(ca) FAI, Tierra y Libertad #355 - La ideología y sus mecanismos

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Dom Feb 18 08:39:46 CET 2018


Estimulante y bien argumentado, el artículo "Ideología, utopía y pseudoutopía" escrito por 
Enrico Voccia (Tierra y Libertad 353, diciembre 2017) se presta bien como apunte para 
posteriores profundizaciones críticas. ---- En particular, nos parece que puede ser útil e 
interesante para los lectores de estas páginas hacer algunas focalizaciones sobre el 
concepto mismo de "ideología", sobre sus peculiaridades típicas del siglo XX y sobre sus 
criminales mecanismos antilibertarios. ---- Todo sucede mientras la guerra europea está 
devastando las "estructuras" mentales y sociales preexistentes. Y precisamente en esos 
años el corpus teórico se resetea englobando los legados ideológicos decimonónicos (ideas 
imperiales racistas, pensamiento liberal democrático, socialista revolucionario, 
conservador-nacional), aunque se compagina sobre todo con la civilización moderna en la 
que está inmerso. La ideología es ideología de progreso, sin lugar a dudas; la ciencia se 
convierte en instrumento del poder político, aportando el elemento escénico de una 
comunicación institucional basada en el fideísmo tecnicista y pseudocientífico como en los 
casos del comunismo de Estado y del nacionalismo. Élites tecnocráticas dominarán incluso 
el mismísimo ambiente político en los sistemas democráticos, sistemas en los que el peso 
de los técnicos crece de forma imparable sustrayéndose a cualquier control de las 
asambleas parlamentarias.
Estado y trabajo fordista son las dos bases que encierran, de hecho, la esencia 
totalitaria del nuevo siglo ya en su albores. Esto mientras el conjunto complejo de las 
relaciones humanas se conformará inexorablemente con los valores de la producción 
industrial y del consumo, verdaderos motores de la vida social moderna. El eje de nuestro 
análisis es esa especie de "función bulldozer" desarrollada, diremos que sistemáticamente 
y con inusitada violencia, por los sucesos traumáticos del siglo XX (guerras, revoluciones 
y totalitarismos) ante ese variado patrimonio de ideas madurado a partir de 1789: contra 
las grandes civilizaciones decimonónicas.
Convertidos ahora en mera expresión de la más vulgar funcionalización (puesta al servicio 
instrumental de la política de potencia), si bien resultante de una larga y plurisecular 
elaboración teórica y fruto de la praxis más o menos consolidada, esas ideas, de hecho 
brutalmente transformadas en ideología, perdida por su complejidad manifiesta, se han 
reducido a producto superficial y de fácil consumo en el siglo de las masas y del culto al 
jefe. Una cuestión esta última que es ampliamente tratada por Maria Luisa Berneri: "La 
existencia de neurosis de masas es hoy en día una cosa demasiado evidente. Esto se muestra 
claramente en el culto al jefe que ha alcanzado una forma muy marcada en los Estados 
totalitarios, pero que es igualmente evidente en los considerados como países 
democráticos" (Volontà 4, 1949).
Politización de las ideas e ideologización de la política son los baluartes de la 
modernidad. Cierto, también el irracionalismo de principios del siglo XX ha hecho lo suyo. 
En origen copiosa fuente de inspiración para los movimientos artísticos, filosóficos y 
literarios de ruptura cultural antiburguesa, después, trastornado y desnaturalizado por la 
violencia y el absolutismo de los movimientos dictatoriales de derechas y de izquierdas, 
se ha manifestado con toda su virulencia ya en la Primera Guerra Mundial y sobre todo en 
los años treinta, cuando -citando a Karl Dietrich Bracher- el problema de la verdad se 
transformaba "en una lapidaria cuestión de poder".
Resultado de brutales energías negativas, la ideología, con sus evidentes connotaciones 
pseudorreligiosas, se ha ligado íntimamente a la eficacia y a la inmediatez del mensaje 
mismo, y se ha manifestado a través de inusitadas y peculiares modalidades comunicativas: 
antes que nada la propaganda y, con ella, la práctica de la movilización emocional y 
dramatizadora. Desde este punto de vista se puede identificar, razonando sobre ese largo 
periodo, una homogénea "era ideológica" dentro de la que -con constancia tanto en los 
regímenes autoritarios como en los democráticos- son evidentes tres novísimos elementos 
característicos del ejercicio del poder público: el problema de la legitimación, el 
sistema de comunicación y el del control.
Por consiguiente, los relativos ordenamientos políticos, elitistas y autorreferenciales, 
se esfuerzan a través de estructuras administrativas idóneas en mantener en cualquier caso 
una relación abierta y continua con los súbditos-ciudadanos. De esta forma, la política se 
hace mera comunicación, cada vez más rápida y superficial en los conceptos pero cuidadosa 
en sus objetivos. El mensaje aparece enormemente simplificado, mientras se asiste a una 
reiterada elaboración de los estereotipos y de las estrategias de "chivo expiatorio" 
(enemigo interno, autor de posibles delitos, etc.). En cien años, pasando del papel 
impreso a la radio en el periodo de entreguerras, de la televisión de los años ochenta a 
la revolución digital, los medios de comunicación "evolucionan" hasta confundir medios y 
contenidos. Pero la disposición dicotómica de fondo parece mantenerse inalterable: por una 
parte, una opinión pública impotente; por otra, el monopolio de la verdad y el privilegio 
del conocimiento. La crisis de los cuerpos intermedios, partidos y sindicatos (pero no 
únicamente), junto a la avalancha de la era digital, han acentuado posteriormente el 
problema; incluso se han creado nuevas posibilidades para la subversión social. Es 
fundamental el discurso de la simplificación ya indicado, que se configura como pretensión 
del poder para reducir toda realidad compleja a una sola verdad, que brota de un único 
modelo explicativo (blanco o negro, bueno o malo, bonito o feo).
Un último aspecto que nos interesa es el crucial de la "transición", verdadero punto débil 
de cualquier construcción utópica a causa precisamente de la indefinición de los tiempos 
que -se dice- no podrán ser otra cosa que milenarios y, por ello, eternos. Contra todos 
los dogmas, Karl Popper, en su famoso elogio a la sociedad "imperfecta", subrayaba cómo 
sin conflictos se habría construido "una sociedad no de amigos sino de hormigas".
Frente a todo esto quedan dos posibles opciones: o la aceptación supina de lo existente, o 
un anarquismo conjugado simplemente en la práctica del presente, para una sociedad 
verdaderamente abierta y libre ya.

Giorgio Sacchetti

https://www.nodo50.org/tierraylibertad/355articulo5.html


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