(ca) Anarquistas Gran Canaria Federación - De la necesidad de que el anarquismo toque el suelo

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Sat Jan 30 14:23:51 CET 2016


Decía Malatesta (Congreso de Amsterdam, 1907), que la revolución anarquista “sobrepasa con 
mucho los intereses de sólo una clase” y que pretende la liberación de la humanidad 
entera. Coincido, pero no podemos negar que habrá unos que serán los interesados en 
conseguir esa liberación integral y otros los que se opondrán. Dable es también pensar que 
los más partidarios deberían ser, además de los concienciados, los que más tienen que 
ganar si las cosas cambian, y que los que más se oponen son los privilegiados, junto a 
todas esas innumerables víctimas del Síndrome de Estocolmo que desgraciadamente han 
fabricado con sus escuelas y televisores. ---- Si pretendemos subvertir las cosas no se 
hace difícil suponer dónde está nuestro lugar de trabajo. Sin embargo, y es triste 
decirlo, la mayoría de actividad que generamos ni siquiera gira en torno a ese objetivo.

El anarquismo siempre ha tenido una sensibilidad múltiple, interesada por todas las formas 
de belleza y sufrimiento. De ahí surge su riqueza. Esto se plasmaba en la filosofía, en 
libros de vivisección social (como los de Godwin, Proudhon o Stirner, con mayor o menos 
aspiración práctica), en todas las ramas del arte y en círculos de afines. Bakunin fue de 
los primeros en darse cuenta de que la única forma de que transcendiera dicha corriente de 
pensamiento era convertirla en una corriente de acción, relacionada con las aspiraciones 
de los más pobres. Lo que los nihilistas rusos llamaban “volver al pueblo”. El 
sindicalismo que surgió después participó de la misma aspiración: sacar el anarquismo de 
los salones, los cafés, las máquinas de escribir, las tertulias nocturnas, los clubes de 
disidentes, y meterlo en el tajo, en la fábrica, en el campo.

¿Sigue el anarquismo presente en esos lugares? Después de muchas derrotas, muchas más que 
éxitos, el anarquismo sólo ha vuelto a la calle de forma espontánea, desnuda, ateórica, y 
cogiendo a la mayoría de anarquistas por sorpresa. Nos interesan las relaciones de poder, 
cuestionarlas, entre géneros, entre especies, entre comunidades humanas, pero ¿quién es el 
receptor de esos cuestionamientos?

Desarrollamos grandes teorías, tenemos prolíficos teóricos, contamos con agudos analistas, 
pero escribimos, pensamos y hablamos para nosotros (yo mismo lo hago ahora). ¿Cuál es 
nuestro interlocutor si no? Casi toda nuestra dialéctica se genera para circular entre 
convencidos, y gran parte de los temas que nos interesan son expuestos para gravitar en 
torno a gente de intereses afines, gente del “palo”, del “rollo”. Así haremos gran 
literatura, pero no obtendremos ni un cambio.

Los temas que nos conmueven y sobre los que indagamos demuestran nuestra sensibilidad y 
son importantes. Es un proceso propio de la construcción personal. Después puede ser 
importante contrastarlo con personas con las que compartamos simpatías, obtener un reflejo 
de cordura. Pero pasada esta etapa inicial es necesario saber si queremos resolver esas 
inquietudes, hallar respuesta real en el mundo a esas preocupaciones, o si nos basta con 
haber llegado a ese “grado supremo” de consciencia. Si es así y no necesitamos incidir en 
nuestro entorno, lo acepto. Esa es la vida del asceta extremo al que le basta con sentirse 
sabio ante sí mismo. Pero si esa persona escribe, edita, hace actos públicos, para tratar 
de cuestionar la actitud general, habrá que evaluar (después de haberlo experimentado uno 
mismo) si su estrategia llega a alguien o si se reduce a él y a sus allegados; más aún: si 
alguna vez tuvo intención de llegar a alguien fuera de su círculo próximo; y aún más: si 
su mensaje tiene posibilidad real de alterar la vida de la gente de a pie.

Cuando hablamos el interlocutor ideal al que nos dirigimos cobra importancia, y cuando 
defendemos una causa también la cobra la forma en que la defendemos y las personas a 
quienes desearíamos tener al lado, aquellas a quienes tratamos de llegar con nuestras 
palabras. Si esta elección es importante lo es más darse cuenta, en el terreno social, de 
un punto clave: si son los oprimidos las personas a quienes escogemos, estos hace ya 
tiempo que no necesitan discursos, que ni los leen ni los quieren, porque lo que les urgen 
son actos.

Nuestras preferencias nos definen. Todos los frentes de lucha son importantes, válidos, 
honrosos, pero dependiendo cómo se aborden y a quién se dirijan, unos dejarán el mundo 
intacto y otros al menos le harán mella.

Cuando somos incapaces de establecer prioridades, de superar la actividad netamente 
formativa y especulativa; cuando nuestras soluciones colectivas no pasan por trabajar 
desde lo que está más abajo, desde el fondo; cuando tenemos alergia al trabajo de campo en 
los barrios, o cuando nos llenamos la boca con sus clichés para reducir a sus habitantes a 
caricaturas; cuando elaboramos nuestro discurso dando por sentado en nuestros receptores 
un estatus mínimo o unas necesidades mínimas satisfechas (“todo el mundo tiene coche, todo 
el mundo tiene Internet, todo el mundo ve la tele, todo el mundo consume, nadie se muere 
de hambre, etc.”), cuando creemos en definitiva que existe un estándar económico, social y 
cultural; cuando elegimos para interactuar los problemas de forma y no de fondo, los 
problemas que afectan a la estabilidad y no a la supervivencia; estamos estableciendo (con 
independencia de si nosotros somos más pobres o más ricos) un anarquismo de clase media 
para gente de clase media. Ese anarquismo debe morir.

No hablo de “clase media” como clase real, no me interesa ese debate; sino como concepto 
psicológico. Es la mentalidad, irreal, de pertenecer al estrato estable de los ciudadanos 
modelo, ni muy pobres ni muy ricos, la buena burguesía. Esa mentalidad nos viene inculcada 
desde niños, comamos pan duro o pasteles. La he vivido de cerca: el obrero desempleado 
cree que sólo pasa por una mala racha y que en breve volverá a donde le corresponde, 
porque “él no es un pobre”; si necesita realojo, no quiere convivir cerca de indigentes; a 
su vez el indigente nativo no quiere vivir cerca de indigentes foráneos; y así 
sucesivamente. El anarquista no tiene ningún prejuicio superior o distinto a los que le 
rodean en su entorno.

De esta forma nos vemos apoyando lógicamente a los afectados por la hipoteca, pero 
incapaces de articular nada sobre inquilinos o indigentes; involucrados en defender la 
sanidad pública y a sus profesionales, pero muy distantes de los migrantes sin cobertura; 
implicados de forma muy positiva y loable en criticar los atentados al planeta y la 
necesidad de desmantelar la tecnificación, pero incapaces de meter en la ecuación a los 
que no causan más impacto en el medio que el de sus huellas descalzas sobre el asfalto.

Ya he dicho alguna vez que creo que la simple lucha por las necesidades materiales está 
lejos de ser la panacea de nada, y también está fuera de mi intención, aunque no se crea, 
criticar las múltiples variedades de reivindicación y lucha; sólo creo que la única forma 
de llegar a la gente es implicarse en sus carencias básicas, y que de toda la gente son 
evidentemente los más pobres y más numerosos los que con más urgencia requieren nuestra 
colaboración, y que esto es aplicable a todos los frentes de lucha, porque todos deberían 
adaptarse a su participación. Pienso sinceramente que esta es la única manera de que el 
anarquismo vuelva a la calle, vuelva a ser algo popular, y no un objeto para uso y 
disfrute exclusivo de una minoría.

Ciertamente llegar a la gente de a pie no es fácil, ni es garantía de ninguna 
transformación inflexiva. La gente a veces no cambia ni a golpes de realidad. Ser “los más 
pobres” es sólo un superlativo de escasez material, no de excelencia personal. Bien pueden 
servir nuestras herramientas de hoy para armar a las nuevas jerarquías de mañana. Por eso 
repito que no basta con acercarse al pueblo, que hay que implementar el trabajo creativo 
con el conflicto. Pero para eso antes hay que entablar contacto, romper la barrera entre 
el mundo militante y el popular, lograr que converjan, y esto sólo se consigue metiendo la 
cabeza en la realidad social de las personas reales. Partiendo de esto, no se trata de 
transmitir nuestras preferencias a la población, de “salvarles” obligándoles a compartir 
nuestras neuras o monomanías. No sirven los mesianismos, las evangelizaciones, la 
inoculación doctrinaria de idearios exógenos. Se trata de ver cuáles de nuestras ideas 
pueden incidir en sus vidas para mejorarlas, a fin de construir juntos un enclave donde 
también nosotros podamos desarrollarnos libremente. Se trata gráficamente de elegir entre 
afilar nuestras ideas para que se claven en la realidad o permitir que la realidad quiebre 
estas ideas embotadas por el desuso.

No escribo ni milito para hacer amigos, prefiero hacerlo para conseguir compañeros, pero 
si pierdo a algunos de los dos no hay drama; habrá merecido la pena.

Necesitamos un sindicalismo que no tenga como prioridad disputar las pagas anuales de los 
funcionarios, u otras cosas que se les escapan a los que sobreviven con 400 euros 
mensuales, y que se centre en movilizar a los parados y en aceptar a los trabajadores “en 
negro”.

Necesitamos un movimiento por la vivienda que no se cierre en el tema de la hipoteca o en 
apilar casas para no darles utilidad pública, sino que comparta herramientas con los 
inquilinos y empiece a contar con los sin techo como protagonistas y máximos damnificados.

Necesitamos un activismo social que no hable “de pobreza sobrevenida” o de gente “normal 
golpeada por la crisis”, sino que no sume a sus estrategias a aquellos cuya pobreza les 
viene de cuna y que posiblemente también la leguen como herencia.

Necesitamos un feminismo que no sea un objeto de debate intelectual o de simple denuncia 
teórica, sino que trabaje con los personas forzadas a prostituirse, las chicas de los 
barrios marginados embarazadas desde la adolescencia, las que se ven en situación de 
indigencia cuando salen de las casas de acogida y todas aquellas mujeres ignoradas por 
desposeídas que son las más plurigolpeadas por el heteropatriarcado.

Necesitamos un anti especismo que no se conforme con dar charlas para afines en circuitos 
cerrados o con formar a través de la web, sino que pueda ofrecer una verdadera alternativa 
alimenticia a los hambrientos, expropiando tierras abandonadas y ofreciendo herramientas 
que demuestren que subsistir sin matar es posible y asequible.

Sean cuales sean nuestros intereses, no tendrán repercusión real hasta que se dirijan a 
cambiar la vida de los que hasta ahora no cuentan para casi nadie. Sí, me complace que 
mucho de lo que reivindico se esté haciendo a pequeña escala, como las asambleas de 
parados, los sindicatos de manteros, la colaboración con inquilinos, el trabajo con 
personas víctimas de la prostitución, okupar tierras y repartir hortalizas, etc., pero si 
destaco la necesidad de incidir en esa vía es porque considero que aún es testimonial en 
nuestro movimiento.

Hablo además desde la experiencia personal. Nuestros libros y discursos no llegan a la 
gente que más podrían necesitarlos, porque es posible y lógico que además ni les 
interesen. No nos siguen por las redes sociales, ni acuden a nuestras charlas y jornadas. 
La única forma de implicarse es participar de sus necesidades reales y adaptar lo que 
queremos compartir con ellos a dichas necesidades. Ofrecerles soluciones tangibles e 
inmediatas a problemas que no son teóricos, ni éticos ni morales, sino de pura supervivencia.

Algunos grupos de la FAGC al principio de nuestra andadura hicieron campañas de apostasía 
o contra Monsanto. Nadie dice que no sean temas importantes, pero cuando entramos en 
contacto directo con gente con problemas de emergencia vital nos planteamos: ¿es útil para 
estas personas que les demos un folleto sobre transgénicos cuando están comiendo pan 
mohoso que mojan en una fuente?, ¿es necesario que les digamos que apostaten cuando buscan 
cartones reciclados porque esta noche viene lluvia? Nos dimos cuenta de que les estábamos 
hablando a estas personas en un lenguaje totalmente alienígena para ellos, de que la 
división que se establecía entre nuestras aspiraciones y sus necesidades era insalvable, 
de que el anarquismo secular estaba a miles de kilómetros de la calle, como lo está el 
Everest de la costa. Se hizo imperativo cambiar de estrategia.

Cuando la FAGC estaba en su segunda etapa de expropiación de tierras (Proyecto “Tierra y 
Libertad”) conseguimos que se sumara gente sin ideología definida. Estaban ahí por 
necesidad material, no por afinidad a nuestras ideas. Conseguimos enrolarlos en las 
dinámicas de nuestras asambleas y que tomaran parte de las decisiones colectivas. Cuando 
los conejos y los lagartos empezaron a atacar las cosechas muchos de nosotros, veganos y 
anti especistas convencidos, nos vimos incapaces de hacerles entender que dichos animales 
no eran ninguna plaga, que estaban ahí antes que nosotros. Cuando una persona te dice que 
no tiene nada en la nevera y que esos animales no se van a comer el pan de sus hijos, 
aquello por lo que lleva meses luchando, te quedas desarticulado y te sientes ridículo al 
intentar discutir. La única opción era ofrecer una alternativa viable, algo que permitiera 
sacar la producción adelante sin tener que generar sufrimiento. Fue así como descubrimos a 
Fukuoka, los métodos no invasivos que aconseja para evitar los ataques de animales 
(pimienta de cayena), etc. Cuando la gente obtuvo una solución real y eficiente al 
problema, ya no necesitaron contemplar otras medidas. Podíamos habernos enrocado, llamar 
privilegiados y esclavistas a gente que carecía de recursos y que obtenían gran parte de 
su alimento de nuestro proyecto, o podíamos trabajar para ofrecer alternativas prácticas y 
caminos secundarios transitables.

En la Comunidad “La Esperanza” debemos reconocer que todos nuestros esfuerzos para 
desmontar de forma teórica el machismo imperante fueron un fracaso. Los talleres y charlas 
no eran funcionales, la contribución de una compañera psicóloga que quería dar 
herramientas de refuerzo no tuvo continuidad por falta de asistencia. Si algunos pidieron 
libros sobre anarquismo, jamás mostraron interés por libros específicamente feministas. 
Más allá de frases compartidas y manifestaciones que hicimos en asamblea, el feminismo 
verbal moría en nuestra boca. El vivencial sí tuvo más recorrido. No era sólo dar ejemplo 
con nuestras actitudes, sino implicar a las mujeres en labores atribuidas culturalmente a 
los hombres. Esta medida funcionó y las mujeres se convirtieron en interlocutores de 
referencia a la hora de abordar casi todos los problemas comunitarios, perdiendo su papel 
subalterno.

En definitiva, hablo de lo vivido. Desmantelar la jerarquía, desmontar las relaciones de 
supeditación, deconstruir las formas de dominio genérico, étnico, especista, laboral, 
cultural, económico, parte necesariamente por socializar herramientas de emancipación, 
evitar que sigan orbitando por los mismos limitados ambientes, adaptar las necesidades 
diferenciadas de los de abajo y dejar que sean ellos los que las hagan propias y usen a su 
antojo.

No basta con trasladar nuestro discurso a otro ambiente; hay que disolverlo como teoría 
muerta y reconstruirlo como medida práctica y útil. Hay que hacer que el anarquismo deje 
de ser un artículo de lujo para iluminados, un fetiche de consumo académico, un artefacto 
especulativo para aburridos con remordimientos de consciencia. Hay que llevarlo a la calle 
y ponerlo sobre los adoquines. Puede que esto duela, que haya quien se sienta incómodo 
trasladando su mesa de trabajo de su cabeza, su local y su ambiente al parque público de 
un barrio, pero que eso escueza es sintomático. Si decimos que los hombres deben renunciar 
a sus privilegios de machos y los humanos a sus privilegios de especie, algunos 
anarquistas deben renunciar a sus privilegios de clase.

Todo consiste, en definitiva, en que el anarquismo vuelva a tocar el suelo.

Ruymán Rodríguez

http://www.anarquistasgc.net/2016/01/de-la-necesidad-de-que-el-anarquismo.html#more


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