(ca) Alt. Media, MURRAY BOOKCHIN Y EL MARXISMO

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Fri Apr 8 17:45:03 CEST 2016


Siguiendo el folleto de Bookchin, ¡Escucha, marxista!, de reciente edición este año, 
repasamos la valiosa visión de Murray Bookchin sobre el marxismo; lo que ha aportado de 
válido a la teoría revolucionaria y lo que sencillamente se ha demostrado falso, pero 
desgraciadamente sublimado de forma acrítica por sus seguidores más doctrinarios ---- Lo 
primero que deja claro Bookchin en este libro es que la visión de Marx hay que situarla, 
como por otra parte debería ser lógico, en su momento histórico (1840-1880). La creencia 
de que el autor de El capital pudiera prever la dialéctica del capitalismo para el futuro 
es, sencillamente, absurda. Si los marxistas suelen considerar su sistema como una 
brillante concepción de la historia, hay que ser extremadamente críticos con su visión del 
presente, ya en el momento en que Bookchin escribe el texto (1969), y del futuro. Por muy 
brillantes que pudieran ser Marx, Engels, Lenin o Trotkski, la evolución histórica no ha 
confirmado sus predicciones, muy simplistas en algunos aspectos. Marx consideraba, según 
su dialéctica histórica, que el capitalismo sería el último estadio social de la 
dominación del hombre por el hombre. Una de las obvias limitaciones del pensamiento de 
Marx fue explicar la transición del capitalismo al socialismo en base al desarrollo del 
proletariado en la sociedad industrial, cuyos intereses revolucionarios llevarían 
supuestamente a un sistema sin clases. Bookchin se cuestiona que, si bien Marx explica la 
transición del feudalismo al capitalismo (es decir, de una sociedad de clases a otra 
también de clases), en base al desarrollo de la burguesía, pueda explicarse igualmente en 
el caso de la transición a un sistema auténticamente socialista (sin clases). Las 
predicciones de Marx, obviamente, no se cumplieron y el proletariado aparece finalmente 
domesticado por la sociedad burguesa. La teoría de la pauperización de la clase obrera de 
Marx (debido a una progresiva merma de los salarios) nunca se produjo y el proletariado, 
lejos de convertirse en clase revolucionaria, actuó como un órgano más en la sociedad 
burguesa.

Así, Bookchin devasta la tesis central del marxismo al cuestionar que la sociedad sin 
clases pueda surgir del conflicto entre clases dentro de una sociedad clasista. Es más, la 
propia lucha de clases acaba estabilizando la sociedad capitalista al corregir ciertos 
abusos: los bajos salarios, las horas de trabajo, la inflación… Como hemos visto en las 
últimas décadas, los sindicatos son en el capitalismo simples contrapartidas de los 
monopolios industriales, siendo una pieza más del sistema económico y del Estado. Las 
organizaciones sindicales, así, sirven al sistema y favorecen su perpetuación. Bookchin no 
escatima palabras contra los doctrinarios marxistas, por su mistificación revolucionaria 
de la lucha de clases y su idealización de la clase obrera; la alternativa, considerando 
que el trabajador no es menos burgués que otras clases en la sociedad capitalista, es 
precisamente despojarse de su condición de obrero para adoptar una conciencia 
“desclasada”. El clasismo es lo que liga al obrero con un sistema de dominación, por lo 
que es necesario despojarse de todo lo que alaban los marxistas: la ética del trabajo, la 
disciplina industrial, el respeto por la jerarquía, sumisión a los líderes, consumismo, 
puritanismo… Resulta entonces prometedora la aparición de jóvenes trabajadores, de 
estética rebelde, actitud provocadora, deseo de más tiempo libre en lugar de mayor salario 
y permanentemente insubordinados. ¡Escucha, marxista! fue escrito un año después de Mayo 
del 68.

La nueva clase revolucionaria no precede a la sociedad sin clases, sino que surge de 
circunstancias nuevas. Estos nuevos revolucionarios, enfrentados a toda forma de 
dominación y domesticamiento, improvisan nuevas formas de liberación. Bookchin, como 
anarquista, considera que el nuevo agente revolucionario puede surgir de la mayoría de la 
sociedad, capaz de diluir las clases tradicionales y de fundar una gran fuerza 
revolucionaria. La gran baza serían los jóvenes, miembros de una generación en los años 60 
que no habrían conocido las crisis periódicas del capitalismo. Se trata de una mirada al 
futuro, de la que podemos aprender hoy bien entrado el siglo XXI; dejar atrás las 
contradicciones del pasado, la mediocridad de una vida basada en el consumismo y la 
alienación, para encontrar nuevas expresiones revolucionarias camino de una sociedad sin 
clases, sin dominación y plenamente liberadora. Bookchin arremetía contra el marxismo, 
pero habría que ser igualmente críticos con toda creencia rígida y doctrinaria.

En cuanto al partido, igualmente sublimado por los marxistas, nunca es el artífice de las 
revoluciones sociales, ya que estas ocurren como resultado de fuerzas histórica y 
hondamente asentadas, así como por contradicciones que acaban movilizando a grandes 
sectores de la población. La transformación revolucionaria viene a ser producto de una 
tensión entre lo real y lo posible, entre “lo que es y lo que podría ser”. Una de las 
características más notables de las revoluciones es lo espontáneo de sus comienzos; el 
“glorioso” partido, si es que existe, se limita en un principio a ir a remolque de los 
acontecimientos. Volvamos a Mayo del 68; no se recuerda lo suficiente que existía al menos 
una docena de organizaciones bolcheviques, de características fuertemente centralizadas, 
que utilizaron técnicas manipuladoras vergonzantes durante la asamblea estudiantil de la 
Sorbona. Todas estas fuerzas marxistas parecían dispuestas para destruir la asamblea 
estudiantil si con ello aumentaban su influencia y número de afiliados. Bookchin recuerda 
que, al margen de organizaciones autoritarias, las revoluciones y alzamientos tienden a 
crear sus propias modalidades de autogobierno revolucionario. El partido, por muy 
transformador que se presente, tiende primero a inhibir y a desacelerar el rumbo 
revolucionario, ya que su estructura jerárquica no es más que un reflejo de la mismo 
sociedad que se quiere combatir. Una de las enseñanzas de aquel mayo de París es que es 
necesaria una organización que difunda todo tipo de ideas que fomenten el autogobierno.

A colación de Podemos en la actualidad de España, partido supuestamente transformador que 
ha seducido a gran parte del electorado, vienen muy a cuento estas reflexiones. Estos 
partidos de vanguardia, durante las campañas electorales, se amoldan plenamente a las 
formas burguesas convencionales; con la expansión del partido, como hemos ido viendo en 
los últimos tiempos, se incrementa la distancia entre los dirigentes y sus bases. Así, el 
partido solo será útil para amoldar la sociedad a su propia estructura jerárquica en un 
momento supuestamente transformador. El partido, de características siempre netamente 
centralizadas (es decir, una estructura tan burguesa como cualquier otra), acaba 
conviertiéndose en garante contrarrevolucionario, aunque se haga en nombre de Marx, de 
banderas rojas o de cualquier otro símbolo transformador.

Recapitulando la visión de Bookchin, hay que recordar que los conceptos fundamentales del 
marxismo, que por lo general se aceptaron de modo acrítico, eran producto de una etapa que 
sería pronto superada por el desarrollo del capitalismo en Europa y Estados Unidos. Marx 
se esforzó notablemente en desarrollar las condiciones previas a la libertad: desarrollo 
tecnológico, unidad nacional, abundancia material. Sin embargo, no se ocupó de las 
condiciones de la libertad, que sí hicieron los anarquistas: descentralización, formación 
de comunidades, democracia directa, redimensionamiento a escala humana. No hay que dudar 
que Marx hizo grandes aportaciones a la teoría revolucionaria, como es en gran medida su 
visión del materialismo histórico, su crítica de la mercancía, gran parte de sus teorías 
económicas, su visión de la alienación, así como la idea de que la idea de la libertad 
requiere de prerrequisitos materiales. Otras lecturas de Marx son cuestionables, 
reprobables o directamente falsas: el proletariado como sujeto revolucionario, su visión 
clasista de la transición al socialismo, la dictadura del proletariado, el centralismo, su 
tesis sobre el desarrollo capitalista, la acción política a través de partidos 
electorales, así como otros conceptos menores asociados a estos.

Por el contrario, el anarquismo, lejos de ser un cuerpo doctrinal cohesionado, una 
ideología, ni mucho menos una teoría científica, es más bien producto del deseo de las 
personas para combatir la opresión en cualquiera de sus formas. Bookchin, con los primeros 
anarquistas, consideraba que una sociedad que no podía garantizar lo material terminaba 
generando en su seno una tendencia a la restauración del privilegio. El progreso 
tecnológico, hoy más que nunca, debería asegurar esa abundancia material. Los primeros 
anarquistas, como Bakunin o Kropotkin, ya criticaron a Marx sus rígidas visiones: ni el 
centralismo es necesario para el progreso tecnológico, ni el Estado-nación para la 
expansión del comercio, mucho menos la aparición de grandes empresas centralizadas para el 
desarrollo del movimiento obrero.

Así, los anarquistas supieron ver que la tesis centralista reforzaría al Estado y a la 
burguesía de tal modo, que el capitalismo no desaparecería. Los anarquistas no estaban, ni 
mucho menos, en contra de la industrialización, lo que estaban es profundamente 
preocupados porque el desarrollo industrial no aplastara el impulso revolucionario de la 
gente. Es por ello que, al contrario que los marxistas, se esforzaron siempre en la 
educación, que llamaron de modo “integral” para contrarrestar la influencia de la sociedad 
burguesa con su tendencia banal y alienadora. Frente a las instituciones jerárquicas, 
orquestadas desde arriba, los anarquistas proponen un desarrollo orgánico desde abajo; se 
trata de estimular el movimiento social combinando la creatividad con el afán 
revolucionario, tanto teóricamente como en la práctica. Esa fase primera de autogobierno a 
la que alude Bookchin en las grandes revoluciones, para los anarquistas debe ser 
preservada y extendida. Hoy, con los grandes avances tecnológicos que existen, es tal vez 
más posible que nunca.

Capi Vidal

http://acracia.org/murray-bookchin-y-el-marxismo/


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