(ca) Chile, periodico-solidaridad: A 120 años de su natalicio: la pluma rebelde de Manuel Rojas

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Fri Jan 15 08:54:30 CET 2016


Los relatos de Manuel Rojas recogen experiencias marcadas por los conflictos sociales y 
políticos de principios del siglo XX: desde el movimiento obrero hasta la vida en los 
márgenes de la sociedad, el gran escritor chileno expresa la búsqueda constante de una 
sociedad distinta, a través de la dignidad y la solidaridad humana. ---- Gastón Carrasco 
---- Hace 120 años nace en Buenos Aires Manuel Rojas Sepúlveda, de los chilenos Manuel 
Rojas Córdoba y Dorotea Sepúlveda González. Su periplo desde Argentina a Chile se ve 
narrado en su obra cúspide Hijo de ladrón (1951). En aquel viaje, cruzado por la 
experiencia del encuentro con el otro, da cuenta de las contrariedades de ser un hombre 
indocumentado, sin dinero y sin familia a la cual acudir. Al llegar a Valparaíso colisiona 
con la serie de marchas y protestas proletarias y estudiantiles del primer decenio del 
siglo XX. La impresión que dejan estas jornadas en él lo llevan a participar activamente 
en diarios anarquistas como La Batalla y el argentino La Protesta. Si bien no era la 
primera vez que Rojas se cruzaba con movimientos sociales de este tipo (en Argentina los 
había visto desde su vivienda en la calle Combate de los Pozos), la efervescencia social 
en Chile lo marca profundamente, al punto de volver en la escritura a ese punto culmine de 
movilización social.

La tetralogía de Aniceto Hevia, que se inicia con Hijo de ladrón, da cuenta no tan solo de 
la formación del personaje, sino de la manera en que la historia permea al relato. Rojas 
vuelve a los años de su juventud como una forma de entender qué ocurrió con esa 
“revolución” posible, cuyo horizonte se fue apagando con los años. Si bien se han 
propuesto varias lecturas anarquistas a la obra de Rojas (Darío Cortes, Víctor Muñoz 
Cortés, Fernando Uriarte, entre otros), pocas han sabido entender con la suficiente 
profundidad el alcance de esta. La movilidad identitaria de los personajes rojianos, 
entiéndase, el no lugar fijo de la identidad de estos sujetos, implica un lineamiento 
moral. No hay categorías fijas que determinen al sujeto, es decir, no se dejan permear por 
el “deber ser” de la elite. Más allá de una estrategia de visibilización de sujetos 
proscritos, Rojas nos muestra a hombres que son buenos o malos de manera eventual, 
dependiendo de la situación en la que se encuentren, o del lugar que ocupen. No hay 
juicios sobre sus acciones, se los muestra tal cual son. El mismo retrato de la 
delincuencia da cuenta de esto, pues se describe más allá del sujeto, una estructura de 
poder que lo aloja, mostrando, además, una apertura creativa del oficio “ladrón”, en 
contraposición a la alienación del sujeto obrero. Esto ciertamente se vuelve un lugar 
ambiguo, peligroso, para la elite. Básicamente, un obrero es peligroso para la elite 
porque da cuenta de las falencias del sistema, de las fisuras de la modernidad que se 
intenta instalar en el país.

Ante el desarraigo que genera posicionarse en el lugar del margen, la ilegalidad o la 
frontera, surge un espacio nuevo, ajeno tal vez a otras prácticas: solidaridad y 
compañerismo. En las pequeñas comunidades que generan los personajes en la narrativa de 
Rojas la amistad toma un lugar central, y no cualquier tipo de amistad, sino una que 
propone modos alternativos de existencia, distintos a los que la sociedad propone, o 
impone. Estos modos alternativos, en respuesta al modelo moralizador y disciplinante 
impuesto por la elite, nos sugieren pensar en un comportamiento nacido de la práctica o 
forma de vida al límite. En cierto momento del clásico cuento “El delincuente”, antes de 
que los personajes lleguen a la comisaría, el narrador nos dice: “Allí no había ni 
ladrones ni hombres honrados”, poniendo en suspensión todo juicio respecto a los sujetos. 
Respecto a esto, Lorena Ubilla señala: “podemos apreciar que el eje está puesto en la 
dignidad de unos sujetos quienes, constantemente despojados de ella por su condición de 
marginales, preservan no obstante un sustrato de humanidad de manera inequívoca”. 
Entonces, al cuestionar el sistema valórico moral de la sociedad, Rojas se sitúa como uno 
de los pocos narradores capaces de hacernos ver a estos sujetos “marginales” desde su 
humanidad, con un verdadero sentido del compañerismo y la fraternidad.

En el cuento “Laguna”, el narrador sostiene no tener recuerdos tan nítidos en su memoria 
como el de “aquel hombre”. Dicho sujeto, “Laguna”, el personaje, es uno más de los treinta 
hombres que va de Mendoza a la cordillera a trabajar. Al narrador los demás no le llaman 
la atención. No obstante, “Laguna era una fuente inagotable de anécdotas y frases 
graciosas. Mi juventud se sentía atraída por este hombre de treinta y cinco años, 
charlador inagotable, cuya vida era para mi adolescencia como una canción fuerte y heroica 
que me deslumbraba”. Qué rescata el joven sino la posibilidad de ser escucha de las 
narraciones de Laguna. La caracterización de “charlador inagotable” da cuenta de esto. Es 
la vida, experiencia o mala suerte de Laguna la que atrae al joven. Por otro lado, vemos 
desde el inicio del cuento que el joven convida cigarros a Laguna, incluso lo invita a 
dormir con él, ante la precariedad del paisaje cordillerano. Este gesto, ciertamente da 
cuenta de la confianza entre los sujetos. Y más allá de esto, el espíritu solidario de los 
camaradas. Hace sentido pensar en este punto en la moral de la solidaridad que plantea 
Bakunin: “ningún individuo humano puede reconocer su propia humanidad y, por tanto, 
realizarla en su vida, más que reconociéndose en otro y cooperando en su realización para 
otro”. Este principio de solidaridad, universal y social, implica una conciencia 
colectiva, nunca individual. El sujeto es tal, en tanto tiene la posibilidad de establecer 
un reconocimiento en el otro. He ahí el principio de libertad de Bakunin: “el hombre 
aislado no puede tener conciencia de su libertad. Ser libre, para el hombre, significa ser 
reconocido, considerado y tratado como tal por otro hombre, por todos los hombres que le 
rodean”.

Tanto el principio de solidaridad como el de libertad en Bakunin nos sirven para entender 
el actuar del joven respecto a Laguna. El gesto de invitarlo a dormir para capear el frío 
no tan solo da cuenta de esto, sino también de la noción de afecto. Es decir, no se trata 
tan solo de una relación emotiva con otro, sino también ser movido o apasionado por el 
contacto con algo que actúa. El joven es afectado por Laguna, pues ambos logran establecer 
un círculo comunitario-afectivo en un contexto de trabajo y adversidad natural. Es por 
esto que el final del cuento se vuelve desolador. Laguna no logra cruzar la cordillera. El 
joven busca por todas partes los rastros de su amigo sin resultado. No obstante, el relato 
es más bien calmo en esta parte, no hay mayor desgarro. El joven asume que Laguna duerme 
su último sueño en la cordillera, finalizando en su ley su vida: “¡Pobre roto fatal!”, nos 
dice. En cierto sentido, el afecto que siente el joven por Laguna, que traspasa los años, 
pues su recuerdo es lo que más nítidamente aparece en su memoria, se le endosa al lector. 
Esto es, sentir simpatía por la figura fatal de Laguna, lamentar su muerte como personaje, 
encariñarnos con la relación entre ambos. En definitiva, salimos afectados del relato. Es 
esta experiencia vital la que nos interesa resaltar como eje del humanismo rojiano. La 
experiencia del lector ante una vida o situación moral, más que frente a “literatura”, 
implica leer a sujetos más que a personajes ficcionales. En “Laguna” la fascinación del 
joven respecto al fatídico personaje debido a sus relatos, a la relación establecida entre 
orador y escucha, es la misma que se establece entre el lector y Rojas. La simpatía, o 
afecto más bien por los personajes, se le endosa al lector.

En el texto “De qué se nutre la esperanza”, publicado en la revista Babel, Rojas escribe 
lo siguiente: “Todo ser humano, por miserable que sea su condici6n, tiene una esperanza, 
pequeña o grande, noble o innoble, inalcanzable o próxima, pero esperanza a1 fin. Una 
parte de su ser vive en y de esa esperanza, se alimenta de ella y en ella”. Entendemos 
esta esperanza como algo vital, inexpugnable. Esta esperanza, como ha ido apareciendo en 
las últimas líneas de este escrito parece tener relación con la dignidad del hombre. Algo 
que va más allá de clases sociales, rótulos o categorías abstractas y externas que 
intentan limitar al sujeto. La posibilidad de no identificarse con dichas categorías dan 
al hombre la libertad de crear o desarrollar su identidad. Para esto, proponemos, la 
narración es una de las principales herramientas de la experiencia. El humanismo de Rojas, 
en este sentido, más que anarquista, o moral-cristiano, se aproxima a algo más bien 
experiencial, ajeno a la modernidad (arcaico, dice Jaime Concha), cercano a la oralidad (a 
lo popular): transmisión de conocimiento, sabiduría, experiencia, mediante el relato oral. 
La imagen se repite en varios de sus cuentos. Pero no es tan solo esto, hay afecto en la 
acción, pues al relatar la propia experiencia, al abrirse con el otro, se es afectado por 
ello. Hay un valor vital en dar cuenta de la propia experiencia, una pequeña muestra de 
confianza ante el lector/escucha, un gesto ínfimo tal vez, profundamente humano.

http://www.periodico-solidaridad.cl/2016/01/08/a-120-anos-de-su-natalicio-la-pluma-rebelde-de-manuel-rojas/


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