(ca) FAI: tierra ylibertad #351 - Centenario de la Revolución rusa

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Lun Nov 20 07:00:37 CET 2017


Los acontecimientos que se desarrollaron en Rusia en 1917 marcaron profundamente la 
historia del siglo XX, y sus efectos perduran en nuestros días. Los hechos han sido 
presentados de manera unilateral por la ideología oficial, por lo que es bueno recordarlos 
ahora tal y como tuvieron lugar, obstinados y contrastados. Tras una guerra llevada a cabo 
de manera desastrosa en 1914-1917, se produjo el hundimiento del régimen monárquico 
tricentenario de los Romanov, seguido de la instalación de un gobierno provisional 
compuesto sobre todo por liberales, pero también por socialistas dirigidos por Aleksandr 
Kerensky. A la espera de la convocatoria de una asamblea constituyente, que debería 
decidir el futuro del país, esta revolución democrática, denominada "de febrero", adopta 
no obstante medidas inmediatas coincidentes con las aspiraciones del pueblo: abolición de 
la pena de muerte; amnistía general de los presos políticos; instauración de la jornada 
laboral de ocho horas; libertad de prensa, de expresión, de opinión y de reunión; 
satisfacción de las aspiraciones de independencia de las nacionalidades, etc. Esto, 
simultáneamente a la resurrección de los soviets de la revolución de 1905 en todas las 
formas sociales del país, y de sindicatos y de comités de obreros en la industria. Fue un 
periodo de libertad y de alegría después de tantos años de desolación y desgracia. Pero el 
problema de la guerra contra los imperios centrales -Alemania, Austria-Hungría y sus 
aliados Bulgaria y el Imperio Otomano- no estaba resuelto, porque las nuevas autoridades 
rusas seguían comprometidas con los acuerdos establecidos por sus predecesores con la 
Entente aliada de los países occidentales, en los que Francia, principal acreedor con los 
famosos préstamos franco-rusos, había dirigido el gran desarrollo económico operado en la 
inmediata preguerra en el Imperio ruso.
Las conversaciones para establecer las negociaciones de paz, las vacilaciones a la hora de 
designar la fecha de elecciones de la asamblea constituyente, que debería resolverlo todo, 
una catástrofe ofensiva en el frente, y la incapacidad de asegurar el avituallamiento, 
provocaron la desafección generalizada de los soldados y las masas urbanas. Esa fue la 
oportunidad para todos los demagogos, entre los que se distinguió un tal Vladímir Lenin, 
líder del Partido Bolchevique (1), completamente desconocido hasta por el gran público. 
Aunque había declarado que Rusia era "el país más libre del mundo" (2), cuando volvió del 
exilio en abril de 1917 preconizó constantemente el derrocamiento del poder socialista. 
Con ese fin, no vaciló en volver la espalda a la doctrina marxista para propagar palabras 
libertarias, tales como "la tierra para los campesinos", "las fábricas para los obreros", 
"paz inmediata" o "todo el poder para los soviets". Gracias a sus proclamas, se hizo con 
la adhesión de una parte de la guarnición de Petrogrado y de los marineros de la base 
naval de Kronstadt, además de los anarquistas, bastante numerosos e influyentes, que 
creyeron haber superado sus diferencias teóricas con los "marxistas". Apoyándose en ellos 
y beneficiándose del apoyo de una minoría de socialistas revolucionarios opuestos a que 
siguiera la guerra, pudo llevar a cabo el golpe de Estado contra el gobierno socialista el 
25 de octubre de 1917, tan fácilmente como "levantar una pluma", según sus propias palabras.
Bautizado pomposamente como "Revolución de Octubre", este golpe de fuerza se presentó en 
nombre del II Congreso de los Soviets, que tenía lugar por aquel entonces, y cuyos 
adversarios socialistas revolucionarios y mencheviques cometieron el error de abandonar. 
Al quedarse solo, pretendió poseer cierta legitimidad. Sin esperar más, adopta, siguiendo 
el modelo de los jacobinos de 1793, una serie de decretos: en primer lugar, sobre la 
tierra, para satisfacer a los campesinos, aunque dejando al Estado la propiedad; sobre la 
prohibición de la prensa considerada "reaccionaria", esperando hacer los mismo con las 
publicaciones anarquistas, mencheviques, socialistas revolucionarias y, de manera general, 
con todos los órganos mínimamente críticos hacia su poder; y por último, sobre todo, sobre 
la creación de una policía política de futuro siniestro: la Checa. Fue desautorizado por 
sus compañeros más próximos: sus lugartenientes Zinoviev y Kamenev, así como once miembros 
de su partido que acababan de ser nombrados comisarios del pueblo, que dimitieron. Su 
declaración del 4 (14) de noviembre merece citarse: "Somos de la opinión de que es 
indispensable formar un gobierno socialista con la participación de todos los partidos 
soviéticos. Estimamos que solo la creación de un gobierno así podrá ofrecer la posibilidad 
de estabilizar las conquistas de esta lucha heroica que la clase obrera y el ejército 
revolucionario han llevado a cabo durante las jornadas de octubre y noviembre. 
Consideramos que fuera de esta vía solo hay una salida: mantener un gobierno puramente 
bolchevique en medio del terror político. Sobre esta vía se ha comprometido el soviet de 
los comisarios del pueblo. No podemos ni queremos seguirla".
Mediante una serie de maniobras a las que estaba acostumbrado, Lenin consiguió reducirlos 
y reintegrarlos en las estructuras de su gobierno y, por otra parte, sumó a los 
socialistas revolucionarios (SR) que se calificaron de "izquierda", una secesión reciente 
del Partido Socialista Revolucionario Ruso. A final, considerándose el representante de la 
clase obrera (dos millones y medio por aquel entonces, sobre una población estimada en 
ciento sesenta millones), por tanto ultraminoritario, constituye no obstante un gobierno 
"obrero y campesino", cuyo cometido estaba destinado a sus aliados socialistas 
revolucionarios de izquierdas (es el símbolo de la hoz y el martillo de la bandera). Ante 
la insistencia de estos últimos, se mantuvieron las elecciones de la asamblea 
constituyente y tuvieron lugar tres semanas después del golpe de fuerza del 25 de octubre. 
Estas elecciones, las más libres de toda la historia del país, de escrutinio directo, 
secreto, igual y universal, dieron una mayoría aplastante -el sesenta por cien- a los 
socialistas revolucionarios y a sus aliados socialdemócratas mencheviques, y solo un 
veinticinco por ciento a los bolcheviques. Ante la amenaza de alejarse del poder, Lenin 
concibió un nuevo golpe de Estado, el 6 de enero de 1918, día de la inauguración de la 
asamblea constituyente. Apelando a la Guardia Roja, a los fusileros letones y a los 
marineros de Krondstadt, bajo el pretexto de protegerlos contra un peligro inexistente, 
los mandó rodear y ocupar la sala de la asamblea para finalmente conseguir cerrar la 
sesión al final del día. Al día siguiente, firma un decreto de disolución de esta 
institución, que encarnaba el viejo sueño de varias generaciones de revolucionarios rusos, 
y de la que él mismo había reclamado anteriormente la elección y convocatoria. Numerosas 
personalidades revolucionarias, como Piotr Kropotkin, el teórico del comunismo anarquista, 
y David Riazánov (3), miembro del Comité Central bolchevique y "bestia negra" de Lenin 
porque sabía más de Marx que él (y futuro fundador del Instituto Marx-Engels-Lenin), 
desautorizaron con indignación este acto antidemocrático. Esta manera brutal de resolver 
la cuestión de la dualidad de poder entre la democracia representativa y la asamblea 
constituyente -o sea, la sociedad civil- y la democracia directa encarnada por entonces 
por los soviets de soldados, los comités obreros de fábricas y talleres, además de los 
soviets urbanos y de campesinos, es decir, las clases populares y trabajadoras, 
contravenía la tendencia natural de complementariedad, de fusionar federativamente el 
conjunto en el seno de la asamblea constituyente, en lugar de ser absorbida por un 
partido-Estado totalitario, tal como quería Lenin y tal como lo puso en práctica, 
eliminando rápidamente todas las estructuras intermedias. Una nueva pirámide social, cuya 
cúspide estaría ocupada por el Buró Político del Comité Central del Partido Bolchevique, 
con el todopoderoso Lenin a la cabeza. Eso desembocaría inevitablemente en un conflicto 
armado. Y en efecto, los bolcheviques sin ninguna legitimidad fueron la señal del 
desencadenamiento de la terrible guerra civil para restaurar la asamblea constituyente y, 
al mismo tiempo, para proseguir la guerra patriótica contra los alemanes. Una guerra que 
asolaría al país durante más de tres años.
Eso podría haber evolucionado de una manera totalmente distinta si no hubiera existido una 
complicidad inconsciente por parte de los socialistas revolucionarios. En efecto, se había 
decidido hacer una manifestación de apoyo a la asamblea constituyente para el día de la 
inauguración. El testimonio de Boris Sojolov, responsable del comité militar de los SR, 
nos explica su fracaso. Dos regimientos de la Guardia, el Semenovski y el Preobrazhenski, 
habían estado de acuerdo en desfilar armados en la manifestación a favor de la asamblea 
constituyente. El presidente del Partido SR y de esta asamblea, Victor Chernov, así como 
el Comité Central del Partido SR, se opusieron vivamente "ante el miedo a derramar una 
gota de sangre del pueblo". Según su razonamiento, "si los bolcheviques habían cometido un 
acto criminal contra el pueblo al derrocar el gobierno provisional y adueñarse del poder, 
eso no significaba que ellos debieran hacer lo mismo en absoluto; había que actuar sobre 
el plano legal, por medio de los elegidos del pueblo, mediante el parlamentarismo. 
Bastante sangre derramada ya, bastante aventurismo. La asamblea resolverá la querella". 
Como consecuencia, los dos regimientos rechazaron acudir armados; la Guardia Roja, 
fanatizada por los bolcheviques, no tuvo tantos escrúpulos y dispersó a los diez mil 
manifestantes disparando contra ellos, produciendo muertos y heridos. Si los dos 
regimientos se hubieran presentado armados a la manifestación, es probable que Lenin y los 
suyos solo hubieran dejado un mal recuerdo de ese periodo, devorados por el olvido de la 
Historia. Chernov y su partido tienen en esto una gran responsabilidad: en vez de una 
gota, será un "océano" de sangre lo que habrá provocado su "pusilanimidad". Esa fue la 
misma motivación que desarmó a los anarquistas, a los SR de izquierda, a los majnovistas y 
a los marineros de Krondstadt, que se paralizaron ante la opción última de unos hombres a 
los que consideraban como "hermanos extraviados". Había que conformarse con una crítica 
oral y escrita, sin tomar las armas, lo que solo serviría para dar alas a la reacción. 
Exagerando esta y minimizando el riesgo de la "reacción de la izquierda", los socialistas 
y otros revolucionarios se convirtieron en cómplices de la instauración duradera del 
totalitarismo leninista, situándose a su vera cada vez que este estuviera en peligro. El 
dirigente de los mencheviques, Tseterelli, también de su parte, declaró que "más valía que 
la asamblea constituyente pereciera en silencio, antes que iniciar una guerra civil". 
Todos ellos tuvieron su posteridad en la persona de los "compañeros de viaje", que los 
leninistas llamaron los "tontos útiles".
Según la retórica leninista, que se servía de un artificio dialéctico, las libertades 
suprimidas eran formales y burguesas, mientras que su poder pretendidamente proletario 
encarnaba las libertades reales. En ese mismo orden de ideas, la revolución democrática de 
febrero recibió el nombre de burguesa, una calificación peyorativa que servía en realidad 
para desacreditarla a los ojos de las masas populares. Y de hecho, en la composición del 
gobierno bolchevique -rebautizado "comunista" en febrero de 1918 en honor del Manifiesto 
comunista de Karl Marx- no había ni un solo proletario sino "revolucionarios 
profesionales", ya fueran intelectuales o algunos escasos obreros antiguos, todos ellos 
futuros burócratas que disfrutarían de unos privilegios desmedidos en relación a la 
población trabajadora. Todo ello justo al contrario de los prometido anteriormente. De 
hecho, el respeto a la palabra dada, la lealtad y la franqueza que habían caracterizado 
hasta entonces al honor y la dignidad revolucionarias, todo ello para crear un mundo nuevo 
de justicia y de verdad, quedaron como prejuicios de la "moral burguesa" y de quienes 
siguieran creyendo en ello, que eran unos ingenuos que estaban al margen de la "ley 
histórica" del devenir humano y de los "mañanas que cantan". De ahora en adelante, su 
destino trágico quedaba sellado: la bala en la nuca, marca de fábrica de la Checa, o una 
lenta agonía en el gulag.
De hecho, contrariamente a su conversión aparente al ideal libertario, Lenin quiso seguir 
fiel al análisis marxista, considerando a Alemania como la "tierra prometida" del 
socialismo con su infraestructura industrial; por tanto, se debía ser "derrotista" frente 
a ese país desarrollado, y solo le faltaba conseguir que la "revolución proletaria" 
estallara allí, para lo que Rusia solo debía servir de complemento y sacrificarse 
provisionalmente. Los años siguientes se dedicarían únicamente a vigilar ese 
"advenimiento". No será hasta la insurrección de Krondstadt, en marzo de 1921, que la 
llevó al borde de la desaparición, cuando Lenin se dé cuenta del desafecto de Alemania y 
efectúe un cambio completo con la NEP (Nueva Política Económica) con el fin de conservar 
el poder, a riesgo de restaurar el capitalismo desaparecido hacía dos años y de sabotear 
la autogestión obrera y campesina de los comités de fábricas y los soviets campesinos. Se 
ha podido ver después a qué abismos ha podido llevar ese cinismo ideológico de geometría 
variable. Una de las medidas estrella de la revolución de febrero de 1917, la supresión de 
la pena de muerte, se anuló, y su primera reintroducción oficial fue debida a León Trotski 
el 16 de junio de 1918, ante el capitán de navío Chastny, apodado "almirante" por el 
soviet de los comisarios del pueblo, culpable de haber salvado a 236 barcos de la Marina 
rusa que el propio Trotski se había comprometido, en nombre del gobierno bolchevique, a 
entregar a los imperios centrales en los términos del tratado concluido con ellos en 
Brest-Litovsk en febrero de 1918. Lenin escribió que "ninguna revolución ni guerra civil 
pueden evitar las condenas a muerte" y que "no repetiría los errores del zarismo podrido". 
Su doble juego ilustraba bien su política: la de antes de la toma del poder, consistente 
en criticar las taras del sistema antiguo, y la de después, en la que esas taras eran 
excelentes a sus ojos. La continuación de la historia ha sido un descenso a los infiernos, 
del que pocos de sus protagonistas pudieron escapar.
El escritor e historiador Mark Landau-Aldanov, cercano al SR, ha identificado certeramente 
el resorte profundo y subliminal que ha favorecido la empresa leninista: "Para la obra de 
destrucción que supone el régimen bolchevista, Lenin ha sabido explotar con gran maestría 
a ese poderoso actor social que es el odio. Ha puesto al servicio de sus ideas todos los 
odios amasados por las iniquidades de la vida y aumentados por la guerra: el odio del 
obrero contra el capitalista, el del pequeño empleado contra su patrón, el del campesino 
contra el terrateniente, el del letón proletarizado contra el rico, el del judío oprimido 
contra sus opresores, y sobre todo, terrible, el del soldado y el del marinero contra el 
oficial y la disciplina militar. El odio, todo el odio, solo el odio, esa fue la palanca 
de Arquímedes que hizo ascender a Lenin con esa fulminante rapidez".

Notas:
1.- Bolcheviques significaba "mayoritarios", porque obtuvieron la mayoría gracias a un 
solo voto de diferencia en el Congreso de la escisión de 1903, debido a la ausencia del 
Bund (partido obrero socialdemócrata judío). Lenin y sus partidarios conservaron no 
obstante esta denominación por su voluntad hegemónica, mientras que los mencheviques, 
"minoritarios", aun siendo mucho más numerosos desde hace tiempo, cometieron el error de 
aceptar este término.
2.- Lenin: "Rusia es hoy, de todos los países beligerantes, el más libre del mundo", noche 
del 3 al 4 de abril de 1917, artículo publicado el 7 de abril de 1917 en el número 26 de 
Pravda.
3.- David Riazánov (Goldendach), de gran honradez a pesar de sus divergencias, fue 
respetado por Lenin y pudo publicar una serie de escritos inéditos de Marx y de Bakunin 
(!). Alejado de la dirección del Instituto Marx-Engels-Lenin por Stalin, fue deportado y 
ejecutado en 1938.

Alexandre Skirda

https://www.nodo50.org/tierraylibertad/352articulo9.html


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