(ca) FAI, Tierra Y Libertad #358 - Creadores de crisis

a-infos-ca en ainfos.ca a-infos-ca en ainfos.ca
Dom Mayo 6 12:02:43 CEST 2018


Es una opinión generalmente aceptada creer que el progreso constituye la base de la 
evolución humana, en el que se representa el pasado como una progresión inevitable hacia 
cada vez más libertad y más ilustración. Un progreso que comienza en la Prehistoria y 
continúa su imparable avance hasta nuestros días. Esta idea surgió durante la Ilustración 
francesa: la expresó primero Gibbon en Historia de la decadencia y caída del Imperio 
romano (1781) y más tarde Condorcert en su obra Bosquejo de un cuadro histórico de los 
progresos del espíritu humano (1795). El filósofo Kant poco después afirmó que "El género 
humano siempre ha estado progresando hacia lo mejor y así seguirá en lo sucesivo". Y desde 
entonces, la creencia en el progreso se convirtió en la visión dominante de la historia de 
la humanidad.
De la piedra tallada a la era de internet, el progreso tecnológico parece incuestionable, 
admirable y portentoso. No tanto así el progreso ético y moral, cuando continúa existiendo 
guerra, pobreza, opresión y esclavitud para millones de personas en todo el planeta; 
cuando las naciones más ricas, cultas e influyentes de la Tierra han desencadenado 
multitud de guerras -entre ellas, dos mundiales- con el único propósito de incrementar su 
riqueza -poseída por una minoría-, y consolidar su poder sobre otros pueblos más pobres e 
indefensos.

Somos muchos los que nos sentimos implicados en la lucha contra las opresiones y las 
injusticias, donde quiera que se den. El combate es siempre desigual, y hay que estar 
dispuesto a sufrir las consecuencias. Pero la fuerza de nuestras convicciones, la 
resistencia en nuestro compromiso hará que la humanidad avance hacia un mundo mejor.
Alvah Bessi

Esta explicación era cierta hasta cierto punto, pero no contaba toda la verdad. Para 
empezar, no decía que el progreso, entendido como el bienestar colectivo, fuera 
consecuencia de las luchas populares, de concesiones otorgadas por las clases dirigentes, 
a cambio de evitar una revolución que transformase por completo la sociedad entera. No 
explicaba que los derechos y libertades, además de inherentes a todo ser humano, tuvieron 
que ser duramente conquistados.
Y tampoco se ocupaba de analizar si este tipo de progreso suponía realmente una vida mejor 
para todos, o, por el contrario, condenaba al mundo a la miseria, la injusticia y la 
violencia. Un progreso que parece haber olvidado por completo cualquier consideración 
hacia los seres humanos y que no ve en la naturaleza de este planeta único más que una 
fuente de riqueza por explotar.
No obstante, resulta innegable que si examinamos la historia, tras el fin de la Segunda 
Guerra Mundial en 1945, por primera vez hubo una época en la que mejoró considerablemente 
la suerte de una parte considerable de la humanidad. Con el establecimiento del Estado del 
bienestar, en ciertas zonas del mundo -el conjunto de los países desarrollados- se produjo 
un indudable progreso material, seguido de importantes avances en cuestiones de educación, 
sanidad y trabajo. Gracias a los impuestos progresivos, a los servicios sociales y a las 
garantías contra la indigencia, las democracias modernas evitaban los extremos de riqueza 
y pobreza.

No sólo debes pensar en tu familia -aunque ganarse la vida es duro y criar una familia no 
es fácil-, pero tienes que recordar que está tu vecindario, y tu ciudad, y tu país, ¡que 
hay un mundo! Que nacimos internacionalistas y que ser consciente de lo que pase en el 
mundo y hacer algo para cambiarlo da un nuevo significado a tu vida. Y que aquellos que 
luchan por la justicia no ganan muchas batallas, pero la lucha misma vale la pena.
Moses "Moe" Fishman

En este periodo, los salarios subieron y con ellos creció la demanda de bienes de consumo 
por parte de los asalariados, lo que ocasionó un incremento de la producción. Era el 
acuerdo tácito por el que "los patronos pagaban a sus trabajadores lo suficiente para que 
éstos comprasen lo que sus patronos vendían". En la "democracia capitalista" se 
garantizaba un mínimo reparto de la riqueza y existía un relativo grado de libertad 
personal, sin que por ello se vieran afectadas las estructuras sociales basadas en la 
clase y la riqueza. En definitiva, daban lo suficiente para mantener a la población 
tranquila y dócil, haciéndoles creer además que participaban en el juego democrático. No 
fue un gesto altruista de las clases dirigentes, por el contrario, el bienestar conseguido 
tuvo que ser duramente conquistado mediante numerosas protestas, huelgas y revueltas.
Las clases altas han vivido siempre con temor a un enemigo revolucionario. No en vano, 
fueron los movimientos revolucionarios de los siglos pasados los que les arrebataron 
muchos de sus privilegios a la par que impulsaron los avances sociales: primero la 
Revolución Francesa, seguida de las revoluciones liberales del siglo XIX, hasta llegar a 
las revoluciones anarquistas y comunistas del siglo XX. De hecho, el siglo XX estuvo 
marcado por el miedo al comunismo. Con el objeto de impedir que pudieran subvertir el 
orden social establecido, los gobiernos y empresarios accedieron a conceder mejoras a los 
trabajadores: desde el salario mínimo, la jornada de ocho horas, las pensiones o las 
mejoras en educación y sanidad, que beneficiaron además al resto de la sociedad, pero 
todas se debieron a la lucha sindical y popular.

Ni las libertades políticas ni las mejoras económicas se consiguieron por una concesión de 
los grupos dominantes, sino que se obtuvieron a costa de revueltas y revoluciones. Buena 
parte de las concesiones sociales se lograron por el miedo de los grupos dominantes a que 
un descontento popular masivo provocara una amenaza revolucionaria que derribase al sistema.

Joseph Fontana

Sin embargo, el miedo a la clase trabajadora comenzó a revertirse en los años setenta del 
siglo XX, tras el golpe de Estado militar en Chile y después de la crisis del petróleo, 
que dejó a millones de personas sin empleo, para quedar prácticamente liquidado con el fin 
de la Guerra Fría y la posterior caída del bloque comunista, al tiempo que se iniciaba una 
intensa campaña para incrementar y consolidar el poder del capitalismo en todo el mundo.
La ideología neoliberal del economista Milton Friedman ha ejercido una gran influencia en 
la política mundial, con efectos ruinosos para muchos países. La globalización en la que 
ha culminado el capitalismo neoliberal continúa siendo presentada como una revolución 
-económica, social y cultural- que dará un renovado impulso al progreso humano. Pero los 
resultados parecen contradecir los supuestos avances del proceso globalizador. En esta 
nueva fase ha vuelto a crecer la desigualdad social, pues, por más que insistan en las 
bondades de la libertad del mercado y las ventajas de la privatización, el capitalismo no 
persigue el bienestar general sino el beneficio privado.
Fue a partir de entonces cuando los empresarios decidieron que no necesitaban seguir 
haciendo concesiones. Es más, pasaron a intervenir en la política de forma determinante 
para conseguir una transformación permanente de la vida económica del país. Para conseguir 
sus objetivos, iniciaron una lucha para acabar con los sindicatos, comprándolos con ayudas 
si era preciso; acometieron el desmantelamiento progresivo del Estado del bienestar, al 
tiempo que expoliaban los bienes nacionales mediante provechosas privatizaciones; y, por 
último pero no menos importante, consiguieron la liberalización total de la actividad 
empresarial para poder actuar con total impunidad y sin restricciones legales de ningún 
tipo. De este modo, gracias a la connivencia política, los empresarios pudieron consolidar 
su poder.
Los acuerdos de libre comercio permitieron deslocalizar la producción a otros países, 
pobres y oprimidos, donde resultaba más fácil explotar a la gente, con lo que los 
empresarios obtuvieron mayores beneficios al disminuir sus costes de producción, a la vez 
que debilitaban la capacidad de los trabajadores de su país para luchar por sus 
condiciones laborales. Como consecuencia de todo ello, los salarios reales bajaron y ya no 
volvieron a subir. Así se inició el proceso por el cual se produjo un enriquecimiento de 
los más ricos y el empobrecimiento de todos los demás.
Ya sabemos que siempre han existido ricos y pobres. Pero ahora vivimos en un mundo todavía 
más desigual. La riqueza de unos cuantos es más evidente hoy que nunca. Sin embargo, la 
pobreza no solo no ha desaparecido en la actualidad, sino que se agrava y afecta cada vez 
a mayor número de personas. Se produce más que nunca, pero mucha gente en la Tierra carece 
de lo más básico para sobrevivir. Pese a la abundancia de comestibles, el mundo sigue 
hambriento. Cientos de miles de seres humanos, en especial niños, siguen muriendo de 
hambre cada año.
La desigualdad en los ingresos exacerba los problemas sociales y personales. Las 
posibilidades de tener una vida larga y saludable está estrechamente relacionada con los 
ingresos: los ricos pueden esperar vivir más y mejor. La desigualdad, entonces, merma la 
esperanza de vida. Los pobres son más propensos a caer en la delincuencia, las 
enfermedades físicas como mentales, el alcoholismo y la adicción a las drogas, el 
endeudamiento personal, etc.
Esta situación de desigualdad social no es algo natural como pretenden hacernos creer, 
sino una acción deliberada, cuyo origen es claramente político. Para encubrir la realidad 
y guardar las apariencias del sistema democrático se ha llevado a cabo una gran labor de 
propaganda, a la vez que se aumentó la participación empresarial en las campañas 
electorales. La cuestión era no solo influir sino dominar el poder político. Para ello, 
las grandes empresas se encargan de hacer grandes donaciones en metálico, además de 
ofrecer puestos directivos como forma de recompensar a los políticos los servicios 
prestados cuando dejan el cargo.
En 1971, Lewis F. Powell, miembro del Tribunal Supremo de Estados Unidos, advertía en un 
Memorando confidencial. Ataque al sistema americano de libre empresa, considerado el 
primer programa del nuevo sistema neoliberal: "No se debe menospreciar la acción política, 
mientras esperamos el cambio gradual de la opinión pública que ha de conseguirse a través 
de la educación y la información. El mundo de los negocios debe aprender la lección que 
hace tiempo aprendieron los sindicatos y otros grupos de intereses. La lección de que el 
poder político es necesario; que este poder debe cultivarse asiduamente y que, cuando 
convenga, hay que usarlo agresivamente y con determinación".
Se trata de un texto fundamental para entender la política posterior en todo el mundo. 
Tras décadas de conquistas sociales y sindicales, señalaba la necesidad de organizar una 
potente contraofensiva económica, política y cultural que restableciera el dominio de 
clase e impusiera el capitalismo neoliberal como sistema hegemónico mundial. Para 
conseguirlo debían controlar la educación pública y los medios de comunicación, en 
especial la televisión como gran formadora del pensamiento de la gente. La campaña 
empresarial emprendida no pretendía solamente ventajas temporales, sino que aspiraba a 
obtener el control permanente del sistema político.
La influencia política de los empresarios explica los rescates millonarios a los bancos 
por parte del gobierno cuándo se ha producido la crisis, cuando no ha hecho apenas nada 
para remediar la situación de los que pierden sus hogares al ser incapaces de pagar la 
hipoteca.
La desregulación de las leyes que controlan la actividad empresarial ha conducido 
directamente a la crisis de 2008. Sin freno alguno por parte del poder político, más bien 
contando con su decidido apoyo, las entidades financieras se dedicaron a estimular el 
consumismo y animar a la gente a comprar casas con créditos hipotecarios. Pero las 
hipotecas basura no causaron la crisis por sí solas. Las causas profundas fueron la 
desigualdad creciente provocada por una economía esencialmente financiera, dedicada a 
especular sin restricciones con productos de alto riesgo pero que arrojaban ganancias 
fabulosas. La crisis no fue un accidente, sino la consecuencia lógica de una política 
destinada a favorecer exclusivamente los intereses de los ricos.
Por otra parte, para justificar los sacrificios impuestos a la mayoría, se difundió la 
mentira de que la crisis económica se debía al excesivo coste de los gastos sociales del 
Estado, y que la solución era aplicar una brutal política de austeridad hasta acabar con 
el déficit del presupuesto. Pero lo cierto es que el endeudamiento público es consecuencia 
directa del pago de la deuda bancaria. Esta política de austeridad en realidad beneficia a 
los responsables mismos del desastre y favorece la continuidad de su enriquecimiento.
La crisis no ha sido igual para todos, sino que ha contribuido a aumentar las diferencias 
en la sociedad. Cuando unos pierden, otros ganan. Para los directivos de las grandes 
empresas todo ha ido a mejor, aumentando considerablemente su riqueza personal. Sin 
embargo, para la mayoría de la gente las cosas se han puesto mucho más difíciles. Las 
medidas de austeridad impuestas por la Unión Europa y el Fondo Monetario Internacional 
están teniendo durísimas consecuencias sociales: la pobreza, los suicidios y el crimen 
aumentan, los jóvenes no encuentran trabajo o tienen que emigrar, mientras que las 
personas de mediana edad han perdido el suyo, sin que se produzca una evidente mejora para 
la mayoría de la sociedad. Para muchos, se plantea una ausencia total de futuro.
La respuesta del gobierno español ha sido la esperada. Considera prioritario sanear los 
bancos y reducir el gasto público, antes que ocuparse de los hospitales o las escuelas. En 
esta nueva era de desigualdad, el poder económico se confabula con gobiernos encubridores 
para someter a la población.
Este es el mundo que ha creado el capitalismo. Ha conseguido dominar a la clase 
trabajadora hasta hacerla inofensiva. En España, como en muchos otros países, se ha 
perpetrado un verdadero asalto contra los derechos laborales. Los políticos han vendido a 
los trabajadores al capital, que no otra cosa han supuesto las sucesivas reformas en 
materia de empleo. Y apenas nadie ha murmurado una protesta. Ni los trabajadores que la 
sufren se han echado en masa a la calle.
Pero no está perdida toda la esperanza. Se están produciendo nuevas contestaciones que 
comparten su rechazo por el sistema establecido, movimientos que nacen de la resistencia 
popular. La población del mundo está agitándose políticamente en muchos lugares. Los 
indignados europeos en España y en Gran Bretaña, los estudiantes chilenos en defensa de la 
enseñanza pública, las revueltas de la Primavera Árabe, los movimientos insurreccionales 
en África. Todos ellos tienen algo en común: no se resignan al futuro de pobreza a que les 
condena el nuevo orden triunfante, y además expresan sus protestas al margen de los 
partidos, sindicatos e iglesias tradicionales, a los que consideran inútiles cuando no 
cómplices de la situación. Han entendido que las protestas deben dirigirse contra los 
dirigentes políticos, en primer lugar, como culpables junto con la elite empresarial en 
crear las condiciones de la tiranía económica mundial.
No se trata de una mera crisis económica más, como las que se suceden regularmente en el 
capitalismo. Lo que se está produciendo es una verdadera transformación social, de alcance 
incalculable. Y lo más probable es que de continuar por el camino capitalista, con su 
criminal y ciega codicia consumista, nos aboque a la ruina y a la catástrofe total antes 
que a un porvenir lleno de esperanza, libertad y justicia.
¿Qué podemos hacer, entonces? ¿Qué opciones nos quedan? El historiador Fontana ha escrito 
que "a nosotros nos corresponde decidir si luchamos por recuperar nuestros derechos o nos 
resignamos mansamente a seguir sufriendo bajo un capitalismo depredador y salvaje como el 
que se nos está imponiendo, renunciando a una gran parte de las conquistas que se 
consiguieron en dos siglos de luchas sociales".
Hemos aprendido que las conquistas sociales no estaban seguras. También debemos saber que 
ningún avance se logra sin lucha. Pero más importante aún es tomar conciencia de que no es 
lícito resignarse a la injusticia, algo que depende en gran medida de la comprensión de la 
realidad en que vivimos, y que aquélla no acabará mientras no hagamos nada para evitarlo. 
Estoy convencido de que un mundo mejor es posible, y eso es lo único que importa. Pero el 
futuro depende de nosotros: lo que tengamos será lo que habremos merecido.

J. Caro

https://www.nodo50.org/tierraylibertad/358articulo5.html


Más información sobre la lista de distribución A-infos-ca