(ca) FAI, Tierra y Libertad #356 - Los orígenes de la moneda, del crédito y del capitalismo

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Mar Abr 3 07:37:33 CEST 2018


Puede parecer increíble, exagerado o afición por la paradoja o lo sensacional; pero es 
justo recordar que el capitalismo es mucho más antiguo que la acuñación de moneda. 
Economistas, historiadores y arqueólogos están de acuerdo en que la moneda surgió en la 
cuenca mediterránea a finales del siglo VII antes de nuestra Era, según Heródoto, por obra 
de los lidios, que habrían creado las primeras monedas con una aleación de oro y plata. 
Seguramente la moneda surgió cuando algunos de los más importantes imperios de la 
antigüedad llevaban muertos y sepultados desde hacía mucho tiempo. Anteriormente, para los 
intercambios y la determinación de los bienes y de los seres humanos, se hacía referencia 
a objetos de cuenta de los tipos más variados: ganado, cereales, armas, accesorios, 
esclavos e incluso mujeres, dado el carácter mucho más machista de épocas pasadas respecto 
a la actualidad. Se han descubierto contratos comerciales y también financieros, 
redactados en caracteres cuneiformes, asimilados a ciertos productos derivados que se 
creían prerrogativa de la edad contemporánea o, al menos, del capitalismo moderno. 
Obviamente, las características del capitalismo de la época eran muy diferentes de las 
posteriores si se quiere afirmar algún principio del tipo "nada nuevo bajo el sol" o 
reducir las cosas a la fórmula "todo es igual a todo".
Pretendemos remarcar que las actividades productivas, financieras y comerciales se sitúan 
en la noche de los tiempos, y que su reglamentación, gestión y registros son como poco 
parejos al nacimiento de la escritura, por no decir que están en su origen.
Por otro lado, parece que las exigencias de medida, registro y regulación de las 
actividades agrícolas y, en general, productivas y mercantiles, tendrían que considerarse 
también como las fuentes primigenias de las matemáticas, la geometría y la astronomía en 
la Edad Antigua.
El tipo y la calidad de las producciones de la Edad del Cobre, del Bronce y del Neolítico, 
y la existencia de edificios y monumentos megalíticos en épocas en las que se creía que se 
vivía exclusivamente de la caza y la recolección, obligan a pensar que ya por entonces se 
produciría actividad de tipo financiero y comercial.
Ya en el Neolítico hay quien ha emprendido largos y peligrosos viajes para conseguir 
obsidiana, utilizada para la producción de objetos que han encontrado después los 
arqueólogos. Lo mismo sirve, con mayor razón, en épocas sucesivas, para materias primas 
como el cobre y el estaño, necesarios para la producción de objetos y armas en cobre y 
bronce, y después en hierro. Obviamente, la capacidad de elaboración y combinación de los 
metales requería un nivel de conocimiento, y la posesión de tecnología adecuada a la 
complejidad y dificultad de esos procesos productivos.
La obtención de las materias primas comportaba, entre otras cosas, un nivel evolucionado 
de intercambios, que se extendían desde las Columnas de Hércules hasta las Islas 
Británicas, y a las costas bálticas, para conseguir el estaño y el ámbar, y hasta la 
Arabia Feliz y el Extremo Oriente para el incienso y la seda.
El desarrollo de tales tráficos implicaba el conocimiento de varios pueblos interesados, y 
de sus culturas y reglas comerciales, además de la posesión de medios de cambio aptos para 
servir de contrapartida y, sobre todo, crédito, es decir, confianza recíproca entre las 
partes para garantizar una razonable probabilidad, si no seguridad, en el resultado 
positivos de las operaciones de intercambio. De hecho, la reseña de los elementos 
necesarios en la antigüedad lleva a la inevitable deducción de que incluso entonces 
existía una especie de globalización ante litteram de las actividades productivas, 
financieras y mercantiles. Durante la mayor parte de su duración, esta economía carecía de 
moneda acuñada e incluso de papel moneda, al menos en el sentido estricto y moderno del 
término. Todo esto no es fruto de opiniones, sino de los datos comprobados de 
historiadores y arqueólogos. La diferencia más relevante entre el capitalismo moderno y 
contemporáneo y el de la Antigüedad y Edad Media, parece derivarse sobre todo del hecho de 
que en los sistemas socioeconómicos recientes y actuales, las clases financieras detentan 
el poder económico y político ellas mismas, aunque la mayor parte de las veces con 
numerosas e importante excepciones, no ejerciéndolo directamente los hombres de negocios, 
banqueros o financieros. En el pasado remoto, por el contrario, y hasta época reciente, 
esas clases desempeñaban un papel muy importante pero por lo general subordinado a 
concesiones, caprichos o dictados de los soberanos y jefes religiosos.
También existieron en la antigüedad las burbujas y las crisis, incluso la inflación y la 
pérdida de valor de la riqueza, que no siempre se podían medir en términos de moneda y de 
precios absolutos que en realidad eran relativos, pero sí en términos de miseria, 
injusticia y sufrimiento.
Es oportuno subrayar que durante mucho tiempo desde su introducción, la moneda acuñada 
tuvo un papel secundario. Incluso durante largos periodos desapareció casi por completo y, 
al final, en época relativamente reciente y en pueblos y territorios en notable 
desarrollo, apenas existía.
En todo momento, en ausencia de la moneda se ha encontrado siempre un bien que por sus 
características resultaba idóneo para servir en los intercambios, medida y reserva de valores.
En las diferentes épocas, han servido a ese objetivo mercancías como la sal, la pimienta, 
las conchas, además de la plata, el oro, el cobre, el hierro. Por no hablar del tabaco, 
las cabezas de ganado o el whisky, además del papel moneda y los depósitos bancarios.
En un libro de 1987, Galbraith recordaba que "en la experiencia americana, entre todos 
estos géneros, el tabaco ha tenido hasta ahora el mayor éxito. Fue usado en las colonias 
del Sur como dinero durante alrededor de un siglo y medio, lo que supera considerablemente 
a los periodos de preponderancia del oro, la plata o el papel moneda y los depósitos 
bancarios de los tiempos modernos". Incluso sigue siendo la tendencia más reciente en el 
sentido del drástico ajuste, si no de la progresiva desaparición del uso de las monedas 
acuñadas y del papel moneda.
Mientras la utilización del dinero en sentido estricto ha tenido altibajos en las 
diferentes épocas, o ha estado totalmente ausente, la economía, el comercio y la actividad 
financiera -al menos en la civilización occidental desde sus más remotos orígenes- no han 
podido prescindir de ninguna forma de crédito que funcionase como medio de intercambio y 
de finanza, a la vez que de estímulo y catalizador de las actividades productivas.

Crédito, precios y teoría cuantitativa de la moneda

Las expectativas acerca del futuro de la demanda y, por ello, de lo facturado y de los 
beneficios, determinan la cifra del crédito que el mundo de los negocios y las finanzas 
está dispuesto a conceder y utilizar. De las perspectivas de las ventas futuras dependen 
la cantidad y calidad de bienes y servicios a producir y a ofrecer en el mercado. 
Determinan contextualmente la cifra del nuevo crédito que será necesario crear u obtener, 
y que, con el ya existente y el dinero en sentido estricto en circulación disponible para 
los intercambios, constituirá la contrapartida de la oferta de bienes y servicios.
El producto de la cantidad de bienes y servicios intercambiados por los precios relativos 
es similar al producto de los medios crediticios y monetarios existente para el número de 
intercambios en que son utilizados, o sea por su velocidad de circulación. Los medios 
crediticios y la moneda que quedan sin utilizar tienen velocidad de circulación cero y, 
obviamente, es cero también su producto por la misma razón.
Los economistas clásicos y neoclásicos han llamado ecuación de cambio a la igualdad entre 
los dos productos, aunque en realidad se trata de una identidad.
La cantidad de mercancía y su valor monetario, o mejor dicho el valor en precio y el 
contravalor en dinero, son dos caras de la misma realidad que, para el simple operador se 
hacen evidentes en dos momentos distintos.

Cantidad de mercancía, precio y medios monetarios participantes en el intercambio son todo 
medidas determinadas por las expectativas de beneficio y, por ello, del volumen de 
inversiones y de crédito creado en la actividad productiva y financiera realizada para 
obtener beneficios. En la llamada ecuación del cambio no hay incógnitas ni se puede decir 
que uno de los términos de la igualdad determine el otro, o sea que la cantidad de moneda 
determine el nivel de precios o que, a la viceversa, sean los precios los que determinen 
el complejo monto de la moneda en circulación. En la concepción clásica de la teoría 
cuantitativa, se razona como si las cantidades de mercancía y los relativos precios se 
determinaran en dos tiempos sucesivos, o sea como si la ecuación del cambio MV = PQ, fuera 
equilibrada por las variaciones de precios, sucesivamente a la llegada de las mercancías 
al mercado. Hay que decir que tal punto de vista no puede infravalorarse, ya que no carece 
de razones y verosimilitud, aparte de que se sustenta en pruebas históricas relevantes.
De hecho, si partimos de la visión del operador estrechamente sujeto a las leyes de la 
libre competencia, que lleva sus productos al mercado sin tener idea del precio que deberá 
aceptar y que le será impuesto por la ley de la oferta y la demanda, no se puede llegar a 
otra conclusión. Tales eran las condiciones en las que tenían que operar las empresas en 
los tiempos en que la teoría cuantitativa de la moneda fue formulada, si no por primera 
vez, si de la manera más orgánica y completa.
Al mismo tiempo, esa teoría se basa en la experiencia de hechos históricos en que 
efectivamente el nivel de precios fue fuertemente influido en el sentido del aumento del 
flujo de grandes cantidades de metales preciosos utilizados para la acuñación de moneda, 
derivado de la depredación de los pueblos del Nuevo Mundo.
Si situaciones históricas precisas y transitorias, o las diferentes modalidades de acción 
de los operadores se consideran el móvil y condiciones necesarias para la existencia, 
renovación y perduración de las acciones de producción e intercambios, se llegará a 
conclusiones muy diferentes.
En efecto, producción y venta no se realizan ni reproducen sino de forma efímera y 
episódica, sin un recargo sobre los costes de los factores productivos que garanticen un 
volumen de negocios y un nivel de beneficios considerado satisfactorio, y una acumulación 
de crédito suficiente para la financiación de las actividades productivas, comerciales y 
financieras necesarias para la consecución de esos objetivos.
La imposibilidad de satisfacer tales condiciones coincide con la condena a más o menos 
breve plazo a la expulsión del mercado, o a la marginación. En el análisis económico es 
fuente de errores basarse en fenómenos transitorios que desparecerán de la evolución 
histórica en poco tiempo, y no en datos permanentes referidos a movimientos, factores e 
instrumentos centrales de las actividades de negocio, o sea, el beneficio, el crédito y la 
inversión.
En cuanto a las anomalías, como un flujo extraordinario de mercancía moneda por la que no 
se ha pagado un precio por ser fruto de actividad depredadora, o la creación desbocada de 
medios pecuniarios por parte de la autoridad gubernativa o monetaria, distribuidos sin la 
adecuada contrapartida, son sin duda causa de aumentos incluso galopantes del nivel de 
precios, pero no pertenecen a la fisiología sino a la patología de los fenómenos 
económicos, y no pueden racionalmente entrar en una consideración de los caracteres 
generales y permanentes de un sistema económico.
Los partidarios de la moderna teoría cuantitativa de la moneda, cuyos orígenes pueden 
señalarse con poco margen de error entre los precursores, en la primera mitad del siglo 
XVII, conciben la dinámica del mercado como si la cantidad de moneda circulante y los 
precios fueran fijados en dos tiempos sucesivos y no contextualmente. La concepción de que 
tales ideas procedían se remontaba a la noche de los tiempos mercantiles. En su primera 
formulación, preveía que la cantidad de moneda en circulación debía adecuarse siempre a 
las exigencias del comercio. En caso de insuficiencia de moneda, al Gobierno competía 
aumentarla deshaciéndose de parte del Tesoro acuñado con metales preciosos. En el caso 
opuesto, la cantidad excesiva de moneda circulante, se debía proceder a su recogida y 
sucesiva fundición. Se trataba en cualquier caso de una concepción liberal, pues se 
consideraba que era la oferta de moneda la que se debería adaptar a las exigencias del 
comercio y a la propensión al gasto.
De acuerdo con esta teoría, corresponde a las fuerzas del mercado determinar la cantidad 
de moneda en circulación, y a las autoridades monetarias adecuar la oferta de moneda. En 
una sucesiva y definitiva formulación, obra sobre todo de Thomas Mun y de David Hume, 
quedó definitivamente anulada, por lo que no se hablaba más de adecuación de oferta de 
moneda a las exigencias de los negocios, sino que se consideraban las variaciones en los 
precios como efecto de las variaciones de moneda en circulación.
En el siglo XIX, los opositores a la teoría cuantitativa de la moneda se reafirmarán en su 
primera reformulación, retomando las ideas de Dudley North y las expresadas posteriormente 
por James Steuart.

Francesco Mancini

https://www.nodo50.org/tierraylibertad/356articulo7.html


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