(ca) FAI: tierra ylibertad #351 - Entrevista entre Lenin y Kropotkin

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Jue Nov 23 08:11:22 CET 2017


En la primavera de 1919, Vladímir Bonch-Bruevich, conocido de Kropotkin y cercano 
colaborador de Lenin en el Gobierno soviético, concertó una entrevista entre Lenin y 
Kropotkin. ---- Bonch-Bruevich había visitado a Kropotkin poco después del retorno de éste 
a Rusia en junio de 1917. ---- El original ruso de esta entrevista apareció como artículo 
("Moi vospominaniia o Piotr Alekséyevich Kropotkin") en el número 4 de Zvezda (1930). ---- 
Puedo fijar casi con exactitud la fecha del encuentro entre Vladímir Ilich (Lenin) y Piotr 
Alekséyevich (Kropotkin) entre el 8 y el 10 de mayo de 1919. Vladímir Ilich señaló la hora 
para después de la jornada de trabajo del Consejo de Comisarios del Pueblo y me informó de 
que llegaría a mi apartamento hacia las cinco de la tarde. Le dije a Piotr Alekséyevich 
por teléfono el día y la hora de la reunión y, llegado el momento, envié un coche a 
recogerle. Vladímir Ilich llegó a mi casa antes que Piotr Alekséyevich. Hablamos de las 
obras de los revolucionarios de épocas precedentes. Durante la charla, Vladímir Ilich 
opinó que llegaría pronto la hora en que veríamos ediciones completas de las obras de 
nuestros principales emigrados, con notas, introducciones e investigación complementaria.
"Esto es muy necesario", dijo Vladímir Ilich, "pues no sólo nosotros debemos estudiar la 
historia de nuestro movimiento revolucionario, sino que también debemos dar a los jóvenes 
investigadores la oportunidad de escribir muchos artículos basados en estos documentos y 
materiales para familiarizar a la mayor cantidad de gente posible con todo lo que ocurría 
en Rusia durante la última generación. Nada sería más pernicioso que pensar que la 
historia de nuestro país comienza el día en que ocurrió la Revolución de octubre. Y, sin 
embargo, he oído decir eso. Es una tontería de la que no merece la pena ni hablar. Nuestra 
industria se está recuperando, la escasez de papel y la crisis de las imprentas están 
pasando, y podremos publicar cien mil ejemplares de libros como La gran Revolución 
francesa, de Kropotkin, y otras obras suyas; aunque sea un anarquista, sacaremos sus obras 
completas con todas las notas necesarias para que el lector comprenda la diferencia entre 
el anarquismo pequeño-burgués y la verdadera visión comunista del mundo que tiene el 
marxismo revolucionario".
Vladímir Ilich cogió de mi biblioteca un libro de Kropotkin y otro de Bakunin que yo 
guardaba desde 1905 y los hojeó rápidamente. Me dijeron entonces que había llegado 
Kropotkin y salí a recibirle. Estaba subiendo lentamente nuestra empinada escalera. Le 
saludé y avanzamos hacia mi apartamento. Vladímir Ilich cruzó rápidamente el pasillo para 
acercarse a él y, sonriendo cálidamente, le dio la bienvenida. Piotr Alekséyevich, con 
entusiasmo, le dijo inmediatamente:
"¡Qué contento estoy de verle, Vladímir Ilich! Tenemos diferencias sobre muchas 
cuestiones, tácticas y organizativas. Pero nuestros objetivos son idénticos y lo que usted 
y sus camaradas hacen en nombre del comunismo resulta muy cercano y muy querido para mi 
anciano corazón".
Vladímir Ilich le tomó por el brazo y muy atenta y cortésmente le condujo a mi despacho, 
le ayudó a sentarse en un sillón y después se sentó frente a él al otro lado de mi mesa.
"Bien, pues ya que nuestros objetivos son idénticos, hay mucho que nos une en la lucha", 
dijo. "Por supuesto, es posible avanzar hacia el mismo objetivo por varios caminos, pero 
creo que en muchos aspectos nuestros caminos tienen que coincidir".
"Sí, desde luego", interrumpió Piotr Alekséyevich, "pero ustedes prohíben las cooperativas 
y yo estoy a favor de ellas".
"Y nosotros también estamos a favor de ellas", exclamó en voz alta Vladímir Ilich, "pero 
en contra de este tipo de cooperativa que sirve de refugio a los kulaks, terratenientes, 
comerciantes y al capital privado en general. Lo que queremos, simplemente, es quitar la 
máscara de ese cooperativismo fingido y dar a las masas la oportunidad de unirse a una 
auténtica cooperativa".
"No voy a discutir eso", respondió Kropotkin, "y, por supuesto, hay que luchar con todas 
las fuerzas contra la falta de honradez y la mixtificación donde quiera que surjan. No 
necesitamos ninguna máscara. Debemos denunciar sin piedad cada mentira, sea la que sea. 
Pero aquí, en Dmítrov, sé que están siendo perseguidas cooperativas que no tienen nada que 
ver con esas que usted acaba de mencionar; y es porque las autoridades locales, quizá 
revolucionarios de ayer mismo, se han burocratizado, convertido en funcionarios que 
quieren tiranizar a sus subordinados, y que creen además que todo el país es su subordinado".
"Nosotros somos enemigos de los burócratas, donde quiera que aparezcan", dijo Vladímir 
Ilich. "Somos enemigos de los burócratas y de la burocracia, y debemos arrancar de raíz 
esos residuos de sistemas antiguos que permanecen en el nuestro; pero en definitiva, Piotr 
Alekséyevich, usted debe comprender que es muy difícil remodelar a la gente porque, como 
Marx dijo, la fortaleza más terrible e inexpugnable es el cráneo humano. Estamos tomando 
todas las medidas posibles para triunfar en esta lucha; y, desde luego, es la vida misma 
la única capaz de enseñar a muchos. Nuestra falta de cultura, nuestro analfabetismo, 
nuestro retraso son evidentes en todos los terrenos y nadie puede acusarnos, como partido, 
como poder gubernamental, de todo lo que funciona mal en la maquinaria de ese poder; y 
menos aún de lo que ocurre en lugares remotos del campo, apartados de los centros de 
decisión".
"Como resultado, entonces, queda una situación nada fácil para los que tienen que soportar 
el poder de estas autoridades incultas", exclamó P. A. Kropotkin, "que además parece ser 
un veneno irresistible para cada uno de aquellos que se consideran dueños de la autoridad".
"Pero no hay otro camino", añadió Vladímir Ilich. "No se puede hacer una revolución de 
guante blanco. Sabemos perfectamente que hemos cometido y cometeremos muchos errores, que 
hay muchas irregularidades y mucha gente que sufre innecesariamente. Corregiremos lo que 
podamos; reconoceremos nuestras equivocaciones, debidas muchas veces a pura estupidez. 
Pero es imposible no cometer errores durante una revolución. No cometerlos significaría 
renunciar a vivir, no hacer nada en absoluto. Nosotros hemos preferido cometer errores y, 
así, actuar. Queremos actuar y actuaremos, pese a todos los errores, y llevaremos nuestra 
revolución socialista hasta el final, inevitablemente victorioso. Y usted puede ayudarnos 
en esta tarea comunicándonos toda la información que tenga sobre irregularidades. Puede 
estar seguro de que yo y todos nosotros la estudiaremos con el máximo celo".
"Excelente", dijo Kropotkin. "Ni yo ni nadie se negará a ayudarles a usted y a sus 
camaradas todo lo posible, pero nuestra ayuda consistirá principalmente en informarles de 
todas las irregularidades que ocurran en cualquier lugar y de las que el pueblo se queja 
con tanta frecuencia..."
"No son quejidos, sino aullidos de la resistencia contrarrevolucionaria, con la que no 
hemos tenido ni tendremos piedad..."
"Pero usted dice que es imposible no tener autoridad", empezó de nuevo a teorizar Piotr 
Alekséyevich, "y yo digo que es posible. En cualquier lugar que uno observe surge la base 
para la no-autoridad. Acabo de recibir noticias de que en Inglaterra los cargadores de 
puertos han organizado una cooperativa excelente, completamente libre, a la que acuden los 
trabajadores de todas las demás industrias. El movimiento cooperativista es enorme y su 
significado es extraordinariamente importante..."
Observé a Vladímir Ilich. Sus ojos brillaban un poco burlones y, oyendo atentamente a 
Piotr Alekséyevich, parecía asombrado de que, después del enorme salto adelante y del 
barrido que había significado la Revolución de octubre, se pudiese seguir hablando todavía 
de cooperativas y más cooperativas... Y Piotr Alekséyevich continuaba hablando de otro 
lugar de Inglaterra en que se habían organizado más cooperativas, y de un tercer lugar, en 
España, en que funcionaba una pequeña federación, y de que el movimiento sindicalista 
resurgía en Francia... "Es bastante dañino", no pudo por menos de interrumpirle, "no 
prestar ninguna atención al lado político de la vida y desmoralizar a las masas 
trabajadoras distrayéndolas de sus objetivos inmediatos..."
"Pero el movimiento sindical está uniendo a su alrededor a millones de trabajadores; esto 
es ya en sí mismo un factor enorme", dijo Piotr Alekséyevich excitado. "Junto con el 
movimiento cooperativista, es un inmenso paso adelante..."
"Eso es santo y bueno", volvió a interrumpir Vladímir Ilich. "Y desde luego que el 
movimiento cooperativista es importante, tanto como el sindicalismo es dañino. ¿Qué podría 
tener de malo? Esto es evidente cuando se trata de un auténtico movimiento cooperativista, 
enraizado en las capas más amplias de la población. Pero ¿es ése verdaderamente el 
problema? ¿Es posible avanzar hacia algo nuevo por estos métodos? ¿Cree usted realmente 
que el mundo capitalista va a capitular ante el movimiento cooperativista? Lo que está 
intentando por todos los medios es apoderarse de ese movimiento. Y esas pequeñas 
cooperativas, esos grupitos de trabajadores ingleses sin poder alguno, acabarán aplastados 
y transformados despiadadamente en servidores del capital. Este nuevo ímpetu del 
cooperativismo al que usted da tanta importancia acabará absolutamente sometido, por medio 
de mil hilillos que le agarrarán como una tela de araña. ¡Todo esto son pequeñeces! 
¡Perdóneme, pero estas son tonterías! Lo que necesitamos es la acción directa de las 
masas, la acción revolucionaria de las masas, hay que agarrar al mundo capitalista por la 
garganta y derribarlo. Y por el momento no veo ese tipo de acción, ni ningún avance hacia 
el federalismo, el comunismo o la revolución social. Todo esto son juegos de niños, 
chácharas ociosas, que no tocan el suelo de forma realista, sin fuerza, sin medios de 
acción, sin capacidad de aproximarse casi en absoluto a nuestros objetivos socialistas. 
Una lucha directa y abierta, una lucha hasta la última gota de sangre, eso es lo que 
necesitamos. Hay que proclamar la guerra civil en todas partes, apoyada por todas las 
fuerzas revolucionarias y de oposición, en la medida en que sean capaces de llegar a esa 
guerra civil. Habrá mucha sangre derramada y muchos horrores en esta lucha. Estoy 
convencido de que en Europa occidental estos horrores serán incluso mayores que en nuestro 
país, dada la mayor dureza de la lucha de clases allá y la mayor tensión de las fuerzas 
que tendrán que enfrentarse en esta, quizá última, batalla contra el mundo imperialista".
Vladímir Ilich se levantó de su silla excitado, después de haber dicho todo esto clara y 
cuidadosamente. Piotr Alekséyevich se había reclinado hacia atrás en su sillón y, con una 
atención que derivaba hacia la indiferencia, oía las fogosas palabras de Vladímir Ilich. A 
partir de ahí, dejó de hablar de cooperativas.
"Por supuesto, tiene usted razón", dijo, "sin una lucha nada se logrará en ningún país, 
sin una lucha desesperada...".
"Y masiva además", exclamó Vladímir Ilich. "No necesitamos la lucha ni los actos violentos 
de personas individuales. Ya es hora de que los anarquistas comprendan esto y dejen de 
despilfarrar su energía revolucionaria en intentos perfectamente inútiles. Sólo las masas, 
sólo con las masas y por medio de las masas, desde el trabajo clandestino hasta el terror 
rojo masivo si es necesario, y hasta la guerra civil, la guerra en todos los frentes, la 
guerra de todos contra todos, solo ese tipo de lucha puede tener éxito. Todas las demás 
tácticas, incluidas las de los anarquistas, han sido derrotadas por la historia y están 
archivadas, no sirven para nada, no atraen a nadie y simplemente desmoralizan a los que 
por alguna razón se sienten seducidos por estas actitudes viejas y gastadas..."
Vladímir Ilich se detuvo de repente, sonrió amablemente y dijo: "Perdóneme, me parece que 
me he dejado arrastrar por mis palabras y estoy cansándole. Pero es que esto nos afecta 
mucho a los bolcheviques. Es una especie de problema nuestro, de alcohol para nosotros, y 
lo sentimos tan cercano que no podemos hablar de ello con calma".
"No, no", contestó Kropotkin. "Me satisface mucho oírle hablar así. Si usted y sus 
camaradas piensan de esta manera, si no están intoxicados con el poder y se sienten 
inmunizados contra la esclavitud de la autoridad estatal, podrán hacer muchas cosas. La 
revolución está, en ese caso, en buenas manos".
"Haremos lo que podamos", respondió afablemente Lenin, "ya nos ocuparemos -ésta era su 
frase favorita- de que ninguno de nosotros se deje infatuar y piense demasiado en sí 
mismo. Esta es una enfermedad terrible, pero tenemos un buen remedio para ella: mandar a 
esos camaradas de nuevo a trabajar, con el pueblo".

"Estupendo, estupendo", exclamó Kropotkin. "En mi opinión, esto debería hacerse con todo 
el mundo, y más a menudo. Esto es útil para todos. Nunca se debe perder contacto con las 
masas trabajadoras y se debe saber que sólo con las masas es posible hacer realidad lo que 
se ha planteado en los programas más progresistas. Pero los socialdemócratas y toda esa 
gente creen que en el partido de ustedes hay muchos que no son trabajadores y que esos 
elementos están corrompiendo a los trabajadores. Lo que se necesita es lo contrario: que 
el elemento trabajador prevalezca y que los no trabajadores solamente ayuden a las masas 
en cuestiones de instrucción, de dominio de algún área del conocimiento; no deben ser más 
que una especie de servicio, de apoyo, cualquiera que sea la organización socialista".
"Necesitamos masas educadas", dijo Vladímir Ilich, "y sería interesante, por ejemplo, que 
su libro La Gran Revolución francesa pudiera lanzarse inmediatamente en una edición muy 
amplia. En definitiva, es un libro útil para todo el mundo. Nos gustaría publicar esta 
excelente obra y hacerlo en tal cantidad que pudiera estar en todas las bibliotecas, en 
las salas de lectura de los pueblos, de los regimientos..."
"Pero ¿quién lo publicaría? No consentiré una edición estatal..."
"No, no", interrumpió Vladímir Ilich, sonriendo irónicamente. "Naturalmente, no sería el 
Servicio Editorial del Estado, sino una cooperativa editora..."
Piotr Alekséyevich aprobó con la cabeza. "En ese caso, bien", dijo, visiblemente 
satisfecho con la propuesta; "si encuentra el libro interesante y necesario, estoy de 
acuerdo en que se publique una edición barata. Quizá podamos encontrar alguna cooperativa 
editora que lo acepte..."
"La encontraremos, la encontraremos", aseguró Vladímir Ilich. "De eso estoy seguro".
Con esto, la conversación entre Piotr Alekséyevich y Vladímir Ilich comenzó a decaer. 
Vladímir Ilich miró su reloj, se levantó y dijo que tenía que preparar una sesión del 
Consejo de Comisarios del Pueblo. Se despidió de Piotr Alekséyevich muy afectuosamente, 
diciéndole que estaría siempre encantado de recibir cartas y consejos suyos, a los que 
prestaría atención muy seriamente. Piotr Alekséyevich se despidió de nosotros y, después 
de que le acompañamos hasta la puerta, marchó en el mismo automóvil a su casa.

(Kropotkin tomó en cuenta la oferta de Lenin y le envió las dos cartas que reproducimos a 
continuación. No obtuvo respuesta)

https://www.nodo50.org/tierraylibertad/352articulo13.html


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