(ca) FAI Tierra y Libertad #368 - El crédito y las contradicciones del capitalismo moderno (it)

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Sab Mar 16 07:17:44 CET 2019


El sistema capitalista es intrínsecamente contradictorio en su modo de ser y de operar. 
Por un lado, se funda en el movedizo enriquecimiento, en la acumulación y en la 
concentración de la riqueza, a través de la sistemática aplicación del principio de pagar 
poco y vender caro, es decir, tomar de los otros lo más posible y dar a cambio lo menos 
posible. Por otro lado, sin embargo, todo ello se basa en una red de relaciones para cuyo 
mantenimiento y ampliación es necesario gozar de una buena reputación e inspirar confianza 
no solo a clientes y proveedores, sino también a acreedores y deudores. De hecho, 
normalmente el ejercicio empresarial se desarrolla, aparte de con el empleo de capital 
propio, también solicitando crédito, la mayor parte de las veces para poder pagar a los 
demás. La obtención y la concesión de crédito son operaciones indispensables en vista de 
la ampliación del volumen de negocios y de la posibilidad de beneficio, incluso para hacer 
frente a la competencia, que en cualquier caso funciona, pudiendo de tal manera asegurarse 
una ventaja desmesurada.
Más en general, la confianza, la fiabilidad y el crédito son los elementos esenciales y 
pilares fundamentales en su sistema socioeconómico basado en los intercambios y en la 
expectativa del respeto por las acciones contractuales y del reconocimiento de cuando se 
adeuda a cada uno en base al ordenamiento jurídico vigente. En la práctica, muy a menudo 
el intento depredador y la avidez tienden a exceder, desnaturalizar y trastornar derechos, 
garantías e incluso relacione crediticias y fiduciarias. A veces esto sucede de forma 
subrepticia y no inmediatamente perceptible o, en otras ocasiones, de manera clara, y 
finalmente con procedimientos legislativos tendentes a hacer legítimos y no perseguibles 
unos comportamientos que antes eran condenados por la ley.
Por lo que concierne al crédito en particular el que, por su misma naturaleza, no puede 
hacer otra cosa que infundir confianza y buena reputación, es en todo momento transparente 
una especie de descuido o benévola negligencia o sospechosa ineficacia a la hora de 
sancionar y, sobre todo, prevenir e impedir la violación de los derechos patrimoniales de 
los ahorradores, la confianza del público y el interés general en el correcto y ventajoso 
funcionamiento del sistema crediticio y financiero.
No es una forma de hablar sino una realidad absoluta que las instituciones crediticias 
prestan esencialmente dinero pero no ellas directamente, sino que se han comprometido 
contractualmente a devolverlo a otros. Sobre todo, el mecanismo de multiplicación de los 
depósitos, que se determina por el efecto de la creación de depósitos acumulativos a 
través del préstamo y la puesta a disposición del dinero recibido en depósito, es decir, 
en custodia, definida en sí como "irregular", que constituye un objetivo factor del azar. 
De hecho, esto opera en concreto de manera que niega en los hechos lo que los bancos y los 
otros intermediarios crediticios garantizan contractualmente, que es la posibilidad para 
todos los impositores de obtener la restitución de lo que han depositado.
Dado el carácter objetivo del azar y la precariedad connatural al modo de ser y funcionar 
del crédito en el sistema capitalista, lo mínimo que se puede esperar es el máximo cuidado 
en la concesión y gestión del crédito, particularmente en la selección de la clientela de 
la que fiarse y de las iniciativas empresariales a financiar. Solo la perspicacia en la 
clientela y una cuidada cuantificación y reparto del crédito pueden garantizar la 
devolución en plazos razonables de las cantidades prestadas y el pago de los intereses, y 
la contención de las pérdidas dentro de los límites asumibles por efecto de 
acontecimientos difícilmente predecibles. Pero corrección y rigor en el manejo del dinero 
ajeno solo son una opción en el modo de gestionar el crédito por parte de una gran 
cantidad de banqueros pequeños y grandes, y, más en general, parecen en contradicción con 
la naturaleza misma del sistema capitalista.
Este sistema, bien mirado, es por su naturaleza invariablemente puesto en crisis o en 
discusión no solo en casos de ajustes de cuentas, como sucede cuando los depositarios se 
presentan en masa a pedir la restitución de sus capitales sino, como subrayaba Marc Bloch, 
en caso de una verificación general de las posturas deudoras crediticias. En otras 
palabras, el capitalismo moderno simplemente no se puede permitir garantizar el perfecto 
funcionamiento del sistema, que en absoluto estaría de acuerdo con los principios, siempre 
agitados, respecto de los derechos contractuales y de propiedad, y de equivalencia de las 
prestaciones correspondientes.
Y esto no solo por los actos fraudulentos y estafadores de algunos, sino sobre todo por la 
naturaleza y las modalidades de funcionamiento del sistema crediticio, de ahorro e 
inversión, especialmente si se pertenece a las clases menos pudientes e influyentes, como 
incluso la experiencia reciente demuestra de una manera clara, que pueden a menudo verse 
privados de sus haberes, sin esperanza real alguna de que un juez o un político les ayude 
a recuperarlos. Todo esto parecería venir a confirmar la afirmación de que un sistema 
capitalista que se entregase a hacer lo efectivamente correcto y riguroso, además de 
igualitario y no injusto, el ejercicio del crédito en su interior, se desnaturalizaría, se 
convertiría en algo muy diferente de lo que siempre ha sido desde su creación. La 
transformación de este elemento esencial y vital del capitalismo sería tan relevante que 
sería correcto en tal circunstancia hablar no de supervivencia de otra forma del sistema 
preexistente sino de su cese o sustitución.
De un punto de vista de alguna manera análogo partían Proudhon y los mutualistas cuando, a 
mediados del siglo XIX, propugnaron la transferencia del control de las relaciones 
económicas, de los banqueros y capitalistas a los trabajadores, y fueron tildados de 
pequeño-burgueses o charlatanes.
Parece que todavía se puede afirmar que, incluso en el ámbito de un ordenamiento 
capitalista, no existe motivo alguno por el que los comerciantes, banqueros o financieros 
deban continuar gestionando por sus propios intereses, frecuentemente en contraste patente 
con los de la colectividad y el código penal, el dinero de los trabajadores, pensionistas 
y pequeños ahorradores, sin que estos puedan influir mínimamente en su gestión y ni 
siquiera estar garantizados ante estafas, fraudes y enredos. Por otro lado, no se ha dicho 
que la reforma radical de un pilar esencial del sistema no está dispuesta a sufrir 
transformaciones de amplio calado que lo conduzcan a un sistema diferente, menos injusto, 
menos irracional y menos orientado al despilfarro y a la destrucción de recursos.

Soberanistas, identitarios y charlatanes
Charlatán es aquél que se aprovecha de la buena fe y de la credulidad de los demás en 
beneficio propio, la mayor parte de las veces aparentando habilidades, conocimientos y 
certezas que no posee.
El objetivo del charlatán no es proporcionar un servicio o resolver un problema a 
cualquiera, sino, fingiendo tal intención, buscar convertirse en un parásito y 
enriquecerse a su costa.
Obviamente, el charlatán no puede presentarse como tal abiertamente. Debe simular o 
exagerar aspiraciones, pasiones y sentimientos por lo general completamente ajenos a él o 
bien vividos con una intensidad muy inferior a la manifestada en las ocasiones públicas.
Campos privilegiados del ejercicio de la charlatanería son la política, la religión, la 
medicina y las finanzas, por las enormes posibilidades que ofrecen de vender humo y 
hacerse mantener por el prójimo.
Entre los charlatanes, los menos dotados y más desacreditados se inclinan normalmente por 
la política, colocándose acríticamente al servicio de cualquier causa y simulando total 
fidelidad y abnegación hacia ella, salvo que cambien de líder, idea y empleo apenas surja 
la oportunidad.
Siempre se ha dicho que en las clases pudientes al hijo inteligente se le dejaba la 
empresa familiar, mientras que al pícaro se le dedicaba a la carrera eclesiástica y al 
bueno para nada pero capaz de todo se le destinaba a la política.
Puede parecer injusto y caricaturesco generalizar de tal manera, y quizás lo sea.
Se tiene todavía la impresión, a juzgar por las experiencias recientes de países como 
Italia y Estados Unidos, que no se está muy alejado de la realidad al expresar juicios 
drásticos similares sobre la calidad del personal político, tanto el del gobierno como el 
de la oposición.
Es un as en la manga que en todo tiempo ha permitido superar impedimentos intelectuales y 
culturales, y recuperar éxitos en la arena política.
Particularmente eficaz ha resultado en la confrontación política en todo tiempo, de hecho, 
simular desenfrenados sentimientos patrióticos e identificarse con raíces nacionales e 
identitarias y con la defensa o reivindicación de la soberanía del propio país o de la 
propia región.
Esta propensión parecería todavía más arraigada últimamente, sobre todo aunque no 
exclusivamente, en los países citados, probablemente por efecto de una cierta caída o 
declive mental o analfabetismo político.
El éxito de los pioneros y promotores de esta cómoda manera de aprovecharse de la 
ingenuidad del prójimo y vivir como un pachá a su costa ha producido las más de las veces 
un efecto de emulación y competición, y una proliferación hoy más que nunca fuera de 
control de partidos y movimientos guiados por tal hatajo de ceporros y sinvergüenzas.
El secreto del éxito de tales sujetos parece residir en su disposición para todo, o sea, a 
cualquier acción, complicidad, mentira, arrogancia, cambio de chaqueta y traición, que 
otros rechazarían con horror y vergüenza. Y, en efecto, el secreto de estos movimientos y 
de sus líderes normalmente consiste en potentes apoyos financieros orientados a conseguir 
el control de partidos, medios de comunicación, votos y campañas electorales.
Tarea de los medios de comunicación controlados es transformar sistemáticamente errores, 
estupideces, inexactitudes, desastres, actitudes maleducadas y cabriolas léxicas del líder 
en manifestaciones de gran capacidad política o, según los casos y las necesidades, en 
descontextualizaciones, malentendidos, incomprensiones, errores de comunicación o mala fe 
y traición de los otros.
Se ha llegado al punto en que, más que nunca, se puede definir a la edad contemporánea 
como era de la post-verdad.
En realidad se debe sobre todo a la constante deformación de la realidad de los hechos por 
parte del poder y al éxito de muchas formaciones políticas y el carisma de sus jefes, que 
no por casualidad, pasan por ser grandes comunicadores y a veces lo son verdaderamente.
Obviamente la propaganda de este tipo de movimientos, para tener éxito, debe 
necesariamente incidir en las dificultades y problemas de la gente, las más de las veces 
recurriendo a la tradicional práctica del chivo expiatorio. La culpa de cualquier cosa, de 
la pobreza al paro, pasando por la mala calidad o carencia de los servicios públicos, debe 
siempre recaer sobre las minorías marginadas, migrantes, países extranjeros y complots de 
todo género.
Creencias de este tipo no tienen necesidad de demostración, sino que presentan grandes 
analogías con la religión, la magia, la alquimia y las supersticiones y, como tales, 
normalmente son a prueba de bombas, es decir, de la verdad.
En tal contexto, la defensa de la soberanía y de la identidad se realizará impidiendo la 
libre circulación de personas y mercancías entre las naciones, y con la vuelta a las 
monedas nacionales y a las políticas aduaneras proteccionistas.
Especialmente en materia de economía, fisco y finanzas, se tiene siempre alguna solución 
sencillísima al alcance de la mano incluso para los problemas más complejos y las 
situaciones más graves. Para la vuelta a la prosperidad y a niveles elevados de desarrollo 
sería suficiente la vuelta a la moneda nacional, el redimensionamiento drástico de la 
deuda fiscal, la reinstauración de rígidas y rigurosas barreras aduaneras y la expulsión 
de los migrantes a sus países de origen.
Por supuesto, para cosechar adhesiones y votos de los descontentos y de las personas en 
graves dificultades, no hay que señalar todas las dificultades o imposibilidades objetivas 
que las medidas adoptadas comportan.
A título de ejemplo, en lo que concierne al caso italiano, hay que subrayar que la enorme 
deuda pública acumulada, en gran parte por actividades exteriores, deberá ser reembolsada 
al viejo valor de la moneda común y, casi seguro, a tasas de interés muy superiores a las 
de la zona euro.
Esta exigencia requeriría todavía más rigor en la gestión del gasto y de los ingresos 
públicos.
No habría sitio, evidentemente, para devaluaciones de la moneda nacional, drásticas 
reducciones de la presión fiscal y financiación del gasto público deficitario, o sea, a 
través de la emisión de bonos por parte del banco central nacional o la posterior 
expansión de la deuda pública.
Y es a esto a lo que se alude cuando se habla de la recuperación de la soberanía nacional.
Un hipotético rechazo, siquiera parcial, de la deuda pública sería impracticable no solo 
porque marginaría sine die al país de los mercados internacionales, sino, peor todavía, 
porque le impediría en el futuro recurrir a este medio de financiación, mientras sus 
necesidades continuarían en dirección opuesta.

El crédito y la moneda
Los historiadores y los arqueólogos han constatado que el crédito y también las finanzas 
son muy anteriores al nacimiento de la moneda. Los préstamos y operaciones financieras de 
cierta complejidad han precedido en milenios a la acuñación de las primeras monedas, por 
lo menos en la cuenca mediterránea y en el Medio Oriente, cuna de la que después se 
denominará civilización occidental.
La reconstrucción del proceso histórico ahora trazada en algunos manuales de economía 
política, según los cuales el trueque habría precedido a la moneda, y esta última al 
crédito y a las grandes finanzas después, choca irremediablemente con los resultados del 
trabajo de historiadores y arqueólogos.
El crédito y ciertas formas no particularmente abstrusas de operaciones financieras han 
coexistido durante varios miles de años con el trueque, es decir, con el intercambio de 
bienes sin la utilización de moneda acuñada.
La escritura y también diferentes obras literarias nacieron mucho antes de la aparición de 
las primeras monedas acuñadas en Lidia según Heródoto, a finales del siglo XVII antes de 
nuestra era, y ciertamente no se ha contemplado esa época a la hora de inventarse 
referencias para la determinación del valor en los intercambios.
Milenios antes de la moneda existía eso que Keynes define en su tratado de la moneda como 
moneda de cuenta, o sea, bienes de la naturaleza más variada que se consideran útiles para 
satisfacer necesidades. Esto resulta bastante evidente de la lectura de antiguos escritos 
incluso de contenido no económico, y de obras literarias anteriores a la moneda, como la 
Epopeya de Gilgamesh, y la Ilíada y la Odisea.
Desde un punto de vista temporal sería correcto decir que la moneda nació del crédito y no 
viceversa, pero no merece la pena estrujarse el cerebro, sobre todo porque tal afirmación 
sería válida solo en sentido amplio.
De hecho, la elección de metales preciosos para acuñar moneda es el resultado de una 
selección milenaria de mercancías que poco a poco han sido utilizadas como valores de 
medida, medios de intercambio y bienes de reserva, para después ser sustituidas y otra vez 
volver a tener la misma función en épocas sucesivas, con milenios de distancia.
Hay que subrayar que las sociedades y las economías antiguas, medievales, modernas y 
contemporáneas se han fundado más sobre el crédito que sobre la moneda, la cual a menudo 
ha sido abandonada incluso en largos periodos, mientras que, incluso bajo la forma de 
trueque, el crédito ha seguido funcionando.
Por otro lado, la moneda ha sido una mercancía, aunque en el último periodo en un sentido 
algo vago, hasta llegar todo sumado a época más reciente.
De hecho, y solo con la suspensión formal y la práctica supresión de la convertibilidad 
del dólar en oro, la moneda ha perdido totalmente, y ahora se puede decir que 
definitivamente, su referencia a una mercancía, adquiriendo, como dice Galbraith, una 
personalidad diferente.
Solo con la declaración de inconvertibilidad del dólar del 15 de agosto de 1971, el así 
llamado "Nixon shock", la moneda ha perdido cualquier carácter residual de la medida oro y 
se ha pasado del curso fiduciario del papel al curso forzoso.
Antes del paso al euro, incluso los billetes emitidos por los bancos centrales de los 
países europeos llevaban escrito que el banco pagaría al portador su valor en monedas, 
aunque en la práctica esto no servía para nada, pero era un vestigio de un eficaz curso 
fiduciario, o sea, de efectiva convertibilidad.
El curso forzoso actualmente vigente en casi todo el planeta significa que el portador se 
debe contentar con trozos de papel privados de todo valor intrínseco, cuyo valor de cambio 
está determinado únicamente por el número que lleva impreso. Puede decirse en cierto 
sentido que la moneda ha adquirido naturaleza de puro espíritu, de puro símbolo de valor, 
que era el presagio de muchos filósofos de la antigüedad y del Medioevo, pero también de 
épocas más recientes. Pero también puede decirse, frívolamente, que se ha vuelto otra vez 
y de manera más clara e inequívoca, a una situación en la que son evidentes la primacía y 
el papel de la confianza en el sistema socioeconómico capitalista.
La moneda, los depósitos bancarios y los productos financieros tienen actualmente un valor 
tanto en cuanto suscitan la confianza de que seguirán funcionando como valores y 
disponibilidad líquida fungible, si no inmediatamente, al menos en un plazo razonablemente 
breve. Hay en todo esto un ineludible e innegable elemento de irracionalidad.
Los ahorradores y los inversores, en la práctica gran parte de la humanidad, especialmente 
en situaciones de crisis y de incertidumbre, se ven forzados (y en parte no pueden hacer 
otra cosa individualmente) a guardar, es decir, a atesorar, trozos de papel carentes de 
valor, y confiar en la suerte, con el fin de que les ahorre la bancarrota por haber 
confiado los recursos propios a algún banquero o financiero golfante o incluso incapaz.
En la práctica, los ahorradores y también los productores y consumidores, se comportan de 
manera análoga a la de los primeros tiempos del capitalismo moderno, que en los siglos 
XVII y XVIII atesoraba y se deshacía de monedas de metales preciosos adecuando en la 
práctica la circulación monetaria a las necesidades del intercambio. En la actualidad se 
atesoran trozos de papel sin valor.
Se debe admitir todavía que, al menos en condiciones particulares de crisis, inestabilidad 
e incertidumbre, esas teorías elaboradas hace tanto tiempo con referencia a un 
ordenamiento económico y monetario muy diferente al actual, parecen de alguna manera 
funcionar todavía.
El capitalismo, por efecto de su más reciente evolución, parece ser más vulnerable e 
irracional, pero seguramente se trata en gran medida de apariencia, y las últimas 
transformaciones no han hecho más que hacer más evidente y marcado su carácter natural.

Francesco Mancini

https://www.nodo50.org/tierraylibertad/368articulo7.html


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