(ca) alas barricadas: Mayo del 68, hace tan solo cinco décadas...

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Sab Jul 21 08:11:18 CEST 2018


Si me resisto a hablar de Mayo del 68 desde cualquier otro lugar que no sea el de la 
pasión es porque Mayo fue algo así como un torrente. Un torrente emocional, afectivo, 
político, que nos arrastró con una fuerza increíble. De hecho, transformó para siempre, y 
en muy poco tiempo, a muchísima gente, como por ejemplo a la entrañable Emma Cohen quien 
afirmó, años más tarde, que para ella: "Mayo, nunca concluyó del todo", y debo decir que 
para mí tampoco. ---- Aunque se contaron por miles las personas que entonces resultaron 
heridas, y algunas lo fueron de gravedad, la suerte quiso que los muertos fuesen muy 
pocos. Sin embargo, cuando aquella efervescencia remitió, fueron bastantes más quienes no 
soportaron tener que renunciar a las promesas de Mayo, y no pudieron resignarse a regresar 
a"la normalidad". Así que dejaron que se les escapase la vida, cada cual a su manera, en 
los meses, o en los años inmediatamente posteriores.

No pretendo dramatizar, pero ese hecho nos permite intuir cuál fue la pasión que despertó 
Mayo del 68, cuál fue la intensidad de las vivencias que suscitó, y la potencia de los 
sueños que logró despertar.

Mayo fue, ciertamente, un fenómeno heterogéneo, múltiple... Múltiple porque existen varios 
Mayos en cada uno de sus momentos, y porque también afloran diferentes Mayos a lo largo de 
su desarrollo. Pero, desde esa multiplicidad resulta que ese acontecimiento también 
reviste una singularidad inconfundible, y es de esa singularidad de la que quisiera hablar 
aquí.

En realidad, esa singularidad ya empezaba a manifestarse en lo que fue su acontecimiento 
inaugural. Un acontecimiento que podemos situar en el viernes 3 de mayo, cuando el 
conflicto salta fuera del recinto universitario y se expande por las calles de París.

Ese día los dirigentes y los principales militantes estudiantiles, tanto de París como de 
Nanterre, estaban confinados en el patio de la Sorbona, cercados por un impresionante 
dispositivo policial que los iba introduciendo uno a uno en sus lecheras camino de las 
comisarías. Pues bien, aunque parezca paradójico ese "secuestro" de los militantes y de 
los dirigentes estudiantiles ayudó a que la revuelta explotara con tanta fuerza en las 
calles del Barrio Latino.

En efecto, cuando empezamos a hostigar a la policía, los escasos militantes que no habían 
sido apresados intentaban apaciguar la situación, clamando contra la tremenda 
irresponsabilidad de provocar a la policía. Nos gritaban: "Pas de provocations, 
camarades!". Pero eran insuficientes para contener a quienes estaban reaccionando desde su 
propia sensibilidad, sin consignas, ni directrices, ni liderazgos.

Y ocurrió que sin proponérselo la gente la armó, la lió y desencadenó espontáneamente lo 
que a lo largo de Mayo se convirtió en un auténtico terremoto.

Ante la violencia de unos enfrentamientos, que se saldaron con decenas y decenas de 
heridos, y con unas 600 personas identificadas, y algunas detenidas, la Sorbona fue 
clausurada ese mismo viernes 3 de mayo al atardecer. Eso provocó la inmediata convocatoria 
de una huelga general de universidades y se encendía de esa forma y en ese momento la 
mecha de lo que iba a ser una larga lucha.

Ahora bien, cuando estábamos hostigando a la policía, el grito de "liberad a nuestros 
compañeros" era más un grito de guerra que una petición. Actuábamos contra los furgones 
policiales para liberarlos, no montábamos un desfile para pedir su liberación. Esa 
solidaridad activa, inmediata, ya se empezaba a incorporar en la identidad de Mayo; desde 
su mismo inicio, la acción directa -sin mediaciones- y la autoorganización -sin 
directrices venidas desde arriba, o desde donde fuese- se hicieron presentes.

Así fue como se inició Mayo del 68 y se propagó rápidamente por toda Francia, sumiendo el 
país en un esplendoroso periodo de multitudinarias manifestaciones, de ocupaciones de 
universidades y de fábricas, y de duros enfrentamientos con la policía. Incluyendo, 
además, algunos momentos épicos, como la famosa noche de las barricadas donde ardió, 
literalmente, el Barrio Latino, y donde París pudo contemplar, al despertarse, el dantesco 
escenario de una encarnizada lucha que había durado toda la noche.

Es bien cierto que en los años sesenta, Mayo no fue un hecho aislado. Se insertó en el 
ajetreado contexto compuesto por una multitud de focos de agitación. Movilizaciones contra 
una guerra del Vietnam que, a nivel informal, federó internacionalmente muchos movimientos 
de protesta. Solidaridad con Cuba, con el Che, con las guerrillas latino-americanas. 
Radicalización de las luchas antirracistas en EEUU, con el Black Power y los Black 
Panthers. Multitudinarias marchas anti-nucleares cada semana santa en Inglaterra. Acciones 
subversivas de los Provos en Holanda o de los ácratas en la universidad madrileña. Y si 
miramos hacia el Este, revueltas en Praga, o en Varsovia, mientras que desde China 
llegaban los ecos (finalmente engañosos) de la Gran Revolución Cultural.

Toda esa agitación se traducía en violentos enfrentamientos en diversas ciudades del 
mundo. En Berlin, donde el 11 de abril del 68 el líder estudiantil Rudi Dutschke resultó 
gravemente herido de bala, desencadenando manifestaciones de protesta en toda Europa. En 
Roma, donde a principios de marzo del 68 la "Batalla de Valle Giulia" se saldó con 400 
heridos. En Londres, donde el 17 de ese mismo mes de marzo 30.000 jóvenes protagonizaron 
una batalla campal frente a la Embajada de los EEUU. En París, donde el día 22 de marzo un 
explosivo cóctel de anarquistas, trotskistas, maoístas y situacionistas ocupó el edificio 
administrativo de la Universidad de Nanterre, creando el famoso Movimiento del 22 de Marzo 
que protagonizaría en buena medida Mayo del 68. O incluso en Tokio, donde el potente 
movimiento Zengakuren se mostraba capaz de hacer retroceder las fuerzas policiales.

Al mismo tiempo, simultáneamente, se desarrollaban en Francia unas luchas obreras marcadas 
por una radicalidad inusitada. Por ejemplo, en febrero del 67 empezó una huelga de cinco 
semanas de duración en una de las más importantes fábricas textiles, que fue ocupada, en 
un contexto de duros enfrentamientos. Y lo mismo ocurrió en enero del 68, cuando, en el 
marco de otra larga huelga, cientos y cientos de trabajadores invadieron la ciudad de 
Caen, y se enfrentaron a la policía hasta altas horas de la noche con numerosos heridos.

La verdad es que en 1968 el mundo conocía una impresionante acumulación de conflictos. Sin 
embargo no se puede diluir Mayo en las multiples revueltas del 68. Nada de lo ocurrido en 
Tokio o en Berlín, ni tampoco en Roma, en Berkeley, en Londres, o en México, o en las 
fábricas francesas, culminó en algo parecido a aquel acontecimiento.

Enclavada en ese turbulento contexto, la potente, potentísima, deflagración que representó 
Mayo superó de muy lejos, superó con mucho, el eco de cualquier otro evento de esos años, 
y revistió una singularidad irreductible.

Lo cierto es que nada dejaba presagiar que un conflicto iniciado por los estudiantes, 
pudiera propagarse con tanta rapidez en el tejido social, abrasando todo un país y 
paralizándolo por completo durante largas semanas.

Sin duda, Mayo fue un acontecimiento absolutamente inesperado, totalmente imprevisible, 
que no se podía intuir, ni a partir de la situación entonces existente, ni de lo que antes 
había acontecido.

No solo causó una enorme, una colosal estupefacción en el mundo entero, sino que dejó 
atónitos a sus propios protagonistas, que se sorprendían cada día de lo que había 
acontecido durante ese día, y que se preguntaban, nos preguntábamos, con verdadera 
ilusión, que más podía pasar al día siguiente, en un combate del que no se sabía cual iba 
a ser su rumbo en las próximas horas, y que parecía no querer detenerse nunca, como lo 
proclamaba ese eslogan que gritábamos en todas las manifestaciones: "Es tan solo un 
inicio, continuemos el combate". Ce n'est qu'un début continuons le combat..., y eso nos 
hacía soñar con que todo, todo era posible.

Ahora bien, aunque Mayo se inició en las universidades, fueron las ocupaciones de fábricas 
y la huelga general las que le dieron continuidad después de una primera semana de 
violentos enfrentamientos cotidianos. Una semana que culminó con aquella fantástica, 
increíble noche de las barricadas donde no menos de cincuenta barricadas florecieron, eso 
sí, de forma totalmente desordenada, caótica, en el Barrio Latino.

En el patio de la Sorbona, reabierta y ocupada gracias a la presión de las barricadas, aun 
resuena en mis oídos el inmenso clamor con el que acogimos el 14 de mayo el anuncio de que 
la fábrica Sud Aviation, cerca de la ciudad de Nantes, había sido ocupada y su director 
secuestrado.

Ese clamor auguraba que era el movimiento obrero el que iba a dar continuidad y fuerza al 
estallido inicial del viernes 3 de mayo, pese a los denodados esfuerzos de las centrales 
sindicales y del Partido Comunista para levantar un muro infranqueable entre los 
estudiantes y los trabajadores. Y, en efecto, la huelga se propagó como un reguero de 
pólvora. En torno al 20 de mayo se contabilizaban cerca de diez millones de huelguistas y 
se contaban por decenas las fábricas ocupadas de manera indefinida.

Fueron esas ocupaciones, y esos millones de trabajadores en huelga, lo que potenció la 
resonancia que tiene Mayo en la historia contemporánea, evitando que se quedase en una 
violenta, pero intrascendente, revuelta estudiantil, o en un brillante ejercicio 
subversivo poético/político al estilo situacionista.

Sin embargo, también hay que decir, y esto es importante, que no fue, en absoluto, esa 
potente movilización obrera la que le dio a Mayo sus señas de identidad, ni la que dibujó 
su singularidad. La prolongada paralización de la economía francesa no habría sido 
posible, ni habría dejado una huella histórica tan profunda, si no se hubiese insertado en 
ese singular y complejo fenómeno social y político que fue Mayo del 68.

No era una reivindicación laboral la que movía la revuelta del 68. Más que de una 
reivindicación concreta, se trataba de un auténtico estallido social que cuestionaba el 
todo de la situación y sus reglas del juego. De hecho, era una sublevación contra el 
sistema social instituido y contra el tipo de vida que este ofrecía. Lo que cuestionaba 
Mayo era directamente el tipo de vida, gris y vacío, que la gente estaba condenada a 
vivir. Una vida que no era vida sino mortífera rutina. No en vano uno de los eslogan más 
populares era "Metro, boulot, dodo" (metro, curro, lecho).

Lo que palpitaba en las energías dinamizadoras de Mayo era fundamentalmente una sed de 
libertad en todos los planos, una enorme sed de libertad. Y en lo que tuvo de más propio, 
de más singular, Mayo emergió como una revuelta radical contra la autoridad. Tanto la que 
se manifestaba en las aulas, como la que imperaba en los talleres, en las fábricas, o en 
el seno de las familias y saturaba toda la vida cotidiana.

Bajo el lema "Prohibido prohibir", Mayo fue un fabuloso estallido anti-autoritario, y es 
en ese sentido que fue, y aquí radica su singularidad, un fenómeno genuinamente 
libertario, aunque no se reclamase, ni mucho menos, del anarquismo.

Para captar esa singularidad conviene recordar que en los años sesenta el anarquismo 
estaba prácticamente desaparecido de la faz de la tierra y que mencionar la palabra 
anarquía en un sentido que no fuese el de caos, el de desorden, resultaba tan anacrónico 
como exótico. Lo cierto es que si exceptuamos el nutrido exilio libertario español, en 
1968 habían muy pocos anarquistas en Francia, poquísimos, por ejemplo, tan solo algunas 
decenas en París, y está claro por lo tanto que Mayo no tuvo el anarquismo como fuente de 
inspiración, ni tampoco fue protagonizado por la escasa militancia anarquista, y sin 
embargo...

Pues, sin embargo, eso no impidió que Mayo fuese una auténtica explosión libertaria. Una 
explosión libertaria que volvió a hacer aflorar el anarquismo en el plano internacional, 
inyectándole además elementos de renovación. Y eso ya nos indica que no son necesariamente 
los y las anarquistas quienes imprimen tonalidades libertarias a los movimientos sociales, 
sino que, a veces son las propias dinámicas de las luchas las que crean prácticas 
libertarias, y construyen sensibilidades anarquistas, como lo hemos podido comprobar 
durante estas últimas décadas, aquí y en diversos países.

Mayo fue una lucha, por momentos violenta, áspera, tensa, extenuante, exigente, y llena de 
sin sabores, como lo son todas las luchas. Pero, también fue una gran fiesta 
revolucionaria que hizo florecer banderas rojas y banderas negras, fue una experiencia de 
lucha que proporcionaba al mismo tiempo placer y un enorme sentimiento de felicidad. No se 
posponía al final de la lucha el momento de saborear sus eventuales resultados, sino que 
las recompensas surgían desde el seno de la propia acción, formaban parte de lo que esta 
nos proporcionaba diariamente.

De esa forma, Mayo nos mostraba que son los resultados concretos y palpables, los que son 
capaces de motivar a la gente y de incitarle a ir más lejos. Pero también nos indicaba que 
para que eso suceda la gente necesita sentirse protagonista, decidir por ella misma, y es 
entonces cuando su grado de implicación puede dispararse hasta el infinito.

Es por eso, por ese protagonismo de la gente de a pie, desde la base, de forma autónoma, 
que los "Comités de Acción", aunque no tienen el glamour mediático de las barricadas y de 
los coches en llamas, son la autentica figura emblemática de Mayo del 68.

En efecto, a partir del 4 de mayo, día siguiente al estallido inicial, esos comités fueron 
proliferando en los barrios, en los institutos, en las universidades, en los gremios 
profesionales, y en las empresas, sin que ninguna autoridad los tutelase. En su seno se 
desplegaba una intensa creatividad subversiva impulsada por innumerables activistas, 
hombres y mujeres que en la mayoría de los casos carecían de cualquier experiencia 
política anterior.

Por otra parte, Mayo puso el acento sobre el hecho de que, como el anarquismo no se había 
cansado de repetirlo, pero predicando en el desierto, la dominación no se ciñe al ámbito 
de las relaciones de producción, sino que se ejerce en una multiplicidad de planos, y que 
las resistencias deben manifestarse en todos y cada uno de esos planos.

Cuando el horizonte de la política antagonista se ensancha hasta abarcar todos los ámbitos 
donde se ejerce la dominación, son, entonces, todos los aspectos de la vida cotidiana los 
que entran a formar parte de su campo de intervención. Y lo que queda configurado de esa 
manera es una nueva relación entre la vida y la política, que dejan de ocupar espacios 
separados.

Mayo también nos enseñó que las energías sociales necesarias para que se constituyan 
potentes movimientos populares surgen desde dentro de la creación de determinadas 
situaciones conflictivas, no les preexisten necesariamente. Se forman en el propio 
desarrollo de esas situaciones, retroalimentándose, perdiendo fuerza por momentos y, 
volviendo a crecer de repente, como ocurre con las tormentas. Se trata, por lo tanto, de 
unas energías que pueden aparecer en cualquier momento, aunque en el instante anterior no 
existan en ninguna parte.

Fueron los propios sucesos de Mayo, las prácticas que allí se desarrollaron, lo que dio 
cuerpo a un multitudinario y variopinto sujeto colectivo que no existía en lugar alguno 
antes de que los propios acontecimientos lo fuesen construyendo día a día. Quedaba claro 
que el "sujeto revolucionario" no preexiste a la revolución, sino que se constituye en su 
propia andadura.

Ahora bien, se ha hablado mucho, muchísimo, acerca de si aquello fue realmente una 
revolución o si se quedó tan solo en un simulacro de revolución, donde, finalmente, no 
ocurrió prácticamente nada, nada verdaderamente relevante. Tan solo unos slogans, unas 
pintadas y unos carteles.

La realidad es que Mayo fue una auténtica efervescencia revolucionaria que revolucionó la 
propia revolución, clausurando la forma leninista de entenderla, y dando alas a la utopía, 
y a las formas libertarias del imaginario radical.

El gran acontecimiento de Octubre del 17 había instituido un concepto de revolución que 
impregnó el imaginario emancipador durante medio siglo. Ese concepto presuponía un 
proyecto revolucionario, y una vanguardia bien organizada, capaz de impulsar las masas 
hacia la victoria final. Es ese concepto el que inspira la reiterativa pregunta acerca del 
fracaso final de Mayo. Una pregunta que, sin embargo, se torna totalmente irrelevante tan 
pronto como se extirpa del concepto de revolución la idea de un proyecto y de una vanguardia.

En efecto, se puede hablar del éxito, o del fracaso, de un proyecto diseñado para alcanzar 
tal o cual resultado, lo consigue o no lo consigue, pero nunca hubo ningún proyecto de 
Mayo, este simplemente aconteció. No cayó del cielo, por supuesto.

Tuvo múltiples causas, cadenas de pequeñas causas entrelazadas donde no se debe 
menospreciar en absoluto el papel del azar y de las casualidades totalmente fortuitas, 
pero fue, literalmente, un acontecimiento. Es decir, algo que no está precontenido en sus 
condiciones antecedentes, sino que se crea de forma original a partir de esas condiciones, 
pero sin estar determinado por ellas, o sea, innovando, y abriendo una discontinuidad en 
el tiempo socio-histórico.

Si Mayo sigue rondando la memoria colectiva es porque demuestra que una irrupción 
desestabilizadora e innovadora, siempre puede acontecer, aun cuando nada permite 
anticiparla. No surge como el desenlace de un proyecto. De hecho, si los grandes 
acontecimientos subversivos siempre nos sorprenden, es porque nunca acuden a la cita 
fijada por un proyecto.

Por decirlo de alguna forma, cuando son auténticos, los estallidos revolucionarios son 
como una página en blanco. Una página en blanco que hay que rellenar sobre la marcha, y si 
esa página ya está escrita, es entonces cuando no se produce absolutamente nada, nada que 
sea verdaderamente relevante; como mucho, unas simples substituciones en la cadena de mando.

Se han expresado fuertes críticas a la improvisación reinante, y a la espontaneidad de las 
actuaciones. Se ha argumentado que si el movimiento hubiese contado con una agenda clara, 
unas metas preestablecidas y unas sólidas estructuras organizativas, se hubiese podido 
encauzar las energías en una dirección que habría permitido derrotar finalmente al enemigo.

Claro, pero lo que esa forma de plantear las cosas no alcanza a entender es que fue, 
precisamente, porque carecía de esos elementos por lo que el movimiento pudo ir avanzando 
hasta donde llegó -que no fue poco-, en lugar de estancarse en sus primeros pasos.

Mayo pudo progresar hasta topar, finalmente, con sus límites porque sabiendo mantenerse en 
constante movimiento fue construyendo su agenda sobre la marcha: una agenda que no 
preexistía al inicio de la movilización, sino que se construía, y se rectificaba en el 
seno del quehacer cotidiano.

Fue ese hacer haciendo el que dio vida al movimiento y le permitió sortear con inventiva, 
uno tras otro, los obstáculos que iban surgiendo en su camino, hasta abrir una brecha en 
lo instituido para crear espacios de resistencia, de lucha y de una vida distinta.

Bien es cierto que Mayo no desembocó en la toma del poder, pero resulta que la cuestión de 
la toma del poder político nunca estuvo en su agenda porque se trataba de luchar contra el 
poder, no de conquistarlo, y en eso residió sin duda uno de los elementos clave de su 
singularidad.

Finalmente, si tuviese que resumir en dos palabras cual fue la principal aportación de 
Mayo, diría que fue, simplemente, la de "haber acontecido". Porque demostró de esa forma 
que acontecimientos de ese tipo no eran imposibles, aunque todo indicase lo contrario.

Jean-Paul Sartre escribió en 1968, lo cito: "Lo importante, es que la acción tuvo lugar, 
aun cuando todo el mundo la consideraba impensable. Si ha tenido lugar esta vez, puede 
reproducirse...".

Por supuesto, reproducir no es repetir, y sería absurdo soñar con una repetición de Mayo 
del 68. Este no puede acontecer nuevamente porque su repetición negaría su singularidad. 
No se puede repetir algo que se define precisamente, como lo hizo Mayo, por haber escrito 
su propio guión, sin tomarlo prestado de ninguna fuente externa.

Definitivamente irrepetible, lo realmente importante es que Mayo del 68 se reinventa, sin 
embargo, en cada gesto de colectiva rebeldía. Aunque, en consonancia con lo que fue su 
singularidad, es decir, en consonancia con su talante libertario, hay que precisar: "en 
cada gesto de colectiva rebeldía", sí, pero siempre que ese gesto reivindique su plena 
autonomía, rechazando cualquier supeditación a instancias dirigentes, o cualquier 
subordinación a planteamientos surgidos desde fuera de su propia andadura.

Está claro que hoy nos hacen falta uno, dos, tres... decenas de Mayos, pero cada uno será 
sui-generis, será singular y único.

Y, ya para concluir, solo me queda desear que alguno de ellos, alguno de esos mayos, no 
tarde demasiado tiempo en estallar, sea donde sea, aunque, claro, muchísimo mejor si es 
por aquí cerquita, porque uno ya no está para muchos trotes.

***

Tomás Ibáñez. Intervención en la mesa redonda Vivencias del mayo francés, en las jornadas 
de debate sobre Mayo del 68 organizadas por la Fundación Anselmo Lorenzo (24-26 de mayo de 
2018)

http://alasbarricadas.org/noticias/node/40402


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