(ca) lasoli.cnt.cat: Opinion la diferencia

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Dom Ene 15 19:02:11 CET 2017


Cambia de colores como el camaleón, según lo que trame y según la ocasión. ---- Frente al 
poderoso parece ratón, pero ante los débiles es un León. ---- Es blanca paloma con piel de 
reptil, cuando le conviene ser ruin y ser vil. ---- A los animales  les pido perdón. ---- 
?Por haber hecho esta comparación. ---- -Obreros y Patrones, José de Molina. ---- 
Contemplemos la caricatura un instante: uno de los personajes cubre su oronda figura con 
un chaqué negro y lleva una chistera sobre la cabeza; el otro lleva una gorra blanda, es 
flaco y va en mangas de camisa. No hay dudas de que el primero es un burgués, y todo el 
mundo que lee aquel periódico lo entiende, porque así son los burgueses, así visten, así 
hablan, así consumen. El otro es, evidentemente, un trabajador.

Ahora vamos a viajar cien años en el tiempo y vamos a pedir a un dibujante adscrito a eso 
que llamamos "la izquierda" que nos haga una viñeta sobre el último ERE o la última 
reforma laboral. Es muy posible que la imagen representada no cambie. Si acaso el 
trabajador llevará un casco de obra en vez de una gorra y, con un poco de suerte, el 
burgués no se habrá puesto su chistera. ¿Quién es capaz de identificar esa imagen con su 
realidad, cómo no sean únicamente los trabajadores de la construcción? Y ni siquiera eso...
EN SU PERFECCIONAMIENTO EL CAPITALISMO HA CAMBIADO ALGUNA DE SUS REGLAS FUNDAMENTALES.

En el capitalismo pre-fordista de finales del siglo XIX y principios del XX la burguesía, 
incluso la pequeña burguesía, habitaba en espacios claramente diferenciados a los de la 
clase obrera. Nada tenían que ver la ciudad-jardín de Letchworth con las barriadas obreras 
de Londres: ni en pavimentación, ni en transportes, ni en alcantarillado. Es que ni 
siquiera el aire que respiraba la clase dominante y el proletariado era el mismo. La 
barriada obrera constituía un espacio físicamente separado del centro burgués, donde el 
proletariado, por mera supervivencia, debía organizarse a sí mismo para cubrir las 
necesidades más básicas. Hoy las ciudades poseen un modelo integrador que difumina las 
fronteras entre barrios o incluso asistimos a la invasión de la pequeña burguesía a 
barrios tradicionalmente proletarios.

De la misma forma, una burguesía que acostumbraba a hacer públicamente gala del lujo del 
que disfrutaba (con prendas específicas, joyas...) y cuyos patrones de consumo eran una 
marca de posición social, difícilmente podía ser vista como referente para una clase 
trabajadora que apenas podía permitirse la ropa necesaria para realizar su trabajo y la 
comida para no morir entre una jornada y la siguiente. No es que no hubiera trabajadores 
que quisieran vivir como burgueses -los había y muchos - sino más bien que estos 
trabajadores lo tenían francamente complicado para imitar a la burguesía en su modelo 
vital. Pero en su perfeccionamiento el capitalismo ha cambiado alguna de sus reglas 
fundamentales, y si antes el salario debía cubrir únicamente lo necesario para reproducir 
la fuerza de trabajo del obrero, hoy además debe de servir para que éste contribuya 
permanentemente a mantener la demanda in crescendo y para que identifique sus aspiraciones 
con las de la burguesía en base a unos patrones de consumo comunes. Nada de chaqués y de 
chisteras, hoy el burgués de éxito viste con camiseta y vaqueros y el proletariado va en 
masa al centro comercial cuando sale el último iPod. Y si no puede hacerse con un iPod, 
hay sectores del capitalismo internacional especializados en fabricar modelos que se ven 
igual de bien a menor precio. El caso es que nadie se quede fuera del constante proceso de 
producción de valor.
A lo que voy es que en aquel mundo de coches de caballos o de Mercedes sin capó era 
realmente sencillo identificar al explotador, y que el explotado se identificara a sí 
mismo como miembro de su clase. Estaba bien claro que ser proletario no era una identidad 
que se eligiera (y por lo tanto, confundible con otras identidades) si no una cruda 
realidad material. No hay mucho camino que recorrer desde ahí hasta la construcción, por 
parte del movimiento obrero, de un mito en base a la diferencia. Las fronteras ya eran 
visibles y el mito solo debía encargarse de articular al proletariado en tanto que 
comunidad enfrentada, permitiendo así el desencadenamiento de una serie de violencias con 
la fuerza y la capacidad de acabar con el orden capitalista. El preámbulo de la 
constitución de la Industrial Workers of the World -El principal sindicato revolucionario 
anglófono - indica: «The working class and the employing class have nothing in common». No 
tenemos nada que ver con nuestros explotadores, y en torno a esta idea se articulan otros 
mitos, como el de la superioridad ética y moral de los trabajadores o la del proletariado 
como clase predestinada a acabar con las miserias sociales, por no hablar de toda una 
estética vinculada a esa construcción colectiva que no por ser irracional contribuye menos 
a la superación del capitalismo y a la auto-abolición de la clase obrera.
Estos mitos llegan a transformarse en realidades revolucionarias que son derrotadas.

El capitalismo, en su perfeccionamiento, logra la unificación de lo separado, que para la 
clase oprimida supone la separación más absoluta. Creando sistemas jurídicos garantistas, 
sistemas democráticos universales, haciéndose cargo de los servicios o extendiendo los 
patrones de consumo burgueses se logra crear una identidad ciudadana que difumina el 
conflicto social y económico entre clases. No es que las clases dejen de existir, es que 
deja de importar que existan. De hecho, se crean nuevo mitos conciliadores y la burguesía 
logra sacudirse de encima su imagen cargada de vicios en torno al fantoche del «emprendedor».

Ante este avance, los intentos del obrerismo de reconstruir los viejos mitos resultan casi 
siempre patéticos porque tratan de hacerlo en base a un proletariado de una fase histórica 
distinta, haciendo de las herramientas de nuestros antepasados una carga para nosotros. 
Volvemos a la viñeta de nuestro dibujante y al hecho de que prácticamente ningún 
proletario actual sea capaz de identificarse en ella. También aquí encontramos la 
nostalgia estética de algunas posiciones tardo-soviéticas o el vergonzante paternalismo de 
buena parte de la izquierda que se dice a favor de nuestra clase.

Otros sectores de la izquierda, desistiendo de reconstruir aquellos mitos, tratan de 
construir la identidad en torno a otros significantes no clasistas. Ahí están quienes 
apelan al pueblo, al precariado, a los millennials, a la dignidad, a la soberanía 
nacional... Identificadores débiles por sí mismos, pues por su carácter flotante su 
aparición únicamente puede servir para potenciar la contestación o, como mucho, la 
reivindicación de derechos otorgados, sin poner en tela de juicio en ningún momento la 
identidad ciudadana omnipresente. Uno puede elegir, o no, identificarse como precario, 
como parte del pueblo, como parte de una generación... Pero, de nuevo, uno no puede elegir 
ser proletario o no serlo.

Hay, sin embargo, luchas contra opresiones que han sabido ver muy bien esta cuestión a lo 
largo de su configuración. La lucha feminista o la lucha contra la opresión racial son dos 
ejemplos de ello. Si los Panteras Negras no dejaban que ningún blanquito hablara por 
ellos, organizaban economatos y milicias armadas de negros e, incluso, llegaron a plantear 
la conformación de un Estado afroamericano, era precisamente para profundizar esa 
separación que ya era visible en base a mitos que les permitieran liberarse de la 
opresión. Y el lema «machete al machote» marca una frontera tan inapelable como un golpe 
de cuchillo. Para que las violencias necesarias para liberarnos puedan hacerse presentes 
antes hay que señalar la diferencia que nos separa de quienes nos dominan.
Estos mismos procesos no se han dado en las últimas décadas en el movimiento obrero. 
Permitimos que elementos extraños a nuestra clase nos representen, somos incapaces de 
crear una imagen de lo que significa ser de clase obrera y si a alguien se le ocurriera 
presentar «machete al emprendedor» como el lema principal de la campaña de un sindicato 
sería tachado de excesivo por sus propios compañeros. Es posible que el capitalismo como 
sistema de opresión haya evolucionado más rápido en el sentido integrador que otros 
sistemas de opresión, pero también es cierto que el movimiento obrero no ha sido demasiado 
hábil en las últimas dos o tres generaciones a la hora de la construcción mitológica de la 
diferencia.

Todo esto nos plantea una tarea pendiente y el problema de cómo acometerla. Es obvio que 
la realidad material pone difícil la construcción de una nueva mitología de clase. Para 
ello necesitaríamos, en primer lugar, lograr marcar fronteras con la clase explotada. No 
hablo, por supuesto, de volver voluntariamente a las condiciones de vida de las barriadas 
obreras de hace cien años, sino de que nuestro trabajo social y político debe ir en el 
sentido de articular comunidades enfrentadas al conjunto de relaciones sociales que ha 
diseñado de la burguesía y que ese enfrentamiento nos permita volver a reconocernos entre 
nosotros en base a nuevos mitos liberadores. Porque no queremos tener nada en común con 
quienes son capaces de triunfar en el mundo que el capitalismo ha diseñado.
EL MOVIMIENTO OBRERO NO HA SIDO DEMASIADO HÁBIL EN LAS ÚLTIMAS DOS O TRES GENERACIONES A 
LA HORA DE LA CONSTRUCCIÓN MITOLÓGICA DE LA DIFERENCIA.

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