(ca) I.F.A. - tierraylibertad #335 - ¡Vaya! Contaminar es pecado

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Tue Jun 21 11:55:18 CEST 2016


Los mandamientos verdes del papa Francisco", "revolución cultural verde y resistencia 
inmediata", "grandiosa panorámica del mundo", "una encíclica de cinco estrellas"… 
Celebraciones universales para la segunda encíclica de Bergoglio, Laudato si, difundida en 
junio del año pasado en dosis masivas. En Italia, la revista Famiglia cristiana, con una 
tirada de 350.000 ejemplares, la publica inmediatamente; Credere, y los periódicos 
profanos también, con tiradas estratosféricas, dan acceso a la edición íntegra. ---- Todo 
el mundo parece haber acogido favorablemente, considerándolo novedoso, este texto simple 
cuya excepcionalidad en realidad viene dada, a mi parecer, más por el tema que por la 
forma en que se trata. ---- Si el tono de la encíclica es excepcionalmente grave, ya que 
concuerda con la hipótesis científica de una catástrofe medioambiental en curso, no lo es 
la técnica expositiva ni lo son los contenidos principales, que retoman y cuidan conocidas 
argumentaciones.

Si nos fijamos, al leer el texto en su totalidad -algo que muchos "exégetas" no han hecho- 
nos damos cuenta de que se ajusta al método típico de una encíclica moderna, definible en 
tres fases: descripción de un problema actual (con citas solo de textos sagrados y de 
doctrina católica), examen de las posibles soluciones (con enorme tendencia a discriminar 
las laicas y, por ello, "incompletas" y nada apreciables), presentación de las líneas 
resolutivas (aprobadas por Dios) y plegaria final.

Existe un catálogo de encíclicas de "emergencia", es decir, referidas a problemáticas 
sociales de urgente resolución; basta con recordar el prototipo, la Rerum novarum de León 
XIII (1891) que sentenciaba la necesidad de una fructífera relación entre Capital y 
Trabajo, y la Quadragesimo anno de Pío XI (1931) que se afanaba en advertir que no era 
lícito el colectivismo al estilo socialismo real. El método de la encíclica social 
continúa después en una línea más "inclusiva": se describe un tema dando una visión 
panorámica y haciendo incluso análisis profanos; es el caso de la encíclica Centesimus 
annus (1991), con la que Karol Wojtyla, tras un minucioso análisis de los males de nuestra 
sociedad, culpaba con superioridad al Estado corrupto, como si los políticos católicos no 
tuviesen nada que ver.

Los osos hormigueros

El trabajo de los papas parece consistir esencialmente en nutrirse de ideas y de hechos 
como los osos hormigueros de hormigas, asumiendo para sí todos los datos necesarios para 
una reelaboración en clave católica, y dominante, de los problemas sobre los que considera 
necesario trazar una directriz.

En el caso de la ecología, varios experimentos de otros papas la habían asumido. Benedicto 
XVI en su Caritas in veritatis (2009) condenaba la degradación de la Naturaleza por culpa 
humana; el mismo Wojtyla ya había tratado sobre la "ecología humana" y la "conversión 
ecológica", y también de alguna manera Juan XXIII y Pablo VI. Pero Bergoglio opta, como 
"Francisco", por la posibilidad de crear tendencia en este campo, no limitándose a definir 
"un crimen contra la Naturaleza como crimen contra Dios" sino tiñendo de religiosidad el 
ecologismo al completo, con la pretensión habitual de que está visión sea más "integral" y 
completa que las otras.

Eco-batido in nomine Patri

Desde mucho antes del protocolo de Kioto (1997), las potencias mundiales se enfrentan a 
cuenta de la aplicación más o menos dura del concepto de sostenibilidad medioambiental; 
este término, del conocido Informe sobre los límites del crecimiento (1972), debería 
definir cuánto se puede ejercer la acción humana sin dañar el ecosistema.
Los movimientos ambientalistas, unidos a otros muchos empeñados en contrastar el 
capitalismo, se han implicado desde hace más de cincuenta años en proponer soluciones y en 
contrastar opiniones consumistas y nocivas. Pero la encíclica de Bergoglio, si se excluyen 
algunos agradecimientos apresurados, se interesa en analizar el problema a partir de un 
escenario vacío; el primer sujeto es el Padre y la escenografía es la Creación: "Quiero 
expresar reconocimiento, animar y agradecer a todos aquellos que, en los más variados 
sectores de la actividad humana, están trabajando para garantizar la protección de la casa 
que compartimos".

Con estos agradecimientos de parte de Dios, y la frase "el movimiento ecologista mundial 
ha recorrido ya un largo y rico camino, y ha dado vida a numerosas agrupaciones de 
ciudadanos que han favorecido una toma de conciencia", evitando citar cualquier texto o 
fuente histórica del ecologismo, el Papa redefine las fronteras de una emergencia que en 
su opinión solo puede resolverse recurriendo a una alianza y a una solidaridad en la que 
los líderes religiosos ciertamente harán el papel de inspiradores. Se trata de una nueva 
"autoridad mundial": No por casualidad son frecuentísimas las citas de cartas, reuniones y 
documentos episcopales de todos los países.

Algunas citas de Romano Guardini, uno de los teólogos más nombrados incluso por Ratzinger, 
flanquean las páginas que resumen toda la problemática ecológica insertándola en un 
contexto religioso. Del humo nocivo de las cocinas ("quien enferma, por ejemplo, a causa 
de la inhalación de elevadas cantidades de humo producido por los combustibles utilizados 
para cocinar o para calentarse") al de las fábricas, el problema medioambiental está 
relacionado con la temática del capitalismo de forma que no se menciona como tal sino como 
"explotación", ligado al pecado de la avaricia.
Ejerciendo su oficio, el Papa intenta incluso una relectura del Génesis que no describa 
nuestro planeta como alternativa infernal al Paraíso terrenal; lanza la idea de un paraíso 
terrenal natural, citando a Francisco de Asís, con una visión integradora de naturaleza y 
seres humanos. No se cita ningún otro autor, ni laico ni creyente, entre tantos que han 
tratado este tema, y no solo de los místicos sino tampoco de los científicos.

Por una ecología para nosotros, los bastardos

Podremos, desde estas páginas, apreciar la lanza rota a favor de la gestión pública del 
agua ("mientras la calidad del agua disponible empeora constantemente, en algunos lugares 
avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, transformado en mercancía sujeta a 
las leyes de mercado"). Podremos incluso alegrarnos del intento de reinterpretación de 
aquel trozo del Génesis (1,28) en el que Dios invita a los humanos a "sojuzgar la tierra", 
invitación que, releída en clave Siete Enanitos, ofrecería una visión más alegre de la 
extracción minera.

Pero la constante referencia a la benévola mano del "Padre" nos recuerda que la visión 
nuevamente "divinizada" de la naturaleza es tal para Bergoglio desde una visión de 
primacía de la fe sobre la ética, o de una ética religiosa, porque quien no la tenga 
acabará "por adorar otras potencias del mundo", mientras que el espíritu religioso otorga 
libertad. Para confirmar esta tesis están presentes en la encíclica graciosas inserciones 
que afirman la voluntad bergogliana de tener la encíclica llena y a las masas borrachas. 
Hablo de los puntos en se tratan la experimentación animal, el control de la natalidad, el 
aborto, el género y el uso de OGM en la agricultura.

La vivisección, por ejemplo, se considera, como en el Catecismo, legítima si contribuye a 
"salvar vidas humanas"; la decisión al respecto corresponde a los religiosos, ya que 
"cualquier uso y experimentación exige un religioso respeto a la integridad de la 
Creación". El control de la natalidad es seguramente inútil, ya que no existe problema 
demográfico: "La desigual distribución de la población y de los recursos disponibles" será 
el verdadero problema. Ni hablar de aceptar preservativos ni políticas de libertad 
femenina: "en vez de resolver los problemas de los pobres y pensar en un mundo diferente, 
algunos se limitan a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones 
internacionales sobre los países en vías de desarrollo que condicionan las ayudas 
económicas a determinadas políticas de salud reproductiva". Aquí, la demonización de los 
programas de la ONU a favor de las mujeres es evidente, y aparece más clara en el caso del 
derecho al aborto: "Desde el momento en que todo está en relación, no es compatible en 
absoluto la defensa de la Naturaleza con la justificación del aborto". ¿Desde el momento 
en que todo está en relación? Pero en este maremágnum no solo las mujeres no son bien 
aceptadas; tampoco las personas LGBT, sobre todo si no entonan el mea culpa: "Incluso 
apreciar el propio cuerpo en su feminidad o masculinidad es necesario para poder 
reconocerse a sí mismos en el encuentro con otro diferente de sí (…) no es sana una 
relación que pretenda cancelar la diferencia sexual porque no sabe enfrentarse a ella". 
Aquí es evidente una malévola relectura, descaradamente superficial, de la cuestión del 
género social en la Historia y en la cultura.

En este periodo crucial para la cultura, en el que el adjetivo "bastardo" resume su pleno 
significado en las frases que los católicos de la Jornada de la Familia imprecan contra 
las familias que no están compuestas por un padre y una madre biológicos, es importante 
entender las raíces culturales de la tragedia humana de la normalización. Y nosotros, 
"bastardos", no somos ecológicos.

¿Pasamos a las palabras del Gran Experto en referencia al peligro OGM? El discurso sobre 
la comida no podía faltar en esta revolucionaria encíclica, y así se expresa el 
ambivalente jesuita: "Si bien no disponemos de pruebas definitivas acerca del daño que 
podrían causar los cereales transgénicos en los seres humanos, y en algunas regiones su 
utilización ha producido un crecimiento económico que ha contribuido a resolver algunos 
problemas, se hallan dificultades significativas que no deben minimizarse".

Soluciones chinas

A pesar de todo, Bergoglio, llenándose las manos de ecologismo, quiere hacer suyas las 
tesis de Murray Bookchin, e incluso las libertarias antiglobalización; el escenario de la 
encíclica es extremadamente retórico y no presenta ideas nuevas no solo para los laicos, a 
quienes se pretende enseñar ("igualmente resulta necesario un diálogo abierto y respetuoso 
entre los diferentes movimientos ecologistas, entre los que no faltan las luchas 
ideológicas") sino tampoco para la Iglesia, a la que la replanteada receta de la sobriedad 
y del sacrificio parecerá una patata recalentada e indigesta.

¿Qué soluciones propone este manual lastrado de buenas intenciones? La reunión sobre el 
clima ha finalizado con la buena intención china de construir seis centrales nucleares al 
año, ¿cuáles son sus recetas? Seguramente aconsejando el método del consenso en las 
decisiones referentes a los territorios, mientras que no las aplica a sus sínodos ("hay 
que abandonar la idea de intervenciones sobre el medio ambiente para dar paso a políticas 
pensadas y debatidas entre todas las partes interesadas"), Bergoglio vuelve a Santa Marta, 
con consejos más prácticos: ecologismo es "pararse a agradecer a Dios antes y después de 
comer". El horizonte del ayuno de protesta está todavía muy lejos.

La contemplación franciscana de la naturaleza, por su parte, se convierte en spot 
publicitario: "Hay un misterio a contemplar en una hoja, en un sendero, en el rocío, en el 
rostro de un pobre", así es como la humanidad, tras la pobreza, se convierte en fenómeno 
natural, en toda su capacidad mediática.

Francesca Palazzi Arduini

http://www.nodo50.org/tierraylibertad/335articulo4.html


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