(ca) Remunicipalización y construcción de lo común by Apoyo Mutuo

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Sat Apr 2 11:45:32 CEST 2016


"¿Control? ¿Inspecciones? Sí, sí ha habido inspecciones del cumplimiento de los pliegos de 
las contratas estos últimos años. Te contaré cómo funcionaban: el inspector del 
Ayuntamiento llamaba a la empresa antes de ir y ésta avisaba a los trabajadores. Ese día 
estábamos todos allí, tuviéramos turno o no. Todos. Hasta los administrativos de la 
empresa se ponían un mono para que pareciera que eran operarios. Cuando llegaba el 
inspector había un montón de gente 'trabajando' allí. Todo bien, todo perfecto, todo 
cumplido. Cuando se iba volvían a quedarse los que de verdad trabajaban ese día. ¿Metros 
de acera limpiados? No me hagas reír. Y los que han venido ahora nos hablaron de 
remunicipalización en la campaña, pero, de momento, el único cambio es que la empresa nos 
ha puesto GPS en los cubos de basura".

Esto es lo que cuentan los operarios de la limpieza viaria de una gran ciudad española, 
una de esas urbes que han caído en las manos de las candidaturas del cambio. Los operarios 
de esos servicios externalizados de los que todos nos quejamos, pero a los que, finalmente 
y de momento, nadie parece dispuesto a meter mano.

¿Externalizaciones? Tras la crisis de los 70 el Capital desarrolló una serie de 
estrategias básicas para su supervivencia en un contexto de resistencia obrera y de los 
países periféricos, y de brutal amenaza a las tasas de ganancias en las actividades 
productivas, que habían sido la base del mayor ciclo de acumulación y crecimiento que 
había vivido la humanidad. Las estrategias fueron la descentralización productiva y la 
flexibilización del trabajo, debilitando la resistencia obrera; la globalización y 
financiarización de la economía; y lo que el geógrafo británico David Harvey ha llamado la 
"acumulación por desposesión".

La acumulación por desposesión no era algo nuevo. Forma parte del ADN originario del 
capitalismo. Así es como se hizo la famosa "acumulación originaria" a la que Carlos Marx 
dedica gran parte de las páginas de su obra. Desposeer a las poblaciones de sus bienes 
comunes que garantizaban su subsistencia y una cierta independencia es una inveterada 
tradición liberal. Lo único nuevo es que las energías de los mercantilizadores se 
dedicaron, en la deriva neoliberal de las últimas décadas, a privatizar y convertir en 
yacimientos de plusvalor muchos de los servicios que habían formado parte del Estado de 
Bienestar keynesiano que había fundamentado la paz social en el Centro mismo del sistema 
global. Eso explica que, según Jordi Colomer, hayamos llegado al punto de que el volumen 
de servicios públicos municipales privatizados en el Estado Español, tras la aprobación de 
la Ley 7/1985, de 2 de abril, reguladora de las Bases de Régimen Local, que fue la que 
permitió la llamada "gestión indirecta" de los mismos, supere los 17.400 millones de 
euros, con una oportunidad de crecimiento de cerca de 19.600 millones más.

Un buen negocio, no hay duda. Favorecido por la muy oportuna emergencia de las figuras 
laborales de las contratas y subcontratas, y alimentado por el mismo capital que infló el 
ladrillo, y que fue rescatado por las daciones en pago de la banca (muchas veces rescatada 
con dinero público) a constructoras y promotoras. Por no hablar del fluir de los fondos 
especulativos globales, tras la crisis, hacia los despojos de una economía quebrada y en 
estado de subasta.

Una acumulación por desposesión que tiene sus costes para las poblaciones: encarecimientos 
de los servicios, provocados por sobrecostes que van del 22% a más del 90%, respecto a la 
prestación directa por los municipios, según el propio Tribunal de Cuentas, que habla de 
un 27% de aumento del coste en la recogida de basuras, o un 71% en la limpieza viaria; 
prestación de un servicio de menor calidad y que suele poner en riesgo el concepto de 
universalidad del mismo, dejando sin cubrir las zonas degradadas de las metrópolis, que a 
nadie parecen importar. Infra-inversión y precariedad laboral, junto al nepotismo 
empresarial y la constitución de una vía de entrada para la corrupción de los actores 
políticos municipales.

Las resistencias, por supuesto, también e­xis­ten. Y están alcanzando el nivel de una 
contraofensiva. Una contraofensiva global confluyendo en torno al concepto de las llamadas 
remunicipalizaciones.

En los últimos 15 años se han producido 235 casos de remunicipalización de los servicios 
de agua en 37 países. El más sonado es el de Yakarta, en Indonesia, donde 9,9 millones de 
personas veían amenazado su acceso a tan imprescindible elemento por la gestión privada 
del mismo. Pero el centro del movimiento está en los países del Norte global, donde el 
keynesianismo fue una realidad efectiva en su momento, más allá de las declaraciones 
desarrollistas del populismo periférico.

En la Unión Europea merece la pena detenerse en la remunicipalización de muchas empresas 
energéticas alemanas y en los referéndums populares que exigen plan­tearla en ciudades 
como Berlín o Ham­bur­go. En Francia, la cuna de las multinacionales del agua privada como 
Veolia, la ciudad de París remunicipalizó el servicio con­­­siguiendo un ahorro el primer 
año de 35 millones de euros, y procediendo a bajar la ta­ri­fa a los ciudadanos un 8%. En 
Fin­landia, donde el epicentro está en los servicios de limpieza viaria, la iniciativa 
alcanza ya al 20% de los municipios.

El movimiento ha llegado también al Es­tado Español: ya en 2011, la ciudad de León, con un 
gobierno del PP, procedió a la remunicipalización del servicio de limpieza. Vidreres, 
Vilanova i la Geltrú, Cambrils y otros municipios han procedido a remuni­ci­palizar los 
más variados servicios, con evidentes ahorros para sus cuentas públicas. El caso más 
paradigmático es Medina Glo­bal, la empresa municipal de Medina Si­donia (Cádiz), que 
ahora gestiona el a­gua, la limpieza viaria y la recogida de residuos sólidos urbanos de 
la localidad.

Una contraofensiva. Este movimiento existe y está creciendo, pero no es dominante. La 
hegemonía sigue estando en los de siem­pre, y las privatizaciones avanzan a más velocidad 
que las remunicipalizaciones. Esto mismo ocurre con las otras medidas paradigmáticas del 
intento de contraofensiva keynesiana de la socialdemocracia real: los controles de 
capitales, como la Tasa To­bin, los mecanismos de ingresos mínimos, la reescritura de la 
estructura europea, el re-centramiento en el capital productivo frente a especulativo. 
Todo ello avanza, nos suena, empieza a ocupar espacios mediáticos, pero no domina, no 
termina de erigirse en alternativa efectiva para la dirigencia política global.

Al inicio de la crisis todos los economistas serios imaginaron una salida keynesiana suave 
y más o menos rápida: el Capital ra­zo­nará y desplazará a los gestores liberales. Llegará 
la alternativa social y de mercado, construirá un capitalismo con rostro humano y 
estabilizará el edificio global con una reedición verde de los “reinta gloriosos”.

No ha sido así, y ya deberíamos preguntarnos por qué. Por qué hasta donde la nueva 
socialdemocracia gana (como en el Ayun­tamiento de Madrid) y toca poder, el proceso no es 
tan fácil ni tan lineal. Por qué los nuevos actores institucionales madrileños son 
incapaces, no ya de remunicipalizar los servicios públicos devastados por la gestión de 
las contratas provenientes del ladrillo, sino incluso de solventar con decisión las 
críticas más absurdas por un asunto de títeres. Por qué los movimientos no pre­sionan a 
los representantes institucionales y éstos aparecen desnortados, entre el narcisismo 
mediático y la falta real de discurso que vaya más allá del "señores del po­der, dennos 
una oportunidad, nosotros podemos gestionarlo mejor".

A lo mejor es que la salida keynesiana ya no sirve.

A lo mejor es que hay que ir mucho más allá, más allá de la gestión del Capital, o de la 
alternativa social y de mercado.

Construir lo común precisa de elementos diferentes. Y para generar la masa crítica que 
permita la remunicipalización de los servicios públicos, así como una ofensiva real sobre 
los resortes de poder efectivos de la sociedad, hay que construir lo común. La base 
teórica, práctica, material, e incluso es­tética, de una sociedad enteramente 
trans­formada. De una vía de salida del ca­pitalismo histórico. Algo que encarne los 
de­seos reales de cambio y que galvanice las energías ahora dormidas de las clases populares.

Remunicipalizar de otra manera, que construya pueblo, que construya poder popular. 
Remunicipalizar desde la perspectiva del protagonismo de obreros y vecinos, de la 
autogestión y de la democracia de base. Más allá del keynesianismo está la potencia de la 
creatividad de las clases subalternas.

Caben varias posibilidades, que deben ser experimentadas, para los servicios municipales 
recuperados: la cooperativización ba­jo control de trabajadores y vecinos, para favorecer 
el empleo barrial y el tejido económico autogestionario en los espacios cercanos; o la 
gestión directa bajo control obrero y ciudadano, con formas de participación de los 
trabajadores basadas en la asamblea.

Avanzar en la superación de la dicotomía entre propiedad privada y pública, generando, 
construyendo e imaginando la nueva forma de propiedad comunal-comunitaria. La forma 
jurídica de la democracia económica más profunda, el producto del protagonismo popular 
hecho piedra basal de la nueva sociedad. No debemos tratar de evitar el conflicto a toda 
costa, sino de acumular fuerzas, empoderando a los sectores so­ciales sometidos y 
desplegando todas sus po­tencialidades.

Más que intentar racionalizar el despojo global hay que avanzar en el despliegue de una 
nueva racionalidad, producto de la lucha efectiva y las capacidades productivas de las 
poblaciones.

Construir. Para hacer visible lo inconstruido.

Revista Trasversales número 37 febrero 2016

José Luis Carretero Miramar es profesor de Formación y Orientación Laboral. Miembro del 
Instituto de Ciencias Económicas y de la Autogestión (ICEA).

http://apoyomutuo.net/remunicipalizacion-construccion-lo-comun/


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