(ca) La crisis en el estado español

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Fri Sep 3 20:48:01 CEST 2010


La crisis europea: repercusiones en el estado español y respuestas de
los trabajadores ----por  Manu García-------   El siguiente artículo
ha aparecido en el número 5, correspondiente a los meses de agosto y
septiembre de 2010, del boletín de la Construcción Sindical de Base
(COSIBA) argentina. -------   El autor, militante sindicalista y
libertario, hace un breve recorrido por los aspectos más
sobresalientes de la actual crisis capitalista en el estado español,
haciendo hincapié en sus efectos sobre la clase trabajadora y en las
respuestas que surgen de sus organizaciones ante las medidas
antipopulares que está implementando el gobierno de Zapatero, en
vísperas de la jornada de huelga general convocada para el próximo 29
de septiembre.--------La crisis en el estado español --------A la
actual crisis que sufre el sistema capitalista a nivel global se le
suman, en el estado español, factores internos que han hecho que sus
efectos sean más profundos y prolongados que en otros países de su
entorno.

Nos referimos fundamentalmente a la gran importancia que había
alcanzado el sector de la Construcción (y derivados) dentro de su
estructura económica, tanto por número de trabajadores empleados y
volumen de facturación como por su papel de motor en el crecimiento
espectacular del PIB español en los años anteriores a la crisis.

Ese boom inmobiliario era en realidad una burbuja especulativa que fue
hinchándose y subiendo, alejándose más y más del suelo, de la economía
real. Bastó que llegara la onda expansiva del terremoto financiero con
epicentro en la banca norteamericana para que estallara
estrepitosamente, llevándose por delante miles de micro-empresas y
cientos de miles de puestos de trabajo, millones si incluimos a
sectores directamente dependientes de la construcción como la madera o
la cristalería y calculamos el efecto que está teniendo para el
conjunto de la actividad económica el hecho de que su motor principal
se haya detenido. A día de hoy, uno de cada cuatro españoles en edad
de trabajar está cesante.

La respuesta del gobierno

Ante la perspectiva de que los bancos españoles pudieran sufrir
desplomes similares a los de sus homólogos norteamericanos y europeos,
el Estado se aprestó a tapar ese peligro potencial de agujero
financiero llenándolo con dinero público.

Esa inyección de un Estado con tan débil presión fiscal como el
español (y más tras reducirle el gobierno los impuestos a los que más
tienen) fue la principal causa del crecimiento de un déficit que ahora
se intenta subsanar mediante recortes del gasto social,
privatizaciones, reducciones de salarios a los trabajadores del sector
público y subida de impuestos sobre el consumo (que son los que más
afectan a las clases populares).

Las soluciones a la crisis española propuestas por el Fondo Monetario
Internacional y la Unión Europea no pasan por la regulación del
sistema financiero (por supuesto ni hablar de su nacionalización, a no
ser que hablemos de nacionalización de sus pérdidas) o por el impulso
real de un nuevo modelo productivo menos centrado en la especulación y
el uso extensivo de mano de obra barata y más abocado a la I+D y la
formación profesional, con estabilidad en el empleo y salarios con
capacidad de compra, dos líneas de actuación perfectamente asumibles
dentro del marco de una economía capitalista. No se trata de
propuestas necesariamente socialistas ni revolucionarias, pero los
tiburones de la industria y las finanzas no están dispuestos a ceder
ni un ápice y pretenden mantener sus tasas de rentabilidad intactas y,
si pueden, ampliarlas, a costa de una explotación aún mayor de las
clases populares, principalmente desregulando aún más el mercado de
trabajo.

Ése es el objetivo de la reforma laboral que, tras más de un año de
tiras y aflojas en la “mesa del diálogo social” (donde se sientan
patronal, gobierno y las dos mayores confederaciones sindicales, CCOO
y UGT), el gobierno presentó en junio. La reforma contempla, entre
otras cuestiones lesivas para los intereses de los trabajadores, un
abaratamiento del despido, ataques a la negociación de convenios
colectivos, una rebaja de cotizaciones a la Seguridad Social para las
empresas o el fomento del trabajo a tiempo parcial.

Tenemos así una postal similar a la de otros países europeos: la idea
es que la crisis generada por los capitalistas la paguemos los de
abajo.

La respuesta sindical

De todas las medidas incluidas en la reforma, CCOO y UGT se han
mostrado particularmente molestos por las modificaciones en la
negociación colectiva, que reducen el poder de presión de los
sindicatos para influir en las condiciones de trabajo en los
diferentes sectores productivos, permitiendo la introducción de las
llamadas “cláusulas de descuelgue” para los convenios colectivos
sectoriales, convirtiéndolos en papel mojado si así lo decide la
negociación a nivel de empresa, donde la patronal puede emplear mejor
la baza del chantaje de la competitividad con otras empresas y países.

CCOO y UGT han convocado una jornada de huelga general para el 29 de
septiembre. La elección de una fecha tan tardía no es casual.
Retrasando la huelga hasta finales de septiembre pretenden ganar
tiempo para prepararla, tras las vacaciones de verano (en España julio
o agosto suelen ser los meses en que se toman), confiando además en no
verse obligados finalmente a convocar una huelga que, en realidad,
temen más que el gobierno y la patronal.

Ya el 8 de junio pasado las dos confederaciones convocaron una huelga
de los trabajadores del sector público contra los recortes salariales
decretados por el gobierno y, a pesar de que es el sector más
sindicalizado, con mayor porcentaje de trabajadores fijos y con menor
riesgo de represión sindical, la jornada fue un fracaso: CCOO y UGT no
supieron capitalizar el enorme descontento existente por las medidas e
incluso muchos de sus afiliados no secundaron el paro.

Los motivos de esta lamentable debilidad sindical, por supuesto, son
diversos, pero no podemos dejar de plantear el papel que ha jugado en
ello la burocratización, hasta extremos grotescos, de los aparatos
sindicales en el estado español y su alejamiento de las realidades,
necesidades e intereses del mundo del trabajo. Eso ha repercutido en
unas tasas de sindicación escasísimas, sobre todo en los sectores con
mayor presencia de mano de obra juvenil, femenina e inmigrante y donde
la precariedad es más fuerte: allí UGT y CCOO son prácticamente
inexistentes y la poca presencia sindical que consigue implantarse lo
hace a través de otros referentes.

El sindicalismo de clase, de base y combativo se organiza en su
inmensa mayoría fuera de CCOO y UGT. El modelo sindical español no es
unitario y favorece la existencia de una multiplicidad de
organizaciones sindicales: de empresa, sectoriales, nacionales (hay
que tener en cuenta la fuerte presencia de la cuestión nacional en el
estado español, que sobre todo tiene su reflejo a nivel sindical en el
País Vasco) o respondiendo a diferencias ideológicas, tácticas,
estratégicas, a intereses corporativos, vinculación a partidos o
movimientos… lo que configura un panorama complejo en el que si bien
CCOO y UGT tienen la representación formal de la mayoría de los
asalariados, la situación varía enormemente geográfica y
sectorialmente, habiendo un buen número de ejemplos en los que la
llamada “izquierda sindical” consigue disputarle la hegemonía (y a
veces lo logra) al amarillismo.

Un ejemplo de ello es la lucha en el “subte” de Madrid (cuando
escribimos estas líneas, 16 de julio, el proceso aún no se ha cerrado)
contra los recortes salariales que el gobierno regional les quiere
imponer a sus miles de empleados. Su importancia, además del carácter
estratégico del servicio (que se presta a millones de personas cada
día) y del número de trabajadores implicados en ella, es su
ejemplariedad: el alto nivel de unidad, de combatividad y de
compromiso alcanzado, además de colocar la asamblea como órgano de
decisión y hacer un uso a fondo de la huelga (un método que está en el
punto de mira de los voceros de la patronal, que arguyen la necesidad
de una ley que la limite aún más, con el pretexto de la “protección de
los derechos de los ciudadanos”).

Este proceso puede marcar un camino a seguir para otros colectivos de
trabajadores, si los compañeros del “subte” consiguen imponerse a las
mentiras del gobierno regional y de la prensa burguesa (que tratan de
desprestigiarles ante la opinión pública), evitar las maniobras de
quienes tratan de dividirles y doblar finalmente la mano a la
dirección, obligándola a que acepte sus reivindicaciones.

Manu García


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