(ca) FAI: tierra y libertad #342 - La evolución del capitalismo moderno

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Lun Ene 9 10:31:53 CET 2017


Los inicios del capitalismo moderno normalmente se hacen coincidir con la revolución 
industrial, que se inició en la Inglaterra de mediados del siglo XVIII. Según la tesis más 
extendida, en aquella época se habría producido una mutación, que conllevaría una 
tendencia gradual, en el paso de la fase de acumulación originaria del capital a la del 
desarrollo, es decir, del crecimiento sostenido. Por crecimiento sostenido se entiende el 
desarrollo de las actividades productivas -industriales, agrícolas, comerciales, 
financieras y de servicios- tanto en términos de volumen de negocios como de progreso 
científico y tecnológico aplicado a los procesos productivos, aparte de incrementos, 
diferenciaciones y especializaciones de las actividades empresariales. A estos cambios 
vienen generalmente asociadas las mejoras en la calidad de vida y en la disponibilidad de 
bienes y servicios.

En otros términos, el desarrollo de las actividades productivas, de negocios y financieras 
iría acompañado del progreso civil y social, si bien gradualmente y con contradicciones y 
retrocesos temporales.

No habría grandes dificultades para asumir en grandes líneas tal visión de la evolución 
histórica del capitalismo moderno, siempre que se eviten las exageraciones, aparte de la 
omisión de numerosos y consistentes aspectos que contrastan de forma patente con tal 
reconstrucción del proceso histórico, en muchos puntos excesivamente optimista y parcial.
Existe el riesgo, entre otras cosas, en caso contrario, de dar por descontado un poco 
apresuradamente que haya habido una suerte de auténtico cambio en la naturaleza del 
sistema socioeconómico. Resulta indudable el paso de una fase, en la que la característica 
principal era la expansión física y la conquista de territorios y recursos, a otra de 
autodenominado desarrollo, o crecimiento sostenido, en la que el papel más importante era 
interpretado por las aplicaciones en las actividades productivas de las invenciones y 
descubrimientos científicos y tecnológicos.
Está claro que a favorecer y apoyar tal paso han contribuido el incremento de la demanda 
de bienes de consumo, inducido por una distribución menos desigual del rédito y de la 
riqueza, el ya indicado progreso científico y tecnológico y las innovaciones en las 
técnicas y en las instituciones monetarias, crediticias y financieras.
El hecho de que, por un tiempo insólitamente largo, el incremento de la capacidad 
productiva haya superado la dinámica demográfica europea, ha hecho que se determinase 
alguna mejora en las retribuciones y en las condiciones de vida de los trabajadores, capaz 
de implicar una expansión de la demanda de bienes de consumo y un incremento de las 
inversiones para su producción. En medida ciertamente relevante, esta evolución del 
sistema socioeconómico parece ir pareja a un incremento de la oferta de trabajo por parte 
de las empresas recién nacidas, en las que se intentaba afrontar las demandas de la clase 
trabajadora en formación en las diferentes naciones europeas, sobre todo como consecuencia 
de las migraciones hacia el nuevo y novísimo mundo.
En un cierto periodo, en el paso del mercantilismo al capitalismo moderno, las leyes de la 
oferta y la demanda, sin ahorrar sufrimientos, angustias y represiones, de alguna forma 
han funcionado a favor de la clase trabajadora. Tal situación favoreció la formación y el 
incremento de las clases trabajadoras y de las medias, o sea, sobre todo funcionarios y 
directivos de empresas y administraciones públicas, y trabajadores autónomos, generalmente 
en posesión del necesario título académico.
A esto se añadió, como efecto y causa derivada, una cierta mejora en las condiciones 
económicas de esta componente de la sociedad, sin que, en términos absolutos, fueran 
perjudicados réditos y niveles de riqueza de las clases aristocráticas y burguesas.
En sentido relativo, en la tendencia general al incremento de la riqueza en su conjunto, 
se produce alguna atenuación de los niveles de desigualdad a favor de las clases 
trabajadoras y de las clases medias, con el consiguiente incremento para ellas de la 
posibilidad y propensión de la compra de bienes de consumo.
El incremento de la demanda y, por ello, de las oportunidades de beneficio, constituyó, 
por otra parte, el estímulo para la aceleración de las inversiones en las actividades 
productivas, comerciales y financieras, y para la búsqueda de posteriores innovaciones 
científicas y tecnológicas susceptibles de aplicarse en los procesos productivos. Pero 
todo esto no quiere decir que la fase expansiva, con sus características de agresión, 
opresión, explotación, represión y sus consecuencias criminales y corruptas o ilegales, 
cese o se reduzca en términos numéricos y de valor monetario. Parece incluso que habría 
que admitir que ha ocurrido exactamente lo contrario. De hecho, es innegable que en gran 
parte del planeta, la perteneciente a los considerados como países emergentes, perduran 
todavía sustancialmente inalteradas las prácticas de sobre-explotación, represión y falta 
de respeto hacia el medio ambiente, típicas del capitalismo primitivo y de la acumulación 
originaria. En resumen, las transformaciones del capitalismo moderno, en el sentido de una 
"civilización" o "edulcoramiento" y de la pérdida de sus características de una mayor 
crudeza, no han implicado los aspectos de la vida, ni todo el planeta ni toda época y no 
sin involuciones y vueltas atrás al crimen y a la barbarie de los tiempos de la 
esclavitud, de los negreros y de las guerras del opio. Si admitimos que se puede hablar de 
una pérdida tal -lo que resulta controvertido- no sería ni total ni definitiva, ni 
siquiera global.

Los últimos acontecimientos del capitalismo moderno, a partir de la segunda gran crisis de 
2008, aparte de sacar a la luz los aspectos a la vez fraudulentos e irracionales, han 
demostrado como una constante, como su misma condición de existencia, la necesidad de 
expandirse continuamente, preferiblemente a ritmos cada vez más rápidos.
La historia reciente parece haber enseñado sin ningún género de duda que, cuando resulta 
imposible la adquisición de nuevos territorios por estar ocupado todo el planeta, la 
expansión del capitalismo moderno ha asumido sobre todo la forma del incremento 
estratosférico de los valores monetarios y los instrumentos financieros. Todo esto aparece 
cada vez más en contraste no solo con los principios, las reglas y las ideologías 
consideradas como fundamentales en el sistema socioeconómico imperante, sino también con 
el sencillo sentido común. Parece que se deba afirmar, a la luz de los hechos, que el 
capitalismo moderno en su arco de vida ha cambiado ciertamente en la forma, pero no gran 
cosa en su naturaleza y sustancia.

La "mano invisible" del capitalismo

El enunciado más completo del concepto de "mano invisible" de Adam Smith se encuentra en 
la Teoría de los sentimientos morales, publicada en 1759, diecisiete años antes de su más 
famosa Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones: "Los 
ricos no hacen más que escoger en gran cantidad lo que es más precioso y agradable. 
Consumen poco más que los pobres y, a despecho de su natural egoísmo y de su natural 
rapacidad, no piensan en otra cosa que en su propia conveniencia; el único fin que se 
proponen dando trabajo a millares de personas es la satisfacción de sus vanos e 
insaciables deseos, no obstante comparten con los pobres el producto de todas sus mejoras. 
Son guiados por una mano invisible a hacer casi la misma distribución de las cosas 
necesarias para la vida que se haría si la tierra estuviera dividida en partes iguales 
entre todos sus habitantes, y así, sin quererlo, sin saberlo, hacen progresar el interés 
de la sociedad, y ofrecen medios para la multiplicación de la especie".
Poco antes, el autor se había expresado en los siguientes términos: "No sirve para nada 
que el soberbio e insensible propietario agrícola inspeccione sus vastos campos y que, sin 
pensar en las necesidades de sus hermanos, en la imaginación consuma él todo el grano que 
recolecta. El conocido refrán popular que dice que el ojo es más grande que la panza nunca 
ha sido tan certero como en este caso. La capacidad de su estómago no se corresponde con 
la inmensidad de sus deseos, y no es mayor que la del más humilde campesino. No tiene más 
remedio que distribuir el resto entre quienes preparan, del mejor modo posible, lo poco 
que él mismo utiliza, entre quienes cuidan el palacio en donde ese poco será consumido, 
entre quienes consiguen y mantienen en orden las bagatelas y naderías que se usan para 
administrar la grandeza. Todas esas personas, así, reciben de su lujo y de su capricho esa 
parte de cosas necesarias para la vida que en vano habrían esperado de su humanidad y de 
su justicia. La producción del terreno mantiene en todo momento casi el mismo número de 
personas que está en grado de mantener".
No hace falta subrayar cómo las argumentaciones de Smith sobre la acumulación y reparto de 
la riqueza se refieren exclusivamente a los bienes de consumo y, sobre todo, a los 
artículos de alimentación. Es, por otro lado, transparente, una suerte de disparate, unido 
a bastante desprecio, la pretensión del rico de acumular riqueza y poder.
El autor saca a la luz la sustancial impotencia, en cuanto que el mismo ejercicio del 
poder obtenido a través de la acumulación y la concentración tiene como consecuencia, 
directa o indirecta, la ampliación de los frutos de la riqueza acumulada a los otros 
miembros de la colectividad.
Los ricos, de hecho, acumulan riqueza y poder, que en el fondo consisten en la posibilidad 
de usar a los otros, o sea, de servirse de su capacidad de trabajo, de su fuerza-trabajo. 
Asimismo, en instituciones como la servidumbre de la gleba o la esclavitud, es el mismo 
cálculo de conveniencia del rico el que le obliga a mantener en vida y en eficiencia 
física a quien le debe servir.
Ni por casualidad y no de forma manifiestamente infundada, el jurista Guido Rossi, en una 
entrevista publicada el 6 de junio de 2008 en el diario italiano La Repubblica sostenía 
que la metáfora de Smith de la mano invisible debe considerarse como algo más que una 
exaltación de la doctrina liberal del laissez faire; de alguna forma se puede interpretar 
como todo lo contrario: "Uno de sus conceptos más equívocos es el de la mano invisible. Se 
ha impuesto la idea de que Smith ha querido decir que el mercado se debe dejar a sí mismo 
porque alcanza automáticamente un virtuoso equilibrio. La mano invisible se ha convertido 
en el argumento principal de los neoliberales. En realidad, Smith toma prestada la imagen 
de la mano invisible, con mucha ironía, del tercer acto del Macbeth de Shakespeare. 
Macbeth habla de la noche y de su mano sangrienta e invisible, que le quitará la palidez 
del remordimiento antes del asesinato. Smith se burla de los capitalistas que creen poder 
gobernar los mercados".
Obviamente, también los hombres de negocios y las clases dirigentes del tiempo de Smith, 
como en cualquier otro tiempo y lugar, estaban interesados en la acumulación de poder 
económico, financiero y político, mucho más que en el consumo de bienes y alimentos. Y es 
sobre el consumo de bienes alimentarios, mucho más que de bagatelas y naderías, donde se 
centra la atención, el buen sentido y la ironía de Smith.
La antipatía de Smith por las clases ricas y su propensión a la acumulación y a la 
concentración de riqueza es cualquier cosa menos casual; a tal fin, los párrafos 
reproducidos no constituyen una excepción sino la regla del pensamiento del autor.
Por lo demás, para Smith solo el trabajo presente o pasado constituye una justificación 
aceptable de la propiedad y, como es notorio, incluso la base y la unidad de medida de su 
valor.
A diferencia de otros autores precedentes y posteriores, Smith no manifiesta ninguna 
predilección ni se empeña en defensa alguna de la renta, de la exención del trabajo y del 
consumo abundante. Del mismo modo, es notorio y manifiesto su desprecio y aversión hacia 
las actividades financieras y, de modo especial, hacia las maniobras monetarias.
No por casualidad el pensamiento económico clásico, del que Smith es considerado 
universalmente como el precursor, se funda en la condena sin paliativos del mercantilismo 
y de sus políticas basadas en los monopolios, los privilegios, las concesiones y las 
restricciones al comercio y a la industria, aparte de las maniobras monetarias y 
cambiarias tendentes a favorecer el flujo y la acumulación de metales preciosos.
Smith era un niño cuando murió John Law, economista y financiero también escocés como él, 
que había embarcado a Francia en la loca aventura de la compañía del Mississippi, basada 
sobre todo en la creación de papel moneda en cantidades estratosféricas para la época, 
además de títulos accionariales.

Especulación, burbuja, crisis financiera eran también entonces fenómenos nada raros, con 
los habituales aspectos irracionales, que a veces asumían tintes sorprendentes que 
llegaban al paroxismo, como en el caso de la llamada fiebre de los tulipanes, que afectó a 
Holanda en los años treinta del pasado siglo.
Estos fenómenos eran ajenos a Inglaterra, que incluso había sido, por decirlo de algún 
modo, la cuna de los primeros desastres financieros de gran calado desde 1296, con la 
quiebra de la banca Riccardi de Lucca (Italia), y cincuenta años después con la caída de 
los Bardi, los Peruzzi y otros banqueros de Florencia.

En relevante o decisiva manera, la ruina de aquellas multinacionales financieras ante 
litteram fue debida a la insolvencia del rey inglés y a su megalomanía.
Con toda certeza, estas lecciones del pasado reciente y remoto no fueron olvidadas por 
Smith, cuyo pensamiento, al contrario, fue constantemente caracterizado por la prudencia, 
el equilibrio y el sentido común.

Y por tanto es improbable, si no imposible, que él aprobara o recomendara las políticas 
monetaristas y proteccionistas actualmente en auge, que no son otra cosa que una reedición 
de las prácticas mercantilistas condenadas por Smith pero puestas en práctica por gente 
que, al menos de palabra, no hace más que citar sus ideas y principios.

Francesco Mancini

http://www.nodo50.org/tierraylibertad/342articulo4.html


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