(ca) anarkismo.net: La organización anarco-comunista en Chile (Parte IV, I. II) by José Antonio Gutiérrez D.

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Vie Jul 5 07:29:46 CEST 2019


IV. Acerca de la Organización Revolucionaria Anarquista (Noviembre 2000 - Agosto 2001) 
-------- Estos documentos son parte de una serie de entregas a cuentagotas sobre los 
debates en torno a la organización anarco-comunista que marcaron el período clave para 
esta corriente en Chile entre 1999 y 2004, de los cuales ya hemos entregado tres: sobre la 
re-estructuración orgánica del Congreso de Unificación Anarco-Comunista, sobre el Proyecto 
de Reforma Orgánica de esta organización, y un debate más de fondo sobre su norte 
político. Con estos dos artículos que ahora damos a conocer como parte de la cuarta 
entrega de esta serie, damos un paso atrás y volvemos a los momentos de formación del 
Congreso de Unificación Anarco-Comunista y a las discusiones en torno al por qué de una 
organización política de los anarquistas. Estos dos artículos, llamados "Acerca de la 
Organización Revolucionaria Anarquista" (Primera y Segunda Partes) aparecieron 
originalmente publicados en la Revista Hombre y Sociedad (HyS). El primero, fue publicado 
en el No.10, Noviembre del 2000, y la segunda parte apareció en el No.13, Agosto del 2001.
El primer documento, había sido escrito un año antes, en Octubre de 1999, de cara al 
Congreso de Unificación Anarco-Comunista que tuvo lugar en la sede sindical de FETRACOMA 
en la calle Almirante Latorre en el centro de Santiago de Chile el 27 y 28 de Noviembre de 
ese año. Ese documento fue mi contribución, escrita a título personal, para la discusión 
sobre organización política, que era el tema clave a discutir en ese Congreso. Ahí, 
perfilaba la necesidad de una organización política anarquista que se planteara el trabajo 
popular en el corto plazo, un programa específico de transformaciones a mediano plazo, y 
objetivos revolucionarios a largo plazo. Esta visión de la organizacion política, estaba 
en debate con otros modelos de organización que otros participantes llevaban en mente, 
como establecer una especie de "colectivo" ampliado, o una coordinadora de colectivos (que 
era la fórmula favorecida por la JA! -Jóvenes Anarquistas- de la Universidad Católica, que 
estuvieron en el proceso hasta aproximadamente Mayo del 2000, cuando optaron por seguir 
aparte como colectivo). También estaban en debate las formas específicas que adoptarían 
los núcleos locales de la organización (organización por frentes, que era lo que 
favorecíamos quienes veníamos del grupo alrededor de HyS, por comisiones que era 
favorecido por los militantes del Centro y Sur de Santiago, u organizaciones de carácter 
territorial, que era lo que planteaba el grupo que venía de Comunitancia, donde estaba 
Mario Celis, que se inspiraban en el municipalismo libertario de Murray Bookchin). Este 
articulo dejaba espacio abierto a las variaciones en las formas específicas que adoptaría 
la organización según las preferencias y las discusiones de los asistentes al Congreso. 
Sin embargo, era imprescindible para nosotros dejar en claro los principios fundamentales 
que debía adoptar la organización política -los principios contenidos tanto en la 
Plataforma del Grupo Dielo Trouda y el Manifiesto Comunista Libertario de Fontenis. Ese 
era para nosotros el debate central y crucial en ese momento.

Cuando uno lee la primera parte del documento, no deja uno de pensar en el estado del 
movimiento en esa época que se debía discutir de temas tan básicos y de no pocas 
obviedades, que sin embargo, encendían acaloradas polémicas -como ser la disciplina básica 
de acatar las decisiones mayoritarias y los mecanismos de toma de decisiones colectivos. 
Un aspecto clave era para nosotros el mostrar que esto no era una "desviación" provinciana 
nuestra, sino que éramos parte de algo mucho más grande que estaba creciendo en todo el 
mundo: esa era la época de auge del "plataformismo", con organizaciones consolidadas en 
Italia, Irlanda y Francia, y organizaciones emergentes en Suiza, Europa del Este, 
Sudáfrica, Turquía, etc. Anclar nuestra apuesta organizativa en un movimiento emergente 
global y en una tradición histórica que hilaba momentos claves de las luchas 
revolucionarias del siglo XX: Rusia, España y la resistencia anti-fascista, reflejaba 
nuestra ambición de ser más que un colectivo y de tener raíces profundas en un país donde, 
salvo nuestro contacto con algunos veteranos del movimiento de décadas pasadas, se había 
perdido la linea de continuidad del anarquismo militante, existiendo un hiato de casi 
medio siglo. En el mismo número 10 de HyS, en otro artículo, haciendo una reseña del 
primer año de vida del C.U.A.C., aclaro esto que para nosotros se había convertido en algo 
fundamental: no éramos un grupúsculo, sino "un proyecto histórico (...) portador de la 
herencia legada por toda una vertiente del pensamiento socialista, por generaciones de 
luchadores y por las esperanzas de igualdad, libertad y fraternidad de todo un pueblo", 
con la "responsabilidad de situar todo este legado histórico en el presente y proyectarlo 
hacia el futuro".

El segundo documento, fue escrito en el transcurso del 2001, cuando ya se comenzaban a 
definir las estructuras de la organización, "en torno a la asamblea general, instancia 
ejecutiva, y a los trabajos prácticos desarrollados por comisiones, áreas en las cuales 
quienes se encuentran desarrollando alguna experiencia social, pueden abrirla al resto de 
sus compañeros y trabajar por hacer presentes las líneas de la organziación, decididas por 
todos en las discusiones de la asamblea" ("Año I del Congreso de Unificación 
Anarco-Comunista, C.U.A.C., José Antonio Gutiérrez D., HyS No.10, Noviembre 2000). Sin 
embargo, para entonces nos empezaban a quedar claras las limitaciones tanto de una 
asamblea en paralelo a la inserción social de la organización, así como de comisiones que 
en la práctica, funcionaban como colectivos con escasa coordinación. Así, comenzábamos a 
explorar la necesidad de cualificar la organización y dejar de actuar como un colectivo 
grande. Buscando debates y referencias en la literatura anarquista clásica, con los cuales 
fundamentar ideas y posiciones en la discusión de cómo construir organización 
político-revolucionaria, cuál era su rol, etc. nos encontramos con un gran vacío en la 
literatura anarquista en cuanto a los fundamentos teóricos de la organización. Notábamos 
que se hablaba mucho de organización, pero se decía muy poco de cómo construirla, 
dándosela por sentado. Incluso en la misma "Plataforma" y en el "Manifiesto", se habla de 
los principios estructuradores de la organización, y de su finalidad, pero -pese a ser dos 
de los documentos en la tradición libertaria que más desarrollan el tema- no se habla 
demasiado de su fundamentación -por qué la organización, en que sustrato social se da, 
cómo interactúa con otras expresiones organizativas, cómo distinguir una organización 
político-revolucionaria de otras formas orgánicas, etc. En cierto sentido, sentíamos que 
abordar el tema era un complemento a las propuestas que se venian haciendo desde quienes 
plantaban la reorganización por Frentes, y los planteamientos de Mario Celis, quien hacía 
muchas contribuciones sobre la presencia y la inserción social de la organzación, pero 
tampoco podíamos dejar de lado la organización política. Así nació este documento: como un 
intento de dar mayor fundamento a la necesidad de la organización político-revolucionaria 
y entender mejor las bases clasistas en las cuales sustentábamos nuestro proyecto, como un 
sector específico de un pueblo necesariamente heterogéneo. Si los otros documentos que 
hacen parte de esta serie de entregas son mucho más contingentes y coyunturales, estos dos 
artículos forman parte de las ideas centrales que estábamos desarrollando en torno a la 
cuestión organizativa. Ambos documentos, aunque fueron escritos a título personal, 
reflejan, en mayor o menor medida, discusiones colectivas que estábamos desarrollando con 
compañeros en Puente Alto y La Florida, con compañeros que venían de distintas luchas y 
trayectorias durante todo el período de la llamada "transición democrática" (sic), y de 
compañeros con quiénes nos encontrábamos en espacios sindicales y estudiantiles.

Estas reflexiones informaron muchas de las decisiones políticas que tomaríamos en el 
transcurso de ese año y que nos llevarían, como sector mayoritario del C.U.A.C., a 
replantearnos el relacionamiento de nuestra organización con el mundo popular y con las 
organizaciones sociales en las que actuábamos, en las que teníamos incidencia, y en las 
que comenzábamos a tener protagonismo e incluso dirigencia -principalmente en los sectores 
estudiantil y poblacional, pero con algunos intentos cada vez más serios en el plano 
sindical. Creo que muchas de estas reflexiones son importantísimas hoy, cuando, casi 20 
años después de formado el C.U.A.C., el movimiento libertario en Chile ha logrado tener un 
acumulado de experiencias en luchas y organizaciones populares nada despreciable, pero los 
intentos de organización politica siguen siendo esquivos, cayéndose frecuentemente en la 
fragmentación, cuando no en desvaríos autoritarios. Retomar estas discusiones 
político-teóricas es un primer paso para replantear el debate y seguir con esta deuda 
pendiente que tenemos los anarco-comunistas criollos con la organización revolucionaria 
anarquista.

José Antonio Gutiérrez D.
1 de Julio, 2019

ACERCA DE LA ORGANIZACIÓN REVOLUCIONARIA ANARQUISTA
(Primera parte -Octubre 1999/Noviembre 2000)

Frente a los acontecimientos que conmueven al país y al mundo, es hoy, más que nunca, 
imperioso que los anarquistas alcemos nuestra voz para expresar una opinión clara y 
comprometida con la situación de la clase obrera de este país, dentro del concierto 
global, así como de unir los esfuerzos de quienes luchan por transformar la sociedad de 
opresión en una de libertad.
La organización a la que nosotros convocamos, tiene el rol de definir tal opinión, así 
como de aunar los criterios en pos de un programa de lucha en el cual pongan manos a la 
obra todos los ácratas de acción en Chile.

Sólo tal organización puede ser efectiva y puede, al menos por hoy, allanar el camino para 
las victorias populares en contra de un régimen cada vez más desprestigiado. Debemos ser 
capaces de levantar la voz de forma valerosa y unitaria, ya que debido a nuestro escaso 
número, si queremos no sólo levantar la voz, sino que golpear al enemigo, debemos hacerlo 
de la forma más concertada posible, si queremos ser efectivos.

Los principios que en los talleres de "Hombre y Sociedad" hemos definido para la 
organización, se encuentran en la línea legada por los más grandes exponentes de la 
práctica libertaria, alimentada por las experiencias revolucionarias en las que éstos 
participaron. Esa línea es la seguida por el grupo Dielo Truda, por el Ejército de 
Campesinos Insurgentes de Ucrania y por los Amigos de Durruti. Estos grupos se encontraban 
en primera fila en los eventos revolucionarios, tanto de Rusia, como de España. Y es en 
base a esta experiencia acumulada, en base a la lectura que hicieron de los hechos desde 
el comunismo-anárquico, es que los compañeros definieron ciertas pautas de utilidad a la 
hora de establecer la intención de organizarse. Esta línea fue, durante mucho tiempo, 
dejada de lado, mientras el anarquismo se vio arrastrado a una serie de discusiones 
estériles, y a concepciones cuasi-liberales por parte de ciertos elementos que lo 
redujeron a un "estilo de vida", y vaciándolo de su práctica y concepciones revolucionarias.

Pero es desde hace un tiempo, que se revitaliza un nuevo movimiento anarquista, joven, sin 
lloriqueos, sin esnobismos y dispuesto a dar pelea al capitalismo hasta derrotarlo, que 
esta línea es retomada por los anarquistas como guía útil para la conformación de un 
movimiento anarquista que tenga los pies en la tierra. Fue la Federación Comunista 
Anárquica[1]de Francia quienes primero la retoman y la aplican, creando una de las piezas 
claves de la literatura anarquista, como es el "Manifiesto Comunista Libertario" de 
Georges Fontenis (traducido recientemente al español y publicado por el servicio de 
publicaciones del Grupo Malatesta-FAI, y por las Ediciones Hombre y Sociedad). Luego viene 
una serie de grupos que comienzan a estudiarla y a aplicarla. De éstos, el que lleva más 
tiempo de vida es el WSM de Irlanda (fundado en 1984). Otras son WSF de Sudáfrica y grupos 
de Italia, Suiza, Polonia, Turquía, etc... Por tanto huelga aclarar que hoy más que nunca 
tiene vigencia esta metodología para la organización.

Los cuatro puntos definidos por esta metodología (expresada por primera vez en "La 
Plataforma para una Unión General de Anarquistas" del grupo Dielo Truda, en 1926), son:

1. Unidad Ideológica: Los miembros de la organización comunista anárquica, deben compartir 
una serie de postulados y definiciones de carácter teórico y doctrinario, emanadas de las 
discusiones generales, de la tradición histórica del movimiento libertario, y de la 
constante discusión en torno a ellas. Las discrepancias pueden y deben existir, pero es en 
lo esencial, en el marco y médula de la doctrina social del anarquismo, en donde debe 
existir una unidad en cuanto a la utilización de términos y conceptos, en cuanto a métodos 
de análisis y en cuanto a las diversas concepciones de importancia emanadas de la 
discusión colectiva.

2. Unidad Táctica: En base a la unidad ideológica, debe definirse una línea de acción, 
prioridades de la organización y una forma de actuar unitaria. Así mismo, debe definirse 
nuestra actitud y propuesta frente a los diversos espacios en los que podemos irrumpir o 
que ya estamos ocupando. Con esto, no se niega la actividad individual de los militantes, 
sino que se busca el actuar de forma más unitaria posible para hacer que nuestros golpes 
sean lo más efectivos posibles, a la vez que se proviene de que la actividad individual de 
los militantes, en el caso de darse, lo cual es plausible, no sea amorfa, sino que se 
condiga con las políticas generales de la organización, y esté englobada en un todo, que 
sean las actividades del conjunto del movimiento anarquista organizado. De tal modo, se 
evita la contradicción entre la organización y los militantes individuales, del todo y de 
las partes.

3. Acción colectiva y disciplina: Estas son dos caras de una misma moneda. Cuando 
definimos líneas tácticas, debemos esmerarnos en que la acción no sea puramente individual 
(lo que tiene como ventaja la extensión de la influencia), sino que tome provecho real, 
además, de las ventajas de la asociación. Y para esto es necesaria la coordinación y la 
acción colectiva de sus miembros. Como corolario, esto no es posible de no ser por la más 
férrea disciplina de los militantes de la organización. Disciplina quiere decir que de 
forma seria y responsable, cumplimos con los acuerdos por nosotros mismos formulados y 
contraídos. La diferencia entre la disciplina militante y la disciplina militar, es que 
ésta última responde a un imperativo externo dentro de un marco de relaciones jerárquicas; 
la disciplina nuestra, en cambio, responde a un imperativo interno dictado por la 
conciencia de clase, y asumido sin coerción alguna, en el marco de relaciones en el cual 
todos y cada uno tienen plena participación en todo momento. Pero a la hora en que la 
resolución ya fue tomada, no queda más que el estricto cumplimiento de nuestras tareas, 
salvo circunstancias excepcionales.

4. Federalismo: Ya es hora de dejar de lado las concepciones burguesotas y atomistas del 
federalismo; esto significa la unidad de los miembros en pos de una causa común, que les 
concierne a todos, dejando autonomía a las partes en sus espacios propios, siempre que 
estas no entren en flagrante oposición a las líneas generales adoptadas por la 
organización. Pero la organización debe funcionar como un todo, no como una mazamorra 
hecha con poxipol en una mano, y con tijeras en la otra. Es necesario plantearnos más allá 
de los grupos de amigos, de afinidad o de las simples coordinadoras, y demostrar que el 
anarquismo es capaz de generar una orgánica seria. Es decir: entre todos tomamos las 
decisiones, entre todos definimos políticas, a nadie le llega cortado desde arriba lo que 
tiene que hacer en su espacio, sino que es la misma gente de este espacio la encargada de 
formular trabajos y luego, discutirlos y conversarlos con los compañeros, para que estos 
aporten su experiencia, hagan observaciones (enriqueciendo así, las posiciones del todo, 
que emanan de la experiencia de todos sus militantes) y aporten si la situación lo 
requiere. Pero esto, a su vez, implica respeto por los acuerdos generales de la 
organización. En esta lógica, se requiere de una organización estructurada de abajo hacia 
arriba, en la cual los cargos administrativos sean únicamente eso, y no ejecutivos, 
haciéndose cargo de que los camaradas lleven a cabo lo asumido voluntariamente.

Las armas de esta organización (acción directa), así como sus métodos de decisión 
(asamblea) son por todos conocidos y es este congreso el cual se encargue de definirlos 
apropiadamente. Qué forma asuma la organización: es esto a lo que esta línea organizativa 
no da respuesta, ya que esto debe ser evaluado por los compañeros dependiendo de la 
realidad en que se encuentre tanto su movimiento, como de la realidad nacional e 
internacional. Si la organización se establece por frentes, por comisiones, por 
territorio, etc... esto debe ser definido por el congreso en atención a estas realidades. 
Pero debe siempre tenerse en cuenta las recomendaciones que nos han dejado nuestros 
compañeros a través de estos cuatro criterios, por la utilidad que presentan como guía 
para la conformación del movimiento anarquista revolucionario, dando respuesta a todos 
quienes hoy buscan el cambio por fuera del verticalismo partidista, que algunos enajenados 
ven hasta cono virtud.

CON EL EJEMPLO DE BAKUNIN, DURRUTI, MAGÓN, MAKHNO Y LUIS OLEA, ¡SALUD, ANARQUÍA Y 
REVOLUCIÓN SOCIAL!
*Escrito en Octubre de 1999 con motivo del Primer Congreso de Unificación Anarco-Comunista 
de Chile.

[1]Esta organización era, naturalmente, la Federación Comunista Libertaria francesa, que 
tradujimos mal como Federación Comunista Anárquica porque ese era el término que 
favorecíamos en Chile en ese momento.

(Segunda Parte -Agosto 2001)

El anarquismo es organización, organización y más organización...
(Errico Malatesta)

Hay un mito bastante difundido, tanto en la población en general como entre muchas 
personas involucradas en el movimiento popular. Según este mito, los anarquistas somos 
enemigos de la organización y preferimos, en cambio, la acción puramente espontánea; del 
mismo modo se dice que somos individualistas fanáticos. Estas dos afirmaciones son por 
completo falsas y nacen algunas veces de ignorancia y otras veces de una clara mala 
intencionalidad política por parte de ciertos sectores. Lo trágico, es que muchas veces 
son los propios "anarquistas" los encargados de difundir tal mito. Esto, porque con una 
práctica inorgánica estimulan toda suerte de interpretaciones anti-organizativas, y porque 
muchas veces reconociendo la necesidad de la organización de forma discursiva, en la 
práctica actúan en contra de ésta.

Lo cierto, es que no es mucho lo que sobre la organización anarquista se ha escrito, cosa 
que no deja de sorprender, ya que el anarquismo constituye una crítica a los fundamentos 
de la sociedad de clases, que apunta tanto a sus aspectos de organización económica, como 
a los aspectos de su organización política. En ese sentido, no deja de sorprender que en 
los clásicos muchas veces el tema de la organización quede simplemente soslayado en unas 
cuantas frases, explicando de forma superficial muchas veces, el carácter que debe adoptar 
la organización anarquista: su organización de abajo hacia arriba, evitando la excesiva 
centralización, sin caer en el atomismo (contentándose otras veces con descripciones al 
borde del infantilismo sobre mundos fantásticos sin ninguna clase de restricción).

Pero la forma de organización que deben adoptar los anarquistas para sobrellevar el rol 
revolucionario que nos corresponde hoy, no aparece claro en ninguno de los clásicos. 
Bakunin no se adentra mayormente en el tema, y en la práctica opta por las sociedad 
secretas en boga entonces en el siglo XIX, lo cual dista bastante de ser una solución 
libertaria al problema de la organización revolucionaria. Para Kropotkin, el tema brilla 
por su ausencia, ya que la revolución se vuelve algo inevitable y a los anarquistas no nos 
resta más labor que la propaganda. Malatesta da unas cuantas declaraciones sobre 
constituir al anarquismo en Partido Revolucionario, pero no da mayor fundamentación al asunto.

Son los anarcosindicalistas los que primero darán una respuesta al tema de la organización 
revolucionaria: pero su salida no apunta específicamente a los anarquistas, sino que al 
conjunto del proletariado como clase. Ellos dan respuesta al problema de la organización 
mediante el sindicato revolucionario, nacido principalmente en Francia al calor de las 
Bolsas de Trabajo, que posteriormente darán origen (hacia fines del siglo XIX) a la CGT. 
Luego, su ejemplo será seguido por los IWW de EEUU, que luego se expandirán por el mundo 
llegando incluso a Chile, y por un sinnúmero de sociedades en resistencia que surgirán en 
todo el mundo (la FORA argentina, la FORU uruguaya, la FAUD alemana, la CNT española, 
etc... en Chile, las sociedades en resistencia formarán primero la IWW, luego vendrán la 
FORCh y la CGT). Pero los anarcosindicalistas solucionaban, en cierta medida, el tema de 
la organización revolucionaria para el conjunto del proletariado como clase, pero no para 
la particularidad del proletariado que se asume como parte de la militancia anarquista. 
Para ellos, en muchos casos, la organización anarquista no debía ser más que un puñado de 
personas unidas por afinidad con el único fin se sacar a luz la propaganda; la 
organización de veras revolucionaria quedaba en manos del sindicato.

Pero el tema de la organización anarquista quedará presente, e intentará ser resuelto por 
dos vertientes: la vertiente de la "síntesis" (propuesta fundamentalmente por Sebastián 
Fauré), la cual en cierta medida es heredera de esa concepción puramente propagandística 
del grupo anarquista por afinidad. Según esta corriente, los anarquistas de las diversas 
tendencias (obviando el hecho de que muchos "anarquistas" no tienen más en común entre sí 
que un simple alcance de nombre) debieran organizarse mediante grupos de afinidad y 
federarse sin necesidad de que haya más en común que la chapa de anarquistas (después de 
todo, son todos enemigos de la Autoridad....).

La otra vertiente que dará respuesta al tema de la organización anarquista, es la 
corriente heredera de la "Plataforma" desarrollada por el grupo de ucranianos Dielo 
Trouda, luego de la experiencia de la revolución rusa y el fallido intento libertario en 
Ucrania, que fue sangrientamente reprimido por los bolcheviques. Sus tésis sobre la 
organización anarquista las desarrollan a raíz de una profunda crítica que hacen del 
estado organizativo del anarquismo, y de la crítica a la debilidad teórica en que se 
contentaba un movimiento en el cual prácticamente todo valía, con tal de que llevara el 
apellido "anarquista", el cual muchas veces era vaciado de todo contenido. A raíz de esta 
crítica, proponen que la unidad de los anarquistas no podía nacer como una simple adición 
de individualidades y grupos con un idéntico denominador ("anarquista"), sino que debía 
nacer de una unidad ideológica y táctica fruto de una profunda reflexión y discusión, 
hecha al calor de la puesta en práctica de los métodos y de las ideas. Por su parte, la 
organización, debía estar cohesionada por dos ejes principales: la responsabilidad 
colectiva y el federalismo. Es este aporte, el cual consideramos que entrega una respuesta 
real al tema de la organización revolucionaria anarquista.

Creemos necesario destacar, que en América Latina, específicamente en Uruguay, se 
constituyó en 1955 la FAU, la cual tomando la necesidad de dotar a los anarquistas de una 
organización político-revolucionaria, que fuera más allá de lo puramente propagandístico, 
pudiendo tomar en sí tanto la acción reivindicativa como la propiamente revolucionaria 
desarrolló tésis semejantes a las contenidas de la Plataforma. Lo que da mayor riqueza a 
esta experiencia, es el hecho de que nace, sobre todo, de un análisis (fundamentado en una 
práctica), de la realidad latinoamericana.

Las tésis de la Plataforma las he analizado de forma más detallada en Hombre y Sociedad 
nº10. Por ahora, me remitiré a la fundamentación misma de la organización revolucionaria 
anarquista; creo que sólo comenzando un debate y un esclarecimiento de posiciones respecto 
al tema, podremos sentar de forma clara la posición de los anarquistas ante la 
organización, ahuyentando de tal modo, definitivamente, los fantasmas del espontaneísmo y 
de la acción inorgánica.

PROLETARIADO Y MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO

Existe un sólo movimiento revolucionario: el movimiento del proletariado como clase en 
contra del sistema capitalista. Es el proletariado, el cual representa por su propia 
condición objetiva, la potencialidad revolucionaria para negar al capitalismo. En palabras 
de Albert Meltzer: "Sólo una clase productiva puede ser libertaria por naturaleza, ya que 
no necesita de la explotación"[1].

Sin embargo, el proletariado se encuentra lejos de constituír un bloque homogéneo y, a 
decir verdad, en términos subjetivos presenta una fragmentación "objetiva", innegable; 
esto, al margen del rol que juega la penetración de la ideología burguesa en nuestra 
clase. De esa forma, comprobamos que en el seno del proletariado -explotados y oprimidos- 
existen distintas sensibilidades, distintos niveles de conciencia y de profundidad en la 
comprensión de la problemática social. Estas diferencias en el plano subjetivo, pueden 
tener un asidero en ciertas condiciones tanto objetivas (diferencias entre el proletario 
de cuello y corbata y el manual) como ideológicas. Pero lo fundamental, es comprender el 
hecho de que si bien el proletariado presenta, a grosso modo, una serie de características 
que objetivamente los hacen formar una clase (condición asalariada, el no ser propietarios 
de los medios de producción, etc...), subjetivamente presenta una notable heterogeneidad, 
distintos niveles de conciencia y distintas formas de concebirse dentro de lo social.

Este hecho, esta heterogeneidad subjetiva, se cristaliza en los programas históricos de 
los diversos sectores de la clase, organizados políticamente[2]. Está de más aclarar que 
estos programas aglutinan en torno suyo a distintos sectores de la clase, por las razones 
ya expuestas; por tanto, necesariamente estos programas se deben establecer de forma 
organizativa. El Anarquismo representa al programa que reúne en torno suyo a un sector, a 
un movimiento histórico dentro de la misma clase, que se identifica con los aspectos 
fundamentales del pensamiento y de la práctica libertarios; en este sentido es que, al 
igual que Malatesta, afirmamos que el anarquismo se debe constituír como Partido 
Revolucionario; vale decir, debe ser capaz de agrupar en una orgánica determinada a un 
segmento de la clase, que se identifica con los presupuestos centrales del programa 
anarquista en su sentido amplio (sociedad sin clases y sin Estado, autogestionaria, 
federativa, etc...). Por partido revolucionario no queremos decir ni una organización 
jerárquica ni una organización que se haga copartícipe del sistema democrático-burgués a 
través del juego electorero. Lo que queremos decir, es generar una organización que no nos 
agrupe ni por nuestra exclusiva afinidad en términos personales (como el colectivo o el 
grupo de afinidad), ni por nuestra sola pertenencia a la clase (como el sindicato) o a 
algún grupo social determinado (centros de madres, comités de cesantes o cualquier 
organización de masas por el estilo). A lo que nos referimos es a una organización, con 
sólidas bases clasistas, pero que nos agrupe en función de este programa anarquista, es 
decir, a una organización de carácter político-revolucionario.

Si bien muchos clásicos han hablado del Partido Anarquista y muchos los han, de hecho, 
formado, hoy esta palabra, por toda una historia política que no vale la pena traer a 
colación, ha caído en descrédito y su uso se presta a equívocos si es usada hacia el 
público en general, por los conceptos estrechos que vulgarmente se manejan de partido. Sin 
embargo, es necesario, para una discusión política más amplia, el rigor terminológico, y 
los anarquistas debemos estar siempre alertas a no caer en el tabú de las palabras 
cochinas y estar siempre atentos al contenido de lo que está en discusión.

LA ORGANIZACIÓN REVOLUCIONARIA Y SU SUSTRATO CLASISTA

Debemos dejar en claro que el arraigo de una determinada organización en una clase social 
dada, está dado por cual es el origen que ésta tiene y por los objetivos que se plantea, 
así como por cual es el público al que dirige centralmente su discurso. Vale decir, la 
relación entre clase y organización va dada por el origen del programa, por el medio en el 
que se desarrolla y por los objetivos que persigue.

La teoría anarquista, por tanto la organización revolucionaria fundamentada en su 
programa, no es una una teoría exógena al proletariado; ésta se desarrolló como una fuerza 
viva, orgánica en las primeras asociaciones de la clase, en sus primeras experiencias de 
lucha, configurándose el anarquismo como una práctica real de combate, como una 
interpretación de los deseos y aspiraciones de la clase ante un sistema de opresión, a la 
vez que como una crítica a la institucionalidad burguesa y estatal. Estas fuentes del 
anarquismo, arraigadas en la misma lucha de clases, fueron interpretadas y sistematizadas 
por los clásicos del anarquismo, principalmente por Bakunin y Kropotkin. El anarquismo no 
nace como fruto de "profundos" estudios de ciencias sociales; antes bien, los clásicos 
utilizaron los progresos del siglo XIX en las ciencias sociales para ser puestos al 
servicio de este movimiento que se desarrollaba en el segmento más lúcido del 
proletariado. Es por este servicio que debemos tanto a los clásicos, quienes dieron orden 
y coherencia a esta teoría que crecía al calor de huelgas e insurrecciones, que se 
expresaba instintiva y radicalmente en la prensa obrera de la época.

En palabras del propio Kropotkin: "Como el socialismo en general y como cualquier otro 
movimiento social, el anarquismo nació del pueblo. Y sólo conservará su vitalidad y su 
fuerza creadora mientras siga siendo popular"[3]. Podemos decir con propiedad, entonces, 
que el Anarquismo es fruto de la experiencia acumulada por el proletariado en la lucha de 
clases.

El anarquismo también hace despliegue de su sustrato clasista en la medida en que 
identifica muy bien cual es el sujeto principal al que dirige su atención y su discurso: 
la clase proletaria. No puede ser de otro modo, dado que este público está determinado en 
gran medida por el origen del anarquismo, así como por los objetivos establecidos en su 
programa. Además, como ya habíamos expuesto, es en la clara comprensión de que las 
contradicciones sociales que tanto atacamos no existen en el aire, sino que se encuentran 
concretamente expresadas en las clases. Así, la potencialidad revolucionaria reposa en la 
clase productiva, en la clase que no necesita explotar ni oprimir para existir en cuanto 
tal. En la clase que es explotada y pisoteada. Por ser ella la portadora de las cadenas, 
es la única que puede zafarse de ellas. No se trata de ser mecanicista y suponer que TODO 
miembro del proletariado es claramente conciente de la necesidad de la revolución; por lo 
general, este sector no está exento de la ideologización por parte de la burguesía y 
puede, de hecho, mostrar valores profundamente reaccionarios y conservadores. De lo que se 
trata es de la existencia de un potencial, que se adhiere sencillamente en las condiciones 
objetivas de su existencia, que en determinadas circunstancias gatilla el despertar de la 
conciencia de clase[4], y en el hecho de que no tienen privilegios que defender en la 
medida de la burguesía. Y sus pocos privilegios, no están nunca seguros, y siempre pueden 
ser arrebatados en momentos de crisis. Del mismo modo, es necesario aclarar que hablamos 
del proletariado como clase, y no del trabajador como sujeto.

Resulta obvio que el sujeto trabajador asalariado está contenido en la clase, pero la 
clase en sí abarca a un número mucho más amplio, que son todos aquellos que en mayor o 
menor medida dependen del trabajo asalariado (sea el estudiante que se mueve con las 
monedas que le caen del sueldo de su padre, de la dueña de casa, del pensionado que recibe 
parte de lo que le robaron en años de trabajo, el cesante que vive con lo que alcanzó a 
ahorrar o de algún pariente, etc...), y que en definidas cuentas juegan su rol también en 
el aparato productivo, sea abaratando la mano de obra, como el cesante, aportando a la 
reproducción de la fuerza laboral, como la dueña de casa, o siendo la "banca" de la futura 
inversión en mano de obra, como el estudiante.

Si bien la clase a la que apunta el discurso anarquista es el proletariado, hay, 
ciertamente, individuos provenientes de una posición social más acomodada que abrazan esta 
doctrina. El genial padre del anarquismo, el ruso M. Bakunin, es claro al referirse a la 
constitución del movimiento revolucionario, en situar en el lugar correcto el aporte de 
estos sectores. Refiriéndose a la progresiva aceptación de las ideas socialistas y 
revolucionarias entre la pequeñoburguesía europea, la cual veía su condición empeorar día 
tras día debido a la concentración del capital en manos de los monopolios, señala:

"...Pero no debemos hacernos ilusiones: la iniciativa del nuevo desenvolvimiento no le 
pertenecerá a ella, sino al pueblo en Occidente, a los obreros de las fábricas y de las 
ciudades; entre nosotros, en Rusia y en Polonia, y en la mayoría de los países eslavos, a 
los campesinos. La pequeña burguesía se ha vuelto demasiado tímida, demasiado medrosa, 
demasiado escéptica para tomar por sí misma una iniciativa cualquiera; se dejará 
arrastrar, pero no arrastrará a nadie; porque al mismo tiempo que es pobre de ideas, le 
faltan la fe y la pasión. Esa pasión que rompe los obstáculos y crea mundos nuevos se 
encuentra exclusivamente en el pueblo. Por consiguiente pertenecerá al pueblo, sin duda 
alguna, la iniciativa del nuevo movimiento."[5]

En otros escritos suyos podemos encontrar igual lucidez para tratar el asunto de las capas 
medias, de la pequeñoburguesía y de individuos de clase acomodada en el movimiento 
revolucionario:

"...concluyo que si un hombre nacido y educado en el medio burgués quiere convertirse 
sinceramente y sin frases en el amigo y en el hermano de los obreros, debe renunciar a 
todas las condiciones de su existencia pasada, a todos sus hábitos burgueses, romper todas 
sus relaciones de sentimiento, de vanidad, de espíritu con el mundo burgués y, volviendo 
la espalda a ese mundo, convertirse en su enemigo y declararle una guerra irreconciliable, 
debe lanzarse enteramente sin restricciones ni reservas en el mundo obrero."[6]

"...los socialistas revolucionarios, enemigos de toda ligazón y de toda alianza equívoca, 
piensan... que no pueden llegar a ese fin (la liberación, ed.) más que por el 
desenvolvimiento y por la organización... de las masas obreras, tanto de las ciudades como 
de los campos, comprendidos en ellas los hombres de buena voluntad de las clases 
superiores que, rompiendo con todo su pasado, quieran reunirse francamente a ellas y 
aceptar íntegramente su programa"[7]

Queda claro que estos individuos deben adoptar el programa revolucionario anarquista y 
supeditar sus inclinaciones de clase a la concreción político-revolucionaria del 
movimiento obrero. Esto, en relación a los elementos provenientes de la burguesía queda 
claro por su propio antagonismo; en relación a los elementos provenientes de las clases 
medias, esto se debe a la carencia de un proyecto de clase propio. En virtud a esto, la 
clase media o se deja arrastrar por el proletariado, o por la burguesía (como aclara 
Bakunin en relación a la pequeña burguesía). No tiene autonomía, precisamente por su 
propia condición intermedia. Resulta un error, por tanto, el suponer que se pueda ganar 
para la causa a las clases medias suavizando el discurso y la práctica. Antes bien, 
resulta preciso mostrar claridad y decisión, fuerza con la cual jalar hacia nuestro lado a 
este sector de las población.

Es necesario, ahora, aclarar la relación entre el sustrato clasista del anarquismo y el 
fin social que persigue, en definidas cuentas, de los objetivos finales de su programa. Un 
programa político cualquiera, ve sus fines condicionados por la clase a la que apunta y 
por la clase que le sirve de cuna para su gestación. Con esto, resulta evidente que los 
programas generados en la parte patronal, jamás tendrán por objetivo que la clase 
trabajadora mejore su condición (si tal cosa ocurriese en un sentido relativo, lo cual 
siempre ocurre a expensas de otros grupos de trabajadores -como en las relaciones 
imperialistas- debiera ser considerado como un efecto colateral y en ninguna medida como 
el fin último del programa), sino que el fin que perseguirán será como incrementar la 
ganancia de los empresarios. Un programa proletario, deberá apuntar, necesariamente, a la 
superación definitiva de la condición explotada y oprimida de esta clase. Cualquier 
programa que no tenga por fin la abolición de las clases (y con esto no me refiero a 
lograr fórmulas para una "suavización" moméntanea e inestable de éstas, sino que a la 
supresión revolucionaria de las condiciones que las originan) no puede ser considerado 
necesariamente como un programa revolucionario del proletariado. Así, tenemos los 
objetivos finales del programa anarquista -colectivización y autogestión de los medios de 
producción y distribución, con la consecuente abolición de la propiedad privada de éstos; 
fin a las ventajas relativas del trabajo intelectual por sobre el manual, así como 
propender, mediante la educación y el desarrollo de los consejos técnicos de gestión a la 
integración de éstos; buscar optimizar, bajo control obrero, la producción y orientarla en 
función de las necesidades de la población, para lograr la abolición del salariado, y 
lograr la satisfacción plena de los individuos en función de sus necesidades e intereses; 
reorganización del aparato político de abajo hacia arriba, teniendo por base la comuna 
libremente federada, que dé plena participación a todos los miembros, lo que equivale a 
decir abolición del Estado, como un ente burocrático, vertical y enajenador del poder de 
las masas. Los objetivos del programa anarquista tienen por fin lograr la emancipación de 
la clase proletaria de sus cadenas, que le impiden su libertad y la igualdad; en ese 
sentido, se opone a los programas de la burguesía cuyo fin es la conservación de sus 
privilegios, sea en sus variantes más radicales y neoliberales, o en sus vertientes 
supuestamente rupturistas de la socialdemocracia, las cuales conservan las causas de la 
explotación intactas, pero aplican algunas reformas cosméticas por aquí y otras por allá, 
con un discurso de ayuda al "honesto y sacrificado" pequeño empresario (que puede surgir 
gracias a la explotación despiadada y sin ninguna regulación a sus sacrificados empleados, 
muchas veces en posición más desfavorable que sus compañeros de condición de empresas más 
grandes).

Es necesario recalcar la falacia sembrada por la Democracia Cristiana respecto a ser un 
partido con un proyecto de las "clases medias", falacia que es repetida hoy por la 
Concertación. Las clases medias y la pequeñoburguesía, como ya hemos visto, no pueden 
tener un proyecto autónomo. Debido a la inestabilidad a que las somete el capitalismo, con 
la amenaza constante de la proletarización, que las condena a una especie de purgatorio, 
en el que oscilan frecuentemente entre el cielo y el infierno, entre la burguesía y el 
proletariado, a la pequeño-burguesía no le quedan más que dos alternativas: o se suma al 
proletariado y lucha con ellos en contra del sistema, o se suma a la defensa de la 
propiedad individual y su fomento, vale decir, se pasa definitivamente al bando de la 
burguesía. Por lo general, los discursos falaces que dicen representar a la clase media, 
no hacen más que defender los intereses del gran Capital. Pero el heco de no asumirlo 
explícitamente le vale, en la práctica, una contradicción permanente en sus cada vez más 
mermadas bases. Recordemos que en la crisis del sistema de los años ´70, la DC se divide, 
en la Izquierda Cristiana (sectores que optan por la revolución y el socialismo) y lo que 
queda de la DC se pasa de plano a la derecha.

Es necesario siempre tener en cuenta la naturaleza y el arraigo clasista de los programas 
para no caer en alianzas equívocas, ya que en toda alianza policlasista, se corta el hilo 
por el lado más fuerte: las alianzas con sectores supuestamente "progresistas" de la 
burguesía ha significado históricamente, posponer los objetivos del proletariado, y se han 
traducido en una nueva forma de sometimiento. Es necesario comprender que el proletariado 
no se puede seguir sumando a posiciones de Frentes Populares con la burguesía nacional; el 
proletariado debe alcanzar la madurez suficiente para lograr independencia programática y 
no hacer más que frentes de clase, en los cuales sean sus intereses como clase los 
hegemónicos.

LA ORGANIZACIÓN REVOLUCIONARIA NO ES UNA CAJA DE RESONANCIA

De las afirmaciones que hacemos en relación al sustrato clasista de la organización 
revolucionaria, se puede extraer la conclusión tan errónea como dañina de que ésta no es 
más que una simple caja de resonancia para cualquier inquietud o posición al interior de 
la clase. Tal cosa sería caer en una suerte de populismo, en la cual consideramos que 
nuestra organización existe al margen del mundo popular y de que no tenemos un rol activo 
y dinámico al interior de éste. Del mismo modo, se supone que en la clase no existen 
influencias burguesas; las conclusiones, inquietudes o pensamientos que en ella podamos 
encontrar pueden ser muchas veces erróneos por efectos de la influencia burguesa, por 
efectos de la inexperiencia, por inmediatismo o por cualquier otra razón. Fontenis nos 
dirá que tal posición es caer en una nueva forma de misticismo y en suponer que el obrero 
es todo virtud y ningún defecto[8].

Nosotros no somos populistas. La organización revolucionaria anarquista no tiene por qué 
hacerse eco mecánicamente de cualquier idea en el seno de la clase, sino que representa en 
derecho propio las opiniones de un sector de ésta. Y tenemos el deber de expresar nuestra 
opinión al interior de la clase y de participar activamente en la organización popular 
para enfrentar al capitalismo y luchar por el mundo nuevo de libertad que tanto anhelamos. 
Porque estamos convencidos de que la organización del ala libertaria del proletariado, que 
no pretende insertar nada de forma artificial en la clase, sino que pretende desarrollar 
las tendencias libertarias presentes en ella, es una necesidad para el éxito del pueblo en 
sus luchas. La clase sin la organización revolucionaria que agrupe a las tendencias 
libertarias en torno al programa anarquista, se verá condenada a la espontaneidad y a sus 
consecuencias erráticas y azarosas, o a soportar nuevas formas de autoritarismo. Del mismo 
modo, la organización, sin una retroalimentación con la clase, se verá condenada a quedar 
reducida en una secta y a la práctica política alienada. Vemos que es necesaria la 
existencia de esta relación, la cual, llevada en sus justos términos no puede hacer más 
que enriquecer nuestras experiencias de lucha y asegurar una mejor posición para la victoria.

Es necesario hacer hincapié con Fontenis[9], que el objeto de esta interacción con el 
pueblo debe ser lograr que estas tendencias libertarias que representamos se desarrollen 
hasta el grado de pasar a ser las predominantes. Es lograr que nuestra influencia adquiera 
el carácter más amplio posible hasta lograr que el pueblo y su organización anarquista se 
confundan en uno solo.

LA ORGANIZACIÓN REVOLUCIONARIA NO ESTÁ COMPUESTA DE ILUMINADOS

Y no sólo representamos, como minoría activa, en derecho propio a un sector de la clase, 
sino que además no podemos en ninguna circunstancias entendernos por fuera del mundo 
popular, cayendo en el iluminismo en el que a veces incurren algunos de nuestros 
compañeros que se creen ajenos a los defectos de la clase. Nosotros, lejos de todo 
elitismo, tenemos los defectos de nuestra clase, pero también sus virtudes.

Y debemos trabajar duramente y en estrecha relación con el pueblo para ir produciendo una 
superación moral de nuestros defectos, en esta sana y necesaria interacción. Porque la 
organización anarquista debe potenciar, hacia sus militantes y de éstos hacia el resto del 
pueblo, el desarrollo de una auténtica moral revolucionaria, la cual potencie aspectos 
positivos y las virtudes del pueblo (prácticas solidarias, ej.) y combata sus defectos 
(vicios, ej.) No se trata, por tanto en dejarlo simplemente como un asunto de cada cual, 
sino que la organización debe ser capaz de producir la superación de sus militantes en 
todo sentido. Del mismo modo, no se trata simplemente de aceptar los defectos en el mundo 
popular y dejarlos ahí (machismo, ej.); de lo que se trata es de comprender que el proceso 
de superación del mundo popular, indisociable de su crecimiento en la lucha, es un proceso 
muy dinámico y rico que nos involucra de manera directa, ya que no somos ajenos a estos 
mismos problemas, y debemos estar prestos a comprender que sólo mediante el trabajo en el 
mundo popular codo a codo y no como marcianitos bajando con la verdad desde el espacio, 
sin sectarismo ni con rechazos a primera, podremos lograr éxitos en combatir los defectos 
populares.

¿PARA QUÉ SIRVE LA ORGANIZACIÓN REVOLUCIONARIA?

Como ya he expresado en anteriores ocasiones, la principal utilidad de la organización 
revolucionaria anarquista, es agrupar en torno a un programa libertario a diversos 
sectores de la clase, a los sectores con conciencia más clara y con decisión 
revolucionaria. Esto, con el fin de desarrollar las tendencias libertarias en el seno del 
pueblo.

Por otra parte, la organización revolucionaria es la encargada de mantener viva y fresca 
la experiencia que el proletariado ha ido adquiriendo en su historia de luchas, y ser 
capaz de traducirla en un plano práctico. Nada puede quedar a la improvisación, ya que 
nuestra historia se ha hecho a costa de innumerables sacrificios y de mucho dolor. La 
organización revolucionaria debe ser capaz de extraer los aspectos positivos de nuestros 
éxitos, así como de evaluar las derrotas y extraer de éstas, las lecciones de la historia. 
Sólo así, nuestras derrotas de ayer, mañana serán nuestros triunfos. La organización 
revolucionaria debe ser un órgano de preparación para la revolución, en todo sentido; es 
éste el carácter fundamental que la debe distinguir del resto de los partidos y 
organizaciones funcionales al sistema. Quienes, por vicio espontaneísta o por dogmatismo, 
dejan de lado la necesidad de aprender de nuestras experiencias y la labor preparatoria de 
la organización, dejando campo fértil a la improvisación, obran de forma irresponsable, ya 
que pudiendo ahorrar sufrimientos al pueblo, no le "previenen" de repetir errores pasados 
o de caer en prácticas las cuales pueda ser fácilmente previsible que conducirán al 
fracaso. Nuestro enemigo, la burguesía y el Estado, se encuentran siempre preparados para 
combatir cualquier aire de sublevación; ante tal enemigo, nosotros debemos estar 
igualmente preparados y prestos. Así, el rol de la organización revolucionaria en este 
sentido, así como en su combate a la simple improvisación, resulta fundamental.

Otra utilidad de la organización revolucionaria, es que permite mantener un trabajo 
regular en el seno del pueblo. Vale decir, la organización, pese a que se vea de hecho 
afectada por las fluctuaciones en la militancia y la actividad popular, es más regular y 
puede tener más continuidad que muchas organizaciones sociales las cuales son, por lo 
general, bastante dependientes de la coyuntura. De este modo, se mantienen latentes las 
condiciones que facilitan un resurgimiento de las organizaciones sociales luego de 
períodos de reflujo (como el que hoy atraviesa el país). Del mismo modo, representa un 
referente para quienes comiencen a cuestionarse sobre el actual estado de cosas.

También, la organización revolucionaria permite conectar las realidades parciales de la 
lucha en una perspectiva global y unificadora. Todos sabemos, que la realidad del 
movimiento sindical, estudiantil, poblacional, así como de distintos grupos de activismo 
que puedan generarse, no van siempre de la mano. Cada uno de estos movimientos, con todos 
sus diferentes grados de desarrollo, representa una visión particular, sobre un campo 
limitado, de una realidad social que les es transversal y que les une como clase. Si nos 
perdemos en uno sólo de estos segmentos de la clase (entendiendo que en sujetos 
policlasistas como el poblacional o el estudiantil, nos interesan fundamentalmente los 
sectores proletarios), perdemos una visión total, unificadora, que es la única que nos 
puede orientar por la línea correcta.

Generalizar a partir de una situación particular, nos puede llevar a conclusiones erróneas 
y a una práctica equívoca. Las prácticas equívocas muchas veces son aprovechadas por la 
burguesía para fragmentar a la clase y para explotar las contradicciones secundarias al 
interior nuestro, que dilatan nuestra unidad en contra del enemigo común (trabajadores 
peruanos contra trabajadores chilenos, hombre contra mujeres, etc...). De esta forma, nos 
someten en el atomismo, que se produce gracias a la exaltación de nuestras diferencias por 
sobre nuestros puntos de unidad. Ahora, la organización revolucionaria, precisamente por 
agrupar en cuanto clase y no como sujetos (y en torno a claros ejes políticos), permite 
este espacio de convergencia de los distintos sectores de la clase, de las diferentes 
realidades particulares en función de un único proyecto que abarque las demandas y los 
análisis de todos. Conecta las realidades distintas dentro de la clase y las agrupa en una 
corriente coherente con la cual se hace posible la formulación de un programa estructurado 
que responda a las necesidades de la clase globalmente. Además, sirve como una escuela en 
la cual aprendemos unos de otros de nuestras distintas experiencias.

Lo anterior se relaciona con otro punto de primera importancia de la organización 
revolucionaria: es que ésta permite superar la inmediatez de las luchas. Nos eleva por 
sobre el "aquí y el ahora". Esto significa que enriquece nuestra práctica y nuestra 
comprensión de los fenómenos con la luz de las experiencias históricas, así como de las 
experiencias desarrolladas en otros lugares, más allá de nuestra inmediatez física. De más 
está aclarar la importancia de este hecho en cuanto al desarrollo de una línea política 
correcta.

La organización revolucionaria anarquista es por excelencia (no pudiendo serlo ningún otro 
espacio del mismo modo) el punto de encuentro entre la teoría y la práctica. Por su unidad 
y cohesión teórica, así como por llevar adelante tareas de carácter reivindicativo, de 
organización, de ruptura y de lucha, es la cual permite mejor que ninguna otra instancia 
la aplicación de nuestras doctrinas en la realidad.

De este modo, logramos de forma operativa que nuestro anarquismo, que nuestra teoría 
revolucionaria, sirva en efecto, con resultados concretos y palpables, para la 
transformación social, para la transformación de nuestra realidad de opresión.

Hacemos que sea de verdad una herramienta de liberación. A la vez, el contraste con la 
realidad es el que permite que nuestra doctrina revolucionaria se supere, que mejore sus 
postulados, que refine sus imprecisiones, que supere sus errores. Es en esta relación de 
mutua afectación entre teoría y práctica, que superamos la contradicción entre el 
"decirse" y el "ser" anarquista.

También la comprensión de la organización anarquista como una escuela, va más allá del 
simple contacto con gentes provenientes de diversas experiencias populares, el cual por 
cierto, es de primerísima importancia y de lo más enriquecedor para el conjunto de la 
organización y su programa. También pasa por la formación doctrinaria y moral de los 
militantes. La organización, es el espacio en el cual se deben exaltar y desarrollar, en 
solidaridad y verdaderas relaciones de confraternidad y camaradería, las facultades 
intelectuales y morales de los compañeros. Es un espacio para potenciar las virtudes de 
los militantes y para superar sus vicios y defectos.

La organización es un espacio en el que el proceso de aprender no se debe dar nunca por 
terminado; en ella, todos tenemos algo que aportar, algo que enseñar, y a su vez, todos 
tenemos algo que aprender.

José Antonio Gutiérrez D.

[1]A. Meltzer, "Anarchism, arguments for and against"
[2]Entendiendo "políticamente" en su sentido más amplio, como la participación en las 
cuestiones sociales de forma organizada.
[3]P. Kropotkin, "La Ciencia Moderna y el Anarquismo"
[4]Vale decir, la conciencia clara de su condición social objetiva, de sus intereses (en 
tanto miembro de esa condición social, de esa clase) y los pasos necesarios para superar 
su situación.
[5]M. Bakunin: "Federalismo, Socialismo y Antiteologismo (Socialismo)"
[6]M. Bakunin: "El Imperio Knuto-Germánico y la Revolución Social (Primera Entrega, 1871)"
[7]M. Bakunin: "La Comuna de París y la Noción de Estado"
[8]George Fontenis: "Manifiesto Comunista Libertario"
[9]George Fontenis: ídem
https://www.anarkismo.net/article/31474


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