(ca) Elogio del sindicalismo

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Mon Sep 27 19:22:03 CEST 2010


Es evidente que existe toda una campaña, orquestada por innumerables
medios de comunicación, dirigida al desprestigio de lo que se entiende
comúnmente por sindicalismo; campaña que ha sido calificada de
despiadada por parte de uno de los dirigentes de CCOO, puesto que
contra esa organización y contra la UGT va dicha campaña,
principalmente. Sin embargo, en plena campaña general contra los
trabajadores, dentro de la cual se enmarca la campaña específicamente
antisindical, hay que pensar que no sólo se pretende propiciar el
descrédito de CCOO y UGT, sino, sobre todo, la degradación del propio
concepto de sindicalismo, puesto que el sistema sabe perfectamente
(por ello las tiene a su servicio) que cualquier parecido entre CCOO y
UGT y el auténtico sindicalismo es mera coincidencia. Y ese
sindicalismo auténtico es el que no sólo no está obsoleto, sino que
sigue siendo tan necesario como siempre.

En la situación actual, en la que nos encontramos ante una más de las
crisis periódicas del capitalismo, lo que está obsotoleto es el
supuesto sindicalismo practicado por esas organizaciones
colaboracionistas y pactistas, puesto que cuando existe cierta bonanza
económica es fácil conseguir de los capitalistas algunas migajas del
gran pastel, a cambio de las cuales ellos consiguen la paz social.

El único sindicalismo válido en estos tiempos es el sindicalismo
genuino, el sindicalismo combativo y revolucionario; en suma: el
anarcosindicalismo preconizado por la CNT, porque en los tiempos
difíciles sólo con dura lucha se pueden alcanzar conquistas económicas
y sociales, al tiempo que se potencian los mecanismos de autodefensa
de los trabajadores, pues para la autodefensa y la lucha nacieron,
precisamente, los primeros sindicatos dignos de tal nombre.

Es palpable la incomodidad que sienten los dirigentes de CCOO y UGT al
verse maltratados por sus amos, pero ¿qué creían?. Han podido
comprobar (como otrora los asesinos de Viriato) que Roma no paga a
traidores, o que -como dijo el clásico- el traidor no es necesario,
siendo la traición pasada. Después de más de treinta años de actuar en
connivencia con el Poder y en contra de los intereses de los
trabajadores, no les queda traición alguna que cometer, por lo que ya
no les necesitan, prácticamente, quienes siempre les han utilizado.

Lo cierto es que desde los primeros años de la llamada Transición se
potenció -con el apoyo entusiástico de CCOO y UGT- un tipo de
sindicalismo vertical, en nada distinto del franquista, y se ideó el
sistema de elecciones sindicales, con la intención de que los comités
de empresa suplantaran al verdadero sindicalismo de clase. Toda una
serie de pactos sociales, y la promulgación del llamado Estatuto del
Trabajador y de la paradójicamente denominada Ley Orgánica de Libertad
Sindical, completaron la operación. Así, la Patronal y el Estado se
salían con la suya, y los sindicatos mayoritarios conseguían, a
cambio, la financiación de sus estructuras pasando a ser verdaderas
instituciones del Estado, con cargo a los Presupuestos Generales del
Estado y a los de las Comunidades Autónomas.

De esa manera han conseguido una masa trabajadora domesticada,
desmovilizada y desmoralizada. Y es a esa misma masa a la que ahora
pretender movilizar. Nos consta, eso si, que van a poner todo su
empeño en que el paro del día 29 tenga el mayor éxito posible, pues
están en juego sus privilegios; incluso se han dignado dirigirse a
otras organizaciones, intentando formar un frente común, y lo hacen
porque hoy necesitan a quienes durante décadas han despreciado. Ello
demuestra, por otra parte, que el número de afiliados no es lo más
importante, sino la combatividad, y esta la da la conciencia de clase.
El problema deriva, al final, de la existencia de dos clases sociales
con intereses contrapuestos, por mucho que algunos lo nieguen o
intenten disimularlo.

Ha dado mucho que hablar el tema de los liberados sindicales en la
Comunidad Autónoma de Madrid, y nuestra postura es clara al respecto:
que desaparezcan los liberados sindicales (pero todos), que
desaparezcan las subvenciones de cualquier tipo, y que desaparezcan
las elecciones sindicales, puerta de entrada a todas las prebendas y a
todas las corruptelas que el sindicalismo colaboracionista conlleva.
La CNT lleva ya cien años de historia, sin liberados, sin
subvenciones, sin cargos remunerados, sin comités con poder decisorio
(sino simples órganos de gestión) y sin más fuente de financiación que
las cuotas de los afiliados. Nuestra historia, nuestra mera
existencia, e incluso nuestro crecimiento actual, son una prueba
evidente de que así se hace el verdadero sindicalismo, siendo celosos
de nuestra independencia y erigiéndonos en defensores de un
sindicalismo no entendido como fin en sí mismo (eso queda para otros),
sino como medio para la transformación social. Y la transformación
social auténtica no puede lograrse, es obvio, desde la integración en
el sistema, sino mediante la lucha contra él hasta su desaparición.

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