(ca) ¿Maldita Irlanda?

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Mon Jun 16 13:54:35 CEST 2008


En las jornadas anteriores a la celebración del referendo irlandés sobre
el llamado tratado de Lisboa la plaga de nuestros opinadores se ha
agarrado a dos clavos. Si, por un lado, nuestros todólogos han señalado
que las razones que parecían inducir a muchos irlandeses a rechazar el
texto en cuestión remitían a perspectivas mentales y horizontes
ideológicos extremadamente dispares, por el otro han aducido hasta la
extenuación que no parecía razonable aceptar que lo que decida un país
pequeño, poco poblado y nada relevante determine lo que en el futuro ha de
ser la Unión Europea.

A decir verdad, nada mayor hay que oponer, en sentido estricto, a esas dos
afirmaciones, y ello por mucho que sea posible —que sea indispensable—
darles algún revolcón. Y es que, y para empezar por la primera, lo suyo
hubiera sido que nuestros opinadores hubiesen tenido a bien recordar que
también son extremadamente dispares las razones que han invitado a tantos
a respaldar el texto aprobado en Lisboa. No sólo eso: la idea de que los
detractores del tratado son por definición gentes fuera del mundo,
dramáticamente desinformadas y egoístas, tiene poco sustento: en esto de
la desinformación más bien parecen despuntar los partidarios de aquél, por
lo general dóciles ciudadanos dispuestos a acatar lo que dan por bueno las
cúpulas dirigentes de los partidos con que se alinean.

Por lo que a la segunda de las afirmaciones se refiere, lo que debe
certificarse es un sorprendente silencio: Irlanda es el único Estado de la
Unión Europea que ha organizado un referendo con respecto al tratado de
Lisboa. Si alguien se pregunta por qué los demás no han seguido un camino
similar, la respuesta parece sencilla: porque a los diferentes gobiernos,
o a la mayoría de ellos, les sobran las razones para concluir que, a
manera de lo que acaba de ocurrir, perderían esas consultas. No está de
más agregar, claro, que Irlanda ha sido en el último decenio la niña
bonita de la UE, el país en el que ésta parece haber operado los mayores
prodigios. Si el tratado ha naufragado allí donde más lógico hubiera sido
que los ciudadanos se declarasen hechizados por todo lo que llega de
Bruselas, ¿qué es lo que no estará llamado a ocurrir en los muchos lugares
en los que la UE realmente existente se percibe con menos entusiasmo?

Es urgente que, en un escenario como éste, de franca e interesada
simplificación, escapemos a los muchos lugares comunes que nos acosan.
Así, y en primer lugar, bueno será que nuestros todólogos dejen de
demonizar a los detractores del tratado de Lisboa, y dejen, en particular,
de colgarles el sambenito de antieuropeos: el tiempo dirimirá quién es
quién. En segundo término, hay que plantar cara a la sugerencia, por
momentos omnipresente, de que lo razonable y lo democrático es garantizar
que la ratificación del tratado de Lisboa se produzca vía parlamentos. O
lo que es lo mismo: conviene colocar en su sitio a quienes, con lamentable
descaro, sostienen que los referendos configuran un camino torcido a la
hora de tomar las decisiones importantes. A algunos nos gustaría
certificar –dicho sea de paso— que el paseo militar que el patético
referendo español de febrero de 2005 supuso sería literalmente impensable
hoy, con una opinión pública, la nuestra, que pese al ejercicio de
desinformación y manipulación al que se han entregado la mayoría de
nuestros medios, parece haberse percatado, bien que tarde, de que no es
oro todo lo que reluce en esta Unión Europea firmemente decidida a alentar
la semana de ciento cincuenta horas.

Bueno será que denunciemos, en suma, cualquier intento de repetir el
triste espectáculo al que hemos asistido desde que la mayoría de los
franceses y de los holandeses rechazaron, en la primavera de 2005, el
tratado constitucional: sólo en virtud de un ejercicio de cinismo malsano
puede afirmarse, en singular, que el texto sobre el que se han pronunciado
los irlandeses es diferente del que rechazaron galos y neerlandeses. En
paralelo, hay que asumir sin dobleces que el texto aprobado en la capital
portuguesa el pasado otoño no es ese dechado de perfecciones que tantos
aprecian y merece dormir, por un sinfín de motivos, en un cajón lateral de
la mesa de algún alto funcionario de ésos propicios a aceptar las
presiones que emanan de algún lobby transnacional.

Empeñarse en promover con argucias y malas artes el texto que muchos
irlandeses acaban de rechazar se antoja, por cierto, pan para hoy y hambre
para mañana. Y es que, si como tantos temen, el tratado de Lisboa sale,
pese a todo, adelante, pronto se hará evidente que la distancia entre
ciudadanos y elites políticas en la UE empieza a ser inquietantemente
alarmante.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Poítica en la Universidad Autónoma de
Madrid y colaborador de Bakeaz.




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