(ca) FAI, tierra ylibertad #351 - De la utopía a la distopía

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Jue Nov 23 08:11:30 CET 2017


Entre los años 1989 y 1991, con el hundimiento del bloque soviético, se ha determinado un 
cambio de era en el equilibrio y perspectivas del capitalismo moderno y de la humanidad 
entera que, tras más de setenta años, ponía fin a otro cambio de era: el nacimiento de la 
Unión Soviética. ---- Se concluía, de forma poco gloriosa y poco digna, un experimento 
sociopolítico y económico que, al menos al principio, había suscitado expectativas y 
esperanzas en la clase trabajadora del mundo entero. ---- No fueron pocos los que 
pensaron, o se ilusionaron, que se estaba dando vida a la realización de una utopía: una 
sociedad de libres, iguales y solidarios, de trabajadores y para los trabajadores, 
autoproclamada socialista o, forzando el pensamiento de Karl Marx, del que se reclamaban 
los constructores de la nueva realidad, incluso comunista.

No obstante, los motivos de duda no faltaron, desde el principio.

Si de hecho fueron sin duda numerosas, complejas e intrincadas las causas de la Revolución 
de Octubre y del nacimiento de la Unión Soviética, por otro lado sin lugar a dudas se 
situó en el origen de tales acontecimientos el apoyo determinante que el imperialismo 
alemán prestó a las fuerzas revolucionarias.
Admitiendo sin ningún género de dudas que la Alemania imperial no pudiera albergar, por 
mínima que fuera, simpatía por las ideas socialistas y comunistas de Lenin, Trotski y 
compañía, está acreditado que la decisión de financiar y armar a los bolcheviques fue el 
fruto de un cálculo oportunista y fuertemente obligado, puede que incluso desesperado, del 
Imperio alemán, que de todas formas se mostró perdedor.
En cualquier caso, de la revolución soviética y su continuación en el segundo conflicto 
mundial y la llamada guerra fría, se origina un ordenamiento mundial bipolar en bloques 
contrapuestos que, de alguna forma, operó para relativa ventaja de las clases bajas. Entre 
el bloque occidental, o mejor dicho el estadounidense, y el oriental, o mejor dicho el 
soviético, se establece una especie de competición cuyo objetivo era, a fin de cuentas, el 
control de las respectivas clases trabajadoras. Estas podían ser, y eran, explotadas, 
engañadas, reprimidas en cada uno de los dos bloques, pero hasta cierto límite, no tanto 
como para correr el riesgo de que se alinearan con la parte contraria.
De hecho, los trabajadores aprovechaban de ambas partes una especie de rédito de posición, 
que comportaba condiciones verdaderamente muy limitadas y nada óptimas en bienestar y 
seguridad, pero incomparablemente mejores de las que se han creado con la desaparición del 
bloque oriental.
Por parte de los vencedores de la denominada guerra fría, los derrotados, además de ser 
objeto de toda suerte de juicios negativos, incluso de orden moral, fueron presentados 
como portadores de ideologías políticas, sociales y económicas insostenibles y sin 
posibilidades de aguantar hasta un cierto límite el choque con la dura realidad.
En resumen, prevalece la tesis de que el adversario o, mejor dicho, el enemigo, había 
perdido porque era portador de conceptos utópicos fuera de la realidad, mientras que lo 
que se define como capitalismo moderno o régimen de mercado o sistema de empresa resultó 
triunfador por ser expresión de realismo, racionalidad y eficiencia.
Y, sin embargo, bastaría un mínimo de reflexión para darse cuenta de cómo la Historia ha 
demostrado ampliamente cuán ficticias son estas reconstrucciones y estas presuntas calidades.
Parece, no obstante, que el asunto no haya sido tomado en consideración, ni siquiera por 
el venir a menos de una cierta alternativa realista y de un posible término de parangón 
con el sistema socioeconómico y político vigente.
La Unión Soviética, con su misma existencia constituía a pesar de todos sus límites y 
defectos, la prueba viviente de la posibilidad efectiva de soluciones organizativas 
diferentes.
Su desaparición ha comportado para los trabajadores la ausencia de un posible objetivo o 
referencia política alternativa adecuada a la gravedad de la situación. También, por parte 
de los mismos que apoyan el capitalismo moderno, la admisión de que se trataba de un 
pésimo sistema socioeconómico. Un argumento considerado decisivo en su favor ya que, sin 
embargo, los otros sistemas han demostrado ser peores y, en cualquier caso, perdedores.
El otro argumento es que el beneficio, la empresa, la acumulación y la concentración de la 
riqueza y del capital presentan innumerables problemas y contradicciones en su 
funcionamiento, pero constituyen un estímulo potente al desarrollo y progreso de lo que 
hasta ahora no ha sido posible identificar un posible sustituto capaz de igualar, y menos 
aún, de superar las prestaciones.
Y todo ello para demostrar cuán fácilmente, como en un relato de Poe, incluso lo que es 
evidente escapa a la atención y se sustrae a la percepción, por lo que uno se da cuenta 
inadecuadamente de que también en gran medida el capitalismo moderno ha de considerarse 
una utopía, con tales y tantos pesados caracteres negativos que ha de caracterizarse como 
distopía.
No se trata del mero hecho, de constatación banal, de que la versión moderna, globalizada 
y financiarizada del capitalismo no se ha desembarazado de los aspectos bárbaros y feroces 
de sus comienzos y de la fase de acumulación originaria. Ni siquiera el esclavismo, la 
servidumbre de la gleba y el tráfico de carne humana han desparecido; solo han cambiado de 
forma, objetivos, territorios y sectores de actividad, pero todavía se mantienen vivitos y 
coleando.
Por otro lado, permanecen inmutables los abusos, las destrucciones, las incongruencias, 
las contradicciones, la irracionalidad y la ineficacia que en todo tiempo ha caracterizado 
la estructura y funcionamiento de las varias formas del capitalismo.
Incluso ante macroscópicos fenómenos de globalización y predominio de las finanzas sobre 
la actividad productiva, permanecen y se multiplican Estados, fronteras, barreras 
aduaneras, monedas nacionales, banderas, ejércitos, guerras y, obviamente, producción y 
tráfico de armas.
Por un lado se teoriza, cosa que, por lo demás, no se puede hacer sin observar la estrecha 
interconexión e independencia de pueblos y economías a nivel planetario, como para dar 
lugar a un único gran sistema global capaz de funcionar mejor solo en ausencia de 
conflictos en su interior.
Por otro lado, se debe admitir que todo esto no ha impedido mínimamente que proliferen y 
se enquisten los conflictos creados, costeados y armados por intereses financieros, aunque 
formalmente disfrazados de nacionalismo, religión o incluso de choque de civilizaciones.
El capitalismo moderno como utopía negativa
También el capitalismo es portador de una utopía, pero calificable, y por muchos 
calificada, como negativa, es decir, una distopía.
Lo es, en particular, en la forma asumida a resultas de su triunfo, de su subida al poder 
en la versión del capitalismo moderno.
En qué consiste tal utopía y la misma legitimidad del uso del término en referencia al 
capitalismo moderno constituyen, al menos en parte y en medida variable, materia 
controvertida y fruto de posiciones ideológicas.
La misma definición de capitalismo, como es sabido, es materia de opiniones, divisiones y 
contraposiciones. No son pocos ni de importancia secundaria los historiadores de la 
Economía y los economista que, como Fernand Braudel, Luigi Einaudi o Carlo Cipolla, han 
considerado ambigua tal determinación y suprimible o que, como Karl Marx, han rechazado 
totalmente la utilización del término por resultar vago, acientífico y precursor de confusión.
Se puede incluso intentar definirlo como un sistema socioeconómico basado en la empresa y 
el beneficio, y en el que los medios de producción son objeto de propiedad individual o 
colectiva, privada, pública o mixta.
Obviamente, la definición adoptada no es la única ni, verosímilmente, la mejor posible y, 
a riesgo de equívocos, comporta implícitamente que la propiedad estatal o incluso pública 
de los medios sea calificada como capitalismo de Estado y no como socialismo ni, mucho 
menos, como comunismo.
El carácter utópico, o mejor dicho distópico, del capitalismo moderno se puede identificar 
en el hecho de que se basa en una tendencia a expandirse indefinidamente, a poder ser al 
infinito, tanto como para sufrir una crisis cada vez que esa tendencia se detiene o invierte.
La materia objeto de tal expansión puede consistir, según las preferencias, en la 
acumulación de riqueza, en su centralización, en el volumen de negocios, en los niveles de 
beneficios y rentas, en los valores monetarios, en el gasto de bienes de consumo, en las 
inversiones, en la creación de medios de producción u otros.
Cualquier opción parecería confinada en el reino de lo opinable y del condicionamiento 
político e ideológico salvo por un aspecto. En cualquier caso, el sistema socioeconómico 
que se denomina, o se califica, como capitalista existe en la realidad y no es simplemente 
soñado o imaginado, como en general sucede cuando se hace uso del término utopía.
Son, por tanto, evidentes, medibles y calculadas tendencias, efectos más o menos deseados 
y perseguidos, y resultados calificados como éxitos o fracasos, expansiones o crisis del 
sistema efectivo en funcionamiento.
Hay que subrayar que en gran parte de los relativos datos estadísticos y contables no se 
dan grandes divergencias de opinión, y es a ellos a los que se hace referencia.
No es materia opinable sino realidad aceptada oficial y universalmente, la tendencia 
actual a la cada vez más acentuada acumulación y concentración de la riqueza en un 
porcentaje exiguo e irrisorio de la población mundial, constituido por las clases 
negociantes y financieras, y por los ricos y superricos.
Por eso es indiscutible que tal tendencia no ha parado sino que ha acelerado su expansión 
con la gran crisis iniciada en 2008.
Tal aceleración -y esto tampoco es puesto en duda por nadie- es producida en parte por las 
políticas llevadas a cabo por los gobiernos de los más importantes países desarrollados o 
emergentes, a favor del gran capital y, en particular, de las clases financieras y de los 
bancos de negocios.
Tales políticas, presentadas como medidas anticrisis, han favorecido y exaltado la 
tendencia al aumento de las desigualdades, ya de por sí parejas al funcionamiento de las 
instituciones financieras y de negocios del capitalismo moderno.
Otra causa del incremento de las desigualdades en la distribución de la renta y de la 
riqueza acumulada y concentrada, es el aumento cada vez más anormal y económicamente 
injustificado de los sueldos de los ejecutivos y consejeros de las grandes empresas 
financieras y de negocios respecto a la remuneración media del trabajador dependiente.
Por otro lado, supersueldos y demás emolumentos de los consejeros delegados y directivos 
de alto rango siguen siendo formalmente registrados como rentas del trabajo, cuando en 
realidad deberían ser considerados sin lugar a dudas como parte de los beneficios.
Otra utopía implícita en el capitalismo moderno es la tendencia al incremento sin límites 
de los valores monetarios, efecto del modo de ser y de operar de las instituciones 
monetarias, financieras y de crédito, tanto nacionales como internacionales.
Al comienzo de la gran crisis se tomó conciencia de que gran parte de la vulnerabilidad de 
los sistemas financieros nacionales y mundiales era debida a la anormalidad del desarrollo 
de las variables financieras, es decir, al incremento y empeoramiento cualitativo fuera de 
control de los valores financieros y crediticios, convertidos en múltiplos de dos cifras 
del Producto Interior Bruto mundial. Rápidamente, tras el inicio de la gran regresión, su 
valor registró un consistente repliegue, para volver con bastante velocidad a las 
dimensiones precrisis de los productos crediticios y financieros más o menos derivados, 
más o menos tóxicos, más o menos opacos y enigmáticos en los contenidos y en los efectos.
A pesar del enorme riesgo que esta montaña de valores y productos financieros comporta, no 
ha existido una tentativa real y ni siquiera una intención verdadera de establecer reglas 
y praxis para un eficaz redimensionamiento de tal fenómeno.
Análogamente, no se toma tampoco en consideración el problema del agotamiento de recursos 
derivado de la proliferación de empresas industriales y de servicios, con la creación de 
una capacidad productiva total muy por encima de la demanda global.
El solo objetivo de tal multiplicación de iniciativas es aprovechar las oportunidades de 
mayores beneficios ofrecidas por las normativas complacientes en materia medioambiental, 
laboral, fiscal, incentivos y apoyos públicos y medidas y maniobras monetarias, 
crediticias y cambiarias tendentes a violar o eludir sistemáticamente las reglas de la 
competencia y de la corrección comercial.

Francesco Mancini

https://www.nodo50.org/tierraylibertad/351articulo4.html


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