(ca) cgt catalunya: Actualizar el anarquismo sin adulterar lo Artículo de Tomas Ibañez

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Sab Mar 30 08:01:28 CET 2019


Hace ya algún tiempo escribí que "no hay anarquismo más auténtico que lo que es capaz de 
lanzar hacia sí mismo la más implacable de las miradas críticas". Las actitudes dogmáticas 
son tan ajenas al pensamiento libertario que lejos de considerar sus formulaciones como 
verdades intocables, este manifiesta más bien una total apertura a la renovación. El único 
criterio al que debe obedecer a su indispensable y permanente puesta al día es el de la 
solidez de los argumentos en favor de tal o cual actualización. ---- Por ejemplo, la 
expansiva y acelerada digitalización del mundo ofrece serios argumentos para considerar 
que el anarquismo debe actualizar sus concepciones sobre el Poder, así como sus 
planteamientos sobre la Libertad. Pero, aunque no fuese la era digital la que exigiera 
estas actualizaciones, aquí están las aportaciones de pensadores tales como Michel 
Foucault para urgir a estas revisiones sin que nadie tenga que rasgarse las vestiduras. 
Sin embargo, estas reformulaciones, a veces drásticas, no implican en absoluto que el 
anarquismo tenga que renunciar a luchar contra el Poder, ni desistir de su combate por la 
libertad, porque dejaría ipso facto de ser anarquismo.

En esta misma línea, también existen fuertes argumentos para considerar que los cambios 
acaecidos en el ámbito económico, político y tecnológico están modificando las 
características y las funciones tradicionales del Estado. Lo cual obliga a adecuar, 
correlativamente, la comprensión que tenía el anarquismo clásico de esta institución, ya 
tratar el Estado como un elemento resultante y no como un factor causal de los mecanismos 
y de los dispositivos de la gobernabilidad. Sin embargo, al igual que en el punto 
anterior, esta reformulación no significa, ni remotamente, que el anarquismo tenga que 
dejar de lado su lucha contra el Estado.

También encontramos en el intenso conflicto político que se vive actualmente en Cataluña 
una serie de dilemas que parecen obligar al movimiento anarquista a repensar seriamente 
algunos de sus supuestos. Apartándose, por absolutamente improcedentes, argumentos como 
los que se esgrimían en otros tiempos cuando se decía que si no apoyan el régimen 
soviético, o incluso, si no t'abstenies de criticarlo, estabas alineándose té 
objetivamente con el bando imperialista, aunque queda por valorar las razones aducidas 
para revisar determinados principios anarquistas que militan contra la implicación 
libertaria en las luchas por la independencia de Cataluña.

Tanto si los que animan estas luchas se definen como nacionalistas, como si rechazan este 
término y se califican de independentistas -Analizar más adelante esta distinción- es 
obvio que el objeto que ambos desean independizarse es exactamente lo mismo, y no es otro 
que la nación catalana. Por lo tanto, lo primero que tenemos que examinar es si existen 
serios argumentos para considerar que después de los cambios experimentados por el 
concepto de nación, el anarquismo también debe actualizar los análisis que le llevaron 
tradicionalmente a cuestionar que la nación pudiera constituir la base sobre la que 
construir una sociedad de libertad entre iguales.

Es diu que la nació ja no està llastrada pels components xenòfobs, identitaris i 
patrioters que li caracteritzaven antany, i ha passat a ser una entitat oberta i 
inclusiva. No obstant això, resulta que la variació respecte de l'antic concepte de nació 
és ínfima, perquè excepte postures de tipus nacionalsocialista i similars que defensaven, 
i que segueixen defensant, una concepció esencialista de la nació, basada en criteris 
genètics, aquesta ha estat definida habitualment a partir de la història compartida, de la 
llengua pròpia, de la cultura comuna i, sobretot, sobre la base de la voluntat de 
pertinença a una entitat col·lectiva que queda definida d'aquesta forma com una nació, i 
que solament es manté com tal mentre existeix aquesta voluntat. És fins i tot aquesta 
manifestació de voluntat de pertinença a una mateixa comunitat la que s'ha usat 
tradicionalment com a criteri últim de l'existència d'una nació.

Si el concepto de nación no ha cambiado sustancialmente es porque ya faltaba en el pasado 
(salvo la excepción a la que me he referido) de connotaciones identitarias de tipo 
genético, para estas connotaciones ya existía, lamentablemente, el concepto de raza. De 
hecho la nación es una construcción social creada en el proceso de formación de los 
estados modernos, precisamente, para ayudar a este menester. Resulta pues, que si no se ha 
modificado de forma sustancial el concepto de nación tampoco hay argumento para urgir a 
una modificación de la postura tomada al respecto por el anarquismo, tanto menos cuanto 
que el recurso al concepto de nación sigue teniendo , como siempre ha sido, la función de 
promover o justificar la constitución de un estado.

A diferencia de la idea de nación, el nacionalismo sí ha sido asociado tradicionalmente a 
sentimientos identitarios y xenófobos, por lo que aunque no existan razones para modificar 
la postura anarquista respecto de la nación, tal vez hayan aparecido nuevos argumentos 
sobre el nacionalismo que obliguen a reconsiderar su radical rechazo. Lo que ocurre es que 
en este caso ni siquiera hay causa para que, por razones obvias, nadie, al menos desde 
posiciones que no son reaccionarias, cuestiona hoy la contundente crítica al nacionalismo.

Esta crítica está incluso tan ampliamente asumida que determinados sectores como, por 
ejemplo, la CUP, se declaran independentistas no nacionalistas, llegando a acuñar 
conceptos tan escabrosos como el de independentismo sin fronteras. Una fórmula a la que, 
siendo indulgentes, se le podría dar algún sentido diciendo que pretende transmitir la 
idea de crear un país con una mayor permeabilidad para acoger a inmigrantes, pero aun así 
se trataría de un territorio enmarcado en unas delimitaciones que, en "román paladino", se 
denominan fronteras por muy permeables que estas puedan ser.

Ahora bien, si, exceptuando la derecha xenófoba, nadie cuestiona la necesidad de una 
férrea oposición al nacionalismo, cabe preguntarse si, más allá de las denegaciones 
retóricas, el independentismo se diferencia del nacionalismo hasta el punto de poder 
sustraerse a semejante rechazo. La cuestión no es menor que el independentismo apela a dos 
principios que, formulados genéricamente, están de acuerdo con lo que defiende el 
anarquismo: el derecho a decidir, y la libre autodeterminación de los individuos, los 
colectivos y las comunidades, transformada esta formulación en clave independentista en la 
autodeterminación de los pueblos.

Es obvio que desde el anarquismo no se puede poner trabas a los que quieran independizarse 
de un colectivo mayor en el que están incluidos, otra cosa es que se tenga que colaborar 
en tal empresa, o abstenerse de criticarla, según sea lo que se pretende independizarse.

Formulado genéricamente el "derecho a decidir" forma parte de los principios anarquistas, 
aunque quizá sería bien sustituir el concepto de "derecho a decidir" por el de "libertad 
de decidir", ya que al hablar de "derechos" entramos necesariamente en el ámbito jurídico, 
y por tanto en un sistema reglado de sanciones para disuadir la transgresión de los 
derechos y para castigar su violación, lo que se compagina mal con el proyecto anarquista.

En este caso el derecho a decidir remitente muy precisamente al derecho que tiene la 
población catalana a permanecer oa separarse del resto de los componentes del Estado 
español apelando al principio de la libre autodeterminación de los pueblos. Si este es el 
contexto preciso en el que se inserta el derecho a decidir, no es posible obviar el hecho 
de que históricamente las luchas por la autodeterminación de los pueblos (donde, por 
cierto, el término "pueblo" es en realidad sinónimo del término "nación") han consistido 
en un enfrentamiento entre dos nacionalismos, el dominante y el sometido, que se 
caracterizan ambos por ser necesariamente * interclasistas.

Si las insurrecciones populares nunca son transversales, y siempre encuentran en las 
clases dominantes formando piña en un mismo lado de las barricadas, resulta, por el 
contrario, que en los procesos de autodeterminación el componente interclasista desdibuja 
la separación entre los dos lados de estas barricadas y siempre hermana a los explotados y 
los explotadores detrás de un objetivo común que nunca consiste en abolir las 
desigualdades sociales. Por eso los procesos de autodeterminación de las naciones siempre 
acaban reproduciendo la sociedad de clases, volviendo a subyugar las clases populares 
después de que éstas hayan proporcionado la principal carne de cañón en estas contiendas.

Por supuesto, esto no significa que no haya que luchar contra los nacionalismos dominantes 
y procurar destruirlos, está claro que tenemos que hacerlo, pero denunciando 
constantemente los nacionalismos que pretenden asentar y cerrar su propio pero, en lugar 
de confluir con ellos . El independentismo tiene a fin de cuenta el mismo objetivo que el 
nacionalismo aunque justifique de forma diferente su lucha para sustraer una nación a la 
dominación de otra, pero esto no cambia la naturaleza de su propósito, y éste nada tiene 
ver con las luchas contra la dominación social y la explotación económica. El hecho de que 
además de ser independentista se profesen también posturas revolucionarias no afecta la 
naturaleza del primero, que es indefectiblemente nacionalista.

Si no hay buenas razones para involucrarse desde el anarquismo en la lucha independentista 
ni por abstenerse de criticar a sus presupuestos, quizás podríamos ser sensibles a las 
ventajas que proporcionaría la fragmentación del Estado español y la creación de un Estado 
catalán de tamaño mucho más reducido. En efecto, ya que el anarquismo es enemigo 
irreconciliable del Estado, cuanto más diminuto sea el enemigo más fácil debería resultar 
terminar posteriormente con él, y, en cualquier caso, menor será su potencial opresivo, 
sin contar que en ser más cercano a sus súbditos también será más controlable por estos.

Quienes justifican su participación en la creación de un nuevo Estado sobre la base de 
este tipo de consideraciones parecen ignorar por completo que es precisamente esta mayor 
proximidad y menor tamaño de las instancias de gobierno lo que buscan los nuevos 
procedimientos estatales para conseguir un mejor y más férreo dominio sobre el que se 
trata de gobernar.

Recurriendo a argumentos más prosaicos para justificar la implicación libertaria en el 
proceso independentista se argumenta que como no tenemos nada que perder, ni con la 
obtención de la independencia, ni con la proclamación de la república, no hay motivos, por 
tanto, por no ayudar a conseguir estos objetivos que servirían, como mínimo, para alterar 
el panorama habitual. Lo que ocurre es que es muy fácil darle la vuelta al planteamiento y 
preguntar si tenemos algo que ganar con esto, porque de no ser el caso entonces queda 
totalmente en duda la razón por la que deberíamos ayudar en lugar de abstenernos, excepto 
si las razones para ayudar nada tuvieran que ver con el argumento según el cual nada 
tenemos que perder.

Está claro que la independencia no constituye, por sí, ninguna aportación apreciable a la 
causa de la libertad entre iguales, como tampoco lo hace la república ya que la lucha 
anarquista no puede remitir a la forma jurídico-política de la sociedad que pretendemos 
construir, sino al modelo social que propugnamos, anticapitalista, y beligerante contra 
cualquier forma de dominación.

Artículo de Tomas Ibañez.
Publicado originalmente en la revista Al Margen # 105, Valencia Marzo 2018

http://www.cgtcatalunya.cat/spip.php?article13097#.XJoDJN9fjCI


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