(ca) Ser Anarquista by Federación de Anarquistas de Gran Canaria

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Jue Jul 13 08:05:12 CEST 2017


Desde que era muy joven y empecé a contactar con otras anarquistas ajenas a mi círculo 
siempre me sorprendió la forma de abordar lo que podríamos llamar la "identidad 
anarquista". Sí, ciertamente se entiende como una identidad, cultural, filosófica, 
política, social. Siempre me decían, con un aire de solemnidad y mirando al horizonte con 
los ojos brillantes: "¿yo anarquista? Algún día me gustaría serlo. Estoy en ello". O 
también: "¿anarquista? Esa palabra es demasiado grande para mí. Es un proceso, lo 
intento". Faltaba música de violín de fondo y un manto de nieve que casi nunca cae en 
Canarias. Yo, a pesar de ser muy inexperto y tener la cabeza repleta de lecturas, no sabía 
muy bien si creérmelo. ---- Con el paso del tiempo no he visto que se rebaje este 
discurso. Convertirse en anarquista es entendido por algunas como una prueba iniciática: 
de capullo a ser superior. Es un proceso de años que requiere lecturas, formación, 
aprender códigos y mil requisitos formales. Es casi como una oposición. Opositar para 
anarquista, qué gran labor.

Todos habremos oído aquello de que se es anarquista 24 horas al día y cosas similares. 
Decía Victor Serge en sus memorias: "El anarquismo nos poseía enteros porque nos pedía 
todo, nos ofrecía todo. No había un rincón de la vida que no iluminase, por lo menos así 
nos parecía. Podía uno ser católico, protestante, liberal, radical, socialista, 
sindicalista incluso, sin cambiar nada en su vida, en la vida por consiguiente".

Yo también he dicho cosas similares, y aún me parecen ciertas. Pero no veo lo de ser 
anarquista a jornada completa como una condena, un acto de constricción que debe 
respetarse durmiendo y en el cuarto de baño. En parte es una actitud, una forma de 
relacionarte con los demás y entender la vida, y también una propuesta empírica que busca 
cohesión entre ideas y hechos, y esto difícilmente implica parcialidad. No podemos ser 
diabéticas doce horas al día, aunque reconozco que es muy ventajista compararlo con una 
dolencia del páncreas. Decía Paul Válery que "toda persona lleva en sí un dictador y un 
anarquista". Digamos que llamamos anarquista a la persona cuya segunda faceta se 
manifiesta más y que con mayor fuerza combate la primera.

Dicho esto, y admitiendo que la anarquista busca la coherencia, ¿con respecto a qué la 
busca? A veces me parece que se busca la coherencia entre las ideas que se tiene y las que 
se quieren tener. Las ideas pueden ser fáciles de adquirir, pero sobre todo son fáciles de 
aparentar. Nuestra búsqueda de la coherencia no es, generalmente, entre ideas y actos, que 
sería lo lógico, sino puramente formal. De ahí que le demos tanta importancia a los que 
decimos y también a lo que decimos pensar, y tan poca a lo que hacemos.

De todo esto vienen lo que yo llamo "la búsqueda de los grados de perfección moral". Nos 
preocupa esa parte de ser anarquista interna y, paradógicamente, extremadamente 
exhibicionista. Queremos tener un lenguaje aparentemente anarquista, unos hábitos 
personales supuestamente anarquistas, pero no hay un mínimo esfuerzo por hacer nada 
práctico anarquista. El anarquismo se convierte así en una religión o filosofía 
transcendentalista, donde se van alcanzando distintos rangos de iluminación o sabiduría 
hasta llegar al Nirvana o algún estado de consciencia superior. Como si fuéramos monjes 
budistas o místicos cristianos. En la FAGC ya es común bromear sobre los "grados de 
perfección anarquistas" que hemos alcanzado: el grado 9 es el que alcanza la anarquista 
cuando es capaz de no emitir sombra, y el grado 10, el máximo conocido, cuando puede hacer 
la fotosíntesis.

El anarquismo así entendido, como una meta inalcanzable que implica martirización, como un 
club exclusivo y elitista que exige para entrar un examen de acceso, no me interesa. Sí, 
debemos ser coherentes, pero la coherencia exige correlación entre lo que decimos y 
hacemos, y eso quizás implique empezar a decir cosas realistas. Una tortuga que afirmara 
que no puede volar estaría siendo tan honesta como coherente. Coherencia es reconocer las 
propias contradicciones, y también los propios límites. Lo coherente es asumir que la vida 
misma, la que nos rodea, nos impide si queremos conservarla, hacer todo lo que nos 
gustaría. La coherencia es intentar cambiar eso, pero admitiendo sus dificultades y 
también los fracasos personales y colectivos. Coherencia no es dejar de respirar para no 
incumplir ni una coma de un dogma; coherencia es mantenerse vivas para poder aspirar a 
cambiar lo que no nos gusta. Reconocer que es imposible ser perfectas, que es imposible 
volar, como reconoce la tortuga, es coherente. La coherencia es conflicto y búsqueda, no 
perfección y esnobismo.

Por otro lado, podemos aparentar toda la coherencia que queramos en el continente, pero la 
coherencia implica contenido. Ser anarquista se ha convertido en una cuestión de forma más 
que de fondo, de respetar códigos culturales superficiales omitiendo lo que se hace en la 
práctica y cuando se acaba la asamblea. En ese aspecto, he conocido más anarquismo fuera 
de los círculos anarquistas que dentro. Podemos esforzarnos mucho, por ejemplo, en usar un 
lenguaje no sexista, como yo en este artículo, y formalmente aparentar oposición al 
heteropatriarcado. He conocido hombres muy rigurosos con el lenguaje, escrupulosos en su 
discurso, que afirmaban haber leído cada libro sobre feminismo que llegó a su manos y 
estar al tanto de "lo último". Tíos que asisten a talleres o que incluso, sin sonrojo 
alguno, los imparten. Autotitulados "aliados" que, cuando el foco se apaga, en el trato 
con sus compañeras, eran verticales, despóticos y tiránicos, y también clasistas y 
autoritarios cuando interactuaban con las mujeres del barrio a las que miraban por encima 
del hombro. Sujetos formalmente contrarios a la opresión de género que sentían la más viva 
aversión por "chonis" y gitanas, y que hacían de cualquier mujer que se les acercara un 
cliché a cosificar. Y he conocido también mujeres que reprendían a sus compañeras si no se 
sometían a estos "machos alfa" y los escuchaban atentas hablar de Beauvoir, Preciado, los 
micromachismos o la oposición al amor romántico.

Por otro lado he conocido hombres que no conocen el nombre de ninguna autora feminista, 
que afirman no haberse podido acabar nunca un libro entero, que no usan lenguaje no 
sexista, que no conocen ningún término sofisticado sobre la decostrucción de los roles de 
género y que no saben lo que significa heteropatriarcado sólo con oírlo. Y sin embargo, 
esos mismos hombres, sin formación académica ninguna, no tratan a su iguales como 
inferiores o subalternas; no aíslan a sus compañeras de las conversaciones, ni las apartan 
de las tomas de decisiones; no creen que deban iluminarlas o guiarlas; las escuchan 
atentamente en las asambleas y las reconocen como referentes cuando su trabajo y su 
ejemplo les sirve de inspiración. No podrán elaborar un sesudo discurso sobre la opresión 
de géneros, pero jamás aprovecharán la coartada de un supuesto "espacio seguro" para 
agredir a una compañera. Las vecinas, mis compañeras más cercanas, prefieren militar con 
los segundos.

Lo dicho se puede aplicar a todas las manifestaciones anarquistas. Centramos todo el peso 
en el discurso, pero lo verdaderamente importante es lo que hacemos. Son nuestros actos 
los que tienen que hablar por nosotras y definir lo que somos. No existe coherencia 
posible si no tenemos una actividad real que se pueda confortar con nuestras ideas. Ser 
anarquista, entendido como un proceso meramente filosófico, teórico, como la adquisición 
de un estatus intelectual que nos separe de la plebe, es algo que me asquea y no me 
interesa en absoluto. Considerarse anarquista con la idea de distinguirse del resto y 
poder echarles una mirada de desprecio desde una pretendida superioridad moral, es simple 
y desnuda aristocracia. De ahí vienen los sermones y la agobiante insistencia de convertir 
a los infieles. Es la evangelización ácrata.

Mi anarquismo es otra cosa. Mi anarquismo no sirve para separarme de los demás sino para 
acercarme a ellos. Sirve para entender las contradicciones ajenas y ver cuánto de ellas 
hay en mí. Sirve para acostumbrarme a no exigirle nada a los demás por encima de lo que me 
exijo a mí mismo. Yo no quiero que ser anarquista sea una cosa difícil y tortuosa, sino 
algo fácil, asequible, al alcance de todo el mundo. Yo refuto a Armand cuando decía que 
"el anarquismo no es para los ineptos al esfuerzo". Me niego a eso. Yo no quiero un 
anarquismo para atletas intelectuales, para campeonas del pensamiento abstracto y 
übermensch salidos de algún documental de Riefenstahl. Yo quiero un anarquismo que 
precisamente pueda ser patrimonio de los que hasta ahora han sido marginados de las 
cumbres de cerebros, los comités de sabios, las aulas y las academias. Quiero que los que 
somos tildados de tullidos, físicos o mentales, podamos hacer nuestro el anarquismo y 
escupirlo a la cara de los que lo relegan a universidades, salones, colectivos de 
convencidas y grupos de estudio. Quiero que ese anarquismo cotidiano, que se teje en 
muchas de nuestras relaciones, en nuestras asambleas de vecinos, en nuestras ollas 
comunes, en nuestras huertas, en nuestros piquetes, en nuestras enfrentamientos en el 
barrio, acabe aceptándose como una forma rápida y eficiente de convertirse en anarquista 
sin necesidad de darse ese nombre, de asumir ningún folclore, ni de compartir ningún 
fetichismo hacia banderas, símbolos y siglas.

Quiero que ser anarquista sea algo cercano, accesible y asequible, que las anarquistas 
sean definidas por su actividad y no solamente por las ideas que dicen defender. Quiero 
que ese anarquismo intuitivo, sin nombre y sin sello, pueda ser reconocido como una 
manifestación anarquista de primer orden. Que se entienda que una teoría anarquista ajena 
a la práctica y a la realidad es como una pieza refinada de cristal, pura y sin macula, 
brillante, pero tremendamente frágil y quebradiza. Mientras que el anarquismo de barrio, 
de calle, basado en la experimentación y la práctica, el anarquismo que yo defiendo, es 
más bien como una roca sin tratar, con tierra y llena de golpes, pero tremendamente sólida 
y pulida por el uso. Quiero en definitiva que el anarquismo deje de estar enmarcado en los 
despachos de las profesoras, que lo saquemos de las vitrinas y lo compartamos con la 
gente, que sea como un papel pequeñito que la gente pueda llevar consigo todo el día en el 
bolsillo, lleno de pliegues de todas las veces que lo doblan y desdoblan, sucio y 
desgastado de tanto uso.

¿Y si esto nunca llega a ser aceptado por las anarquistas oficiales? Pues muy bien. Otro 
anarquismo, sin complejos ni pruritos intelectuales, a golpe de adoquín y de curro en la 
calle, acabará tomando posiciones y adelantándolos por su izquierda. Los cambios profundos 
no aguardan el consenso.

Ruymán Rodríguez

https://anarquistasgc.noblogs.org/post/2017/07/09/ser-anarquista/


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