(ca) cgt catalunya - El sueño institucional crea monstruos (y no sólo la investidura del Quim Torra) - Artículo de Ermengol Gassiot

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Dom Mayo 20 08:16:07 CEST 2018


Hay varias motivaciones para participar en las instituciones desde eso que, de manera 
genérica, se llama la izquierda. Una es el convencimiento de que, desde las instituciones, 
se puede gestionar la realidad. Lo del "asalto a los cielos". Como se pueden imaginar, 
esta ni me la creo ni me interesa. Otra es la creencia de que el juego institucional puede 
fortalecer los movimientos sociales y el activismo de fuera, de la calle, de los barrios y 
pueblos, de los puestos de trabajo, etc. Una tercera deriva de considerar que la mejor 
manera de destruir al enemigo, que es o está en las instituciones, es desde dentro. Y 
finalmente, la última, puede considerar que no nos queda otra que entrar, a pesar de ser 
consciente de que no es nuestro escenario.

Aunque tampoco me siento especialmente interpelado, los supuestos que van del dos al 
cuatro nos plantean escenarios más cercanos que el primero. El municipalismo alternativo 
desde hace años vemos que plantean algunos sectores de los movimientos sociales puede ser 
un ejemplo. Alguien podría decir que lo de ir a los comités de empresa para vaciarlos de 
contenidos sería otro, aunque la relevancia pública de este ámbito institucional es mucho 
menor que el de los ayuntamientos. Y seguro que nos viene a la mente el famoso "caballo de 
Troya" de hace unos años. En síntesis, sabemos de qué hablo y seguro que todas y todos 
tenemos diversas opiniones y valoraciones al respecto. No quiero entrar directamente, al 
menos en el debate de partida sobre el juego institucional. Hoy prefiero fijarme de 
algunos efectos.

La presencia en las instituciones nos sitúa en unos escenarios que en absoluto son 
nuestros. Yo hablo a partir de mi experiencia en comités de empresa y, supongo, que para 
quien está en un ayuntamiento (y ni que decir en un parlamento) esto todavía es mucho más 
exagerado. Un primer efecto de la institución es hacerte diferente a tus compañeros. Tú 
estás; ellos y ellas, no. Como por arte de magia (bueno, de magia a lo menos, no; detrás 
hay el estado) tienes la capacidad de acceder a información y puntualmente de tomar 
decisiones que afectan a tus iguales que, paradójicamente, no tienen esta misma capacidad. 
Ya que generalmente se argumenta que en realidad no se pierde el vínculo con fuera, pero 
fácilmente las instituciones terminan debilitando nuestra pertenencia a un espacio 
externo. Un espacio que,

La segunda fase en este proceso es el situarte en escenarios que no son nuestros, y te 
llevan a participar de debates y discusiones que ni las hemos querido nosotros ni hemos 
tenido la capacidad de decidir sus términos. En el mundo del trabajo, la negociación en 
despachos de un ERE puede ser un ejemplo paradigmático que, además, generalmente siempre 
acaba mal por nuestros intereses. En el mundo institucional se me ocurren las normativas 
del civismo, los presupuestos y un largo etcétera. Generalmente el desenlace de estas 
situaciones siempre acaba poniendo encima de la mesa la opción del "mal menor". Una 
situación que no nos gusta, que somos conscientes de que no responde en absoluto a 
nuestros intereses pero que, por otra parte, asumimos que es la menos lesiva de las 
alternativas que se nos presentan. Aquí ya hay un dardo envenenado que suele pasar 
desapercibido. Las alternativas respecto las que esta opción es el mal menor son las que 
nos ofrece el juego institucional. Unas instituciones que no son nuestros y que, sobre el 
papel, al entrar es para combatirlas.

Un paso más es cuando se acaba aceptando este mal menor. Así la institución (o la empresa 
llegado el caso) ofrece algunas pequeñas limosnas que justifiquen argumentar que es mejor 
asumir la alternativa en cuestión que no hacerlo. Y aquí los argumentos basculan entre las 
pequeñas contrapartidas que se nos conceden y (supuestamente) terribles consecuencias de 
prosperar las otras posibilidades puestas encima de la mesa de los debates 
institucionales. Durante este camino cada vez nos queda más lejos la posibilidad de hacer 
un puñetazo sobre el mostrador, romperlo, marcha a paseo las fichas y volver a las 
asambleas y en nuestros espacios organizados, con los compañeros y compañeras, a plantear 
nuestra lucha. Con el tiempo parece como si, llegado el caso, incluso nos de miedo 
hacerlo. O, simplemente,

La dinámica del mal menor nos hace alejarse, paso a paso, de donde estábamos y de lo que 
queríamos seguir siendo. También nos acostumbra, cuando somos los y las que nos quedamos 
fuera de las instituciones, a aceptar las reglas de su juego ya imponer la cultura de la 
delegación. Es decir, a mutilar también nuestra autonomía como sujeto colectivo cediendo a 
los compañeros / as que participan nuestra capacidad de hacer política. Lo hace de manera 
gradual, porque si el proceso fuera repentino, fácilmente habría que de manera consciente 
saldría rápidamente y no se dejaría arrastrar. Y podría nacer una alternativa real. En 
cambio, de manera lenta pero firme el juego institucional acaba imponiendo la adaptación a 
sus propias normas y en su propia naturaleza que, como decía, responde al aparato del 
estado. Es análoga a la imagen de la metáfora de la rana dentro de la olla con un agua que 
poco a poco va subiendo de temperatura y que se puso de moda en la época de los recortes. 
Ahora, sin embargo, la rana es la autonomía de aquellos espacios sociales que en un 
determinado momento entran al juego institucional.

Es obvio que esto que expongo se puede decir también del sindicalismo donde yo milito hace 
años. Cierto. Quiero pensar, sin embargo, que mantenemos prácticas que escapan de esta 
camisa de fuerza. Y creo que ya hace tiempo que compañeros / as ponen el tema sobre la 
mesa y reclaman hablar. Pero, hay otras realidades donde las implicaciones de estas 
dinámicas son de mucho mayor alcance, tanto por la cultura política que transmiten, de 
reproducción acrítica de los mecanismos institucionales, como por las consecuencias a la 
inmensa mayoría de la población. La investidura de Quim Torra, de quien me ahorro hacer 
ningún comentario, es un triste ejemplo. Simplemente, como decía, el sueño institucional 
crea muestras. Unos monstruos que no sólo son el 131 presidente de la Generalitat.

* Ermengol Gasiot es Secretario General de la CGT
https://lasaldelaterra.wordpress.com/2018/05/13/el-somni-institucional-crea-monstres-i-no-nomes-la-investidura-del-quim 
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http://www.cgtcatalunya.cat/spip.php?article12841#.WvnMkJ99LCI


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