(ca) FAI, tierra y libertad #341 - La máscara de la democracia

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Dom Ene 1 11:58:21 CET 2017


El ISIS solo tiene un mérito: haber puesto al descubierto las aporías democráticas, la 
inconsistencia del relato sobre la universalidad de los derechos humanos, la caja vacía 
que rige el imaginario que atraviesa buena parte del planeta. ---- En los medios de 
comunicación social franceses, y después, como un reguero de pólvora en los nuestros, da 
vueltas el relato de un joven investigador universitario testigo e involuntario 
protagonista de un suceso de abuso de autoridad. ---- A la salida del metro, oye el grito 
agudo de una mujer. La ve en el suelo, revolviéndose contra las tiras de plástico que le 
cortaban las muñecas, clavándosele en la carne. El trato le había sido infligido por un 
grupo de policías que la habían pillado sin billete. Estamos en un barrio de la periferia 
y la mujer es negra.

La escena es muy violenta: el hombre intenta hacer una foto con el móvil, pero a la vez es 
víctima de la policía. Le quitan el móvil y lo zarandean con cada vez más insultos y 
empujones. Le amenazan de muerte. Le dicen que irán a buscarlo a la Sorbona. Utilizan 
pistolas eléctricas para torturarle. El dolor y el miedo se mezclan. Acabará apaleado, 
rociado con gas lacrimógeno entre el pequeño grupo que se había formado alrededor.
El relato es muy lúcido: la mujer ha sido menospreciada por su raza, privada de esa 
ciudadanía universal que es la piedra de toque de la Republique. El hombre es atacado como 
representante de una élite intelectual que no sabe quedarse en su sito, que juega con los 
principios, mientras alrededor ruge la guerra.

Esta historia ha suscitado indignación, porque la Republique se habría enfangado a sí 
misma, a sus principios y a su razón de ser.
Esta indignación en realidad no hace más que confirmar las razones de los belicosos, de 
quienes superan el choque de civilizaciones. La indignación que tiene quien considera que 
la triada revolucionaria -libertad, igualdad, solidaridad- es el eje fundamental de 
nuestras relaciones políticas y sociales. Cuando este eje salta por los aires, nos 
encontramos ante excepciones que confirman la regla, o ante defectos corregibles.

En los ojos de los prófugos

En realidad es exactamente lo contrario. La democracia no es traicionada, simplemente se 
muestra sin careta, traicionando su propia e íntima naturaleza. Una naturaleza básicamente 
ambigua, porque el sistema democrático está basado en una igualdad totalmente abstracta. 
Pobres, mujeres, homosexuales, extranjeros son desde siempre excluidos de los derechos 
concedidos a la ciudadanía, nunca asimilados plenamente allá donde la democracia sea el 
fundamento ideológico de la actividad política.
La democracia es uno de los varios recambios de las élites en el poder. Su éxito está 
determinado por la extendida convicción de que garantiza a todos el acceso a la soberanía. 
Una idea que ofrece amplios márgenes de consenso al sistema entero. Quien ataca es 
inevitablemente enemigo no solo del gobierno sino también del pueblo. Leyes especiales, 
Estado de emergencia, militarización y recrudecimiento del aparato represivo son la 
directa consecuencia de este planteamiento.
La democracia, con la emergencia, no se niega a sí misma. Todo lo contrario. Quien 
denuncia la violencia policial, quien se indigna, es tratado como enemigo o como un tonto 
que practica la complicidad con el enemigo. Pero es útil, ya que refuerza la opinión de 
que hay espacio para el "disenso" siempre que la crítica no se traduzca nunca en acción, 
siempre que nadie se meta en medio.
Frente a esta criminalidad del poder, muchos hablan de "democracia traicionada". Una 
ilusión peligrosa, ya que mantiene la convicción de que este sistema se puede corregir, 
que la violencia de las fuerzas del orden, la ferocidad de la máquina de las expulsiones, 
la falta de humanidad de las cárceles, la tortura en las comisarías, los apaleamientos en 
los CIE y por la calle, las cabezas abiertas por las porras, las gargantas quemadas por 
los lacrimógenos, los trabajadores que mueren de trabajo o los venenos que matan las 
tierras, son excepciones graves, extendidas, duraderas, pero excepciones. La democracia 
tendría los anticuerpos para eliminar los males que la afligen, para corregir la trayectoria.
La democracia real traza una línea entre ciudadanos y no ciudadanos, que va más allá de la 
frontera formal del Estado, que de hecho se refuerza y militariza, porque la frontera 
atraviesa nuestras ciudades, nuestros barrios e incluso nuestras relaciones humanas.
La trinchera del miedo es la metáfora más eficaz. En una trinchera no hay más horizonte 
que el del alambre de púas al otro lado, donde el enemigo está listo para hundirte la 
bayoneta en la carne. El enemigo se convierte en enemigo absoluto, irreductible a 
cualquier posible reconocimiento de la universalidad del ser humano. La misma noción de 
"derecho humano", sobre la que se juegan partidas formales sobre las dimensiones de las 
otras civilizaciones, se convierte en coartada de guerra, incluso tras la máscara de la 
intervención humanitaria.
Los gobiernos europeos entienden que no se pueden proteger de las bombas en el metro, de 
los yihadistas de la puerta de al lado, porque saben perfectamente que han contribuido por 
activa y por pasiva a alimentar el viento que lleva las semillas de la guerra santa.
La herencia de los horrores coloniales resurge con fuerza y alimenta poderosamente la 
propaganda de la yihad, que se nutre de los horrores de treinta años de guerras por la 
democracia. En Iraq, Afganistán, Siria, Malí...
La propaganda racista sostiene que en las pateras de los prófugos y de los migrantes 
anidan peligrosos terroristas, fingiendo ignorar que la yihad está apoyada por los países 
ricos y potentes como Arabia Saudí y Qatar, aliados de las democracias occidentales, que 
no han dudado en apostar por la yihad para inclinar a su favor la balanza de los 
equilibrios geopolíticos. Los guerreros de la yihad viajan en avión; muchos viven en Europa.

Los prófugos y los migrantes de las pateras tienen en los ojos las ciudades destruidas, el 
fósforo blanco, los cuchillos de los yihadistas, las órbitas vacías de sus hijos 
torturados por los militares turcos, las bombas de los rusos, de los franceses, de los 
estadounidenses que queman sus casas. Parecen todos iguales con las mantas, los hijos al 
brazo, una maleta con lo que les queda. En realidad tienen historias diferentes, historias 
de la gente común que no hace la historia, que trata de vivir más allá de la tormenta. 
Imagino que las personas que llegan aquí son como mis parientes de los años cuarenta: en 
sus relatos hay hambre, miedo, zapatos rotos, huida del campo. Poca política, mucha vida 
cotidiana, porque la política está en otra parte, peligrosa y ambigua.
Y cuando las experiencias de vida se hagan memoria compartida, será difícil pensar que los 
cantos de sirena de las democracias puedan seducir. Porque quien escapa a la guerra y al 
viaje encuentra policía, campos de refugiados, fronteras cerradas y muros cada vez más altos.
Solo quebrantando la ilusión democrática podremos alimentar prácticas capaces de hacer 
saltar la banca.
La indignación que reivindica una pureza traicionada apuntala la democracia real. La 
indignación que enciende las luchas, que intenta parar la guerra, ofrece una oportunidad 
de romper el imaginario que la alimenta.

Romper el imaginario dominante

Este verano, mientras en los medios de comunicación nos bombardeaban con el debate sobre 
el traje de baño de las musulmanas ricas en las playas de la Costa Azul, a pocos 
kilómetros policías italianos y franceses apaleaban y detenían a quienes luchaban contra 
las fronteras.

A través de una frontera hecha de la nada se intenta demostrar que 
libertad-igualdad-solidaridad no sean palabras vacías sino carne y sangre.
Nuestro tiempo ha conocido muchas revueltas, pero solo alguna rendija revolucionaria. Como 
anarquista, mi interés en la reflexión se centra en la necesidad de romper el orden 
constituido. Una reflexión fecunda que alcanza a los materiales que la constituyen por la 
experiencia viva de la lucha social, así como la acción política y social se nutre de un 
análisis constante de la realidad, de la confrontación directa entre compañeros, del 
esfuerzo en establecer las acciones cotidianas adecuadas hacia un amplio horizonte de 
transformaciones.

En tiempos como los actuales, lo ajeno parece incomprensible. En el plano simbólico, tanto 
como en la materialidad feroz de nuestro vivir.

Sin embargo, precisamente en tiempos como los actuales, la única alternativa a la barbarie 
es la práctica de la anarquía. No de un ideal para el mañana, sino para un hoy que, en 
conflicto con el presente, construye y prefigura partes del futuro. Se construye en el 
conflicto: la lucha se alimenta y sedimenta en la acción de cada día, en los recorridos de 
libertad concreta, en la práctica de la solidaridad.
Articular un discurso -cuya trama sea la del anarquismo social- capaz de afrontar el 
desafío de un tiempo que vive de lo efímero pero se subyuga a la fascinación de 
narraciones de amargo sabor a restauración, no es fácil.

Tenemos la despensa llena de argumentos y razones. Romper el imaginario dominante y 
corroer explotación y opresión son recorridos contextuales, entrelazados, inescindibles. 
La ruptura del orden material podrá abrir entonces grietas en el orden simbólico, que a su 
vez refuerzan y radicalizan las luchas.

Maria Matteo

http://www.nodo50.org/tierraylibertad/341articulo6.html


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