(ca) JUAN PEIRÓ, ANARQUISTA Y SINDICALISTA REVOLUCIONARIO por Capi Vidal

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Mon Jan 18 19:51:36 CET 2016


Juan Peiró nació en 1887, en la popular barriada barcelonesa de Hostafrancs, y fue 
fusilado por el régimen franquista en 1942 al ser extraditado desde Francia cuando los 
alemanes la invadieron. El mérito de figuras como ésta, siendo innumerables nombres en el 
movimiento sindical y libertario de la historia de España, es enorme. ---- A los ocho 
años, Peiró comenzará a trabajar de vidriero y no aprenderá a leer y escribir hasta la 
edad de veintidós. Su gran capacidad de trabajo y su talento de organizador quedaron de 
manifiesto en la Confederación Nacional del Trabajo, ocupando importantes cargos como 
secretario general del Comité Nacional y secretario de la Federación Nacional de Obreros 
Vidrieros. También mostró sus dotes intelectuales en la dirección de los diarios 
Solidaridad Obrera y Catalunya, órgano de la Confederación Regional del Trabajo de 
Cataluña; igualmente, fue un asiduo articulista en diversas publicaciones libertarias 
españolas.

Como es sabido, durante la Guerra Civil ocupó el cargo de ministro de Industria en el 
gobierno republicano; al final del conflicto, pasó a Francia insistiendo en permanecer al 
lado de sus compañeros encerrados en campos de concentración. Su final es legendario 
cuando, en un gesto más de dignidad y rebeldía, se negó tajantemente a recibir un cargo en 
el sindicalismo fascista y fue finalmente ejecutado por un nuevo régimen criminal. Como 
fuente de memoria viva, José Peirats escribía, en el apartado correspondiente a Peiró en 
Figuras del movimiento libertario español (Ediciones Picazo, Barcelona 1977), que se 
trataba de un escritor formidable, sin ningún asomo de demagogia, y un orador, tal vez no 
brillante, pero sí conciso y sincero; su profunda humanidad, en cualquier caso, resultaba 
incuestionable.

Son muchas las etiquetas que se le han asignado a Peiró, tal vez ninguna totalmente 
satisfactoria, alguna intolerantemente partidista y todas con su ración de verdad: 
anarquista, libertario, anarcosindicalista, sindicalista revolucionario, partidario de una 
“republica social”… Veamos si podemos arrojar algo de luz a esta importante figura, en un 
país con evidentes carencias en cuanto a memoria histórica, utilizando diversas fuentes, 
siendo algunas los propios escritos de Peiró. Hay que decir en primer lugar que Juan Peiró 
se consideraba un anarquista, tal y como constata él mismo en su obra. En Trayectoria de 
la CNT (Ediciones Júcar, Madrid 1979), considera que la revolución social deberá 
descansar, en primer lugar, sobre tres factores: una organización que imponga y defienda 
la colectivización de la tierra y de los medios de producción, una preparación técnica 
suficiente para organizar la producción, así como para la distribución de la producción al 
consumo. Para ello, confiaba respectivamente en los factores de la propia evolución, de la 
organización sindical y de la cooperativa, pasos previos antes de que los propios grupos 
anarquistas pudieran crear sus propios medios de abastecimiento y distribución.

Peiró era un hombre lúcido y práctico, confiaba en la fuerza organizativa, la cual no 
tiene que oponerse a la libertad individual (falso dilema) y consideraba que los 
anarquistas debían crear, en la medida de lo posible y de forma palpable, un mundo 
libertario dentro de las entrañas del capitalismo; ello provocaría la simpatía de las 
masas trabajadoras y favorecería la creación de una fuerza organizada que condujera al 
socialismo.

Antes de llegar al comunismo libertario, Peiró consideraba que era el colectivismo el 
medio inmediato para la organización económica; los hechos de la Revolución española 
iniciada en 1936 parecen darle la razón. Todo el esfuerzo de la organización anarquista 
debía volcarse hacia una labor constructiva: construcción de bibliotecas y centros de 
cultura, análisis de los problemas políticos, morales y científicos, creación de las 
condiciones para hacer innecesario, ni el parlamentarismo, ni la colaboración entre clases 
(propia de los partidos socialistas), ni las especulaciones de toda suerte de “redentores”…

De hecho, Peiró distinguía nitidamente entre el sindicalismo, que aseguraba las garantías 
al proletariado, y el anarquismo, que debía mostrar una acción paralela ocupándose de 
todos los problemas y asegurando el avance político-social; como ejemplo de organización 
anarquista, y a pesar de que no llegó a militar en ella, señaló la Federación Anarquista 
Ibérica. Frente a la escuela doctrinaria, confesional y burguesa, el anarquismo debía 
procurar instruir y cultivar al pueblo, apelando tanto a su corazón como a su conciencia. 
A día de hoy, todavía se educa a los chavales en la resignación y en la aceptación 
fatalista del mundo económico y político en que vivimos, algo que ya analizaron los 
anarquistas hace décadas y, consecuentemente, su esfuerzo se volcaba también en la labor 
pedagógica. Por lo tanto, para Peiró el anarquismo militante debía volcarse en esa labor 
creativa y constructiva a nivel universal, algo que sobrepasaba su capacidad en aquel 
momento, alejándose de idealismos y de disquisiciones. También realizó una crítica a 
ciertos anarquistas, incapaces de reconocer el genio económico de Marx, aunque obviamente 
el mismo Peiró también discrepara totalmente en lo político con el autor de El capital, 
obra que en cualquier caso valoraba enormemente. Peiró apreciaba en su justa medida el 
análisis crítico de la sociedad capitalista por parte de Marx, así como su concepción del 
materialismo histórico.

La base del anarquismo militante puede ser, para Peiró, un Centro de Estudios Políticos, 
Económicos y Sociales, el cual puede acoger a todo trabajador de espíritu inquieto y 
pronto dar lugar a grupos de jovenes capacitados para enfrentarse con los problemas de la 
vida social. Instituciones de esas características podrían crearse en todos los barrios y 
localidades, dando lugar finalmente a una Federación provincial de Centros de Cultura con 
la misión del intercambio de valores y el concierto para la organización de todo tipo de 
actividades culturales. Esta red se enriquecería con la aportación de las organizaciones 
sindicales y cooperativas, y podrían ser la base para la creación y sustento de escuelas 
racionalistas; finalmente, todo el esfuerzo individual y colectivo podría generar también 
múltiples escuelas técnico-profesionales. Este movimiento anarquista, de esa manera 
articulado, podría dar lugar a los siguientes resultados: una escuela primaria que 
mantendría a los hijos de los trabajadores libre de la educación burguesa y confesional; 
una enseñanza superior, a la cual los trabajadores no podían acceder por sus propias 
condiciones de existencia en el capitalismo; acceso a los conocimientos 
técnico-profesionales desde una óptica científica, lo que daría lugar a un proletariado 
consciente y preparado para dirigir la economía, y un anarquismo militante con fuerte 
personalidad concretado en una generación de jóvenes altamente capacitados en lo moral y 
en lo intelectual para llevar a cabo la revolución social.

Ideas sociales y políticas de Peiró

Juan Peiró fue uno de los hombres, junto a otros como Salvador Seguí o Ángel Pestaña, que 
construyeron la Confederación Nacional del Trabajo. En estos tiempos en que se quiere 
construir una historia de Cataluña sobre una visión estrecha y nacionalista, hay que 
recordar que ha sido una de las regiones que más anarquistas ha conocido, nacidos y 
desarrollados socialmente en aquellas mismas tierras. Fue una escuela de militantes 
confederales que, salvo raras excepciones, conoció una infancia de hambre y necesidades y 
una juventud de rebeldía para, en su madurez, confiar en la organización sindical para 
procurar que las generaciones venideras no sufrieran la escasez de ellos. José Peirats 
definía a Peiró como uno de esos hombres audaces en su juventud, dispuesto para la acción 
y para el riesgo, que poco a poco se fue convirtiendo también en valioso teórico del 
anarcosindicalismo. Es precisamente el anarquismo, tal y como refleja en una serie de 
artículos en ¡Despertad! en los años 1928 y 1929, el que puede evitar los riesgos de un 
sindicalismo amorfo; son los anarquistas los que deben proyectar en todo momento su 
personalidad en la organización sindical.

Tal y como lo entendía Peiró, el anarquismo permanecía siempre fuerte e inconmovible 
dispuesto a influir en todo movimiento, ya que se trata de una “corriente espiritual e 
ideológica, un valor moral orientador y de impulsión”. El gran reproche que Peiró hacía a 
ciertos grupos anarquistas, nunca al anarquismo en el que confiaba enormemente, era una 
cierta falta de inquietud amplia; más allá de conocer a los teóricos ácratas, es necesario 
profundizar en los problemas sociales y políticos empapándose de todo tipo de pensadores, 
sociólogos o economistas. Es importante conocer a Reclus o a Kropotkin, lo mismo que a 
Marx o a Saint-Simon; en el terreno económico, no solo existen los teóricos socialistas, 
también consideraba Peiró que habría que leer a Adam Smith o a Henry George. El modelo lo 
constituían los anarquistas del siglo XIX, capaces de retar en los centros de cultura 
burguesas a cualquier autor prestigioso.

Sobre el hecho revolucionario, escribió lo siguiente:

“Históricamente, está probado que el hecho violento o heroico de una revolución no es más 
que el corolario de un proceso de evolución operado, no sólo en la consciencia colectiva, 
sino también por los nuevos conceptos morales, jurídicos, políticos y sociales…”.

Se esté o no de acuerdo con Peiró en todo, lo que habría que reconocer es que fue un 
hombre que se esforzó en profundizar en los problemas del sindicalismo y del anarquismo, 
siempre con un sentido práctico y con un ejemplo constructivo. Pere Gabriel, en su 
articulo “El ideario social de Juan Peiró” (revista Anthropos núm.114: “Joan Peiró. 
Sindicalismo y anarquismo. Actualidad de una historia”), considera como autores 
influyentes en Peiró a Pi y Margall, Proudhon, Pelloutier, Rocker, Besnard y Cornelissen, 
y también Marx de un modo peculiar. Es sabido que el anarquismo será deudor del 
federalismo pimargalliano, sobre el que influyó claramente Proudhon, por lo que será un 
círculo que se cierra. El sindicalismo revolucionario, concretado en Fernand Pelloutier y 
consolidado en el Congreso de Amiens de 1905, tuvo también una evidente influencia sobre 
Peiró, especialmente en la confianza en que el sindicato admitiera a todo tipo de 
trabajadores, al margen de su condición ideológica o confesional, y lo educara en camino a 
la emancipación. Gabriel realiza una distinción poco clara entre el extraparlamentarismo, 
propio del sindicalismo revolucionario, y un “antipoliticismo radical”, según él inherente 
al anarquismo; no es discutible en cualquier caso la condición anarquista de Peiró, sobre 
la que no queda duda alguna, y lo dejaremos en que jamás apostó por la vía parlamentaria, 
como resulta lógico y obvio, y dejando a un lado matizaciones terminológicas innecesarias.

Tal y como escribe Ignacio de Llorens, en “Los hombres que hicieron la CNT. Presentación y 
contexto de Juan Peiró” (revista Anthropos núm.114…), su sentido del anarcosindicalismo 
estaba en mantener una tensión constante entre la aspiración revolucionaria y su 
aplicación cotidiana en las múltiples realidades sociales y políticas, así como en las 
situaciones laborales y personales. La máxima era que la transformación social solo podían 
llevarla a cabo los mismos trabajadores, por lo que habría que medir bien cualquier 
intención revolucionaria; igualmente, y tal y como sostenía Kropotkin, era necesaria 
asegurar el pan en primer lugar el día después a la acción insurgente.

En cierto artículo de 1928 en L’Opinió, en polémica con Joaquín Maurín y la corriente 
marxista, Peiró ofreció una lúcida muestra de su pensamiento netamente anarquista. En 
dicho texto, valoraba en su justa medida el materialismo histórico, aunque pedía también 
reconocer la herencia de Saint-Simon y Proudhon en Marx y Engels, ya señalada por Rudolf 
Rocker. Reclamaba para el anarquismo el verdadero socialismo científico, pero sin generar 
dogmas de ninguna clase, y para ello hace una denuncia de la participación parlamentaria y 
colaboración entre clases que reclama el marxismo. Frente al determinismo “científico” de 
Marx, que relega toda transformación a la evolución de las fuerzas productivas, Peiró 
reclama una menor rigidez teórica y un mayor pragmatismo para la acción revolucionaria. No 
por ello consideraba que había que conocer menos las leyes económicas que rigen el mundo 
capitalista, pero sí había que confiar en las nuevas leyes basadas en la experiencia y en 
una ciencia con cuerpo en constante formación.

Frente a la elevación del materialismo histórico a la categoría de dogma, los anarquistas 
pretenden adelantarse a todo proceso económico influyendo en esas supuestas leyes 
históricas. Un motivo más para considerar el pensamiento anarquista de Peiró, tan 
pragmático como innovador y actual, cuando se niega a observar la historia con rígidas 
leyes a las que hay que subordinarse. Las ideas y la voluntad son tan importantes como el 
análisis de los acontecimientos históricos y de las fuerzas económicas. Es una 
proclamación de la “acción directa” ácrata, la cual había conseguido, aunque con evidentes 
obstáculos e incalculable esfuerzo, innumerables logros en tierras españolas y que, a día 
de hoy, es el camino a seguir en el mundo libertario. Hemos señalado la influencia 
recibida y el aprecio que Peiró tenía por la lucidez de Marx, algo que resulta indudable, 
pero no cabe duda de que le oponía políticamente una visión claramente anarquista.

Aunque unos autores le influyeran más, Peiró se consideró otro “hijo espiritual” de 
Bakunin y Kropotkin, tal y como él mismo escribió en cierta ocasión. Da la impresión de 
que ciertos historiadores quieren presentar a la CNT, una organización heredera en 
cualquier caso del sindicalismo revolucionario, como influenciada por diversas tendencias 
ideológicas y señalar al mismo tiempo a la FAI como producto de la “ortodoxia” anarquista 
y de la “aventura” revolucionaria; para ello, se quiere utilizar figuras como las de Peiró 
para justificarlo. De hecho, el enfrentamiento entre treintistas y faístas es ya un “lugar 
común”; tal y como han afirmado historiadores como Albert Balcells y Juan Gómez Casas, 
ambas corrientes estaban dentro de la línea ácrata, suponiendo la diferencia para una 
mayoría de militantes simplemente una cuestión de matización táctica. Aunque sí existiera 
una división, explotada convenientemente por los sectores burgueses, no es cierto por 
ejemplo que el Manifiesto de los Treinta, firmado por Peiró, predicase nada parecido a la 
colaboración entre clases ni la participación en la administración estatal; sí denunciaba 
la aventura insurreccional de una minoría, aunque también constituía un lúcido y sensato 
análisis de la situación de la clase trabajadora. En cualquier caso, tal vez sí fue el 
llamado treintismo el responsable de crear el mito de una FAI intransigente y controladora 
de la organización confederal (ver al respecto Historia de la FAI, Juan Gómez Casas; 
Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid 2002). La participación de Peiró en aquel Manifiesto, 
considerada por algunos militantes que le eran cercanos como producto de un exceso de su 
buena fe, es ya anecdótica.

Capi Vidal


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