(ca) cnt catalnia: CATALUNYA Y LAS ANARQUISTAS per Ruymán Rodríguez

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Mar Mayo 29 07:35:45 CEST 2018


Hablar de Catalunya, desde el anarquismo (y casi desde cualquier sitio) resulta difícil. 
Lo cómodo parece ser mantenerse al margen, implicarse en las propias dinámicas, desdeñar 
lo que allí pasa como si no fuera nada de importancia o despacharlo tirando de lugares 
comunes y fórmulas doctrinarias. Parece que uno se juega el prestigio al inmiscuirse en 
temas tan enconados en los que se dibujan dos frentes claros, aún dentro del anarquismo. 
Sin embargo, yo no tengo prestigio alguno que arriesgar y hablar sin nada que perder 
aligera bastante la labor. ---- Lo siento por quien no coincida conmigo, pero no puedo 
callarme ante lo que veo (si no he dicho nada antes es por cuestiones ajenas a mi 
voluntad). Advierto que por las mismas cuestiones no me ha sido fácil mantenerme 
completamente informado sobre la situación en Catalunya, y puede que se me escape algún 
detalle que seguro las lectoras sabrán perdonar. Ninguna de mis observaciones alude por 
tanto a ninguna compañera o texto concreto, sólo a sensaciones y corrientes de opinión que 
he detectado.

Advierto también otra cosa, quien esto escribe se considera a sí mismo un apátrida, una 
persona opuesta por convicción y sensibilidad a cualquier nacionalismo y estatismo, 
desafecto a cualquier bandera y enemigo de toda frontera. Criado literalmente en un 
ambiente nacionalista, nunca he conseguido que me motiven ni los identitarismos ni las 
patrias. He visto durante demasiado tiempo, y lo siento por los aludidos, como las 
anarquistas en Gran Canaria nos comíamos solas (o casi) piquetes antidesahucio y realojos, 
sin que los nacionalistas intervinieran cuando desahuciaban a algún paisano suyo ni les 
ofrecieran a los afectados más que folclore y apoyo simbólico. El nacionalismo en Canarias 
ha ofrecido durante décadas galeradas y galeradas hablando de abstracciones, pero ni una 
sola respuesta organizada (excluyendo la caridad), a nivel callejero, a la miseria de un 
pueblo que no come banderas ni puede reivindicar una patria cuando ni siquiera tiene 
tierra. No es la primera vez que escribo esto.

Sobre la cuestión catalana, si simplificamos mucho un asunto que es verdaderamente 
complejo, parece que el anarquismo se ha dividido en dos posturas principales: una que 
llamaremos ortodoxa (aunque el término es deliberadamente engañoso), y que se opone a 
cualquier participación de las anarquistas en el conflicto catalán, y otra heterodoxa 
(ídem), que cree que las anarquistas deben implicarse. Yo no pienso atacar, ni siquiera 
analizar, ambas reducciones; pero sí voy a cuestionar sus exageraciones y lo que tomo por 
fallos estratégicos. Puede que leyendo el anterior párrafo quizás alguien se imagine ya 
dónde sitúo mi voz, pero no les recomiendo que se apresuren. En el anarquismo siempre hay 
hueco para no estar "ni al margen ni en el ajo"(1), para estar con la gente y contra los 
Estados.

Lo siento mucho, pero del discurso ortodoxo se desprenden en demasiadas ocasiones dos 
vertientes, subyacentes pero importantes, que no consigo tragar. En primer lugar detecto 
que muchas veces tras las críticas a la intervención de las anarquistas en lo que se ha 
venido a llamar el procés se esconde una mirada indulgente hacia el Estado español (la 
misma que se acusa de tener con la Generalitat al bando contrario), unos tics rancios de 
centralismo españolista con los que, como ápatrida, ni quiero ni puedo coincidir. Hay 
sorpresa y asombro, entre algunos de nuestros intelectuales, por que las catalanas quieren 
abandonar el naufragado cayuco español, cuando lo que debería sorprenderles es que el 
resto quiera continuar en él. Se alude a un impreciso internacionalismo que en realidad 
sirve de mampara para no admitir un pecado inconfesable: la propia comodidad dentro de una 
España cuya opresión se percibe como tolerable. Se tiene más miedo y se carga más tinta 
contra un Estado hipotético que contra uno real que nos aplasta a diario. El Estado 
catalán, como conjetura, asusta y preocupa más que el Estado español, como certeza. Cuando 
nuestra voz se une a los que cuelgan banderas de España de los balcones y a los que dan 
vivas a la Guardia Civil toca revisar seriamente qué está saliendo de nuestra boca.

El rejo españolista es la primera arista con la que no coincido, y la segunda es el eterno 
recurso de la "pureza". La idea de que el anarquismo es algo demasiado grande y perfecto 
como para bajarlo de su pedestal de cristal de Swarovski y mezclarlo con causas espúreas, 
no es la mía. Así se entiende que en la mayoría de luchas sociales, como es el caso del 
frente de la vivienda en la última década, el anarquismo haya jugado un papel anecdótico o 
de comparsa, salvo aisladas excepciones. Porque para intervenir en esta lucha toca 
juntarse y trabajar con vecinos que pueden ser votantes del PP, que están cargados de mil 
prejuicios y que ignoran las ideas anarquistas. Así se entiende también que en el 15M nos 
mearan la mayoría de oportunistas políticos (nuevamente, salvo raras salvedades) y que en 
los últimos años nos adelante por la izquierda hasta una asociación de petanca. Creemos 
que solo podemos participar en luchas perfectas, con gente perfecta, con un porcentaje de 
un 100% de coherencia y de un 0% de contradicciones. Esas condiciones, todas lo sabemos, 
nunca se darán. Es por eso por lo que ya no participamos en casi nada.

Es triste, pero hemos guardado el pasado en ámbar. Creemos que el 19 de julio de 1936 la 
gente tomó las armas por la revolución social gracias a la ciencia infusa. Omitimos un 
trabajo previo pesado y agotador que describe Anselmo Lorenzo en el Proletariado 
militante(2), y que conllevaba tragar mucha mierda e ir a discutir a círculos burgueses en 
los que a veces se acababa a las malas. Los anarquistas pudieron impulsar los 
acontecimientos revolucionarios del 36 en Barcelona porque antes contactaron con la gente 
en sus aspiraciones más básicas y no le hicieron ascos a disputarle terreno a los 
burgueses ante los auditorios más hostiles. Si hoy se produjera una movilización por 
reducir la jornada laboral a las 6 horas o por bajar la edad de jubilación a los 60 años, 
muchos anarquistas se inhibirían de participar y acusarían a la movilización de reformista 
mientras en sus locales lucirían con orgullo el retrato de los Mártires de Chicago. Parece 
que algunas prefieren hacer una manifestación a favor del Apoyo Mutuo, en abstracto, 
mientras sus vecinos son apaleados ante su mirada indiferente.

Lo siento, pero no me hice militante anarquista para ejercer de vigilante monacal de la 
pureza de un dogma.

Creo que las anarquistas debemos situarnos en unos parámetros bien distintos. El 
linchamiento que sufrieron las catalanas el 1 de octubre de 2017 debería de habernos hecho 
despertar y haber cambiado muchas de nuestras certezas. Estamos asistiendo al apaleamiento 
masivo de un pueblo (de una de sus mitades, si se prefiere) que reivindica, esencialmente, 
el derecho a autogobernarse, y ninguna anarquista puede ignorar esto sin acabar aceptando 
un centralismo estatal que supuestamente hemos combatido desde la I Internacional. Y aun 
cuando las exigencias de las catalanas fueran más peregrinas, aquí nos encontramos ante un 
pueblo desarmado y unas fuerzas policiales que lo aplastan. Nuestro lugar de la barricada 
no puede ofrecer lugar a dudas. Podemos disentir todo lo que queramos de ciertos 
planteamientos independentistas (de hecho lo haré en la parte final de este texto), pero 
igual que oponernos a la persecución de una minoría religiosa no nos convierte en 
creyentes, oponernos a la persecución de las independentistas catalanas no nos convierte 
en nacionalistas. La discrepancia de conceptos en abstracto no nos puede hacer ignorar una 
violencia gubernamental que es concreta, material y tangible. Pongo la represión en el 
centro del debate porque es la demostración más clara del origen de nuestros pruritos y 
reservas, y lo que pone contra las cuerdas a nuestra autentica sensibilidad anarquista. 
Las anarquistas estaban en los años 30 y 40 del siglo pasado con las judías como hoy están 
con las palestinas, porque nuestro lugar, sin necesidad de asumir banderas, Estados, 
creencias religiosas y culturales, siempre ha estado con las perseguidas y contra los 
perseguidores, con las oprimidas y contra los opresores, y nunca nos han cabido dudas al 
respecto. Las anarquistas somos mapuches cuando cargan contra las mapuches, somos kurdas 
cuando bombardean a las kurdas, somos artistas cuando encarcelan a las artistas, y así 
sucesivamente, porque nuestra carne se compone de todas aquellas que sufren la represión 
en cualquier lugar del mundo. ¿Por qué somos anarquistas entonces? Porque quien siempre 
carga, bombardea y encarcela es el Poder. Hoy, por lo mismo, nos toca ser catalanas.

Seguramente varias compañeras verán exagerada la comparativa, pero lo esencial es que el 
sistema judicial español y su policía están apaleando, persiguiendo y encarcelando a 
personas que, peor o mejor, reclaman su derecho como comunidad humana a decidir por sí 
mismas. No reconocer que existe una agresión represiva nos vuelve a colocar ante una 
repugnante indulgencia con el Estado español, su judicatura y fuerzas policiales, que no 
le concederíamos a otros aparatos represivos internacionales. Para mí la sensibilidad 
anarquista debe estar con las catalanas que sufren las cargas y la persecución; lo demás 
es retórica. Creer que debemos asumir el ideario de una víctima para reconocerla como tal 
es unir nuestra voz a la de los verdugos. Ya lo decía Reclus: "Personalmente, cualesquiera 
que sean mis juicios sobre tal o cual acto o tal o cual individuo, jamás mezclaré mis voz 
a los gritos de odio de hombres que ponen en movimiento ejércitos, policías, 
magistraturas, clero y leyes para el mantenimiento de sus privilegios"(3).

En el plano de la sensibilidad y la solidaridad, factores que se ignoran en política, creo 
que ésta debe ser nuestra conclusión. Pero, ¿y en el plano estratégico? La cuestión podría 
extenderse hacia cualquier situación de efervescencia social, más allá de Catalunya. 
¿Deben las anarquistas implicarse en estos casos? Siempre he pensado que sí. Salvo 
contadas excepciones, toda situación de conflicto social es un campo de trabajo propicio 
para el anarquismo. Tener reparos porque su origen o aspiraciones iniciales no son 
libertarias es condenarse a la inacción. Cuando surgió el 15M muchas anarquistas 
despreciaron el fenómeno por reformista y pacato y se negaron a participar. El análisis 
podía ser acertado, pero no la reacción de mantenerse al margen. Las cosas son lo que 
dejamos que sean, y ese "dejamos" nos incluye a nosotras. Las cosas se institucionalizan, 
politizan (en el mal sentido) y desinflan a niveles revolucionarios porque precisamente 
nosotras, las revolucionarias, nos quedamos de brazos cruzados y lo permitimos. Somos 
responsables. La I Internacional surge en 1864, entre otros factores, por las ganas que 
tenía Napoleón III de dar un aspecto social y aperturista a su dictadura, por eso manda a 
un grupo de proudhonianos a Londres para que confraternicen con los cartistas ingleses. 
¿Debían participar los anarquistas en eso o despreciar el invento por sus orígenes? La 
historia nos demuestra que no le hicieron ascos al asunto y que gracias a él acabaron 
teniendo preponderancia en el movimiento obrero de las regiones europeas latinas.

Cuando las anarquistas grancanarias intervinimos en el 15M no lo hicimos de forma 
complaciente y aquiescente. Seguramente muchas reformistas y miembros de partidos 
políticos nos recuerdan más como generadoras de conflictos y eternas disidentes que como 
otra cosa. Pero esa participación no sólo desbarató muchos de sus manejos y radicalizó 
algunas situaciones y reivindicaciones, también nos permitió dar a conocer las ideas y 
herramientas anarquistas y afianzarnos como colectivo. Cuando la FAGC empezó a andar por 
el frente de la vivienda convocó asambleas de inquilinas y desahuciadas en las plazas y 
así contactamos con muchas vecinas, pero no fue esa nuestra única forma de crecer. La PAH 
local de aquella época, refractaria a la okupación, no interesada por los casos de 
alquiler y, a nuestro entender, bastante institucionalizada, no parecía un buen lugar para 
que la anarquía dejara su semilla. Pero fue en algunas de sus asambleas, a las que nos 
autoinvitábamos y en las que exponíamos a modo de contraste nuestra forma diferenciada de 
abordar la lucha por la vivienda, cuando muchos casos que no hallaban solución en la PAH 
empezaban a contactar con nosotras. Hacía falta que fuera allí, en una confrontación de 
ideas directas, donde las personas cuyos casos de alquiler se desestimaban escucharan que 
el problema de la vivienda requería soluciones integrales, sin situar a las hipotecadas 
por encima de las inquilinas y precarias. Hacía falta que la gente que ya tenía una orden 
de lanzamiento firmada en la mano escuchara allí que la okupación, convertida en tabú por 
parte de los activistas de clase media, siempre sería una alternativa más viable que 
dormir en la calle. ¿Qué potencial revolucionario tiene una movilización vecinal contra la 
colocación de parquímetros, la construcción de un bulevar o el levantamiento de un muro? 
Si nos dejáramos llevar por las apariencias, por lo inmediatista y localista de la 
reivindicación, por la voz de algunos participantes cargada de prejuicios y de ideas 
derechistas, seguramente nos parecería que ninguna. Pero como nos recomendaba 
Malatesta(4), es nuestro cometido participar en esas reclamaciones parciales y llevarlas a 
lugares más lejanos y más hondos. De ahí vienen las explosiones sociales, aunque sea a 
pequeña escala y a modo de entrenamiento para el futuro. ¿Pueden ser los actuales CDR 
(Comités de Defensa del Referéndum primero, y de la República después) algo similar? Lo 
desconozco porque la distancia no me permite hablar más que de oídas. Lo que sí sé es que 
en cualquier organización barrial y vecinal de base las anarquistas debemos intentar 
participar (hasta donde veamos que nos sea posible) para profundizar en el carácter social 
de las reivindicaciones y tratar de radicalizar tanto las formas como los fondos. Algunas 
compas me aducen con razón que no se ven participando en un órgano que apoye referendos y 
repúblicas, pero nada cuesta que esa erre se transforme y se levanten Comités de Defensa 
de la Revolución, tan sólo con participar, implicarse e intentar desbordar las 
expectativas. De todas formas, el continente no debería pesar más que el contenido.

Leído lo leído, las compas que siguen estas líneas pueden haber concluido que propongo que 
el anarquismo se sume al proceso soberanista catalán y que apoye a éste, y a las fuerzas 
que lo impulsan, de forma incondicional. Nada más lejos de mi intención. De hecho 
considero que para ofrecer apoyo ciego e implicación acrítica es mejor no salir de casa. 
Vaya por delante que no pretendo desde mi ultraperiferia decirle a las compas catalanas, a 
los que lo viven en primera persona y tienen que lidiar con el asunto a diario, cómo deben 
o no hacerse las cosas. Sólo pretendo ofrecer una visión desde la perspectiva que da la 
distancia y también desde la cercanía a los procesos de independencia que nos ofrece 
nuestro cercano continente africano.

En todo acto de conflicto social es interesante y necesario que intervengan las 
anarquistas, pero deben hacerlo a su modo y con sus propias condiciones. La participación 
anarquista es necesaria en clave de tensión, e incluso de oposición callejera. Porque 
implicarse no es ni puede ser sinónimo de colaboracionismo. Este aspecto no se está 
contemplando, al menos en toda su dimensión. La acusación de equidistancia y neutralidad 
ante cualquier desacuerdo, el "esto no toca" ante cualquier discrepancia, el "le estás 
haciendo el caldo gordo a la derecha y al 155" ante cualquier crítica, generará un 
ambiente óptimo para que quienes controlan el próces desde las instituciones se sientan 
cómodos, pero jamás permitirá que se pueda ahondar en la radicalización social del 
conflicto. El papel de las anarquistas no puede ser ni de palmeras ante los políticos 
menos malos ni exclusivamente de carne de cañón en los desafíos físicos (piquetes, cortes 
de carretera, etc.), eso no es más que reproducir milimétricamente un pasado en el que no 
nos fue demasiado bien.

Cuando estalla la Guerra Civil en 1936, y la consiguiente revolución popular, los comités 
confederales y anarquistas pierden todo el verano, cuando el impulso de la revolución era 
más fuerte, debatiendo sobre el papel del movimiento libertario en los acontecimientos. La 
tesis que se impuso desde primera hora fue la de la colaboración con las instituciones 
republicanas, tesis que reforzaba a quienes desde dentro de las organizaciones libertarias 
ya habían pedido el 14 de abril de 1931, ante un marco muy distinto, que se dejara 
respirar a la nueva República Española y se rebajara la conflictividad social para no 
poner en peligro su asentamiento. Este espíritu, reeditado en 1936, iría cristalizando mes 
a mes hasta hacer inviable toda crítica al gobierno y a sus disposiciones. Allí también se 
aducía el "esto no toca" y se hablaba de deslealtad y de lo contraproducente para la causa 
común que era emitir cualquier crítica. Así se va aceptando la militarización, la 
participación gubernamental, se va quitando a los anarquistas más recalcitrantes, como 
Liberto Callejas, de la prensa confederal, y se les va sustituyendo por otros más dóciles 
como Jacinto Toryho, hasta que el anarquismo, motor ideológico de la revolución, se ata 
así mismo las manos y asume el rol de comparsa republicana. José Peirats diría que lo 
mejor para la CNT hubiera sido convertirse en oposición, manteniendo su trinchera en la 
calle y en lo social(5). Si esta tesis puede mantenerse -de forma bien fundada viendo los 
acontecimientos posteriores- cuando el anarquismo era una fuerza preponderante, ¿cómo no 
mantenerla hoy cuando es ultraminoritaria?

La idea de intervenir sólo en los posibles altercados callejeros, pero sin elaborar un 
discurso propio detrás, con una estrategia de conflictividad propia, tampoco es propicia 
para que la cuestión social se abra camino. En todas las revueltas y conatos 
revolucionarios las anarquistas se han partido la cara en la calle las primeras, sin que 
esto haya evitado que desaparecido el alboroto también haya desaparecido su influencia. 
Victor Serge le relató a Ángel Pestaña cómo durante la Revolución Rusa las anarquistas 
ganaron mucho afecto popular al ser las primeras en batirse el cobre durante las jornadas 
de octubre, pero cómo todo se fue diluyendo cuando después de actuar como fuerza de choque 
se volvieron a sus locales a debatir sobre el sexo de los ángeles(6). Las anarquistas 
hemos sido, a nivel histórico, perfecta carne de cañón en conflictos que generan otros, 
pero no siempre hemos sabido generar los propios o al menos introducir nuestras exigencias 
en dichos conflictos y mantener la tensión callejera necesaria para alcanzar nuestros 
verdaderos objetivos que son, por fuerza, populares y extraparlamentarios.

La implicación por tanto debe ser práctica, resolutiva, pero respondiendo a una estrategia 
propia y no prestada, y sobre todo debe ser crítica y autónoma, incómoda, debe ser 
generadora de tensión social y no pacificadora. Y esto debe aplicarse a todo.

Aceptar banderas e identitarismos sólo aleja el conflicto del terreno social y lo entrega 
en manos de quienes controlan la narrativa de las emociones abstractas. Mientras el 
conflicto gire entorno a lo abstracto y no a lo concreto, el pan, la vivienda, la 
asistencia sanitaria, el trabajo, la autonomía económica, serán elementos que podrán 
sacrificarse sin pesar alguno en el altar de las patrias y los himnos. Los que buscan la 
hegemonía de lo etéreo son los mismos que buscan que no se mencione el capitalismo ni las 
posibles alternativas a éste. El juego del nacionalismo es poner a los elementos 
abstractos, como la nación, la identidad colectiva, los símbolos, en el centro del 
discurso, para evitar que tomen voz las personas concretas. Lo más peligroso, para los 
vendedores de quimeras, es que la gente llegue a darse cuenta de que autogobernarse no 
significa cambiar una bandera por otra, sino tomar decisiones sobre su propia economía, su 
propio modelo social y su propia vida.

Por otra parte, asumir que las anarquistas sólo pueden implicarse en un conflicto 
asimilando las ideas de quienes hasta ahora lo han dirigido es haber perdido de antemano. 
Aceptar como un mal menor supuestos pequeños Estados de rostro amable y simpáticas 
repúblicas coloristas es pecar de exceso de ingenuidad y de un optimismo infantil. Los 
Estados que nacen, después de procesos revolucionarios o de independencia, son, a ojos de 
sus partidarios, como niños mimados a los que se les consiente y perdona todo. Cualquier 
error que cometen es culpa de las agresiones externas, cualquier exceso represivo es 
responsabilidad de la nueva situación, etc. Esta idea se extiende y se acaba convirtiendo 
en un mantra para los grupos de presión que intentan silenciar cualquier disidencia 
aduciendo a la vulnerabilidad del nuevo Estado y acusando de desestabilizar a cualquier 
discrepante. Los Estados jóvenes son pequeños tiranos consentidos, y creer que son más 
fáciles de moldear o desafiar, por parte de su población interna, es un ejercicio de 
inocencia política imperdonable(7). Las anarquistas, en tanto en cuanto defiendan un 
proyecto de autogestión y autonomía real, no tienen porque sumarse a una aspiración, por 
muy generalizada que se pretenda, de carácter estatista. ¿Que toda tesis que no contemple 
la creación de un nuevo Estado está descartada entre la población? Pues nuestra misión es 
introducir la idea opuesta, pero no a través de manifiestos, discursos y jeremiadas, sino 
a través de crear los órganos prácticos, prescindiendo de cualquier retórica, que la hagan 
posible. Crear comités, comisiones y asambleas, o la estructura que se prefiera, para 
empezar a gestionar recursos fácilmente asumibles por la comunidad (como vivienda y 
suministros) que demuestren que en un nuevo marco de ruptura se puede prescindir del 
Estado. Con Estado y república, como nos demuestran la mayoría de países del mundo que han 
renunciado a las monarquías y siguen siendo regímenes liberticidas y capitalistas, no hay 
ruptura posible. Hay un cambio institucional pero no una transformación real de las 
relaciones económicas y sociales, y eso es lo realmente importante.

Ese es el peligro de aceptar el transversalismo como consecuencia inevitable del conflicto 
catalán. Los movimientos nacionales suelen ser, por tendencia, transversales e 
interclasistas; los movimientos sociales no pueden ni deben serlo. Aceptar la necesidad de 
la transversalidad es aceptar que la batuta del procés la lleve la burguesía catalana, con 
las consecuencias que esto conlleva. A la burguesía catalana le pueden importar mucho los 
símbolos y los sentimientos, pero su mayor afecto es para con el dinero y su símbolo 
favorito es el de los billetes de 500 euros. La propiedad privada lo es todo para ella, y 
no sacrificará nada que pueda ponerla en riesgo. Ante todo lo que pueda afectar al statu 
quo económico (por eso desaceleró tanto el procés -quizás más que la propia represión 
estatal- la fuga de capitales y los boicots empresariales españolistas) sabe bien dónde 
debe situar su solidaridad de clase -mucho mejor que nosotras-. Por eso el PdeCat se ha 
olvidado de la humillación del 155, de la provocación de ser un país tomado por la Guardia 
Civil, de sus presos y exiliados, y ha firmado con el PP, Ciudadanos y el PNV un acuerdo 
para destrozar la okupación famélica con desalojos expeditivos(8). Eso es transversalismo, 
y lo es también Felip Puig mandando a sus mossos a apalear manifestantes durante el 15M, 
lo son los mossos torturando a detenidos en comisaría y disparando pelotazos de goma en la 
cara, lo es Xavier Trías semiderribando Can Vies, lo son los desahucios, la gentrificación 
y la persecución de manteros, y lo son mil cosas más que las compas catalanas conocerán 
mucho mejor que yo. La retórica de los males menores es la madre de los grandes batacazos.

Y es aquí donde entramos en una cuestión capital. A la burguesía catalana sólo le interesa 
la independencia política, la de sus instituciones y sus estructuras de poder. Al pueblo 
trabajador catalán lo que le debe interesar es la independencia económica y social, porque 
sin esta última la independencia política se convierte en algo inútil y meramente 
estético. Si algo nos ha demostrado el sangrante ejemplo de África es que el supuesto 
proceso descolonizador que se produjo en el continente en la segunda mitad del siglo XX 
fue un proceso puramente formal que dejó intacta la estructura colonial en su mismo 
tronco. Los países africanos pueden presumir hoy de independencia política (a veces 
bastante parcial), pero su independencia económica está completamente en entredicho: los 
beneficios de sus recursos siguen sin permanecer en el suelo que los produce y siguen 
enviándose a la antigua metrópolis y su economía sigue siendo dependiente de las antiguas 
potencias coloniales. Los imperios de antaño sólo cedieron la independencia política 
cuando se aseguraron de que sus empresas tenían bien atado el monopolio económico. 
Catalunya puede conseguir mañana mismo la independencia sin que la situación de su clase 
obrera cambie en lo más mínimo, pues su economía puede seguir siendo perfectamente 
dependiente del Estado español y la Unión Europea (de ahí el temor de la derecha 
nacionalista catalana a romper con Europa). Cualquier intento de independencia que sólo 
contemple los aspectos políticos y no económicos sólo conseguirá una cosa: instituciones 
libres con ciudadanos esclavos.

Ese es el problema de que se haya aceptado que el proceso que se está dando en Catalunya 
tenga que ser dirigido por políticos profesionales, por partidos e instituciones. El 
protagonismo es suyo, y ellos deciden los tiempos y las hojas de ruta sin que les importe 
una mierda las exigencias de la calle. Si algo nos demostró la Revolución Francesa es el 
grave riesgo que corre el pueblo trabajador cuando se ponen al servicio de la burguesía y 
un supuesto "bien mayor". Las obreras hacen la revolución pero después dejan que sean 
otras quienes decidan su curso. Así son utilizadas y explotadas para consolidar los 
intereses de una nueva clase dominante y finalmente son desechadas cuando ya no responden 
a ningún propósito útil. La misión de las anarquistas, y de todas aquellas fuerzas 
sociales extraparlamentarias, es una misión titánica pero importante: deben intentar que 
la capacidad de decisión se desplace de las instituciones a la calle; sacar el 
protagonismo del parlamento y los partidos y ponerlo en las organizaciones de base de 
barrio y su capacidad de generar narrativa y tensión; agudizar el antagonismo entre pueblo 
y gobierno, entre trabajadoras y clase política, hasta forzar el divorcio. La calle no 
está para apoyar a las instituciones y a los políticos, sino para presionarles y 
sobrepasarlos. Cuando antes citaba a Anselmo Lorenzo y cómo los primeros 
internacionalistas debatían en ambientes hostiles, no me refería -y espero que no se me 
haya entendido así- a mezclase con políticos ni a participar en sus aparatos de poder; 
hablaba de disputarles el auditorio; de cuestionar su legitimidad para encabezar cualquier 
proyecto colectivo; de juntarse con la gente de abajo, con independencia de sus ideas a 
priori, para empezar a desafiar la hegemonía gubernamental y poder construir desde la raíz.

La tarea es ardua y quizás, sobre todo a estas alturas, parezca imposible. Pero creo que 
las anarquistas que toman la decisión de implicarse en un proceso de ebullición social 
deben de hacerlo con sus condiciones; no por dogmatismo sino porque la propia práctica y 
la experiencia nos demuestran que es lo más pragmático. Para sumarnos a la combustión 
social no es necesario aceptar sufragios, Estados, banderas y chorradas; es necesario 
buscar el espacio para fracturar y meter nuestros discurso, y sobre todo nuestra praxis, 
por las grietas. Cuando Errico Malatesta lucha contra el colonialismo inglés en Egipto en 
1882, o cuando Louise Michel apoya las reivindicaciones canacas y argelinas contra el 
Estado francés desde Nueva Caledonia en 1873, no hacen más que buscar una palanca social 
en conflictos que inicialmente sólo son nacionales. Bakunin mismo mantendría un fuerte 
idilio desde finales de los años 40 del siglo XIX con los movimientos soberanistas eslavos 
y las convulsiones nacionales que por entonces sacudían Europa y sólo lo rompería en 1863 
después de sus últimos desencantos con el movimiento nacionalista polaco e italiano. Hasta 
cuando las anarquistas se han negado a participar en intentonas que consideraban 
fracasadas o que estaban impulsadas por los mismos que las perseguían, como el intento de 
proclamación de independencia de Companys en la Catalunya de 1934, no lo hacían para 
quedarse de brazos cruzados, sino para recoger los fusiles de los vencidos y prepararse 
para organizar sus propios levantamientos.

No soy optimista ni confiado. Tengo, de hecho, muchas reservas. Sólo sé que ante un caso 
de represión y cacería de disidentes como el que el Estado español está ejecutando en 
Catalunya nuestro deber, como libertarias, es estar con las catalanas y contra los 
resortes represivos del gobierno. Sólo sé que las anarquistas hemos de aprovechar casi 
cualquier situación de descontento popular para meter baza y para introducir presión en la 
olla social y evitar así que la gente siga sometida a la lealtad institucional y a la 
disciplina de partido. Sólo sé que para que el conflicto se externalice y el desafío con 
el gobierno pueda extenderse a otros puntos del Estado español es imperativo que 
transcienda de su dimensión nacional y aborde definitivamente la cuestión social. Sólo sé 
que el pueblo catalán, durante todo este proceso, ya ha dado por sí mismo varías muestras 
de rebeldía y de desobediencia a disposiciones, mandatos, ordenes y leyes. Sólo falta, por 
parte de nosotras, de todas las que componemos las fuerzas extraparlamentarias callejeras, 
que empujemos para coadyuvar a que también se vean capaces de desobedecer a sus propios 
líderes y empiecen a tomar decisiones sobre lo social, sobre la producción, sobre la 
distribución, sobre el pan y el techo, sobre su destino, sin delegar en nadie más que en 
ellas mismas. Repito que parece complicado e incluso imposible, pero ese es nuestro 
terreno: conseguir que lo extraordinario pase a ser cotidiano y que lo imposible sea 
factible. De hecho todos los proyectos que en este conflicto parecían posibles, por lejos 
que hayan podido llegar -sobre todo en lo simbólico-, hasta ahora han fracasado. Buscar lo 
imposible es hoy, en Catalunya, lo más realista.

Ruymán Rodríguez

NOTAS

1) Así decía Carmen Martín Gaite en un poema (Ni aguantar ni escapar) que versionó Chicho 
en A contratiempo (1978): "Ni de ida ni de vuelta/ni al margen ni en el ajo/ni pasión ni 
desdén:/vacilación resuelta/con el suelo debajo/por entre el mal y el bien/[...]ni súbdito 
ni rey/ni a cualquier viento hoja/ni el paso altivo y fuerte:/por donde pisa el buey/pero 
en la cuerda floja/mientras llega la muerte".

2) "Uno de los días de reunión del núcleo organizador aparecieron unos carteles anunciando 
una reunión pública que celebraría el domingo siguiente en la Bolsa la Asociación para la 
Reforma de Aranceles. Esto me inspiró la idea de proponer al núcleo que designase uno de 
los individuos para hacer una pública manifestación de sus aspiraciones, fundándome en que 
ninguna ocasión mejor que aquella para la publicidad que deseábamos; tratándose allí la 
cuestión social, aunque limitada por el criterio burgués a discutir sobre proteccionismo y 
libre cambio, nuestra intervención podría abrir una vía nueva que separase a los 
trabajadores de la sugestión política a que se hallaban a la sazón sometidos y les 
inclinase a ingresar, como es de razón, en el proletariado militante" (A. Lorenzo, El 
proletariado militante, tomo I, 1901).

3) Citado por Antonio Téllez en La Guerrilla Urbana I. Facerías, 1974.

4) "Cuando suceda alguna rebelión espontánea, como varias veces ha acontecido, corramos a 
mezclarnos y busquemos de hacer consistente el movimiento exponiéndonos a los peligros y 
luchando juntos con el pueblo. Luego, en la práctica, surgen las ideas, se presentan las 
ocasiones.[...]Organicemos movimientos para obligar a los municipios a que hagan aquellas 
cosas grandes o chicas que el pueblo desee urgentemente, como, por ejemplo, quitar los 
impuestos que gravan todos los artículos de primera necesidad. Quedémonos siempre en medio 
de la masa popular y acostumbrémosla a tomarse aquellas libertades que con las buenas 
formas legales nunca le serían concedidas. En resumen: cada cual haga lo que pueda según 
el lugar y el ambiente en que se encuentra, tomando como punto de partida los deseos 
prácticos del pueblo, y excitándole siempre nuevos deseos" (E. Malatesta, En tiempo de 
elecciones, 1890).

5) "Fuera del gobierno estábamos en la oposición, en nuestra trinchera, y teníamos un 
factor tantísimo en nuestras manos: la producción, la economía. Podíamos ser una fuerza de 
presión muy difícil de manejar mientras que, yendo al terreno del adversario, nos 
separábamos de nuestro terreno firme y nos transformábamos -cual ocurrió- en fáciles 
marionetas en sus manos" (Entrevista con J. Peirats el 19 de junio de 1976, recogida en el 
cuadernito Colección de Historia Oral. El movimiento libertario en España I, sin fecha).

6) "[...]Los grupos anarquistas fueron los primeros en batirse y dar la cara al 
enemigo[...], de ellos partió la mayoría de iniciativas, batiéndose siempre en los lugares 
de más peligro.[...]Arrastraron al pueblo a las trincheras y en ellas estuvieron hasta el 
último instante, mientras Lenin, Trotsky y Zinóviev y compañía, tomaban prudentemente el 
camino de Moscú. Pero después de esto, después de la heroica defensa de las trincheras y 
de batirse valerosamente, ya no se les vio por parte alguna. Se encerraban en sus casas o 
en sus clubs, y vengan y vayan discursos, sin interrumpir enérgicamente en el prosaísmo de 
una realidad que era, en aquellos momentos, muy superior a toda concepción abstracta de 
las ideas" (V. Serge citado por A. Pestaña en Setenta días en Rusia. Lo que yo vi, 1924).

7) En Dios y el Estado (1882) ya nos advertía M. Bakunin: "Pero los Estados medianos y 
sobre todo los pequeños, se dirá, no piensan más que en defenderse y sería ridículo por su 
parte soñar en la conquista. Todo lo ridículo que se quiera, pero sin embargo es su sueño, 
como el sueño del más pequeño campesino propietario es redondear sus tierras en detrimento 
del vecino; redondearse, crecer, conquistar a todo precio y siempre, es una tendencia 
fatalmente inherente a todo Estado, cualquiera que sea su extensión, su debilidad o su 
fuerza, porque es una necesidad de su naturaleza". Las palabras de Bakunin se ajustan a 
una realidad empíricamente demostrada. Nos basta con hacer un seguimiento a la historia de 
los imperios para descubrir que casi todos fueron pequeños Estados alguna vez y que muchos 
incluso nacieron de idealistas luchas por la independencia, pero ninguno pudo escapar a 
este axioma: aun los Estados más pequeños son homicidas en su sueños.

8) "La comisión de Justicia del Congreso ha aprobado una proposición de ley para 
desahuciar a okupas[...]en 20 días[...]. La iniciativa del PdeCat ha sido apoyada por el 
PP, PNV y Ciudadanos[...]" (E. Vega, El Congreso aprueba el desahucio exprés contra los 
okupas, 24 de abril del 2018, en Cadena SER).

https://lasoli.cnt.cat/25/05/2018/catalunya-y-las-anarquistas/


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