(ca) anarquistasgc.net: El Liderazgo en los colectivos anarquistas Por Ruymán Rodríguez FAGC Anarquista (Grand Canaris)

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Sun Jan 24 12:59:21 CET 2016


“Estimo a aquellos que están con la conspiración y no conspiran ellos mismos; pero no 
siento más que desprecio por aquellos que no quieren hacer nada pero se complacer en 
blasfemar y maldecir a aquellos que actúan”. —Carlo Pisacane. ---- Carecer de una base 
bien pegada al terreno, a la realidad, nos ha hecho complicar la cuestión del liderazgo de 
una forma completamente innecesaria. Si al asunto le añadimos además una buena dosis de 
bajas pasiones, ya no hay quien extirpe el quiste. ---- Tenemos por un lado gente que 
quiere sofisticar tanto el tema que acaba cayendo en los galimatías marxistas, 
intoxicándolo todo con unos argumentos que la propia realidad, desde la crisis de la 
Primera Internacional a 1917, se ha encargado de desmontar, dejándonos bien claro a dónde 
nos lleva el concepto de “autoridad roja”. Por otro tenemos la voz de los desencantados y 
desesperados, gente que ante el cacao imperante une su voz a la de Ortega y Gasset a la 
búsqueda de “un hombre fuerte”, como si alguien pudiera hacer por nosotros lo que somos 
incapaces de hacer por nosotros mismos.

Estas incongruencias han sido cíclicamente rebatidas por un acerbo bien razonado y 
articulado que data desde antes de Godwin; este acerbo, sin embargo, no encuentra 
tristemente continuidad cuando confronta con gran parte de la militancia libertaria y los 
colectivos que lo componen.

La enajenación de la realidad, sumado a las filias y fobias propias de nuestra humanidad, 
nos ha hecho detectar autoridad donde no suele haberla, dejando intacto no obstante el 
verdadero edificio de la jerarquía.

Es cierto que en nuestros colectivos hay actitudes autoritarias y de liderazgo, personas 
que, al llevar la voz cantante, pueden absorber y engullir a una organización. No entraré 
ahora a valorar la responsabilidad de los engullidos, pues sólo quería constatar un hecho 
y no hablar de la “servidumbre voluntaria” que es algo que transciende de los límites de 
este artículo. Esto, sin embargo, es lo que ocurre en la mayoría de colectivos humanos, 
una tendencia propia de una formación verticalista cimentada en lo que Nietzsche defendía 
como “voluntad de poder”. La mayoría de errores que se producen en grupos y comunidades 
libertarias no son más que la mayoría de errores que surgen en el resto de grupos y 
comunidades no libertarias; así de simple. Evidentemente lo que llama la atención es que 
en ambientes que se dicen anarquistas, con gente que se dice anarquista, surjan roles de 
dominación y obediencia, y esto es algo que deberíamos corregir con un trabajo constante 
que parta de uno mismo sobre sí mismo; sin embargo, siendo falibles y vulnerables, como 
somos, no podemos esperar que denominarse anarquista suponga ser metahumano. Mientras 
nuestros propios mimbres no se rebelen contra lo que impera y sigamos nutriéndonos de 
identidades pre construidas, nuestros errores no diferirán de los de nuestro entorno.

Reconocido lo dicho, entro en el quid de este texto: ¿sabemos identificar bien los 
anarquistas el liderazgo en nuestros colectivos?

Dada la situación de nuestro movimiento, en los grupos anarquistas solemos ser pocos. 
Cuando un grupo se decide a dejar de teorizar y a llevar lo que predica a la práctica, 
esto significa que hay poca gente para realizar mucho trabajo. Tenemos otro problema 
además, y es que no hemos dado con lo que llamo el “militante integral”. Tendemos, como 
nos marca la educación y el mercado laboral, a la especialización. Nos enseñan que hay 
unos que trabajan con la mente y otros con las manos, que unos saben hablar y otros 
escuchar. Como ya dije, de estos males no quedan excluidos los colectivos libertarios sólo 
porque se den ese nombre. Nuestra tendencia debería ser la de generar una actividad 
integral, formándonos de esa misma manera: potenciar una militancia en la que, entendiendo 
las circunstancias y preferencias personales, no haya unos que se dedican a labores 
auxiliares, otros a hablar en público, otros al trabajo de trastienda, otros a escribir, 
etc.; sino en la que cada uno se sintiera capacitado de realizar cualquier labor, manual o 
intelectual.

Sin embargo, la realidad es otra. En un grupo activista comprometido hay muchas funciones 
a desempeñar y, lastrados por un modo de actuar adquirido, solemos repartir las tareas en 
función de la especialidad de cada uno: el que tenga más dotes artísticas se encargará de 
la cartelería; el que tenga más formación, de redactar los documentos; el que tenga más 
habilidades sociales, de hablar con la gente, etc. ¿Y si surge el “militante integral”? 
Estamos tan poco acostumbrados a que el mismo que escribe los artículos sea el que trabaja 
en la huerta, el que sabotea una máquina en una huelga o el que abre una casa, que visto 
desde fuera solo podemos adecuar la fórmula capitalista a la militancia social y pensar: 
trabajo intelectual: líder; trabajo manual: subalterno. Sin pararnos a pensar que el que 
desarrolla ambas labores sea la misma persona, y sin plantearnos la influencia del medio 
en esa ecuación que separa el cerebro del brazo.

Si el grupo trabaja bien y hace cosas grandes que tengan repercusión mediática, se plantea 
entonces el problema crucial de hablar en público. Puede que esto ya se haya planteado en 
otras actividades, como charlas, talleres o mítines, pero la cosa se endurece cuando lo 
que se plantea es exponerse. Si el grupo desestima esta vía el problema parece subsanado, 
pero cuando la naturaleza de la lucha requiere necesariamente la concurrencia mediática 
(como por ejemplo en el caso de los desahucios) el debate en torno a quién hablará se 
torna muy revelador. Más haya de cuestiones banales, sobre vergüenza y complejos, está el 
tema de la exposición pública, de dar la cara, de perder un refuerzo a nuestra seguridad 
como es el anonimato. Visto desde fuera, diseccionamos al “portavoz” como el líder, el 
cabecilla, el cerebro, el ideológo, y no somos conscientes de si ese puesto le tocó 
sacando la pajita más corta o si se vió obligado ante el miedo y la negativa del resto; 
menos conscientes somos todavía de que lo mismo que pensamos nosotros lo estará pensando 
la brigada de información respectiva, que podrá añadir un nombre a su lista para cuando 
llegue el momento de “descabezar”.

A veces llamamos líder al que simplemente se sacrifica por una causa concreta, y da la 
cara cuando a todos los demás les conviene taparla. Por otro lado, hay que cuidarse mucho 
de no confundir al líder del grupo con el esclavo del grupo, porque a veces la línea se 
difumina bastante. Hay gente más comprometida que el resto, que no sólo está dispuesta a 
jugársela sino también a realizar todos los trabajos desagradables que nadie quiere. Hay 
personas que siempre se ofrecen, que avanzan cuando otros se detienen, que alientan la 
actividad y se arriesgan a enredarse en problemas que la mayoría de la gente rehuiría. Hay 
que ser honestos: cuando en la FAGC se nos planteó la posibilidad de la Comunidad “La 
Esperanza” la magnitud del trabajo apabulló a muchos. El nivel de implicación de todos los 
miembros no fue la misma. Algunos se sintieron superados, otros prestaron valiosas labores 
de soporte y los menos se la jugaron a tiempo completo por el proyecto. El que comparece 
ante los medios, juzgado desde el exterior por gente que no conoce los pormenores del 
asunto, puede parecer un aspirante a jefe, pero por dentro nadie sabe la loza que le está 
presionando el pecho.

Estas personas comprometidas, que como mucho son organizadores, dinamizadores, cuando no 
pobres mulas que cargan con el trabajo colectivo, son confundidas como líderes por el 
desconocimiento general de lo que suponen las atribuciones del mando, por los prejuicios 
sociales que ya mencioné, pero también por la mala baba imperante.

Esa persona que desarrolla un discurso, que lo manifiesta públicamente en base a hecho 
reales, que no puede ser acusado de vender humo, supone una amenaza para nuestro estatus 
de “sosiego revolucionario”. Su actividad amenaza nuestro quietismo y los objetivos que 
alcanza nuestra mediocridad. Una persona que demuestra que se pueden hacer cosas más allá 
de hablar del pasado o de celebrar actos endogámicos, de retro alimentación y auto 
complacencia, está indicándonos simultáneamente que no hacemos nada más práctico porque no 
queremos, y no porque no se pueda. Tildamos de líder, ya que no conocemos otro insulto 
peor, no al comisario, al jefe de partido o de secta, si no a aquel que hace destacar su 
voz y nos recuerdo que el anarquismo no es un acto de contemplación monacal. Si alguien 
nos escupe en la cara que el asamblearismo, el apoyo mutuo y la acción directa, no son 
mantras que repetir machaconamente, ni productos de consumo interno, ni lemas desgastados 
que añadir a cada cartel y a cada comunicado, sino que son respectivamente un órgano para 
que la gente de a pie gestione sus recursos y sus propios barrios; un instrumento para 
tejer redes de soporte y servicios mutuos; una forma de actuar que pasa por expropiar sin 
intermediarios bienes y recursos y no por hablar; esa persona es un enemigo, y al enemigo 
se le insulta y caricaturiza. Si alguien con sus hechos, y con el discurso que sirve de 
soporte teórico a los mismos, entra en tu zona de confort, desmantela tu verborrea 
cristiana de predicador, da un manotazo al santuario repleto de velas a Bakunin y Durruti, 
y te fuerza a la acción, no es raro que lo identifiques con un líder, porque siempre es 
más fácil reducir al absurdo que encajar un golpe.

Es por eso que todo el que en nuestros medios y ambientes hace algo, mueve algo o hace que 
algo destaque, pasa a ser instantáneamente, para una capillita muy bien acomodada en la 
estabilidad de la disidencia verbal, un aspirante a caudillo, un tipo con ínfulas de 
grandeza, un líder. Se logra así que la quietud genere quietud.

Esto no es nuevo, hoy las figuras de un Bakunin, Malatesta, Seguí o Durruti nos llegan 
casi regulares, sin aristas alarmantes, sin mácula de duda. En su época fueros acusados de 
papas, de dictadores del movimiento, de personajes sospechosos con deseos de fagocitar al 
anarquismo. Hoy los valoramos y respetamos porque ya no existen, porque están muertos; si 
existieran y nos obligaran a cuestionarnos nuestra inactividad, ya los estaríamos 
despellejando. Hubo personajes como Tomás González Morago, de cuya gran labor como 
organizador nos da constancia Anselmo Lorenzo en El Proletariado Militante (1901, 1923), 
que corrieron peor suerte y murieron solos en prisión orillados por sus propios 
compañeros. Hoy, como buen difunto, se le recuerda como uno de los fundadores de la AIT 
española, pero no como el ilegalista que murió marginado por los suyos. Parece ser 
entonces que lo único que hace falta para ahorrarse dichos ataques es llegar a la 
venerable vejez o morirse: pero lo primero para algunos aún está lejos, y lo segundo lo 
considero un precio excesivo para tan poco premio.

Ante el papanatismo imperante no podemos recular. Sólo nos queda seguir trabajando, cada 
vez más fuerte y con más ganas; saber discriminar las críticas razonadas de los ataques 
nacidos de las heridas al amor propio; y esperar que el Movimiento Libertario aprenda a 
distinguir entre los líderes que intentan controlar nuestras vidas y los revolucionarios 
que sólo tratan de organizar la resistencia.

http://www.anarquistasgc.net/2016/01/el-liderazgo-en-los-colectivos.html


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