(ca) CGT-LKN Euskal Herria: Nacionalcatetismo: de profundis (Por Rafael Cid)

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Jue Abr 12 10:55:35 CEST 2018


Los cronistas ya han dado buena cuenta del gazpacho verbenero. La pasada Semana Santa fue 
un auténtico aquelarre lúdico-religioso. Procesiones hasta en la sopa, teles vomitando el 
habitual cutrerío de películas del género "historia sagrada", ministros coreando impasible 
el ademán "soy el novio de la muerte", banderas a media asta en centros militares, niños 
vestidos de legionarios en prime time y el sempiterno fervor lacrimógeno de la muchedumbre 
ante los pasos. El nacionacatolicismo que nos habita con todo su furor. ---- Pero sería un 
error atribuir esos usos atávicos a la hegemonía de un determinado gobierno. Aquello de 
que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante, del sabio de Tréveris, 
puede servir de placebo pero no razona nada. Ni el ser social determina la conciencia de 
clase ni la superestructura opera como reflejo de la infraestructura económica, de 
idéntico fuelle. Ese arriba-abajo determinista ha quedado obsoleto en sus últimas 
voluntades, por más que apunte en una dirección todavía punzante.

Lo que las atrabiliarias escenas de cofrades, penitentes y congregantes en éxtasis nos 
indican es que hay otros mundos pero que están en este. Es difícil asimilar que 
actuaciones como las que contemplamos todos los años por estas fechas tengan una 
específica motivación científico-estructural. Y que, por tanto, baste con cambiar la base 
para que tanta morralla sensiblera desaparezca. Setenta años de comunismo en la Rusia ex 
soviética y atea no han podido superarlo, y hoy el país que Putin controla con maza de 
hierro es un vivo ejemplo de integrismo religioso y confesionalismo estatal al por mayor.

Así que deberíamos ampliar el foco y reflexionar sobre la pertinaz vigencia de esas 
tradiciones, mitos y rituales más allá del apellido que calcen los diferentes regímenes de 
turno. Se trata de eso que unos, como Unamuno, denominaron "intrahistoria" y otros más 
solemnes "constitución interior". En suma, el código genealógico del que maman tamaños 
anacronismos. Esa tropa devota de Frascuelo y de María que pugna con la modernidad, 
provocando duelos y quebrantos en la dinámica de los pueblos hacia su completa ilustración.

Y quizá lo primero que debería constatarse es la profundidad y arraigo de esos 
sentimientos que tozudamente agreden la razón sin que escampe. Haberlos haylos. Aunque en 
el caso español podría argumentarse que en alguna medida su persistencia se debe al tipo 
de continuismo con que se facturó la transición. Ciertamente, no solo hubo una amnistía 
respecto a las responsabilidades políticas contraídas con la dictadura por sus servidores 
(desde la judicatura a la universidad, desde la milicia al funcionariado: todos juraron 
los Principios Fundamentales del Movimiento). Esa licencia "urbi et orbi" llevaba en su 
mochila los valores compartidos de la cultura popular del casticismo franquista. Trabazón 
que se renovó en 1979 con la asunción por el Régimen del 78 del Concordato con la Santa 
Sede, aún vigente (el alto clero también complotó colocando sus representantes en las Cortes).

El problema viene cuando, llegada la democracia y con ella la teórica separación 
Iglesia-Estado, el nacionalcatolicismo persiste incorrupto como creencia transversal de 
una parte considerable y militante de la población. Por más que, confrontado con el 
imparable progreso material y modal de los nuevos tiempos, esa "constitución interior" se 
revele como un auténtico y antagónico nacionalcatetismo. Y aquí hay que mirar en dirección 
a los intereses cuantitativos de unos partidos que saben y conocen que un hombre es un 
voto pero también una boina. Por eso, igual que en el plano político no ha habido ruptura 
democrática sino consenso por la cúspide, los casos de disidencia desde el poder respecto 
al cerumen de la tradición se cuentan con los dedos de la mano. Ese capítulo se resume en 
la aprobación de la Ley del Divorcio por UCD y del aborto y los matrimonios del mismo sexo 
durante la primera legislatura de Rodríguez Zapatero.

Nadie quiere despertar a la bestia que desde Esquilache vigila cual Polifemo la roña que 
oculta el Toro de Osborne. Hacerlo supondría enemistarse con millones de electores 
decisivos en las urnas. Aparte de que también hay dirigentes en las formaciones políticas 
comulgando con esas ucrónicas reliquias. Una corrosiva adicción que no distingue de 
ideologías. Lo mismo tenemos a los titulares de Justicia, Interior y Educación cual tres 
tenores del "viva la muerte" al paso marcial de la Legión, que al anticapitalista alcalde 
de Cádiz José María González, Kichi, procesionando orgulloso con la medalla de la Cofradía 
del Nazareno. Por no hablar de la ex catequista Susana Díaz, presidenta de Andalucía, 
cirio en mano junto a la imagen de la virgen de la Esperanza de Triana o al regidor 
socialista de Valladolid, Oscar Puente, reivindicando la Semana Santa como "un ritual 
imprescindible que supone un patrimonio espiritual y gentil sin igual". Preguntas: ¿cabe 
imaginar que de Despeñaperros abajo gobierne alguna vez un partido que no sea meapilas?; 
¿puede extrañar a alguien que ante el comecocos del "separatismo catalán" los balcones de 
media España se hayan colmado de enseñas nacionales?

Todo esto no es baladí, tiene un coste para la sociedad civil. De entrada, el mimetismo 
ciudadano con los fastos de la Pasión consigue trasladar al conjunto de la población la 
idea de Iglesia como columna vertebral de la sociedad civil. Proselitismo que facilita 
millonarios dispendios públicos como las subvenciones a los colegios concertados de sesgo 
religioso que practican la segregación por sexos, y el pago con dinero de todos del cuerpo 
de curas castrenses. Ambos extremos tienen una gran incidencia en la construcción del 
imaginario social. El primero permite el adoctrinamiento creacionista en el sector 
educativo "desde la más tierna infancia", y mediante el segundo se introduce una 
vulneración flagrante de uno de los principios rectores del catálogo de derechos humanos. 
En realidad no hay diferencia ética entre un mulá que arenga a sus combatientes con la 
promesa de un paraíso de huríes y un capellán que bendice a los soldados que se adiestran 
para la guerra. Los dos legitiman el asesinato si es por el bien de lo que el poder 
instituido llama Patria, que normalmente representa el statu quo al servicio de la clase 
dominante. Aunque, dentro de un orden. Porque en lo que a nosotros respecta y por si 
quedara alguna duda del catolicismo cuartelero, el arzobispo belicista ostenta el grado de 
general. En buena lógica, Defensa es el segundo ministerio con mayor asignación en los 
Presupuestos Generales del Estado para el próximo ejercicio.

Esta colusión de intereses sobrenaturales y paramilitares es especialmente grave en una 
democracia infantilizada como la nuestra por la concurrencia del Trono y el Altar en la 
figura de un Rey Católico que además de Jefe del Estado también acaudilla las Fuerzas 
Armadas. Con lo que la teórica división de poderes que debe signar toda constitución que 
merezca el nombre queda relegada en muchas ocasiones a la buena voluntad, estado de ánimo, 
carácter, discrecionalidad y luces del monarca. Igual que con el poder terrenal ocurre con 
el espiritual, que en Semana Santa toma cuerpo existencial y actúa como si de otro poder 
del Estado se tratara. Hasta el punto de arrogarse la capacidad de indultar (a divinis) a 
presos durante los desfiles procesionales, hurtando una facultad que corresponde a los 
tribunales de justicia. Todo ello efectuando una interpretación desquiciada del artículo 
16 de la Constitución donde se establecer que "ninguna confesión tendrá carácter estatal".

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