(ca) FAI, Tierra y Libertad #257 - Anarquismo y ecología

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Dom Abr 8 08:07:23 CEST 2018


Un pensamiento como el anarquista contiene los diferentes regatos en los que se fragmente 
el largo camino hacia la libertad. Se trata de recorridos que fluyen como los ríos en el 
mar de la libertad, fundidos y confundidos en una única liberación. ----- Por el mismo 
motivo por el que no puede haber un anarco-feminismo, sino que habría un feminismo 
anarquista, ya que no todas las corrientes son feministas, no podemos hablar de 
anarco-ecologismo sino de ecologismo anarquista, porque el ecologismo se conjuga de 
diferentes maneras, algunas de ellas claramente contrapuestas. ----- En pocas palabras: no 
hay anarquía sin ecología. En el pensamiento de algunos de los anarquistas más notables 
del siglo XIX encontramos elaboraciones profundamente claras sobre las relaciones entre 
liberación de los seres humanos y respeto, salvaguardia pero también liberación (de las 
amenazas de la civilización, del dominio y de la voracidad del Capital) respecto a los 
demás seres vivos y de la naturaleza (o medio ambiente). Henry David Thoreau en los 
Estados Unidos fue el paladín de un retorno a la naturaleza en el sentido más concreto, 
como rechazo a la alteradora vida moderna, y fusión del individuo con la naturaleza; 
Élisée Reclus conjugó la geografía en sentido libertario, como disciplina del 
descubrimiento y conocimiento de un mundo sin fronteras hecho de ambientes y pueblos 
diversos en armonía; Piotr Kropotkin no dejó jamás de poner en relación el apoyo mutuo 
entre los animales con la necesidad de que también entre los humanos prevaleciese la 
solidaridad como forma de resistencia y contraposición al dominio. Después de ellos, 
muchísimos pensadores y agitadores anarquistas han tenido en cuenta estos principios en 
sus elaboraciones y acciones para cambiar la sociedad de la explotación del hombre sobre 
el hombre, y del hombre sobre la naturaleza, convencidos de que las dos cosas forman parte 
de la unidad. Uno de ellos -pero no el único- Murray Bookchin, ha profundizado en una 
ecología de la libertad, influyendo en el modo de pensar y de actuar de muchos militantes 
en el mundo entero.
Entre el 6 y el 17 de noviembre del pasado año, se celebró en Bonn la XXIII Conferencia 
sobre el Clima de Naciones Unidas, conocida como COP23. Una vez más, los Estados 
presentes, aparte de desgranar datos sobre las emisiones de gas en la atmósfera, sobre el 
calentamiento global y sobre el fracaso de los acuerdos de París (COP21) de 2015, han sido 
incapaces de encontrar una vía seria y eficaz para frenar el cada vez más irremediable 
envenenamiento por CO2 que atenaza al planeta a causa de las llamadas "actividades 
humanas", es decir, de la constante acción del capitalismo y de los Estados que derrochan 
recursos, privan a la Tierra de sus defensas y emiten contaminación de todo tipo con tal 
de acumular el máximo beneficio.
Es una opinión muy extendidas, incluso entre personalidades de las altas esferas de la 
política y de la economía un poquito más sensibles, que sin medidas radicales no se 
resolverá la enfermedad mortal que el capitalismo está infligiendo a la Tierra.
Y estas medidas radicales no pueden proceder más que de un pensamiento radical, un 
pensamiento que vaya a la raíz del problema, que no se limite a identificar 
soluciones-tapón que, como mucho, intentan paliar los efectos, rascar la superficie; sino 
que, por el contrario, puedan incidir sobre las causas que generan el problema: la 
supervivencia de la vida sobre el planeta Tierra. Y este pensamiento es, sin ninguna duda, 
el anarquismo.
El capitalismo y los Estados, con su máximo triunfo en los últimos dos siglos, están en el 
origen de la gravísima enfermedad del planeta. Han llevado al extremo la explotación de la 
naturaleza, como consecuencia de la explotación humana que han teorizado y practicado. Han 
hecho del dominio la ideología preponderante, sacrificando cualquier cosa, personas, 
animales, medio ambiente, para satisfacer la voracidad de una minoría de ricos desatados. 
No hay que esperar ninguna solución de quien está en el origen del mal que aflige al 
mundo. Sus propuestas y sus acciones son solamente trampas mistificadoras: la "green 
economy", la economía verde, que pone solo una máscara sonriente y tranquilizadora a los 
asesinos de la tierra y a los contables del mercado global. El desarrollo sostenible 
quisiera mostrar una posibilidad de continuar con la destrucción del medio ambiente y la 
explotación humana más aceptable. Se trata solo de un oxímoron, como oxímoron es decir 
biocapitalismo, ese gran monstruo que ciega la razón y, mientras por un lado encauza 
consumidores con la conciencia limpia de los supermercados globales donde se consume el 
espectáculo cotidiano de la mercantilización y la alienación, por otro esclaviza y somete 
a millones de personas, privándolas de los más elementales bienes necesarios, además de la 
libertad, con el fin de proseguir en su dominio, valiéndose de las fuerzas armadas, 
extorsiones económicas, corrupción y otros instrumentos de persuasión psicológica cada vez 
más sofisticados y ocultos.
El ecologismo clásico, ese que hemos conocido en los últimos treinta años, ese del "sol 
que ríe", nacido antinuclear y finalizado socialdemócrata por su declarada compatibilidad 
con el sistema económico de tipo occidental, no tiene ninguna posibilidad de aportar 
cambios sustanciales; no por casualidad ha acabado por ser una muleta del sistema 
capitalista, obteniendo si acaso un lavado de cara.
Un pensamiento radical hoy puede ayudarnos a comprender los nexos entre la falta de 
soluciones al problema de los residuos y la organización autoritaria de los partidos, 
entre una estación con récord de calor y un sistema de explotación de los recursos sin 
precedentes en la historia humana y que se llama capitalismo; entre una hamburguesa, un 
agujero en la capa de ozono y las calamidades consideradas como fenómenos "naturales" que 
obligan a millones y millones de personas al éxodo de sus tierras. Un pensamiento radical 
puede hacer comprender lo semejante y entrelazada que está la explotación de hombres y 
mujeres en el ámbito laboral, con una agricultura intensiva; lo mucho que una sociedad 
autoritaria es la negación misma del medio ambiente siendo autorizada para la defensa con 
cualquier medio del derecho de pocos al saqueo para la acumulación de capitales en sus 
propias manos. Un pensamiento radical explica cómo el patriarcado, que somete a la mujer, 
y el autoritarismo, que somete a toda especie viviente, tienen los mismos orígenes en el 
poder, en el ejercicio del dominio, y que no puede haber liberación de un solo elemento 
respecto a todos los demás, sino que todos los elementos deben apoyar mutuamente la 
liberación, que un recorrido de construcción de unas sociedad no puede excluir nada, no 
puede hacer excepciones, o fracasará.
Una sociedad igualitaria, es decir sin privilegios, sin Estados, sin poder, es una 
sociedad consciente de que el mundo es todo uno y debe ser respetado por todo lo que 
representa: árbol o río, montaña o lago, animal o persona; sin la armonía entre todos los 
elementos y en todos los elementos no puede haber liberación efectiva.
Por supuesto que también los métodos que se adopten deben ser coherentes con estas 
finalidades, deben contenerlas, hacerlas propias, ser su expresión coherente.

Pippo Gurrier

https://www.nodo50.org/tierraylibertad/357articulo5.html


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