamiento de los mineros del Alto Llobregat».

En abril, Durruti y Ascaso eran detenidos, después de haber asistido a una reunión, cuando 
se dirigían a sus casas. El jefe de la Policía de Barcelona, Miguel Badía, y el consejero 
de Orden Público, el fascista José Dencás, hicieron declaraciones en el sentido de que, 
con la detención de Ascaso y Durruti, «la FAI había quedado completamente desarticulada». 
Los dos amigos estuvieron en la cárcel de Barcelona hasta julio, en que fueron trasladados 
al penal de Santa María (Cádiz). Ascaso permaneció allí hasta octubre y Durruti fue 
liberado unos días antes, después de haber sido juzgado como «vagabundo», una de tantas 
fórmulas jurídicas que los Gobiernos idean como justificación de sus arbitrarias 
detenciones. « ¡Aplicarme a mí la ley de vagabundos! ¡A mí, que me he pasado la vida 
trabajando! —decía Durruti encolerizado—. Acepto que se me acuse de disparar contra la 
fuerza pública, o de tratar de transformar esta sociedad que desapruebo y execro, pero... 
¡acusarme de vagabundo!... ¡No hay ningún juez que tenga el derecho de juzgar al obrero 
Durruti como a un vagabundo! ¡Decídselo así a vuestros superiores!».

En noviembre del 33 las derechas ganan las elecciones, pasando a gobernar Lerroux y sus 
radicales que serían posteriormente apoyados por el reaccionario Gil-Robles y su 
organización de Derechas Autónomas. Una de las primeras medidas del nuevo Gobierno fue 
declarar el Estado de Emergencia por temor a que los trabajadores se levantaran contra el 
derechismo gubernamental. En efecto, el 8 de diciembre, varios puntos de la península se 
encontraban en huelga general: Barcelona, Valencia, Granada, Córdoba, Badajoz, Huesca... 
En las demás capitales reinaba una gran confusión. Aragón era el principal centro de la 
insurrección. En Barbastro, Calanda, Alcampiel, Valderrobles, Alcoriza y otros pueblos 
hubo numerosos enfrentamientos con las fuerzas gubernamentales. En casi todos ellos se 
llegó a proclamar el comunismo libertario. Como consecuencia de la represión llevada a 
cabo, hubo más de ochenta muertos y las cárceles se vieron de nuevo repletas. Allí fueron 
a parar Durruti, Cipriano Mera e Isaac Puente, componentes del Comité Nacional 
Revolucionario cuya misión era coordinar el alzamiento.

La mayoría de los detenidos fueron, sin embargo, liberados muy pronto merced a la 
imaginación de Durruti, que arguyó un audaz plan que sus compañeros no detenidos se 
encargaron de llevar a la práctica. «La Voz de Aragón» daba así la noticia: «Ayer tuvo 
lugar un suceso de una audacia increíble. Un grupo de siete individuos, armados con 
pistolas, penetraron en las dependencias del Tribunal de Urgencia de Zaragoza, donde se 
instruye la causa por los recientes acontecimientos revolucionarios: los asaltantes 
sorprendieron a los jueces y sus secretarios cuando se encontraban más atareados, 
obligándoles a permanecer inmóviles, tras lo cual se apoderaron de la totalidad del 
sumario concerniente al movimiento de diciembre último. Después de esto, los siete hombres 
desaparecieron a toda prisa» (6).

Los nuevos interrogatorios sólo pudieron probar la «culpabilidad» de los responsables más 
significados, entre ellos los tres componentes del Comité Revolucionario. Durruti, Mera y 
Puente fueron conducidos al penal de Burgos, donde permanecieron hasta recobrar la 
libertad en el mes de mayo.

Por lo que a la política del gobierno se refiere, parece que la crisis estaba cerca. Los 
reaccionarios se estaban aproximando de un modo alarmante a las esferas del poder. «La 
Solidaridad» así lo hacía notar: «Nuestra consigna suprema es: «Frente a todo intento 
fascista; frente a no importa qué tipo de dictadura; frente a toda revolución política, la 
revolución social de los trabajadores ibéricos. Frente a toda transmisión de poderes, la 
consigna revolucionaria de los trabajadores: destrucción del Estado, negándoles la 
obediencia que lo sostiene. Ocupación de las fábricas, de los talleres, de todos los 
lugares de trabajo. Socialización de las tierras, incautación de los municipios por las 
fuerzas populares. Proclamación de la comuna libre». ¡Obreros! ; Trabajadores todos de 
España, militéis donde sea, os adjetivéis comunistas, socialistas, sindicalistas o 
anarquistas!... ¡Por la Revolución, por la Libertad, por la Justicia, por la Anarquía!...» 
(7).

Mientras, en Barcelona continúa la huelga de tranvías. En Madrid, el ramo de la 
construcción acuerda el paro. En Tarragona, Valls, Manresa, etcétera, las huelgas se 
intensifican. En Zaragoza, abril comienza con el preludio de una gran huelga general que 
habría de durar treinta y seis días. Hubo despidos, detenciones...; sin embargo, los 
trabajadores no desanimaron. Fue en Zaragoza donde se iba a manifestar de un modo 
grandioso esa solidaridad que los militantes libertarios pregonaban. Una gran caravana de 
camiones fue organizada para recoger a los hijos de los huelguistas y llevarlos a las 
casas de las familias obreras que, por toda España —principalmente Cataluña—, se habían 
ofrecido para acoger a los niños zaragozanos mientras la huelga durase. Allí, en el centro 
vital de la operación, se encontraba una vez más Buenaventura Durruti, a cuyo esfuerzo se 
debió en gran parte que un puñado de hombres, los desheredados, dieran una de las más 
grandes e impresionantes demostraciones de solidaridad humana.

El «bienio negro», 1934-1936, siguió transcurriendo entre huelgas, detenciones 
arbitrarias, tiroteos, asesinatos de obreros... Triste balance provocado por la ascensión 
al poder de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), comandada por aquél al 
que la gran mayoría del país veía como el más fidedigno representante del advenimiento del 
fascismo: Gil-Robles. No andaban, en absoluto, desencaminados quienes así pensaban. La 
revolución asturiana del 34 y su posterior represión es un ejemplo fiel, a la vez que 
estremecedor, de lo que los Gobiernos pueden hacer con unos hombres indefensos y 
desesperados que se habían lanzado a la lucha, sin importarles lo más mínimo lo único que 
todavía les quedaba por perder: la vida. Eran el ministro de la Guerra, Diego Hidalgo, y 
el general Franco quienes dirigían, desde Madrid, las operaciones militares que aplastaron 
el movimiento insurreccional asturiano. Por estas fechas, 5 de octubre, Durruti es 
encarcelado de nuevo. Mientras el proceso de desintegración del régimen del «bienio negro» 
se acelera hasta alcanzar su punto culminante el 9 de diciembre de 1935. Lerroux se ve 
obligado a abandonar el cargo y es sustituido por Portela Valladares, nombrado por el 
presidente Alcalá Zamora. De esta forma quedaron frustradas las esperanzas de Gil-Robles, 
que soñaba con el poder absoluto. Portela disolvió el Parlamento y se fijaron elecciones 
para el 16 de febrero. Durante los dos primeros meses de 1936, se suceden los mítines 
organizados por la CNT v la FAI en contra del fascismo y abogando por la unidad 
revolucionaria. Ante la proximidad de las elecciones, los libertarios más prestigiosos ya 
no pregonaban el absentismo dando total libertad a la afiliación, ya que de no ser así, se 
corría el riesgo de que las derechas volvieran a ganar en los comicios y eso era un riesgo 
demasiado peligroso. Fue por esta decisión y por el apoyo de los Anarquistas lo que 
permitió ganar las elecciones.

Triunfante en las elecciones el Frente Popular, las reformas se van haciendo necesarias. 
Así lo hace ver Durruti el 4 de marzo, en el transcurso de un mitin celebrado en el Price 
de Barcelona. Aludiendo a la restauración de la Generalidad y de Companys, Durruti decía: 
«No venimos aquí a celebrar festejos por la llegada de unos señores. Venimos a decir a los 
hombres de izquierda que fuimos nosotros los que determinarnos su triunfo, y que somos 
nosotros los que mantenemos los conflictos que deben ser solucionados inmediatamente. 
Nuestra generosidad determinará la reconquista del 14 de abril» (8).

En mayo, del 1 al 12, se celebraba en Zaragoza el IV Congreso de la CNT, que se auguraba 
como de gran importancia. El primer hecho que sorprendió fue el elevado número de 
asistentes: 649 delegados en representación de 982 sindicatos y 550.595 afiliados. (Por 
aquellas fechas, el contingente de trabajadores encuadrados en la CNT se aproximaba al 
millón y medio.) En este Congreso se convocó a los sindicatos disidentes los treintistas 
que se mostraron dispuestos a su reintegración en el seno de Confederación. El triunfo de 
la FAI era inapelable. Durante las sesiones del Congreso, se pasó revista a los problemas 
más acuciantes de la clase trabajadora y se teorizó sobre su solución inmediata: paro 
forzoso, disminución de horas en la jornada laboral sin que el sueldo disminuyera, reforma 
agraria, oposición al lock-out patronal, retiro, etc. También se trató la situación 
político-militar del país, se clarificaron los conceptos sobre el comunismo libertario y 
se planteó la cuestión de la alianza revolucionaria.

El día de la clausura se celebró en la plaza de toros de Zaragoza un espectacular mitin, 
al que acudieron varios miles de trabajadores procedentes de toda España. La ciudad estaba 
prácticamente «tomada» por los anarco-sindicalistas. El éxito del Congreso al que Durruti 
asistió como representante del Sindicato Único Fabril y Textil de Barcelona  quizá fuera 
una de las causas primordiales que aceleró, si no contribuyó de manera decisiva, los 
sucesos venideros. El 18 de julio de 1936 se iniciaba la sublevación militar. Muchos de 
los más prestigiosos hombres de izquierda fueron casi sorprendidos. Las dudas y la falta 
de decisión de las primeras horas constituyeron una de las razones fundamentales de la 
derrota republicana. No era éste el caso de CNT-FAI. Los militantes barceloneses ya 
trataban, días antes, de conseguir armas con el fin de impedir que los militares de 
Barcelona se alzaran. La negativa de Companys a armar al pueblo exasperó los ánimos de los 
anarquistas. Ellos fueron los primeros en lanzarse a la calle con el propósito de frenar 
la intentona militar. A las pocas horas de producirse el intento militar, se luchaba 
tenazmente en los centros neurálgicos de la ciudad. Al frente de las fuerzas populares se 
encontraban Durruti, Ascaso, Jover, García Oliver, Aurelio Fernández y otros significados 
anarcosindicalistas de la región. De momento, parecía que la sublevación había sido 
controlada. El mismo general Goded, jefe de los sublevados en aquella zona, era detenido. 
Durruti parecía mostrarse satisfecho de los resultados conseguidos. Sin embargo, el lunes 
día 20, el anarquista leonés sufría un duro golpe: frente al cuartel de Atarazanas  lugar 
donde los anarquistas encontraron la más dura resistencia moría de un balazo en plena 
frente Francisco Ascaso. El suceso encorajinó de tal modo a Durruti que él mismo se 
dirigió al lugar donde se libraba la batalla y se lanzó contra las puertas del cuartel. 
Sus compañeros, animados por el ejemplo, no tardaron en imitarle y poco después la bandera 
blanca ondeaba en el reducto de los militares. Los anarquistas habían acabado con el 
movimiento faccioso de Barcelona en cuestión de treinta y dos horas.

El 21 de julio se constituía un Comité Central de Milicias Antifascistas, que quedó 
estructurado del siguiente modo: tres representantes de la UGT, José del Barrio, Salvador 
González y Antonio López; tres de la Esquerra, Juan Pons, Jaime Miravitlles y Artemio 
Ayguadé; uno de Acción Catalana, Tomás Fábregas; uno de la Unión de Rabassaires, José 
Torrents Rosell; uno del POUM, José Rovira; uno del PSOE, José Miret; dos de la FAI, 
Aurelio Fernández y Diego Abad de Santillán; y tres de la CNT, Juan García Oliver, José 
Arens y Buenaventura Durruti. Una vez formado el Comité, publicó un bando cuya finalidad 
abarcaba un doble objetivo: reclutar hombres y crear las suficientes medidas de seguridad 
en la retaguardia. El texto del bando pecaba en cierto modo de dirigismo, por lo que no 
satisfizo en absoluto a Durruti. En algún momento se llegó a temer un enfrentamiento entre 
él y el Comité. Pero no llegó a producirse, ya que Durruti consiguió formar su columna de 
milicianos muy pronto con el fin de dirigirse a Zaragoza, cuya conquista era vital para el 
posterior desarrollo de la contienda, y así poder llevar a cabo su propia lucha 
revolucionaria, fuera de los cauces de la política al uso. El 24 de julio, la legendaria 
«Columna Durruti» salía de Barcelona con destino a Aragón. El comandante Pérez-Farrás 
formaba parte de la columna como delegado y técnico militar. Durruti y Pérez-Farrás no 
llegaron casi nunca a estar de acuerdo en las decisiones que había que tomar, concebían un 
ejército  donde la autoridad y la disciplina férrea estuvieran ausentes. Parece ser que 
Farrás se volvió más tarde a Barcelona, sustituyéndole como técnico militar el sargento 
Manzana, quien se iba a convertir en un eficacísimo colaborador de Durruti. Manzana era un 
hombre allegado a la ideología cenetista, y, por tanto, totalmente antimilitarista. 
Momentos antes de partir hacia el frente, el periodista canadiense Von Passen mantuvo una 
entrevista con Durruti, que fue publicada en el «Toronto Star» y que por su interés creo 
oportuno transcribir:

DURRUTI. El pueblo español quiere la Revolución y está en trances de hacerla, a lo cual se 
oponen los fascistas. Este es el planteamiento general. En tales condiciones, no hay más 
que dos caminos: la victoria de los trabajadores, es decir, la libertad, o el triunfo de 
los facciosos, que significa la tiranía. Ambos contendientes saben muy bien lo que les 
espera si son vencidos. Por esta razón yo creo que la lucha será dura. Para nosotros se 
trata de destruir la reacción fascista de tal forma que no levante ya nunca más la cabeza 
en España. De hecho estamos dispuestos a acabar con el fascismo de una vez por todas, 
incluso a pesar del gobierno republicano.

VON PASSEN. ¿Por qué a pesar del gobierno republicano? ¿Es que acaso el gobierno 
republicano no lucha también contra la rebelión fascista?

Durruti. No hay gobierno en el mundo que luche contra el fascismo para destruirlo. Cuando 
la burguesía ve que el poder se les escapa de las manos, recurre al fascismo para mantener 
sus privilegios. Es lo que ha ocurrido en España. Si el gobierno republicano hubiera 
deseado de verdad poner fuera de combate a los fascistas, hace ya tiempo que lo habría 
podido hacer. En lugar de combatirlos a fondo, no ha hecho más que buscar compromisos y 
acuerdos. Incluso en este momento, hay miembros del gobierno que hablan de adoptar medidas 
más bien moderadas contra los fascistas.

Von Passen. P.Largo Caballero e Indalecio Prieto han afirmado que la misión del Frente 
Popular era la de salvar la República y restaurar el orden burgués, mientras que tú, 
Durruti, me dices que el pueblo quiere llevar la Revolución mucho más lejos. ¿Cómo 
interpretar esta contradicción?

Durruti. El antagonismo es evidente. Esos señores, como demócratas burgueses que son, no 
pueden tener otras ideas que las que profesan. Pero el pueblo, la clase obrera, no se 
engaña. Los trabajadores saben lo que quieren. Nosotros luchamos no por el pueblo, sino 
con el pueblo, es decir, por la Revolución. Somos conscientes de que en esta lucha estamos 
solos y que no podemos contar más que con nosotros mismos. Desde un principio sabemos ya 
cuál será la actitud de Rusia. Para la Unión Soviética, después de haber hecho su 
revolución pequeño burguesa, lo que cuenta es su tranquilidad. Por esta tranquilidad, 
Stalin ha sacrificado a luti trabajadores alemanes, cosa que ya hizo anteriormente con los 
chinos. Por eso nosotros queremos hacer nuestra propia razón por lo que creemos que hoy 
mejor que para mañana: si es posible antes de que estalle la próxima guerra europea. De 
este modo nuestra actitud servirá de ejemplo a los obreros italianos y alemanes, los 
cuales podrán apreciar cómo se lucha contra el fascismo. Es por esta razón por la que 
creemos que nadie nos ayudará. Hitler y Mussolini, lo mismo que los demócratas ingleses y 
franceses, temen el contagio revolucionario, que es lo que, en otro sentido, le ocurre 
también a Stalin.

Von Passen. ¿Entonces tú, Durruti, no crees que Francia e Inglaterra puedan ayudaros, una 
vez que se concrete el apoyo de Hitler y Mussolini a vuestros enemigos?

Durruti. No hay gobierno alguno que desee ayudar a una revolución proletaria. Sin embargo, 
es posible que las rivalidades que existen entre los distintos imperialismos puedan 
influir en nuestra lucha. Franco, por ejemplo, es indudable que hará lo que pueda para 
poner a Alemania contra nosotros. Pero esto, al fin de cuentas, no es lo más importante, 
como ya he dicho antes, no esperamos ayuda de nadie, ni siquiera de nuestro gobierno» (9).

La toma de Caspe fue el primer enfrentamiento serio que la «Columna Durruti» hubo de 
librar. Una vez conquistada la plaza, los milicianos abrieron su radio de acción y todos 
los pueblos inmediatos fueron conquistados: Peñalba, Osera, Monegrillo, Fortlete, 
Bujaraloz, Candasnos, Valfarta, Pina del Ebro, ...

Durruti estableció el puesto de mando cerca de Bujaraloz. Allí recibía a periodistas y 
amigos, Faure y Simone Weill entre estos últimos, y preparaba los planes de la guerra y de 
la revolución. Durruti, al igual que el ucraniano Mack no, pensaba que la guerra y la 
revolución social eran dos cosas poco menos que inseparables. Las colectividades agrícolas 
comenzaban a funcionar apenas la columna realizaba una conquista. La colectivización 
aragonesa llegó a abarcar más del 70 por 100 de la población de aquella región. El número 
de colectividades era de 450 y la adhesión a este tipo de explotación comunal de la tierra 
era totalmente voluntaria.

Fue así como, unidos los intereses de los campesinos, se formaba en una asamblea, y por 
decisión de la mayoría el Consejo de Aragón, que vio la luz en Bujaraloz y era el 
encargado de coordinar el proceso colectivizador. El Consejo, promovido por Durruti, se 
llegó a formar a pesar de la oposición de algunos compañeros del leonés, como Antonio 
Ortiz y Gregorio Jover, y de la tenaz resistencia opuesta por los comunistas. Durante el 
desarrollo de la lucha en Aragón, los grandes propietarios huían despavoridos ante el 
demoledor avance de la «Columna Durruti», que aplastaba todo foco de resistencia que 
encontrara a su paso. Respecto a las ruinas que ocasionaban los ataques de los milicianos 
anarquistas, decía Durruti al corresponsal del «Montreal Star»: «Hemos vivido siempre en 
míseros barrios, y si destruimos, también somos capaces de construir. Fuimos nosotros 
quienes construimos en España, en América y en todas partes, palacios y ciudades. Nosotros 
los trabajadores podemos construir ciudades mejores todavía; no nos asustan las ruinas. 
Vamos a convertirnos en los herederos de la tierra. La burguesía puede hacer saltar por 
los aires y arruinar su mundo antes de abandonar el escenario .de la Historia. Pero 
nosotros llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones» (10).

Por otra parte, la escasez de armas era la principal obsesión de Durruti. Esta escasez, 
según testimonio a Gerorge Orwell, era terrible. El mismo Orwell se extrañaba de que no se 
produjeran deserciones en masa: «No había nada que les stljetara en el frente, salvo la 
lealtad de clase (11).

Para tratar de solucionar este problema, Durruti se trasladó a Madrid, con el fin de 
entrevistarse con Largo Caballero, que ocupaba la Presidencia y el ministerio de la 
Guerra. Largo tampoco proporcionó armas a Durruti. Pidió a éste que regresara al frente de 
Aragón y prometió enviarle dinero para la adquisición de armamento. Durruti regresó a 
Aragón, pero el dinero no llegó nunca. El boicot incomprensible desde cualquier punto de 
vista propugnado por los estamentos gubernamentales contra Durruti y los anarquistas, era 
manifiesto. Pierre Besnard, secretario general de la AIT (Asociación Internacional de 
Trabajadores), realizó una visita a la España republicana en 1936. Su objetivo era 
internacionalizar el conflicto, de modo que Inglaterra y Francia intervinieran en favor de 
los republicanos. No se vio favorecido por el éxito. En su informe sobre su visita decía: 
«...La revolución española está retrocediendo, pero no tiene la culpa el pueblo, que lucha 
con entusiasmo incomparable, sino sus dirigentes, que van a remolque de los 
acontecimientos, demostrando que han perdido la iniciativa revolucionaria y que están 
dispuestos a aceptar las situaciones más humillantes, como la que tuve que soportar yo 
mismo frente a Largo Caballero  Si el anarquismo comete la estupidez de colaborar con 
Largo Caballero, aunque sólo sea apoyándole, la Revolución estará irremediablemente 
perdida. El único medio que existe para salir de este círculo infernal es la prueba de la 
fuerza. Pero yo me pregunto si los dirigentes de la CNT son los mismos hombres que se 
lanzaron a la calle el 19 de julio...

Diríase que solamente hay uno que escape a esta regla: Durruti, un revolucionario nato y 
original, que en muchos aspectos recuerda a Néstor Mackno. Al igual que el guerrillero 
ucraniano, Durruti tampoco se separa del pueblo, contrariamente a lo que hacen otros 
dirigentes. Por lo demás, Durruti es superior a Mackno en algunos puntos, sobre todo en lo 
que se refiere al dominio que el español ejerce sobre sí mismo» (12).

El hecho claro es que Durruti se encontraba prácticamente solo. Incluso muchos de sus 
camaradas más antiguos, como García Oliver, se habían dejado arrastrar hacia la 
politización. Otros, como Abad de Santillán, se movían en una especie de ambivalencia, que 
resultaba totalmente desconcertante. En octubre del 36, Madrid se encontraba en peligro. 
Largo Caballero se dirigió a todas las organizaciones para tratar de aunar esfuerzos. Se 
formó, como primera medida, un nuevo Gobierno y cuatro representantes de la CNT entraron a 
formar parte de él: Juan López, Juan Peiró, Federica Montseny y Juan García Oliver. 
Inmediatamente después de formado el Gobierno, sus componentes se trasladaron a Valencia, 
y en Madrid quedaba constituida una Junta de Defensa presidida por el general Miaja. Se 
pidió la colaboración de los anarquistas para la defensa de Madrid. Horacio M. Prieto, 
secretario general de la CNT, se dirigió rápidamente a Aragón. El motivo del viaje no era 
otro sino entrevistarse con Durruti. Su colaboración en la defensa de Madrid era 
considerada vital. « ¡No hay nada que hablar! ¡Yo no pienso moverme de Aragón!», fue la 
respuesta de Durruti. Prieto arguyó razones de tipo disciplinario y de responsabilidad. 
Durruti le contestó: « ¡Yo no conozco otra disciplina que la Revolución. En cuanto a los 
demás, aprendeos esto de una vez: ¡Yo me cago en vuestras responsabilidades de 
burócratas!» (13).

Poco después, eran Abad de Santillán y Federica Montseny quienes trataban de convencer a 
Durruti. Por fin, ante la cantidad de presiones, Durruti, con un contingente de 1.800 
milicianos, parte hacia Madrid. El sargento Manzana le acompañaba como técnico militar, y 
como secretario iba Mora. Al mando de las agrupaciones que formaban la columna, iban 
Bonilla, José Mira y Liberto Roig. Miguel Yoldi, Ricardo Rionda y el propio Durruti 
formaban el Comité de Guerra. El 15 de noviembre, los hombres de Durruti ya se encontraban 
en la Ciudad Universitaria de Madrid haciendo frente a las tropas fascistas. El lugar de 
destino de los anarquistas, el más comprometido y peligroso, hizo que las bajas alcanzaran 
en muy poco tiempo un elevado número. El día 18, la «Columna Durruti» solamente contaba 
con 700 hombres de los 1.800 que se habían desplazado a la capital. El día 19, los 
milicianos de Durruti se prepararon para asaltar el Hospital Clínico, defendido por tropas 
moras y Guardia Civil. Las indicaciones dé: Durruti no fueron seguidas con exactitud y, 
como consecuencia, sólo se pudieron tomar parte de las plantas del Clínico, quedando en la 
parte superior tropas nacionales. Poco después, le llegan noticias a Durruti de que sus 
hombres querían abandonar el Clínico. Durruti, acompañado por Julio Grave (chofer) y por 
Bonilla y Miguel Yoldi (parece ser que también iba Manzana), se dirigió hacia el Hospital. 
Durante el trayecto, poco antes de llegar al punto de destino, Durruti y sus acompañantes 
se encontraron con un pequeño grupo de milicianos, que daban la sensación de ser 
descontentos que abandonaban su puesto de combate. Durruti habló con ellos y les convenció 
para que volvieran a sus puestos. Una vez diluido el confusionismo creado por esta 
situación, Durruti se acercó al coche. En  este momento sonó un fogonazo, y el anarquista 
leonés se desplomaba al suelo con una bala incrustada en su pecho. En el Ritz, convertido 
en hospital, los doctores Bastos, Monje, Fraile y Santamaría firmaban en la madrugada del 
día 20 de noviembre de 1936 el diagnóstico final de Buenaventura Durruti: «Muerte causada 
por una hemorragia pleural», El proyectil se encontraba alojado en la región del corazón (14).

La desmoralización hizo presa entre los combatientes anarquistas. La muerte de su 
compañero, acaecida en circunstancias extrañas, les afectó en gran manera. La mayoría de 
los milicianos libertarios abandonaron Madrid y regresaron a Aragón. Martínez Bande, 
historiador y militar, comenta acerca de Durruti:...«Buenaventura Durruti había aparecido 
desde los momentos iniciales de la guerra como el «líder» anarquista más interesante, el 
más arrojado en un mundo de arrojados, y el que seguramente también comprendió primero qué 
es lo que había pasado en España tras el 18 de julio. Esto es, el que mejor supo adaptarse 
a las circunstancias de la guerra. El potenció a sus hombres, a quienes muchos calibraron, 
seguramente, casi como pequeños dioses, a la sombra de un dios máximo. Por esto cuando 
éste cae en combate, el Olimpo anarquista de la Ciudad Universitaria se desploma» (15).

Exactamente treinta y nueve años antes que su gran enemigo, el general Franco, moría en la 
madrugada del 20 de noviembre de 1936 la última gran esperanza del anarquismo: 
Buenaventura Durruti. En la tarde del domingo 22 de noviembre, una gran masa de 
trabajadores (alrededor de medio millón) daba su último adiós a Durruti en Barcelona. El 
cortejo fúnebre, que atravesó varias calles de la ciudad (entre ellas, la Vía Layetana: 
Avenida de Buenaventura Durruti hasta el final de la guerra) con destino al Cementerio 
Nuevo, fue un impresionante espectáculo, en el que millares de hombres acudieron a rendir 
el postrer homenaje a su compañero. Quizá haya sido ésta al igual que ocurrió en Rusia en 
el entierro de Kropotkin la última gran manifestación libertaria de un país donde el 
anarquismo tuvo una acogida y difusión
como en ningún otro del mundo.

* Sobre la muerte de Durruti, Antonio Bonilla, hoy día residente en Zaragoza, mantiene una 
tesis nunca argumentada hasta ahora. En el número 80 del semanario «Posible», el antiguo 
compañero de Durruti confiesa a Pedro Costa Muste: «No cabe duda de que la bala que mató a 
Durruti salió del naranjero que portaba Manzana. Pudo ser casual o intencionadamente. Hoy, 
a la vista de lo que ocurrió después, opto por creer que fue intencionado el disparo». Lo 
que ocurrió después, según Bonilla, es  que Manzana desapareció sin dejar  rastro. Manzana 
se ha mantenido ilocalizable, desde entonces, en algún lugar de México, ignorándose si aún 
vive.

Como con Zamora, el Che o Zapata, su muerte tiene estigmas de traición y el principal 
sospechoso, el PCE estalinista, desatará pocos meses mas tarde una brutal persecución 
contra anarquistas y demás radicales que no solo liquidó la Revolución amenazante, sino 
que fue el comienzo del fin de la propia República que decían salvaguardar.

40 años de existencia intensa tuvo este hombre que lucho por sus ideales sin treguas ni 
fanatismos; que nunca dejó de vivir de su trabajo; que actuaba tanto como leía y pensaba; 
que amó, soñó y tuvo amigos entrañables. En fin, Buenaventura Durruti fue lo que fue, y 
también lo que de mejor queda en nosotros cuando compartimos su trayectoria luminosa.

QUE LA TIERRA TE SEA LEVE

CNT-AIT  PUERTO REAL  NOVIEMBRE 2018

Extraído de www.camiloberneri.org

POESÍA

DURRUTI Y LA LIBERTAD

Escritas con roja sangre

Sobre negros pergaminos

Están las firmes palabras

Que al poder les acobarda.

Grabadas a dentelladas

Por compañeros rebeldes

En combate desigual

Contra el garrote asesino.

Vuelan libres sostenidas

Por los vientos sin fronteras

Y en los pueblos oprimidos

Almacenan esperanzas.

Son  los todopoderosos

Quiénes quieren silenciarlas.

Sus letras le atemorizan

Y tratan de suprimirlas.

Para que los oprimidos

No consigan alcanzarlas

Y dispuestos las anuden

Con gritos en sus gargantas.

Versos… viajarán de manos

En manos desarraigando

Los efluvios cultivados

Por el poder y el silencio.

En la tierra brotarán

Corazones decididos

Que con valores honestos

Den coraje a los vencidos.

Pepe Gómez  CNT-AIT Puerto Real Noviembre 2018

http://puertoreal.cnt.es/bilbiografias-anarquistas/6760-2018-11-19-06-47-19.html


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