(ca) FAI Tera Y Libertad #367 - ¿Raíces cristianas de Europa?

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Sab Mar 2 09:11:26 CET 2019


A propósito de las raíces cristianas de Europa oímos demasiado a menudo decir que las 
instancias políticas que hoy declaran compartir los países europeos, el "pluralismo", la 
"pasión por la libertad", se enraízan en el cristianismo, en el sentirse partícipes de una 
historia común que ha hecho del cristianismo el foco en torno al que se ha definido 
Europa, y que Europa es deudora del cristianismo porque, se quiera o no, le ha dado forma, 
significado y valores. ---- A quien ama la cultura y el arte, y conoce un poco de 
historia, estas afirmaciones le parecen falsas y engañosas, lo mismo que las ostentaciones 
de las propias raíces cristianas por parte de los políticos y gobernantes nada sospechosos 
de apoyar la libertad y la solidaridad. Basta con abrir cualquier libro de historia 
antigua para comprobar que el cristianismo se impuso gradualmente sobre tradiciones 
culturales, como la griega, la romana, las orientales, que durante milenios habían 
producido obras filosóficas, artísticas y científicas, impulsando el desarrollo de las 
matemáticas y de la lógica, dado los primeros pasos en las ciencias naturales. Basta con 
ir más allá de las hagiografías y de las leyendas construidas por el cristianismo mismo y 
adentrarse un poco en la historia de los descubrimientos, de los escritos y de los 
documentos para entender que el cristianismo no se desarrolló en una sociedad sin formas, 
significados y valores, y que por eso mismo, desde el primer momento de su afirmación, 
impuso sus dogmas irracionales.
¿Qué nos cuenta la Historia? Los documentos y los descubrimientos nos hablan de una 
cultura nacida en Atenas un milenio antes, difundida en las ciudades más importantes del 
Mediterráneo a través de las escuelas de insignes filósofos, las obras de famosos 
escultores y los templos de los grandes arquitectos, y prácticamente anulada por el 
cristianismo de los primeros siglos. Todavía hoy lamentamos los daños que los Padres de la 
Iglesia infligieron a la civilización helénica en poco más de doscientos años.
En poco menos de dos siglos, del Edicto de Constantinopla, que legalizaba el culto 
cristiano, al de Salónica, que lo declaraba culto oficial del Imperio, hasta el de 
Justiniano, con el que se cierra la antigua escuela filosófica de Atenas, una buena parte 
de aquel patrimonio cultural fue destruida o entregada a las llamas.
La Historia nos cuenta que apenas entra el cristianismo en los centros de poder, inaugura 
una violenta intolerancia religiosa, nunca vista antes, hacia tanta cultura "pagana" y 
contra quienes, pagándolo con la vida, rechazaban adherirse a este nuevo pensamiento 
absolutista. Muchos de ellos, efectivamente, fueron torturados o asesinados.
Ya con Constantino comenzó una obra de destrucción de templos, de estatuas y de textos de 
la cultura helenística. Su sucesor, el emperador Constancio, ordenó la pena de muerte para 
quienes practicaran sacrificios o idolatría. El emperador Flavio ordenó quemar la 
biblioteca de Antioquía y decretó la pena de muerte para todos los paganos que practicasen 
el culto antiguo a los dioses ancestrales o la adivinación. Bien pronto se confiscan las 
propiedades de los templos paganos y se condena a la pena capital a todos aquellos que 
practiquen rituales paganos, incluso si lo hacen privadamente. Y con el Edicto de 
Teodosio, que convertía el cristianismo en religión exclusiva del Imperio Romano, 
prohibiendo las demás religiones, la destrucción de la cultura helenística y la supresión 
del paganismo se convierten en razón de Estado.
Con la autorización del obispo de Milán, San Ambrosio, para que destruya todos los templos 
no cristianos y construya iglesias sobre sus cimientos, todo obispo del Imperio está 
implícitamente autorizado a destruir templos y a perseguir a los "paganos", a los 
cristianos heterodoxos, a los apóstatas del cristianismo y a los epicúreos, que sostenían 
la teoría atomística de Demócrito. En el año 385 se ordenó la pena de muerte para los 
arúspices; en 391, desde Milán, el emperador Teodosio promulgó un decreto que impedía el 
acceso a los templos "paganos", aunque solo fuese para admirar obras de arte: "Nadie viole 
la propia pureza con ritos sacrificiales, nadie inmole a víctimas inocentes, nadie se 
acerque a los santuarios, entre en los templos y vea las imágenes esculpidas por mano 
mortal para que no se haga merecedor de sanciones divinas y humanas".
Con los edictos y decretos de los emperadores cristianos sucesivos se asiste a una cruel y 
despiadada anulación de la cultura existente.
En todas las ciudades del Mediterráneo, en Alejandría, en Constantinopla, en Roma y en 
Atenas comienzan a proliferar turbas de fanáticos cristianos incitados por personajes que 
en su mayoría serán declarados santos o Padres de la Iglesia. Piénsese en el papel del 
obispo Cirilo durante el feroz linchamiento de la filósofa neoplatónica Hipatia, ocurrido 
en Alejandría en el siglo V a manos de una banda de fundamentalistas cristianos 
denominados parabolanos, que según diversas fuentes estaban al servicio del obispo elevado 
después a los altares. Se puede incluso dudar de que haya sido el propio Cirilo quien 
ordenase el brutal asesinato, pero lo que no se puede negar es que los parabolanos eran 
los secuaces del obispo en la destrucción de la cultura "pagana". San Porfirio, obispo de 
Gaza, demolió casi todos los templos paganos de la ciudad. Así como en Alejandría, bajo el 
mando del obispo Teófilo, los fanáticos cristianos, con los mismo medios (piedras afiladas 
y barras de hierro) destruyeron el admirable templo de Serapis, del que Amiano Marcelino 
había escrito: "Su esplendor es tal que las simples palabras le harían injusticia".

Una buena parte de la biblioteca más grande del mundo, la de Alejandría, fue destruida. 
Había sido la primera biblioteca pública y en un tiempo llegó a albergar centenares de 
miles de textos.
Se ha necesitado más de un milenio para que otra biblioteca pudiese acercarse a tal 
enormidad. Arquímedes, Euclides, Eratóstenes, Calímaco y Aristarco de Samos, que había 
propuesto el primer modelo heliocéntrico del sistema solar, habían estudiado allí. Incluso 
Teón, famoso matemático de la época, y padre de Hipatia, se había formado en aquella 
biblioteca. En poco tiempo fueron cerradas casi todas las bibliotecas públicas del 
Imperio, pero no se contentaron con eso: las bandas cristianas incluso irrumpían en las 
casas de los sospechosos "paganos". Amiano Marcelino refiere con disgusto y dolor que 
"innumerables libros y montones de documentos fueron apilados y quemados". Se destruyeron 
o eliminaron de la Historia estudios de física, de matemáticas o de ciencias naturales que 
habrían podido contribuir a ofrecer a la humanidad un futuro diferente de aquel que se 
bosquejaba: ¡el Medioevo! Ante tanto desastre, Palada, famoso poeta y gramático del siglo 
IV, se preguntaba: "¿No es seguramente cierto que estamos muertos y que nosotros, los 
griegos, parece que tengamos solo una sombra de vida (...) o estamos vivos y es la vida la 
que está muerta?"
Los escritos de muchos filósofos fueron censurados y sus obras consideradas fuera de la 
ley y destruidas en su mayor parte.
El obispo Marcelo aterrorizaba con sus bandas arrasando templos helénicos, santuarios y 
altares. Entre otros, fueron destruidos el templo de Odesa, el Cabeireion de Imbros, el 
templo de Zeus de Apamea, el de Apolo en Dídimos y todos los de Palmira. En la reciente 
incursión fundamentalistas del ISIS en Palmira, Occidente se ha escandalizado por la 
atrocidad desarrollada, olvidando o ignorando que la gran atrocidad en aquella ciudad ya 
fue cometida en el siglo V por una banda de fanáticos cristianos. Primero destruyeron uno 
de los más admirables templos dedicados a Atenea. La estatua fue decapitada, le cortaron 
la nariz y redujeron a pedazos su característico casco, troncharon sus brazos a la altura 
de la espalda, arrancaron del suelo el altar y lo destruyeron.
El emperador Valente ordenó una persecución tremenda contra los paganos en toda la parte 
oriental del Imperio. En Antioquía fueron ajusticiados, junto a otros muchos paganos, el 
exgobernador Fidustio y los sacerdotes Hilario y Patricio, y torturados o asesinados miles 
de inocentes que simplemente rechazaban traicionar el culto tradicional de sus antepasados.
Se queman numerosos libros en las plazas de las ciudades del Imperio. Se persigue a todos 
los amigos del emperador Juliano el Apóstata (Orebasio, Salustio, Pegasio, etc.), último 
emperador pagano. El filósofo Simónides fue quemado vivo y el filósofo Máximo fue 
decapitado. El emperador, entre otras cosas, ordenó al gobernador de Asia, Fisto, que 
exterminara a quienes no se convirtieran al cristianismo, y que se destruyeran todas las 
obras paganas que se encontraran. La gente, aterrorizada, comenzó a quemar por decisión 
propia sus bibliotecas para escapar del peligro.
Millares de inocentes paganos en todo el Imperio fueron asesinados en el campo de 
concentración de Esquitópolis. "Y de las más remotas localidades del Imperio venían 
encadenados innumerables ciudadanos de toda edad y clase social. Y muchos de ellos morían 
en el recorrido o en las prisiones locales. Y los que conseguían sobrevivir, acababan en 
Esquitópolis, una remota ciudad de Palestina, donde estaban emplazados los instrumentos 
para las torturas y las ejecuciones", escribe Amiano Marcelino.
Eran barbudos vestidos de negro. Cuando llegaban, aterrorizaban, destruían, mataban y 
deportaban.
Cuando destruían un lugar sagrado, implantaban cerca una fábrica de cal que se aprovechaba 
reduciendo a polvo estatuas y decoraciones marmóreas. El templo de Venus de Roma en la Vía 
Sacra tuvo este fin junto a otros muchos. En los museos de todo el mundo no es difícil 
encontrar obras del gran Fidias o de Praxíteles decapitadas y devastadas por fanáticos 
cristianos. El mismo San Agustín escribía: "En efecto, que sea suprimida toda superstición 
de los paganos, Dios lo quiere, Dios lo manda, Dios lo ha establecido".
Los restos y los documentos sobre la destrucción de templos en los primeros siglos del 
cristianismo cuentan cómo en la ciudad de Atenas fue profanada la colosal estatua de la 
diosa Atenea en la Acrópolis, y que las esculturas y los mármoles del Partenón corrieron 
la misma suerte. Una gran estatua de Afrodita fue desfigurada con una tosca cruz tallada 
en la frente, los ojos devastados y la nariz hecha pedazos. En poco más de un siglo 
desaparecieron las más bellas esculturas.
En Cirene fue profanado el antiguo templo de Démeter. En Esparta se mutiló una estatua 
colosal de Hera, y la cara se desfiguró con cruces. No fueron respetados ni siquiera los 
bosques consagrados a alguna divinidad: esos templos naturales de paz fueron destruidos y 
en muchos casos talados los árboles. En Constantinopla, un antiguo templo de Afrodita fue 
destruido y adaptado a garaje para las bigas de un burócrata cristiano. En Cartago, el 
templo de la diosa Juno Celeste, identificada con la antigua diosa Tanit, fue abatido 
junto a los demás santuarios de la ciudad. Incluso algunos instrumentos musicales fueron 
censurados y prohibidos, como las flautas, en particular la flauta doble dionisíaca 
(flauta de Pan), considerada instrumento de los "músicos del diablo".
Pan, Dionisios, Démeter y todas las divinidades ligadas a la tierra, a la reproducción, al 
despertar de la primavera y al goce de los sentidos se habían convertido en expresiones 
del demonio, e impedimento para alcanzar el paraíso del otro mundo. Es útil recordar que 
en los primeros siglos los cristianos inscribían en sus sepulcros solamente la fecha de su 
muerte, para demostrar que el único acontecimiento de su vida era la unión con Dios, 
mientras que los "paganos" ponían los años, meses y días del difunto para revelar las 
posibilidades que había tenido esa persona para ser feliz.
A pesar de todo, los restos y documentos que poseemos son solo la mínima parte que ha 
sobrevivido a siglos de devastación. Jamás sabremos cuánto se ha destruido realmente ni 
cuántas víctimas ha producido realmente el cristianismo; quedan algunas pruebas, pero 
mucha documentación se ha perdido. Los cristianos no solamente desfiguraban el objeto de 
su odio, sino que también suprimían cualquier traza de ese mismo objeto; los textos 
conservados en los templos no tenían un destino mejor. En las hagiografías cristianas, 
quien guía y alienta estas correrías raramente viene descrito como una figura violenta y 
brutal: los adjetivos que se emplean son "celoso", "pío" o "enfervorizado".
En Alejandría, como sucedía en otras ciudades, las fuentes cristianas relatan que tras la 
destrucción del templo de Serapis, "muchos paganos, habiendo condenado este error y 
dándose cuenta de su maldad, abrazaron la fe de Cristo como religión verdadera". En 
cambio, los escritores "paganos" afirman que los ciudadanos eran aterrorizados y se 
convertían por miedo. Libanio, famoso orador de la época, protestó con contundencia: 
"Hablan de conversiones aparentes, no de conversiones reales. Sus ‘conversos' en realidad 
no han cambiado, solo disimulan haber cambiado. ¿Qué ventajas han obtenido cuando la 
adhesión a la doctrina es una cuestión de palabras privadas de realidad? En casos 
similares, es necesaria la persuasión, no la constricción". Pero para la Iglesia las 
ventajas eran indiscutibles, esa estrategia violenta estaba aumentando de modo exponencial 
las filas de los conversos. Las altas esferas eclesiásticas, más que preocuparse por la 
violencia utilizada, temían que los conversos, una vez pasado el miedo, volvieran a sus 
antiguas religiones. Para mantener estas falsas conversiones se decretó la pena de muerte 
para quienes fueran sorprendidos en sus antiguos templos una vez convertidos.
Cuando Constantino "vio" la cruz en el cielo, la gran mayoría del pueblo era pagana, y los 
cristianos eran una exigua minoría. Los cálculos de los historiadores nos dan cifras entre 
el siete y el diez por ciento del total de la población del Imperio. Apenas dos siglos 
después, los cristianos eran ya la mayoría. Y si nos preguntamos cómo ha podido una 
cultura tan importante cambiar sus propias creencias y el propio saber en tan poco tiempo, 
las conversiones forzadas y las persecuciones estatales parecen, si no la única respuesta, 
sí en cualquier caso un factor determinante.
En el cuarto concilio eclesiástico de Cartago de 398 se prohibió a todos, incluidos los 
obispos cristianos, el estudio de los libros "paganos". Tanto en Oriente como en 
Occidente, innumerables libros filosóficos y científicos del mundo precristianos 
perecieron en la hoguera. Muchas obras en pergamino fueron después borradas (en aquel 
tiempo escaseaba el pergamino) para escribir encima sobre temas teológicos. Una copia de 
De republica de Cicerón tenía que dejar espacio a una transcripción de los Salmos 
comentada por San Agustín, un trabajo de Séneca desaparece tras el enésimo Antiguo 
Testamento, un códice de la Historia de Salustio fue utilizado para un texto de San 
Jerónimo y así sucesivamente. Los libros de Demócrito, padre de la teoría del átomo, se 
perdieron. En el siglo V se prohíbe por ley la enseñanza de los filósofos "paganos": 
"Prohibimos la enseñanza de cualquier doctrina de quien trafica con la locura del 
paganismo", con el fin de evitar que los paganos pudieran "corromper las almas de sus 
discípulos". Finalmente, en 529, el emperador Justiniano decretó la clausura de la escuela 
filosófica de Atenas, fundada por Platón en 387 a. n. e., que había albergado a treinta y 
seis generaciones de filósofos. En 590, el papa Gregorio, llamado Magno, ordena quemar la 
biblioteca de Apolo Palatino "para que su extraña sabiduría no pueda impedir a los fieles 
entrar en el Reino de los Cielos".
Lo que ha sobrevivido es, de hecho, una mínima parte de cuanto se ha sustraído al 
pensamiento humano, y hoy todavía la historia de los sufrimientos y los dolores de quienes 
fueron derrotados por el cristianismo es algo relativamente poco contado y todavía menos 
recordado. Frente a los kilómetros de libros que se han escrito sobre el papel positivo de 
los cristianos, poco o nada se encuentra sobre lo que la humanidad ha perdido en su 
desarrollo con la desaparición de aquel patrimonio cultural que los cristianos, todavía 
hoy, reducen sumariamente a la palabra "paganismo".

Los monjes llegaron a copiar mucho, a veces falsificando los textos, pero fue mucho más lo 
que se perdió. Las obras de Aristóteles sobre Física, Ética y Política, como sabemos, se 
recopilaron en el Medioevo tardío o en el Renacimiento, a pesar de la aversión y las 
prohibiciones de la Iglesia, a través de la traducción en latín de los textos originales 
griegos recogidos, custodiados y comentados por los estudiosos árabes y, en particular, 
por Avicena en el siglo XI y por Averroes en el XII.
Hoy todos reconocen la contribución inestimable de esos restos culturales que 
sobrevivieron a la devastación cristiana sobre el pensamiento medieval, el humanismo 
renacentista, la cultura moderna y la contemporánea. Aquellas culturas "paganas" dieron 
origen al pensamiento y a la metodología científica, y aun madurando dentro de sociedades 
basadas en la esclavitud y absorbiendo todas sus contradicciones, sirvieron de modelo para 
muchos de los ideales de libertad, justicia y tolerancia de los que se nutrió Occidente 
después, en épocas más modernas, a pesar de la represión de las autoridades religiosas, 
que hasta el siglo XVIII mantuvieron encendidas sus hogueras. La Inquisición mandó a la 
hoguera a decenas y decenas de herejes, entre ellos a Giordano Bruno. Galileo fue 
procesado y tuvo que abjurar para no acabar del mismo modo. Descartes se retiró a Holanda 
para tener más libertad, e incluso Spinoza conoció la amenazadora hostilidad de las 
autoridades religiosas. El evolucionismo de Darwin es hoy anatemizado todavía en ciertos 
ambientes cristianos, y la teoría de la relatividad de Einstein tiene a ojos de la Iglesia 
un cierto tufillo a herejía.
Incluso a través de los pocos hechos históricos aquí sumariamente mencionados, debería 
quedar claro que los ideales de democracia, justicia, libertad y solidaridad humana en los 
que se ha inspirado una parte de la tradición europea en los pasados milenios e incluso 
hoy, con total hipocresía por parte las clases dirigentes de Europa que dicen inspirarse 
en ellos, han sido en gran parte formuladas no gracias sino a pesar de nuestras raíces 
cristianas.
Los ideales de democracia, de libertad y de justicia social proceden, en realidad, de 
raíces lejanas a nuestra civilización, que surgen en fases anteriores al helenismo, que 
por suerte cada cierto tiempo resurgen, incluso después de tantos siglos, a pesar del 
indiscutible absolutismo, la superstición, el fanatismo y las cruentas represiones de la 
Iglesia.

Franco Celotto

https://www.nodo50.org/tierraylibertad/367articulo3.html


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