(ca) alas barricadas: Las trampas de la identidad por Miquel Amorós (en)

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Lun Abr 23 09:00:34 CEST 2018


Cuando el capitalismo internacional entra en una peligrosa fase crítica, en donde la vida 
de la mayoría de la población planetaria depende completamente de disposiciones funestas 
tomadas por irresponsables con el fin de superar la recesión y la ruina, en Europa, y más 
concretamente en Cataluña, la conciencia de la crisis parece ocultarse detrás de 
conflictos de muy inferior rango, como por ejemplo, el que mantiene el Estado español 
contra la voluntad secesionista de determinados grupos de poder catalanes, apoyados 
principalmente por empresarios adictos y por la clase media provinciana. El caso presenta 
extrañas similitudes con la puesta en escena, en Francia, de la cuestión "musulmana", una 
verdadera escenificación montada para esconder la cuestión social tras una problemática 
étnica, cultural y religiosa.

Bajo el prisma de la soberanía, la condición obrera de gran parte de la población catalana 
se disuelve en una identidad nacional ilusoria inflada artificialmente en los medios, y la 
lucha social queda absorbida en la pugna aparente entre un gobierno central, autoritario y 
represivo, y un "pueblo" catalán, pacífico y demócrata donde los haya, que pretende 
autodeterminarse. Parece que el discurso soberanista, acaparando el debate político, haya 
dado la puntilla a la lucha de clases. Nadie menciona a los trabajadores, sino como sujeto 
secundario representado por sindicatos claramente favorables al "derecho a decidir." En 
realidad, el proletariado ha resultado subsumido y degradado en el concepto comodín de 
"poble". El momento no puede ser más confuso. La actividad propagandista y la apropiación 
del espacio mediático por los bandos jurídicamente enfrentados, expulsa abruptamente de la 
escena pública la cuestión social en provecho de la cuestión identitaria, o peor aún, del 
españolismo. Los matices no cuentan; todo el mundo está obligado a escoger su campo: o con 
el fascismo español, o con la democracia burguesa catalana. O con la mentira 
constitucionalista o con el fantasma de la independencia. Una especie de chantaje moral 
nos condena a escoger entre una cárcel ideológica u otra; a pronunciarnos por un 
determinado tipo de opresión, en fin, a adoptar una identidad quimérica cualquiera. La 
protesta contra la expropiación total de la decisión de los individuos por parte de una 
clase dirigente económica y política, en Barcelona y comarcas, no aflora en contradicción 
con el régimen capitalista y las instituciones que lo representan, sino que lo que podría 
tomarse por tal parece conformarse con un Estado menor, periférico, en todo similar a los 
demás Estados europeos.

La fascinación por un Estado que albergue a la "nación" catalana es tanta, y tan 
sabiamente cultivada por expertos y profesionales de la comunicación, que para sus 
partidarios resulta ofensivo dudar de su eficacia en la resolución de toda clase de 
problemas, desde el de los desahucios al del paro y la precariedad; del de la destrucción 
del territorio al de los inmigrantes indocumentados; del de la igualdad de géneros al de 
los recortes en pensiones y servicios sociales, etc. Y si por desgracia el escollo es 
visiblemente imposible de saltar, siempre podrá responsabilizarse a Madrid. La pequeña 
burguesía y las nuevas clases medias nacidas de la terciarización de la economía, 
afectadas seriamente por la crisis, constituyen buena parte de la base social del 
soberanismo, la parte más crédula y más subyugada por la heroicidad de sus dirigentes 
ecarcelados o exiliados. Difícilmente hallaremos proletarios en sus filas. Por eso, el 
nacionalismo "democrático" y ciudadano surge en el contexto actual en oposición a 
ideologías emancipadoras como el socialismo autogestionario, el confederalismo, el 
comunismo libertario y el sindicalismo revolucionario. O dicho mejor, como relato 
alternativo a las teorías subversivas capaces de exponer de forma verídica la situación 
actual a las clases oprimidas. La lucha contra los efectos de la crisis deja de 
articularse en torno a la condición obrera y pasa a hacerlo alrededor de la nacionalidad. 
Si la comunidad concreta de trabajadores se ha desleído ante los embates del sindicalismo 
de concertación, la desocupación y el consumismo, en su lugar se conforma una comunidad 
abstracta, relacionada virtualmente, interclasista y esencialista: el pueblo catalán. En 
nombre de dicha abstracción habla el montaje nacionalista.

Las catástrofes del capitalismo globalizado y el gobierno corrupto de la derecha estatal 
han creado un clima ideológico particular en Cataluña, perfectamente aprovechado por el 
entramado de intereses soberanista, que ha sabido neutralizar cualquier otra oposición y 
llevar toda el agua a su molino. Frente a una "democracia" corrompida y despótica, la 
dirección nacionalista gusta mostrarse como agente de una democracia verdadera, obediente 
al mandado del "pueblo". El pasado, que podría desmentir con facilidad tal autenticidad, 
ha quedado borrado en el imaginario patriótico. El soberanista carece de memoria. De 
golpe, todas las instituciones, a estas alturas bastante desacreditadas, se ven 
legitimadas a costa del infame gobierno central: el Govern, el Parlament, la Mesa, 
consellers, subsecretarios, Mossos, diputats, regidors, patronals, partidos... La 
represión, centrada en la cúpula dirigente, ha contribuido sobradamente. Toda la clase 
política soberanista adquiere una virginidad a precio de saldo, y con ella, la brutal 
policía autonómica y el Govern de los recortes, del BCN World y del caso Palau. El Estado, 
a través del cual la clase dominante se constituye en sociedad democrática, queda 
incontestablemente consagrado. Pero la "democracia", que hoy no es más que la forma 
política del capitalismo, y que en su fase crítica final adopta formas autoritarias y 
espectaculares cada vez más obvias, tanto en Cataluña como en España, suele ejercer de 
mecanismo desactivador de una latente conflictividad anticapitalista, desviada por las 
burocracias sindicales a terrenos baldíos. La originalidad catalana es que la susodicha 
democracia se erige como argumento principal de las tramas oligárquicas del nacionalismo 
con el que este se asegura una bolsa descomunal de votantes fieles. Las falsas cuestiones 
no tienen otra misión que disimular las auténticas en beneficio de la dominación, enarbole 
la roja y gualda o la estelada.

Es indudable que al recomponer el escenario político y social catalán en clave 
nacionalista, las fuerzas soberanistas han descolocado a la "izquierda" oficial, a la de 
viejo y a la de nuevo cuño, a la socialdemócrata y a la ciudadanista, incapaces ambas de 
desmarcarse de la moda identitaria y distanciarse de sus lugares comunes, sus símbolos y 
sus mitos. No le ha quedado más remedio que elegir entre dos amos y ponerse a remolque del 
"unionismo" o del nacionalismo. Algo parecido podíamos decir del anarquismo catalán. 
Durante la guerra civil, el anarquismo oficial convirtió en consigna una frase atribuida 
falsamente a Durruti: "Renunciamos a todo menos a la victoria." Con ello se trataba de 
justificar una abjuración vergonzosa y una táctica inútil hecha a base de capitulaciones. 
Según se desprendía de ello, al anarquismo le iría mejor cuanto más renegase de sus 
postulados, métodos y objetivos. Pues bien, los libertarios "de país" han tomado buena 
nota. Por puro activismo o por simpatizar realmente con el nacionalismo, no tienen empacho 
en olvidarse de la historia movilizándose tras eslóganes nacionalistas; en depositar su 
papeleta de voto en la urna santificando las elecciones; en reivindicar una "democracia" a 
la catalana y sus instituciones más convencionales, y en aportar su grano de arena a la 
construcción de un Estado republicano, del que se puede esperar un amor a las libertades 
civiles semejante al de la versión monárquica de la que se pretende segregar. Al capital, 
ni tocarlo; en la movida catalana nadie va de anticapitalista, a no ser de boquilla; se va 
de demócrata. Nos inclinamos a pensar, tras habernos cruzado con algunos ejemplares 
especialmente fariseos, que el anarquismo de la posmodernidad y la militancia identitaria 
se ha convertido en el refugio de un sector extremista de la clase media, muy minoritario, 
pero visible. En resumen, la punta de lanza de una nueva servidumbre. Bueno, pero por 
suerte, ese no es todo el anarquismo ni de lejos, aunque éste ganaría bastante incidiendo 
en la lucha social más que parapetándose tras los principios.

La tarea primordial d la crítica revolucionaria consistiría en disipar la confusión 
mediante un análisis profundo y claro del régimen capitalista tal y como se manifiesta en 
la sociedad catalana, en nada diferente a la europea. A la luz de los verdaderos 
antagonismos sociales se esfuman los tópicos nacionalistas. Solamente a partir de aquellos 
puede constituirse una comunidad de lucha capaz de actuar contra el Capital y el Estado. 
La conciencia de las contradicciones está todavía por llegar, y con tanto nacionalista, 
tardará más de la cuenta, pero dado que la proletarización de la sociedad va a agravarse 
como resultado de la implosión destructiva del capitalismo, la clase media perderá 
protagonismo y los presupuestos ciudadanistas y nacionalistas se irán derrumbando, como 
levantados sobre un pedestal de barro.

Para la presentación del libro "No le deseo un Estado a nadie", en Espai Contrabandos, 
Barcelona, 19 de abril de 2018 (Ponentes: Corsino Vela, Santiago López Petit, Tomás Ibáñez 
y Miquel Amorós).

http://alasbarricadas.org/noticias/node/39847


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