(ca) Chile, Periodico Solidaridad #32: El trabajo precario de la mujer: un pilar del sistema capitalista por solidaridad en Feminismo, Trabajadores/as por La Alzada – Acción Feminista Libertaria

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Tue Apr 12 14:53:21 CEST 2016


Desde la década de los 90, la participación laboral femenina ha mostrado una sostenida 
tendencia ascendente, aumentando en más de 15 puntos porcentuales a la fecha. Este proceso 
de incorporación masiva de las mujeres al mundo del trabajo ha constituido un aspecto 
fundamental para el crecimiento económico y ha sido ensalzado por los personeros de 
gobierno como un avance hacia la igualdad de género. ---- Si bien, la inserción de las 
mujeres al mundo del trabajo es fundamental para la autonomía económica de las mismas y su 
empoderamiento material y subjetivo, este proceso no ha sido consecuencia de una política 
de gobierno para la igualdad de género, sino más bien ha sido resultado de la erosión del 
modelo de padre proveedor y de la alta demanda de mano de obra que el funcionamiento del 
sistema capitalista requiere. De esta forma, las mujeres se han insertado al mundo del 
trabajo de manera diferenciada a la de sus pares; en condiciones de desigualdad, 
precariedad, en trabajos tercerizados, desregulados, con carencia de derechos y más aún, 
que reproducen los roles estereotipados de género, relegando a las mujeres al mundo del 
cuidado, de los servicios y la compra-venta.

Según el Informe de Participación Laboral Femenina (INE 2015) un 85,3% de las mujeres 
laboralmente activas lo hace en el sector terciario, mientras que tan sólo un 5% lo hace 
en el sector primario de la economía. A esta segmentación horizontal se suma una evidente 
segmentación vertical, donde las mujeres se concentran en las posiciones más bajas de las 
escalas de poder de las estructuras laborales, siendo muy difícil para ellas ascender. 
Según el estudio Mujeres y Poder: Participación en espacios de decisión de ICSO (2013), la 
presencia de mujeres en cargos directivos en las grandes empresas es de alrededor de un 
3%, no superando un 6% en gremios empresariales. De acuerdo a los datos recopilados por 
“Comunidad Mujer” (2015), sólo 18 mujeres ejercen como directoras (5,4%) de las 40 
empresas que componen el IPSA (Índice de Precio Selectivo de Acciones).

Por otra parte, la brecha salarial entre mujeres y hombres se ha mantenido en todos los 
sectores ocupacionales, alcanzando una diferencia promedio por sexo en torno al 22%, lo 
que corresponde a casi $150.000 mensuales promedio. Según los datos de la Encuesta Casen 
2013, esta tiende a aumentar en la medida en que se incrementa el nivel de escolaridad. 
Así, los datos muestran una mayor brecha salarial entre quienes se emplean en los 
servicios sociales y de salud (36%), seguido de las actividades de agricultura y 
ganadería, actividades inmobiliarias y de administración pública, donde se sitúan por 
encima del 25%. Queda manifiesto, con este último dato, que no existe voluntad política 
desde los grupos en el poder de subvertir el orden dominante y transformar las relaciones 
de explotación y opresión existentes.

Las mujeres en Chile siguen siendo las responsables del trabajo doméstico, teniendo una 
doble jornada laboral. El trabajo reproductivo representa de un 20% a un 30% del PIB, las 
mujeres son las principales proveedoras de un 39% de los hogares, y tienen una doble carga 
laboral, realizando un 63% de las tareas del hogar, y el 79% del cuidado de las personas 
de la familia. Esto nos demuestra que hombres y mujeres pueden ser sostenedores de sus 
hogares, compartir el tiempo de trabajo remunerado, pero la brecha del tiempo dedicado a 
las tareas domésticas es aún abrumadora.

La reforma laboral impulsada por la Nueva Mayoría no sólo mantiene, sino también legitima 
el modelo de relaciones laborales del Plan Laboral impuesto en Dictadura, criminalizando y 
limitando la autonomía sindical, manteniendo las desigualdades económicas estructurales 
del modelo y la división sexual del trabajo productivo y reproductivo, y con ello, las 
desigualdades que día a día las mujeres y otras sexualidades oprimidas enfrentan para el 
ejercicio de sus derechos económicos y laborales. Por lo anterior creemos que el 
sindicalismo actual debe permearse de una perspectiva feminista que incluya la 
transformación de las relaciones de dominación, que incorpore dentro de sus demandas y 
práctica política reivindicaciones que reconozcan y signifiquen un avance en términos 
concretos.

[publicado en la edición N°32 de Solidaridad]


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