(ca) cnt.es: ¿Qué está pasando en Rojava? -- Campaña Ecología Feminismo Internacional Rojava

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Vie Nov 2 06:51:12 CET 2018


Hemos visto las imágenes mil veces. En las noticias, en las redes, en vídeos virales... 
Hombres y mujeres jóvenes, con ropa verde o de camuflaje, a menudo sonrientes, a veces con 
el rostro aparentemente relajado, otras, transfigurado de determinación y coraje, con 
armas de diferentes calibres, se enfrentan valerosamente, en una encarnizada lucha a 
muerte, a enjambres de fanáticos que han hecho de su religión el pilar central de una 
nueva forma de fascismo. ---- Es verdad. Las milicias armadas kurdas, las Unidades de 
Protección Popular (YPG) y las Unidades Femeninas de Protección (YPJ) son la cara más 
visible e icónica de los acontecimientos en Rojava, en el norte de Siria. Merecidamente, 
sin duda. Sin embargo, son solo un aspecto de un desarrollo mucho más profundo que se está 
dando en este territorio y en otros cercanos. Porque lo que hay en esta convulsa zona de 
Oriente Medio es nada menos que una Revolución.

Desde hace varios años, la población local se empeña en hacer realidad un modelo de 
sociedad radicalmente diferente, según las líneas de una propuesta que se conoce como 
confederalismo democrático. En un principio maduraron en Rojava, de forma clandestina, 
estructuras de autogobierno y autogestión, bajo el radar de la dictadura siria. Después, a 
partir de 2013, éstas pudieron salir a la luz cuando el devenir de la cruenta guerra civil 
en ese país propició la retirada de las tropas del régimen sirio y de sus representantes. 
A partir de ese momento, la Revolución fue declarada y abierta. Lo que no quiere decir que 
su devenir haya sido sencillo, rodeada como está de enemigos de todo tipo. En este 
contexto, la creación de milicias populares es una imposición de la situación en la que se 
haya sumida la región. Pero su importancia, innegable, es cuando menos equiparable al 
desarrollo de estructuras de autogestión y otros fenómenos similares, que a menudo reciben 
menos atención. Probablemente, el gran impacto mediático que ha tenido el aspecto bélico 
del movimiento responde más a la necesidad de las sociedades occidentales de consumir 
continuamente imágenes espectaculares que a otra cosa. Pero tras el ruido de los combates, 
en la penumbra, el bosque crece, silencioso, sin un suspiro. También en otras zonas 
limítrofes al norte de Siria, en las que la población local ha organizado estructuras de 
autogobierno similares, de forma autónoma.

No hay espacio aquí para entrar a detallar los principios del confederalismo democrático, 
ni los múltiples aspectos que se pueden considerar de su realización práctica (económicos, 
sociales, políticos, ecológicos, feministas...). Pero sí que hay dos elementos que merece 
la pena tener en cuenta. El primero es que constituye una contribución por derecho propio 
al acervo de las ideas y prácticas libertarias y revolucionarias en general. El segundo es 
que reducirlo al movimiento de liberación kurdo, o equipararlo con este, es caer en un 
análisis simplista.

Desde el punto de vista ideológico, el confederalismo democrático se reconoce inspirado en 
una tradición de pensamiento revolucionario y anarquista. Es de sobra conocida la historia 
de cómo las obras del libertario estadounidense Murray Bookchin sirvieron de inspiración a 
Abdullah Öcalán en la formulación de este planteamiento . A través de este vínculo, las 
experiencias actuales de autogobierno y autogestión en las zonas de desarrollo del 
confederalismo democrático se enlazan de forma directa con la Revolución Española de 1936, 
con CNT, y aún más, con toda la tradición de pensamiento anarquista anterior, desde 
mediados del siglo XIX. Pero en absoluto se trata por ello de un simple remedo. Por el 
contrario, formula una serie de planteamientos que no están presentes en otros modelos 
libertarios anteriores, o por lo menos no de la misma manera. Al hacerlo así, actualiza la 
propuesta anarquista, en la teoría y en la práctica, a la realidad de un planeta 
globalizado y al borde del colapso ecológico.

El confederalismo democrático se propone tres ejes centrales: el rechazo de la 
nación-estado, el ecologismo y la liberación de las mujeres. Se puede argumentar que estos 
vienen determinados en demasía por la realidad concreta del contexto cultural y 
territorial al que se dirigen. ¿Se podría considerar que, en otros ámbitos y ante otras 
realidades, sería necesario completarlos? ¿Por ejemplo, añadiendo la igualdad racial o la 
lucha de clases? Sin duda, los tres aspectos mencionados no agotan la crítica anarquista 
al poder o a la autoridad, que se puede desarrollar en múltiples direcciones. También se 
podría discutir si cualquier otro elemento añadido es derivable de los pilares centrales 
propuestos, o no. Pero este tipo de debates no nos llevan muy lejos. Sea como sea, nada de 
ello resta mérito a la intencionalidad práctica que anima al confederalismo democrático. 
Al contrario, nos recuerda que las ideas anarquistas y libertarias no son castillos en el 
aire, sino herramientas de la que se dotan las personas y los movimientos para analizar su 
realidad social, cultural, política y económica y abordar su transformación. Como el 
anarcosindicalismo. En este sentido, puede que el confederalismo democrático no sea un 
modelo completo aplicable, como un calco, a todos los contextos. Es tarea de cada cual 
apropiárselo y añadir lo que eche en falta, si es que echa algo en falta. Pero es 
innegable que como propuesta revolucionaria en un contexto concreto es una aportación de 
primer orden, de la que se pueden extraer ideas y nociones válidas en general.

Por ejemplo, su crítica a la nación-estado va más allá del tradicional rechazo anarquista 
al Estado, sin más. Aunque es cierto que muchos pensadores libertarios se han opuesto 
también al nacionalismo, a nadie se le escapa que nación y nacionalismo son cosas 
diferentes. En este sentido, a menudo la crítica libertaria de la nación ha sido mucho 
menos perfilada, centrando sus ataques en el Estado en exclusiva. De ese modo, se ha 
creado una zona gris, se ha dejado una puerta abierta por la que acabaron por colarse 
esperpentos como el anarco-nacionalismo, reclamando para sí mismos carta de naturaleza, en 
base a una supuesta diferencia entre la nación, como estado en ciernes y como "comunidad 
culturalmente definida". Como veremos más adelante, hablando precisamente del caso kurdo, 
esta diferenciación es insostenible, porque la idea de la nación solo puede construirse 
sobre los mismos mecanismos de base que actúan en la definición del estado.

Por otro lado, el binomio nación-estado actualiza la crítica libertaria a la realidad de 
un mundo globalizado, en el que la colonización ha adoptado formas muy diferentes de las 
del imperialismo decimonónico, pero no por ello menos descarnadas. No cabe duda de que las 
ideas libertarias fueron incapaces, durante las décadas que ocupan la segunda mitad del 
siglo XX, de apelar a las legiones de desposeídos y desposeídas del mundo, que se hallaban 
precisamente empeñados y empeñadas en luchas por liberarse del yugo de las metrópolis 
occidentales. En el período de descolonización que siguió a la Segunda Guerra Mundial, la 
conquista de un Estado propio se entendía a menudo como la única opción viable y realista 
para escapar de una dependencia imperialista, extractiva y genocida. Máxime cuando se daba 
el importantísimo condicionante práctico de la existencia de un bloque socialista 
dispuesto a apoyar este esfuerzo con armas y dinero, en el marco de la Guerra Fría. No 
obstante, a menudo esta ambición nacional y estatal escondía la semilla de los posteriores 
conflictos que han plagado muchos territorios descolonizados.

Frente a estas limitaciones, extender la crítica al binomio nación-estado y no limitarla 
solo a este último, constituye una herramienta de análisis mucho más potente. El 
confederalismo democrático, aparte de su evidente deuda con Murray Bookchin, hace suya la 
noción de Benedict Anderson de que la nación es una comunidad imaginada . Es decir, una 
agrupación amplia de personas que no se conocen entre sí, pero que se reconocen como 
partícipes de una misma comunidad en base a características comunes atribuidas a cada 
integrante, precisamente por serlo de esa comunidad. Evidentemente, este reconocimiento, 
esta comunidad así definida, solo puede cobrar forma cuando se va más allá y se pasa por 
encima de las innumerables diferencias de todo tipo que hay -objetivamente- entre dichas 
personas. Es decir, se decide privilegiar ciertos aspectos unificadores, como el idioma, 
en detrimento de otros disgregadores, como la clase, por poner un ejemplo. En este 
sentido, la mera existencia de la nación presupone un rodillo homogeneizador que se pasa 
por encima de las diferencias de todo tipo que presentan las personas que la integran, 
para dar lugar a unas fronteras nacionales tan artificialmente definidas como las 
estatales. Lo cual en última instancia no es diferente del proceso que sigue el estado 
para crear la figura del ciudadano o ciudadana. Por supuesto el tema es mucho más 
complejo, pero se puede concluir que la propuesta del confederalismo democrático, de 
comunidades autogestionadas coexistiendo sobre un territorio, sin reclamar exclusividad 
alguna sobre éste -ni nacional ni política-estatal-, va más allá del mero rechazo al 
estado como organización burocrática. Incluye y supera las divisiones por nacionalidades y 
constituye una opción teóricamente válida y prácticamente operativa. Desde luego, no se 
puede asegurar que este tipo de análisis hubiese permitido a los movimientos libertarios 
superar la larga marcha en el desierto que fue la segunda mitad del siglo XX. Tampoco que 
esta propuesta hubiese podido ser la varita mágica que solucionase la miríada de problemas 
que han plagado la historia reciente de los pueblos descolonizados. Pero de lo que no cabe 
duda es de que se trata de un planteamiento consecuentemente revolucionario y libertario 
por derecho propio, que se puede incorporar en líneas generales al acervo del pensamiento 
anarquista como una oportuna actualización, también en sentido práctico, de uno de los 
pilares fundamentales de nuestra idea.

El mejor ejemplo de la veracidad y oportunidad de este planteamiento se halla en el propio 
movimiento de liberación kurdo. Para comprobarlo, no hay más que echar un vistazo a las 
diferentes corrientes y tendencias que se dan entre la población de las diferentes 
regiones del Kurdistán. Es fácil comprobar que su homogeneidad es más que cuestionable. No 
puedo analizar aquí aspectos lingüísticos o culturales, que no conozco. Pero las 
diferencias políticas e ideológicas son evidentes y suficientes por sí mismas. Para 
empezar, el ejemplo más paradigmático de afirmación nacional kurda es la iniciativa 
estatista, capitalista y en absoluto revolucionaria de la Región Autónoma del Kurdistán en 
el norte de Iraq. Construida bajo la égida del PDK (Partido Democrático del Kurdistán), ha 
buscado conseguir rápidamente todas las características propias de un estado, incluida una 
burocracia propia, una política exterior y un ejército -los conocidos peshmergas-. Desde 
luego, y a pesar de todas las críticas que se le puedan hacer, nadie niega que supone un 
importante avance para la población kurda de la zona, con respecto a las masacres y a los 
ataques genocidas con armas químicas que llevó a cabo el régimen de Saddam Hussein en la 
década de 1980. Pero dicho esto, lo cierto es que ni siquiera dentro de este campo tan 
acotado se puede hablar de unidad de la nación kurda. Esta Región Autónoma ya superó un 
enfrentamiento civil interno a partir de 1994 (entre el PDK y la UPK, Unión Patriótica del 
Kurdistán), que dejó varios miles de muertos, y de nuevo se escucharon tambores de guerra 
después del referéndum por la independencia de 2017.

Como estado embrionario, la Región Autónoma busca defender sus intereses a través de una 
política exterior propia. Una prioridad en este sentido es la alianza con Turquía y la 
supresión de las facciones revolucionarias kurdas, hacia las que no muestra simpatía 
alguna. A raíz de ello, permite la presencia permanente de un destacamento militar turco 
en su territorio (lo que ha causado fricciones con el gobierno central iraquí) y las 
incursiones aéreas y ataques de la aviación de aquel país contra las bases de la guerrilla 
kurda en las montañas de Qandil, cerca de la frontera con Irán. Además, es una pieza 
fundamental en el embargo económico que asfixia a la Revolución en Rojava. No cabe duda de 
que la liberación nacional, por sí misma, no tiene nada de revolucionaria.
Más allá de esta zona geográfica, podemos encontrar escenarios similares, o incluso 
peores. Por ejemplo, es de sobra conocido que el ejército de Turquía ha reprimido 
sangrientamente a todas las facciones revolucionarias en las regiones de mayoría kurda del 
sureste de ese país. Estos ataques han dejado miles de muertos y a menudo han atrapado a 
la población civil -término impreciso en este contexto, pero que uso por conveniencia- de 
la zona. A pesar de ello, hay una parte de la población kurda en Turquía que apoya a 
Erdogan. Sin duda, este porcentaje es menor de lo que los voceros del gobierno turco nos 
querrían hacer creer, pero no por ello es inexistente. Se puede comprobar, por ejemplo, en 
los resultados del referéndum constitucional de 2017 y en las elecciones de 2018, en los 
que este apoyo es evidente.

Aunque sin duda, el caso más sangrante debe ser el del Batallón Salah al-Din, que reunía a 
los islamistas kurdos que se habían unido voluntariamente al Daesh (Estados Islámico) y 
que participaron activamente en los combates en la región, además de editar abundante 
propaganda en idioma kurdo dirigida a reclutar nuevos combatientes . Aunque hay que 
reconocer que estos casos extremos no pasaron nunca de constituir una pequeña minoría, su 
relevancia en ocasiones ha sido importante. Por ejemplo, parece probado que los autores de 
los atentados suicidas de Suruc y Ankara, en 2015, que dejaron un total de 142 personas 
muertas y cientos de heridas, dirigidos contra organizaciones progresistas, laicas y 
pacifistas en Turquía, eran kurdos reclutados por Daesh.

A la inversa, aunque es innegable que la columna vertebral de la Revolución confederalista 
democrática es la población kurda de Oriente Medio, no lo es menos que las iniciativas de 
autogobierno y autogestión han conseguido un apoyo apreciable entre otros grupos étnicos y 
culturales de la región. Por ello, se han dado pasos sobre el terreno para articular de 
manera más eficaz la cooperación entre los diferentes participantes. Por ejemplo, en 
octubre de 2015 se fundaron las Fuerzas Democráticas de Siria (FDS), para reunir a las 
diferentes milicias que combatían a los islamistas en la zona. Las conocidas YPG e YPJ se 
integraron en las FDS y, aunque en un principio eran mayoritarias en su seno (en torno a 
un 70% de los efectivos), las constantes adhesiones de unidades árabes, turcomanas y 
siríacas han reducido mucho este predominio. También en un ámbito estrictamente político, 
se adoptó la denominación de Federación Democrática del Norte de Siria, más inclusivo, 
frente al de Rojava, que es una palabra kurda.

El punto hasta el que el proyecto del federalismo democrático ha sido asumido por la 
población no kurda de la zona es objeto de un encendido debate. Abundan los ejemplos y 
argumentos a favor y en contra. No cabe duda de que es un tema importante, porque 
precisamente lo que propone el modelo es un sistema que facilite la convivencia de una 
población étnica, cultural y religiosamente diversa en un territorio, más allá de las 
barreras de nación y estado. No obstante, más allá de constatar que existen multitud de 
condicionantes previos que pueden facilitar o dificultar la integración de un sector 
determinado de la población en el proyecto, es un debate que no se puede resolver aquí. En 
buena medida, también, porque solo se puede dirimir de forma práctica, sobre el terreno.

Lo que se puede concluir de los párrafos anteriores es que no hay motivo alguno para 
equiparar o reducir el confederalismo democrático con el movimiento de liberación kurdo. 
Ni son todos los que están, ni están todos los que son. En todo caso, con lo dicho hasta 
el momento, queda suficientemente demostrado que se trata de un propuesta revolucionaria y 
libertaria por derecho propio, cuya relevancia va más allá de un contexto determinado y 
que hace aportaciones de validez general para cualquier planteamiento que se proponga la 
transformación en profundidad de una realidad social determinada. Lamentablemente, por 
motivos de espacio y de coyuntura no puedo analizar aquí los otros dos pilares del 
confederalismo democrático, la ecología y la liberación de las mujeres. Pero es fácil 
intuir que ambos contienen el germen de aportaciones similares, igualmente relevantes y 
oportunas.

CNT se define como una organización revolucionaria. Nuestro objetivo es la implantación 
del comunismo libertario y nuestra herramienta es el anarcosindicalismo. Así se viene 
afirmando congreso tras congreso, sin vacilar, incluido el más reciente de Zaragoza, en 
diciembre de 2015. Precisamente, el potente desarrollo de un sindicalismo de ruptura no es 
sino un paso previo y necesario para avanzar en la consecución de nuestras finalidades. En 
este momento, a nivel global, es difícil encontrar iniciativas prácticas de transformación 
social, más allá del propio caso del confederalismo democrático. Aunque no falta quien 
vocifera en las redes sociales, lo cierto es que no hay una alternativa consecuentemente 
revolucionaria y capaz. Ante este panorama, la construcción del movimiento revolucionario 
en sí mismo y el desarrollo de sus herramientas prácticas es la tarea que debemos 
enfrentar quienes entendemos que es necesaria una profunda transformación social de las 
estructuras del sistema actual, a todos los niveles. Hacer declaraciones maximalistas en 
ausencia de un proyecto y de un agente que las lleve a cabo es inconsecuente. Ahora mismo, 
lo revolucionario en nuestro contexto es, y no puede ser de otra manera, construir 
movimiento, asentar bases y desarrollar herramientas.

Sin duda, parte de esta construcción es el establecimiento de lazos y relaciones de 
trabajo con proyectos afines. Ya hemos visto que el confederalismo democrático es 
revolucionario y libertario y que supera la cuestión nacional para ser una propuesta 
general y amplia. Es en este aspecto que se da una innegable convergencia con nuestros 
postulados y nuestras finalidades. Por todo ello, como organización consecuentemente 
revolucionaria, CNT no puede sino expresar su admiración y manifestar su más absoluta 
solidaridad con quienes defienden el proyecto del confederalismo democrático, en Rojava y 
en otras partes de Oriente Medio. Máxime cuando sabemos que su defensa frente a las hordas 
fascistas de DAESH o contra la agresión turca ha costado innumerables vidas. Cuando miles 
de compañeros y compañeras se empeñan cada día en construir estructuras de autogestión 
sobre el terreno, en unas condiciones de bloqueo y embargo muy difíciles. Cuando la 
comunidad internacional parece estar a punto de abandonarles a su suerte frente a un 
ejército invasor. No cabe duda de que nuestra solidaridad no será sino una gota en el 
océano de unas necesidades infinitas. Pero que no se diga que no nos hemos volcado con 
ello, hasta la medida de nuestras posibilidades. Es importante para los compañeros y las 
compañeras de la zona, pero, tal vez, aún más para nosotras mismas.

En este sentido, a través del SOV de Hospitalet, se ha tramitado la propuesta de la Comuna 
Internacionalista de contribuir a la campaña de reforestación en Rojava. Como organización 
confederal, no nos cabe sino ponernos a disposición de los compañeros y compañeras sobre 
el terreno y aportar nuestra solidaridad allí donde nos indiquen. Por ello, desde la 
Secretaría de Exteriores animamos a toda la afiliación y a los sindicatos a hacer nuestro 
mejor esfuerzo para apoyar esta ilusionante iniciativa. Para que el bosque siga creciendo, 
en silencio, pero con fuerza imparable.

MIGUEL ÁNGEL PÉREZ - SECRETARIO DE EXTERIORES DE CNT

http://cnt.es/noticias/%C2%BFqu%C3%A9-est%C3%A1-pasando-en-rojava


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