(ca) FAI: tierra ylibertad #351 - Opiniones de Kropotkin -- sobre la Revolución rusa

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Mie Nov 29 06:10:42 CET 2017


El silencio casi absoluto que guardó mi padre durante estos tres últimos años ha sido una 
constante fuente de sorpresa, no sólo para sus compañeros anarquistas fuera de Rusia, sino 
también para todos aquellos a quienes su nombre era conocido. ---- La explicación de este 
silencio no es muy difícil de encontrar. Consiste en tres hechos. Primero, que la 
evolución de una revolución está algo más allá de toda dirección humana; idea que 
desarrolla en la nota que adjunto. Segundo, que aprobar las formas de vida que eran 
implantadas en Rusia, aun tomando en cuenta las innumerables circunstancias atenuantes, 
iba siendo cada día más difícil. Y tercero, que las críticas sólo habrían servido de algo 
a los enemigos de esta inevitable, aunque dolorosa, forma de progreso que una revolución 
supone.
En fecha próxima espero poder publicar el conjunto de materiales referentes a los sucesos 
de estos tres últimos años que ha dejado mi padre. En su mayoría son cartas dirigidas a 
los prohombres bolcheviques, algunas de ellas a Lenin: protestas contra diversos actos del 
Gobierno, advertencias de que ciertos excesos sólo servirían para facilitar el triunfo de 
aquellos elementos que más seguramente abrirían el camino a una pronta reacción. Otras 
cartas son a amigos en Rusia y unas cuantas a amigos de Occidente. También hay borradores 
de algunos discursos pronunciados en Dmítrov con motivo de las reuniones de las 
cooperativas locales, y numerosas notas -a veces casi folletos- sobre sucesos del día, 
muchas de ellas escritas cuando esperaba la visita de algún amigo de Europa o América.
Nada de ello ha sido publicado. No sólo por las razones ya indicadas, sino también porque 
en Rusia no hay otra prensa que la oficial del Gobierno. Hasta marzo de 1921 había una 
editorial anarquista dirigida por el grupo anarquista-sindicalista Golos Truda (Voz del 
Trabajo), que había publicado todas las obras de mi padre; pero poco después de su muerte 
el Comité Ejecutivo del Soviet de Moscú aprobó una moción declarando "que se daría todo el 
apoyo posible a la editorial Golos Truda para la publicación de las obras del camarada 
Kropotkin", con tan brillante resultado que, quince días más tarde, el local y la imprenta 
de Golos Truda fueron clausurados por orden del gobierno y casi todo su material 
salvajemente destruido. Y cerrados siguen. Y hoy no se pueden conseguir en Rusia los 
libros de mi padre. Por otra parte, mi padre no había querido publicar nada de actualidad 
en Golos Truda temiendo que el censurar al Gobierno acarrease, no su propia detención, 
cosa que a pesar de su edad y de sus achaques no le preocupaba, sino el encarcelamiento de 
los compañeros que trabajaban en la editorial.
No sin bastante desconfianza me aventuro a dar a la publicidad el siguiente fragmento. 
Temo que a muchos pueda parecer pesimista. Las revoluciones no son el resultado de un 
deseo de destrucción, ni siquiera de rápido cambio por parte de los llamados 
revolucionarios, sino la consecuencia inevitable de la apatía de los creyentes en la 
evolución. Quienes no comprendan esto seguramente encontrarán sólo en la nota de mi padre 
una prueba más de lo espantoso de las revoluciones. Pero quizás no valga la pena 
preocuparse más de estos pesimistas profesionales.
La conversación a que la nota se refiere tuvo lugar en Dmítrov el 23 de noviembre de 1920, 
a media tarde. Cuando mi padre nos llamó poco después a mi madre y a mí, todavía se 
encontraba muy excitado y la voz le temblaba al comenzar la lectura. La letra del 
manuscrito original, aquella hermosa letra regular y siempre firme, aparece casi ilegible 
en la primera cuartilla. La nota entera fue escrita en un momento de pasión y de 
impaciencia. Realmente, una de las mayores tragedias a que he asistido durante estos tres 
años, años llenos de sufrimiento más mental aún que físico, fue la lucha por la serenidad 
y la paciencia que vi desarrollarse en el espíritu de mi padre mientras miraba dar la 
vuelta a la rueda de ese terrible carro de Yáganat que es el progreso humano. Su amor 
profundo y activo por la humanidad le hacía presenciar con un tormento indecible dolores 
que no estaba en su mano mitigar. También la fatalidad de una evolución que, siguiendo 
desde su origen líneas falsas, sólo podía conducir al fracaso y a la reacción, era para su 
espíritu clarividente una trágica perspectiva.
De todos modos, y a pesar de su inarticulación, este fragmento puede interesar no sólo a 
los ya interesados en los ideales anarquistas, sino también a aquellos en cuyo espíritu la 
revolución rusa ha suscitado inacabables problemas y preguntas.
La traducción es absolutamente fiel, casi literal, y he dejado algunas frases tal como 
están, apenas concluidas. No creo necesario insistir en que se trata de una nota de 
memorándum, no escrita para la publicación; pero como contesta ciertas preguntas y explica 
el silencio de mi padre, a falta de algo más conexo, no estará de más que se conozca.

Sasha Kropotkin

(Conversación borrascosa con Sofía y Sasha)
¡Siempre los mismos eternos reproches! ¡Que por qué no salgo con un programa definido! ¿De 
qué? ¡De acción! ¿Para qué? O siquiera un juicio, una opinión general sobre los 
acontecimientos actuales.
Pues bien, ahí va mi opinión:
La revolución que estamos pasando es la suma total no de los esfuerzos de individuos 
separados, sino un fenómeno natural, independiente de la voluntad humana, un fenómeno 
natural semejante al tifón que súbitamente se levanta en las costas del Asia Oriental.
Millares de causas, entre las cuales la obra de individuos aislados y hasta de partidos 
enteros sólo han sido un grano de arena, uno de los minúsculos torbellinos locales, han 
contribuido a formar ese gran fenómeno natural, la gran catástrofe que renovará, o 
destruirá; o quizás ambas cosas a la vez.
Todos nosotros, y yo también, hemos preparado ese gran cambio inevitable. Pero igualmente 
lo prepararon las anteriores revoluciones de 1789, 1848, 1871; los escritos de los 
jacobinos, socialistas y radicales; las realizaciones de la ciencia, de la industria, del 
arte, etc. En una palabra, millones de causas naturales han contribuido, como millones de 
movimientos de partículas de aire o de agua causan la tempestad súbita que sumerge 
centenares de barcos y destruye miles de casas; como millones de sacudidas mínimas y 
movimientos preparatorios de partículas separadas producen el terremoto.
En general, la gente no ve los sucesos concretamente, piensan más en palabras que en 
imágenes definidas, y no tienen la menor idea de lo que es una revolución, de esas 
infinitas causas y concausas que le han dado forma, y así se inclinan a exagerar la 
importancia en el desarrollo de la revolución de su personalidad y de la actitud que 
ellos, o sus amigos y correligionarios, adoptarán en el tremendo cataclismo. Y desde luego 
son absolutamente incapaces de comprender lo impotente que es todo individuo, por grande 
que sea su inteligencia o su experiencia, en esta tromba de infinitas fuerzas que ha 
puesto en movimiento el terremoto.
No comprenden que una vez que el gran fenómeno natural se ha desencadenado, los individuos 
quedan incapacitados para ejercer la menor influencia sobre el curso de los 
acontecimientos. Un partido aún puede quizás hacer algo, mucho menos de lo que 
generalmente se cree, pero ni siquiera sobre la superficie de las olas que se avecinan 
puede su influencia notarse levemente. Pero congregaciones reducidas que no forman una 
gran masa, son completamente impotentes; toda su fuerza se reduce a cero.
Imaginad una ola alta como una casa, que va a romper sobre la playa, e imaginad a un 
hombre intentando hacerle frente con su bastón o con su bote. Pues vuestra fuerza no es 
mayor. Aguantar el cición mientras se pueda, es lo único posible.
Esta es la posición en que yo, un anarquista, me encuentro. Pero también otros partidos 
mucho más numerosos se encuentran hoy en Rusia en situación análoga.
Y aún diré más: el mismo partido que gobierna se encuentra en igual posición. Actualmente 
ya no gobierna, se deja arrastrar por la corriente que ayudó a crear, pero que es ahora 
mil veces más fuerte que el partido mismo.
Había un dique, que contenía una gran masa de agua. Todos trabajamos en minar ese dique. Y 
yo hice mi parte.
Unos soñaban guiar las aguas al estrecho canal donde aguardaban sus propios molinos. Otros 
esperaron abrir un nuevo cauce con ayuda de la corriente. Ahora ya se precipitan las 
aguas, no hacia los molinos, que han arrastrado, ni tampoco hacia el cauce que les 
habíamos señalado, porque la riada no se ha producido como resultado de nuestros 
esfuerzos, sino como resultado de una masa de razones mucho mayores que permitieron a las 
aguas romper el dique.
Y ahora la cuestión es: ¿Qué se debe hacer? ¿Reparar el dique? Absurdo. Es demasiado tarde.
¿Abrir un nuevo cauce a la corriente? Imposible. Ya le preparamos un canal, el que creímos 
mejor, y resultó superficial e insuficiente. Cuando vinieron las aguas no corrieron por 
él. Se precipitaron por otro camino, rompiéndolo todo al paso.
¿Qué debe, pues, hacerse?
Nos encontramos en medio de una revolución que no ha avanzado por los caminos que le 
habíamos abierto, y que no tuvimos tiempo de abrir suficientemente. ¿Qué puede hacerse ahora?
¿Oponerse a la revolución? ¡Absurdo!
Es demasiado tarde. La revolución seguirá su camino, en dirección de la menor resistencia, 
sin prestar la más mínima atención a nuestros esfuerzos.
En el momento actual la revolución rusa se encuentra en la siguiente posición: está 
cometiendo horrores; está arruinando al país entero; en su furiosa demencia está 
aniquilando valiosas vidas, destruyendo sin mirar lo que destruye, sin saber adónde va. 
Claro que por eso, se dirá, es una revolución y no un progreso pacifico.
Y mientras esta fuerza no se gaste por sí misma como tiene que gastarse, nada podremos 
hacer para encauzarla.
Pero, ¿y entonces? Entonces, inevitablemente, vendrá una reacción. Tal es la ley de la 
historia. Y es fácil comprender porque no puede ser de otra manera.
La gente se figura que podemos modificar la forma de desarrollo de una revolución. Ilusión 
pueril. Una revolución es una fuerza cuyo crecimiento no puede ser modificado.
Y una reacción es absolutamente inevitable; lo mismo que una depresión sigue a la ola en 
el agua; lo mismo que la debilidad sucede en el ser humano a todo periodo de actividad febril.
Por consiguiente, lo único que podemos hacer es aplicar nuestra energía a disminuir el 
furor y la fuerza de la reacción venidera.
Pero, ¿en qué pueden consistir nuestros esfuerzos?
¿En modificar las pasiones, tanto en un bando como en otro? ¿Y quién nos escuchará? Aunque 
existiesen diplomáticos capaces de desempeñar el papel, el momento de su debut aún no ha 
llegado; ninguno de los dos bandos está todavía dispuesto a hacerles caso.
No veo más que una cosa: ir reuniendo gentes de uno y otro partido que sean capaces de 
emprender una obra constructiva después de que la revolución haya gastado su fuerza. 
Nosotros, los anarquistas, debemos, por nuestra parte, reunir a un grupo de trabajadores 
anarquistas honrados, abnegados y que no estén devorados por el orgullo.
Y si yo fuese más joven y pudiese hablar con centenares de personas de la manera que es 
preciso hablar si se quiere reunir a hombres para trabajar en común...

Piotr Kropotkin

https://www.nodo50.org/tierraylibertad/352articulo14.html


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