(ca) EL MUNICIPALISMO LIBERTARIO DE MURRAY BOOKCHIN Capi Vidal

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Sun Apr 24 12:07:18 CEST 2016


Repasamos la visión de Bookchin sobre el municipalismo libertario, que tiene como objetivo 
la autogestión de la comunidad social; para ello, aprendemos una serie de conceptos clave 
para educarnos en el terreno político y no seguir perseverando en los errores de un 
sistema de representación incompatible con formas de democracia directa en las que las 
asambleas de ciudadanos tomen un pleno protagonismo. ---- Tal y como lo define Murray 
Bookchin, el municipalismo libertario es el nombre del proceso que pretende volver a crear 
y expandir el ámbito político democrático como el lugar del autogobierno de la comunidad. 
Este proceso, por lo tanto, tiene que tener como lugar de partida la comunidad. La 
comunidad está comprendida por individuos cuyas viviendas están agrupadas en un lugar 
público diferenciado, formando una entidad comunitaria perceptible.

Ese espacio público es el lugar donde lo privado se convierte en comunal. Los vínculos 
dentro de esa esfera pública están marcados por la proximidad residencial, así como por 
los problemas e intereses compartidas surgidos de esa comunidad (ambientales, educativos, 
económicos…). Esos asuntos que los miembros de la comunidad tienen en común, opuestos a 
los propios de la vida privada, son los temas de interés en el ámbito político. Existen 
otros ámbitos de la sociedad, como el trabajo o la universidad, donde también se 
establecen asuntos de interés público, y esos lugares también pueden y deben ser 
democratizados (ya iremos viendo el concepto que Bookchin tiene de la democracia directa, 
plenamente compatible en nuestra opinión con el anarquismo).

Desde ese primer nivel político de la comunidad es desde donde el municipalismo libertario 
se esfuerza por crear y renovar el ámbito político, para expandirlo posteriormente. A 
partir de ese nivel, las personas pueden pasar de estar atomizadas a reconocer a sus 
vecinos, crear una interdependencia, llegar a acuerdos en aras del bienestar común. Es ahí 
donde se pueden construir las instituciones libertarias (y Bookchin no considera tal 
concepto una contradicción), que lleven a una amplia participación comunitaria y la 
mantengan de forma permanente. Se trata de que los ciudadanos recuperen el poder que el 
Estado les ha arrebatado. El municipalismo libertario llama “municipalidades” a este tipo 
de comunidades políticas potenciales. A pesar de que las municipalidades varían en tamaños 
y en estatus legal, puede decirse que todas tienen en común las características y 
tradiciones suficientes como para que reciban esa denominación. Son lugares que tienen un 
potencial político, en los que la tradición de democracia directa (aquí Bookchin recoge 
toda una tradición histórica) puede ser revitalizada. Podemos denominar a este espacio 
público como potenciamente autogestionable (si no queremos hablar de un gobierno o de 
democracia, para no caer en términos que resultan confusos en las ideas libertarias).

Naturalmente, ese deseable ámbito político libertario, entendido desde la perspectiva del 
municipalismo, solo puede realizarse si la vida comunitaria se reduce a determinada 
escala. Las grandes ciudades actuales se descentralizarían en municipalidades más pequeñas 
susceptibles de ser autogobernadas. El poder pasaría del Estado y los ayuntamientos a esas 
pequeñas municipalidades, nacerían nuevos espacios públicos, una nueva infraestructura y 
producciones económicas locales. Es posible que las personas pasaran de la actual vida 
estresante, en la que se ven obligados a desplazarse continuamente, a una mayor 
implicación en lo local, si así pueden realizarse personalmente. Esta descentralización no 
tiene por qué afectar a todas las instituciones, ya que en el caso de, por ejemplo, las 
universidades y los grandes hospitales sería más efectivo mantenerlos. En cualquier caso, 
se espera que la implicación de los ciudadanos en los asuntos públicos condujera a un 
nuevo florecimiento cultural, de tal manera que se decidiera crear escuelas, teatros o 
recintos sanitarios sin necesidad de cerrar los grandes centralizados. Del mismo modo que 
puede producirse la descentralización institucional, también puede darse una física. Esa 
descentralización geográfica alude al entorno construido de una gran ciudad en referencia 
a su terreno e infraestructura. Gracias a ello, es posible recuperar un equilibrio entre 
la ciudad y el campo, entre la vida social y la bioesfera. Es sabido que Bookchin tenía 
una gran preocupación por edificar una comunidad ecológicamente sólida.

Después de los dos tipos de descentralización, debe haber un proceso democratizador 
directamente vinculado. Las instituciones creadas, de democracia directa, estarían 
formadas por asambleas de ciudadanos (reuniones generales en las que todos los ciudadanos 
de un área determinada se reúnen, deliberan y toman decisiones sobre los asuntos 
comunitarios). De nuevo se apela la la historia para llegan a normas y prácticas 
racionales. Por supuesto, la intención transformadora es contraria a toda jerarquización, 
por lo que en ese sentido las praxis anteriores pueden ser rechazables. En cualquier caso, 
no se habla en ningún caso de instituciones inmutables, todas son susceptibles de mejora. 
Los lugares de reunión, así como la periodicidad y duración de las asambleas, serán cosa 
de los ciudadanos, siempre tratando de fomentar la participación pública.

Las normas establecidas se decidirán en las primeras acciones de la asamblea, teniendo en 
cuenta que no se habla de un poder separado de la sociedad, ya que se encuentra bajo el 
control de los ciudadanos gracias a la municipalidad. Pueden establecerse comités de 
barrio, consejos y juntas consultivas y administrativas, siempre dirigidas a influir sobre 
los temas que interesen y siempre respetando la política que decida la asamblea. Los temas 
deberían ser expuestos de la forma más amplia posible, fomentando siempre el debate, algo 
propio de una democracia directa, y respetando la pluralidad de puntos de vista. Toda 
persona tiene el derecho a hablar en la asamblea, aunque el carácter de cada uno puede 
dificultar este hecho, siempre se pueden buscar formas de dar a conocer una forma de 
pensar (a través de las personas más capacitadas) y aprender con el tiempo a expresarse 
mejor y adquirir confianza.

Las personas que tienen una tendencia libertaria rechazan que sea una mayoría la que tome 
las decisiones, ya que eso supone obligar a la totalidad de la comunidad. Puede decirse 
que el gobierno de la mayoría es siempre coercitivo y contrario a la libertad individual. 
La propuesta que se suele dar es el consenso, en el cual no se toma ninguna decisión final 
hasta que todos los miembros de la comunidad están de acuerdo. Esta búsqueda de consenso 
es apropiada, y puede funcionar en grupos pequeños. Sin embargo, en grupos mayores y 
heterogéneos la cosa se complica, hasta el punto de que incluso la voluntad de uno o de un 
grupo pequeño puede dificultar la toma de decisiones. Es prácticamente imposible que todos 
los miembros de la comunidad estén de acuerdo en todas las decisiones. El conflicto forma 
parte de la política, y la disidencia es buena, ya que hay individuos que pueden 
considerar que una decisión no es adecuada para ellos mismos o, incluso, para la comunidad.

No obstante, la búsqueda de consenso puede tener también sus trampas y sus coacciones 
diversas (la sicología social puede decir mucho sobre cómo la gente toma sus decisiones), 
incluso personas que disienten pueden ser empujadas a votar finalmente con la mayoría sin 
que esa sea su auténtica voluntad. De la misma manera, provocando que el disidente se 
excluya del voto supone eliminarle sin más de la esfera política y hacerlo también con su 
punto de vista. Es por eso que Bookchin critica el consenso, ya que, o bien intensifica el 
conflicto hasta fracturar la comunidad, o bien acaba con el silencio de los disidentes. 
Una alternativa es que los disidentes voten abierta y libremente, manifestando su 
oposición a la mayoría, con la esperanza de que su decisión influya sobre el cambio. De 
esta forma, aunque sea una mayoría la que toma las decisiones que afectan a la vida 
social, la minoría se reserva la libertad de intentan derrocar lo decidido. Siempre 
existirá la libertad de expresar las discrepancias, ordenada y razonadamente, intentar 
convencer a los otros de que el punto de vista propio es mejor, y la asamblea puede 
documentar al respecto. De esta manera, las minorías preparan el terreno para demostrar 
que una decisión puede haber sido equivocada y, al mismo tiempo, provocan el desarrollo de 
la conciencia política de la comunidad.

La aparición del ámbito político

Vamos a tratar de realizar una distinción histórica, atendiendo a ciertos pensadores, 
sobre la distinción entre el ámbito político y otras esferas de la intervención humana. 
Murray Bookchin, sin dudarlo, establece tres ámbitos: el político, el social y el Estado. 
En la Antigua Grecia, Aristóteles solo reconocía una dualidad: la esfera social y la 
política. Muchos pensadores han continuado pensando como el estagirita, como es el caso de 
Hannah Arendt, aunque esta autora parece ser que lo que llamaba ámbito político es lo que 
ahora podemos considerar el Estado (una confusión, por otra parte, habitual).

El ámbito social podemos considerarlo el ámbito privado, y no podemos confundirlo con la 
sociedad en su conjunto. La esfera privada es la más antigua de los tres ámbitos 
mencionados por Bookchin, de tal forma que en la prehistoria, en forma de grupos y tribus, 
las comunidades humanas se estructuraban alrededor de él. Al no existir el Estado, lo que 
podemos llamar vida grupal coexistía en las primeras sociedades con el ámbito social. 
Todas aquellas comunidades se mantenían cohesionadas y organizadas por el parentesco, pero 
también por otros factores que se consideraban hechos biológicos inalterables (como los 
roles atribuidos al sexo o la cuestión de la edad). Es posible que tardara en aparecer la 
diferencia de clases y la dominación en la misma sociedad, dándose tal vez una solidaridad 
gracias a esos factores de cohesión, aunque lo que parece seguro es que la aparición del 
chovinismo y el racismo (hostilidad hacia otras tribus, al considerarlos una amenaza, y 
consideración de una taxonomía diferente hacia sus miembros) fue algo consustancial al 
nacimiento de las primeras sociedades. Ello no implica que no existieran también muestras 
de benevolencia hacia los extranjeros, aunque hay que tener en cuenta siempre los factores 
supersticiosos que empujaban a considerarlos algo peligroso.

Las sociedades tribales eran nómadas, cazaban y recolectaban, y en algunas ocasiones 
recurrían a formas básicas de horticultura. Con el neolítico, se da un cambio de paradigma 
económico, la agricultura y cría de animales conducen a que las tribus se establezcan en 
aldeas estables. Con ello, llegó el hecho del almacenamiento de víveres, con lo que 
algunos miembros se convirtieron en los distribuidores y, consecuentemente, en poseedores 
de bienes y riqueza. Se dio lugar así a la división de clases, lo que acentuó la 
jerarquización ya existente (se dio la supremacía al género masculino, creándose la 
cultura del patriarcado). El concepto del chamán dejo paso a lo que se pueden considerar 
ya sacerdotes, fortaleciéndose también la institución religiosa con sus demandas ya 
claramente materiales. Sin embargo, tal vez la consecuencia más importante en este cambio 
de paradigma económico es el nacimiento de las ciudades: grandes asentamientos permanentes 
sin producción propia, dependiendo del grano importado del campo. Los componentes de estas 
ciudades tenían su vida estructurada, no ya alrededor del parentesco, sino por la 
proximidad de residencia y por los intereses compartidos. Poco a poco, la ciudad se 
convirtió en una forma de vida en la que el principio de organización social no eran ya 
los lazos de parentesco; la gente no se consideraba ya miembro de una tribu, sino que se 
veía a través del prisma de un estatus social o de la pertenencia de bienes, o de una 
determinada residencia o profesión. Aunque seguirían existiendo prejuicios étnicos, la 
nueva situación produjo que se diluyeran en cierta medida, un nuevo orden social 
transformó a la gente de una condición tribal en componentes de grupos heterogéneos y 
potencialmente cosmopolitas. Era el germen de lo que podemos llamar la universalidad humana.

Insistiremos en que estas ciudades, por muy heterogéneas que fueran, no eran paraísos de 
igualdad. Existían jerarquías militares y religiosas, así como división de clases y de 
género. Las élites que gobernaban dominaban a los ciudadanos comunes, los cuales 
trabajaban para proporcionar bienes o se convertían en soldados forzosos para brutales 
periodos de guerra. Por otra parte, la ignorancia sobre los fenómenos naturales hizo más 
poderosa a la clase sacerdotal. Incluso, estas primeras ciudades se podían ver como vastos 
templos. Sin embargo, y a pesar de todas estas tiranías, podemos considerar que la 
revolución urbana abrió la posibilidad de que pudieran existir también comunidades libres 
e igualitarias. El hecho de que las personas tuvieran conciencia de una humanidad 
universal, también dio lugar a la posibilidad de una organización ética y racional. Es por 
eso que la aparición de la ciudad inauguro el desarrollo de lo que podemos llamar “ámbito 
político”. Esta esfera se caracteriza por la existencia en una misma ciudad de intereses 
compartidos y de espacios públicos mantenidos en común por comunidades interétnicas.

El ámbito social queda físicamente delimitado por las paredes del hogar, más allá está el 
ámbito público (calles, plazas y lugares de reunión). En ese espacio público, los 
ciudadanos podían comerciar, encontrarse, relacionarse, influenciarse mutuamente, 
intercambiar noticias y hablar de asuntos comunes. Eran espacios que, potencialmente, 
podían ser usados para fines cívicos y actividades políticas. Es la polis griega, a pesar 
de las desigualdades ya mencionadas, la que define y concreta el ámbito político como el 
campo de la autogestión por democracia directa: la libertad positiva de una comunidad como 
conjunto, con la cual las libertades individuales están estrechamente entretejidas. Ahí se 
puede situar la tradición de democracia directa, que es ahogada por los grandes imperios 
que llegan después, pero que reaparece a lo largo de la historia (como es el caso de 
algunas comunas medievales). En pleno feudalismo autoritario, algunos ciudadanos 
reclamaban un espacio para autogestionar sus asuntos sin élites gobernantes.

La aparición del ámbito político abre la posibilidad de una comunidad libre y 
autogestionada, pero las élites políticas siguen ejerciendo su autoridad sobre la vida 
política (apelando incluso a derechos tribales ancestrales supuestamente superados). Por 
otra parte, los ejemplos históricos de lo que podemos llamar “democracias directas” 
conservan numerosos rasgos oligárquicos, xenófobos y discriminatorios de diversa índole. 
Sin embargo, todos esos defectos son contextualizables, propios de un determinado momento 
en la totalidad de una época. Era seguramente muy complicado que no se diera la esclavitud 
en la Antigua Grecia, al igual que en otras sociedades del momento, pero sí se mostraron 
superiores a las monarquías represivas de esas regiones y generaron el concepto del ámbito 
político. El Estado, al igual que los ámbitos social y político, también tiene un 
desarrollo histórico del que nos ocuparemos en otro textos.

Formación ciudadana

El liberalismo es, al menos al día de hoy, una teoría política primordial para la 
democracia representativa. Según esta idea, el individuo es libre y soberano para elegir 
entre una serie de opciones en unas elecciones democráticas. También, entre las libertades 
que preconiza el liberalismo, está la presunta libertad para buscar su beneficio personal. 
La cultura norteamericana, puede decirse, es la exacerbación de esta visión heroica y 
abnegada del individuo en buscar de una determinada meta. Sin embargo, no es demasiado 
complicado desmontar esta visión de un individuo autónomo, que no depende de un vínculo 
social, ni a nivel privado ni a nivel comunitario. No está nunca demás insistir en esta 
visión falaz del liberalismo, cuyos postulados son meramente negativos; es decir, 
autonomía e independencia son conceptos que no adquieren un sentido pleno ni positivo si 
no los vinculamos a lo social. El individuo solo puede realizarse aceptando su condición 
de “animal social”, no independizándose de la sociedad, ya que necesita el apoyo y la 
solidaridad de la comunidad.

Las más nobles aspiraciones son, tanto individuales, como sociales, y solo el individuo 
plenamente desarrollado puede comprender esto. Incluso, a pesar de lo que sostenga el 
liberalismo, las etapas de mayor atomización pueden coincidir con un mayor poder del 
Estado y de otras instancias a las que el individuo se subordina. En las sociedad 
contemporánea, desgraciadamente, el ciudadano se ve reducido a su condición de votante y 
de contribuyente; tanto el Estado, como el sistema capitalista, promueve la 
infantilización, perpetúan la dependencia y la subordinación (aunque esa intención adopte 
la forma de tutela en tantas ocasiones). En este contexto, potenciado por una sociedad de 
consumo que nos empuja a acumular bienes de manera irracional, nos convertimos en 
extremadamente vulnerables a la manipulación por parte de personas y de instituciones. 
Elegir a un candidato a un puesto, tal y como elegimos un producto en el mercado, debe ser 
substituido por una vida política activa con un compromiso claro con los asuntos que nos 
afectan. Por lo tanto, hay que trabajar para desmontar esa mistificación de un individuo 
autónomo y autodeterminado desprendido de todo nexo social.

Nuestra capacidad de razonar, la dependencia mutua que tenemos con otras personas y la 
necesidad de la solidaridad deberían ayudar a una existencia más activa y a la creación de 
un nuevo ámbito político libertario. El Estado, el capitalismo y la jerarquía social 
pueden ser substituidos por las instituciones cooperativas adecuadas. Esta perspectiva, 
por ejemplo para Murray Bookchin y su idea del municipalismo libertario, pero también en 
nuestra opinión desde cualquier perspectiva ácrata (un socialismo descentralizado, una 
autogestión de lo social), se realiza desde el ámbito de lo local. Una nueva sociedad 
requiere de un nuevo carácter social e individual, nada de votantes y contribuyentes 
pasivos. Nuevas potencias del carácter, virtudes cívicas y compromisos pueden 
desarrollarse en un nuevo contexto. Entre todo ello, otorgar un campo más extenso para la 
razón y para la solidaridad (compromiso con el bien público) es primordial. El esfuerzo y 
la responsabilidad compartidos de todos los miembros de la comunidad es lo que hace a ésta 
posible.

Tantas veces, se ha cuestionado la capacidad de los ciudadanos para gestionar con sentido 
común de manera directa, pero precisamente en potenciar la razón, algo tan cuestionado en 
la posmodernidad, estriba la cuestión. Para un debate constructivo, es necesaria la razón, 
precisamente para superar todo partidismo y prejuicio, para demostrar la superioridad de 
una sociedad cooperativa frente a otra competitiva en la que las personas están 
atomizadas. Esta visión socialista no elimina la posibilidad de una vida personal 
enriquecedora, todo lo contrario, promueve un mayor sentido en las relaciones humanas. De 
hecho, debemos analizar siempre qué relación tenemos con las personas de nuestro entorno, 
y acabaremos descubriendo el miedo y la desconfianza que prevalecen sobre cualquier otro 
factor. Al compartir proyectos, las personas desarrollamos nuevos vínculos solidarios y 
responsabilidades conjuntas, podemos ganarnos la confianza de los demás y dar lugar a 
nuevas situaciones. En definitiva, individualidad y comunidad pueden reforzarse y 
alimentarse mutuamente desde una perspectiva libertaria. Observar el compromiso y la vida 
activa, no como una pesada carga, sino como una forma de realización es la base para este 
nuevo contexto social.

La mentalidad estatal, es decir conservadora, considerará siempre al ciudadano como un 
crío incompetente y escasamente razonable. Con las adecuadas experiencias y preparación, 
los ciudadanos pueden adoptar posiciones razonables y constructivas. Solo hace falta 
desprenderse de prejuicios y tener la paciencia necesaria y fortaleza de carácter. La 
política puede pasar de la clase dirigente, de la profesionalización, a la gente de la 
calle. Precisamente, el grado de maduración de los ciudadanos es lo que puede alcanzar un 
compromiso político no profesional, sin subordinaciones a jerarquía alguna. Esa actitud de 
las personas para autogestionar la sociedad no brota de la noche a la mañana, puede ser 
resultado de una preparación cuidadosa, un formación cultural y personal propia de una 
nueva situación. Los antiguos atenienses, denominaban a esta educación paideia, el cultivo 
apropiado de las cualidades cívicas y éticas necesarias para la ciudadanía. Esa educación 
puede estar dirigida también a una identificación con la comunidad y hacia una 
responsabilidad con ella, hacia la participación asamblearia de manera racional, tolerante 
y creativa.

Esta formación de ciudadanos se produce también en la participación política, la mejor 
escuela es sin duda una nueva sociedad cooperativa y participativa, integrada por 
individuos responsables. Es una tarea inmensa, que no pasa por un mero compromiso 
político, ya que el ser humano necesita tantas veces respuestas vitales inmediatas. Es 
necesario, como hemos dicho antes, mucha paciencia y carácter para lograr resultados y 
transformar la sociedad. Desgraciadamente, muchas personas reducen su conceptos de la 
política al arte de gobernar, al Estado, y no son capaces de encontrar una alternativa 
clara al sistema económico. Sin embargo, a medida que vayamos encontrando nuestras propias 
respuestas, gracias a tratar de escapar de toda subordinación y a construir más ámbitos de 
debate, junto a más vías solidarias y participativas, es posible que se vayan cimentando 
las bases de un nuevo contexto libertario.

La descentralización institucional

Lo deseable es que las personas recuperen el ámbito político de lo local (podemos llamarlo 
municipalidad, en consonancia con el pensamiento de Murray Bookchin, ya que la 
terminología es menos importante que los hechos). Tal y como hemos comprobado en los 
últimos años, con movimientos sociales como el 15-M, se forman asambleas y el poder pasa a 
los ciudadanos, lo que requiere un esfuerzo consciente por parte de cada persona. Los 
anarquistas, como movimiento social, tal vez sean los que más experiencia tengan en este 
sentido, por lo que pueden ayudar a formar y a movilizar a los ciudadanos y a establecer 
las asambleas. Aunque, en gran medida, pueda haber mucho de espontaneidad en el 
movimiento, solo la organización libertaria establecerá bases sólidas para la 
transformación social. Resulta esencial que se creen también grupos de estudio, que 
debatan y busquen respuestas ante todas las necesidades locales. Solo a través de la 
autoeducación, tratando de vencer todos los obstáculos que se puedan presentar, puede 
luego ayudarse a los demás y propiciar que se eduquen a sí mismos. Todo ello contribuirá a 
hacer avanzar un movimiento libertario desde lo local, sin que existan tendencias 
centralistas y autoritarias. En cualquier caso, es imprescindible el florecimiento 
cultural, tal y como propicia el anarquismo, solo posible donde se dé la máxima libertad 
con la máxima igualdad.

Insistir en el esfuerzo consciente y en la educación social es algo importante, con toda 
la dificultad que ello conlleva en nuestra sociedad, tan dada al aislamiento y a la 
enajenación. Bookchin apostaba por la creación de una fuerza identificable dentro de la 
comunidad, la cual debería darse un nombre previo, claro y reconocible, para desarrollar 
una inconfundible identidad política. Es esta fuerza, o movimiento, la que puede ayudar a 
la educación pública, captando los temas que sean de mayor interés. La implicación en lo 
local supone poner en marcha análisis, estudios, medios, expresiones artísticas…, todo 
aquello que ayude al conocimiento de un determinado tema y lo ponga al alcance general. 
Pueden publicarse y distribuirse todos las expresiones a través de los lugares más 
frecuentados. A modo de la antigua tradición del ágora, pueden hacerse lecturas, 
conferencias y debates en espacios públicos o en cierto centros, todo ello propiciando la 
continua educación sobre los más variados temas, incluyendo la formación política. Aunque 
en la sociedad capitalista pueda haber rasgos cooperativos, que fortalecen la solidaridad 
en comunidad, solo la creación de asambleas de ciudadanos y el florecimiento de una nueva 
vida cultural y política puede crear una sociedad libertaria, junto a las instituciones 
que le dan sentido, de forma permanente. Verdaderamente, se necesita una gran preparación, 
ética y política, junto a una voluntad y una paciencia férreas, para explicar a los demás 
lo importante de la sociedad libertaria.

Un problema que planteaba Bookchin, que no se produce en pueblos y ciudades, era el de los 
suburbios. Los grupos que se hallen en un área suburbana pueden desplazarse durante largo 
tiempo sin que den con un espacio público, pisando solo propiedad privada y apenas 
relacionándose con otros seres humanos. El anarquismo se basa en la existencia de la 
comunidad, por lo que tiene más sentido en aquellos lugares donde la gente se encuentra 
con los demás con cierta frecuencia. En los suburbios, el sentimiento comunitario es más 
débil que en pueblos y ciudades, aunque también existen intereses comunes sobre educación, 
medio ambiente, transporte o economía local. El ser humano necesita vivir en sociedad para 
poder desarrollarse, resulta impensable que haya nadie que lo dude a estas alturas 
(incluso aquellos críticos con la vida en sociedad, tienen que pensar que son igualmente 
determinados por ella, aunque sea por su propio y deseado aislamiento), por lo que las 
necesidades prácticas de nuestra existencia, individual y social, hacen que sea necesario 
que nos entendamos con los demás. No de forma casual, sino de una forma deliberada y 
consciente, ya que solo ello puede tender a la liberación. Para ello, sea donde sea el 
contexto urbano en el que vivamos, hay que buscar espacios públicos donde se delibere y se 
conduzcan adecuadamente las reuniones.

En el caso de las grandes ciudades, con la concentración a veces de millones de personas, 
se presentan otro tipo de problemas. Tantas veces, las personas somos extrañas unas a 
otras, a pesar de vivir en el mismo vecindario. Esta densidad de población parece excesiva 
para la creación de asambleas populares, ya en la Antigua Grecia se consideraba que la 
polis debía ser lo suficientemente pequeña para que los ciudadanos se conocieran entre sí. 
En estas ciudades enormes, se produce el mismo poder político que en un Estado, por lo que 
la democracia directa plantea verdaderas dificultades. No obstante, tal como dice 
Bookchin, la administración del municipio tiene diferencias con la del Estado-nación, ya 
que la implicación del ciudadano es más accesible y los centros vecinales no son tan 
difíciles de crear. Las juntas escolares y la reuniones de distrito permiten a los 
ciudadanos de un mismo vecindario reunirse y hablar de problemas comunes. Es posible que 
una descentralización física fuera complicado, y extendida en el tiempo, pero una 
descentralización institucional puede iniciarse en cualquier momento, como podemos ver en 
ciertos movimientos sociales, de ámbito general, con la creación de asambleas populares. 
Los rasgos libertarios se encuentran en esta creación de asambleas populares por barrios, 
y también en su posterior confederación, que puede tratar de coordinar cuestiones como el 
transporte, la sanidad y otros servicios. Es un inicio de descentralización institucional, 
a nivel de barrios, que puede conducir a transformaciones generales también en aspectos 
logísticos y estructurales.

Siendo, como somos, los anarquistas siempre críticos con eso llamado “identidad 
colectiva”, creyendo siempre en una liberación individual íntimamente ligada a la cuestión 
social, hay que aceptar las diferentes culturas y sensibilidades que albergan las grandes 
ciudades. Una descentralización institucional, que asegure la potestad de los ciudadanos 
para gestionar los asuntos que les atañen, donde las personas de sensibilidad libertaria 
posibiliten que se asegure la pluralidad, la dignidad y el respeto, solo conseguible 
gracias a la máxima libertad junto a la máxima igualdad, y donde se produzca un ilimitado 
florecimiento cultural y político, es un camino en el que la utopía puede ir haciéndose 
realidad y alejándose cada vez un poco más hacia adelante.

Capi Vidal

http://acracia.org/el-municipalismo-libertario-de-murray-bookchin/


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