(ca) cnt.es Enviado por prensa: A una semana escasa de los atentados de París. CNT se reafirma contra la intolerancia y los totalitarismos.

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Mon Nov 23 15:14:06 CET 2015


Solidaridad Lament ablemente, no es la primera vez que CNT se ve obligada a sacar una nota 
en relación a ataques perpetrados por los integristas de DAESH (también conocido como IS o 
ISIL). En ocasiones anteriores, como en los atentados contra activistas de izquierda en 
Suruc en julio o contra manifestantes por la paz en Ankara en octubre, ambas en Turquía, 
expresamos nuestras condolencias a las víctimas y nuestra solidaridad a todas aquellas que 
luchan contra esta enésima encarnación del estado totalitario. Ahora, en París, ataques 
aún más indiscriminados, si cabe, se han cebado con la población en general, dejando claro 
lo que vale una vida humana para los fanáticos religiosos. Nuestra actitud no puede ser 
diferente. Nuestros argumentos no pueden cambiar. Repetimos la condena de estos hechos en 
términos categóricos.

Han pasado ya algunos días desde que se produjeron los ataques y es posible calibrar mejor 
su alcance y las reacciones que han suscitado. En menos de una semana el gobierno francés 
se ha declarado en estado de guerra, ha cambiado considerablemente sus prioridades a nivel 
internacional y ha intensificado su campaña de bombardeos aéreos en Siria. A nivel 
europeo, se ha puesto en cuestión la política de recepción de refugiados de Oriente Medio, 
a pesar de que la inmensa mayoría de los implicados en los ataques eran europeos de origen 
(franceses y belgas). Y los partidos de extrema derecha en casi todo el continente se 
están poniendo las botas haciendo campaña en contra de la población musulmana, inmigrante 
o no. La repulsiva campaña de carteles (no vamos a decir cuáles, para no darles cancha) 
que se está viendo recientemente en las calles de algunas ciudades españolas es una 
muestra más.

El oportunismo de quienes aprovechan la tragedia para difundir un mensaje de exclusión, 
aparte de ser vergonzoso y abominable, les acerca peligrosamente a los planteamientos de 
los autores de la masacre. Es evidente que el objetivo de los integristas era atacar de 
forma indiscriminada a la población, sin importar distinciones de clase, raza, 
nacionalidad o credo. No en vano, entre los fallecidos hay muchos musulmanes, tanto 
franceses como extranjeros. En todo caso, como ya se ha dicho en comunicados anteriores, 
las principales víctimas a nivel mundial del DAESH y de otros grupos integristas son sus 
propios correligionarios. Esa es un de las principales características de los integristas 
religiosos, sean del credo que sean: considerar a todos los seres humanos bajo un único 
prisma que anula las diferencias y mete a todos los que no se identifican con su estrecho 
fanatismo en un mismo saco, el de los impíos merecedores de la muerte.

Pero ésa es exactamente la misma actitud del racista o del totalitario, aunque bajo un 
argumento diferente. Su estrechez de miras divide a la humanidad en dos bandos nítidamente 
diferenciados, enfrentados entre sí por el motivo que sea, supuesto conflicto que le sirve 
para argumentar en contra de los otros. Por eso su discurso se acaba pareciendo mucho al 
de los integristas, porque promulga la exclusión forzosa de todos los que no satisfacen 
sus criterios de pertenencia al grupo, tan ficticios como los del creyente. En última 
instancia esta retórica de la división y el enfrentamiento, de la uniformidad impuesta, es 
la que permite que florezca de manera malsana el conflicto, al reforzarse mutuamente los 
actos de exclusión y odio. Por eso no es de extrañar que, aparte de los islamistas, los 
otros autores de masacres terroristas recientes en Europa hayan sido neonazis o 
supremacistas blancos, como Breivik en Noruega.

Desde CNT no nos cansaremos de repetir que hay muchos musulmanes laicos, progresistas y 
amantes de la libertad con los que tenemos muchos más en común que con estos neandertales 
arios, neonazis y fascistas, europeos. Todos los defensores de un estado totalitario, sea 
con una excusa teocrática, racial o simplemente bajo el paso de la oca, manu militari, 
como el régimen de El Assad, están, en última instancia del mismo lado y son enemigos por 
igual de quienes no toleramos la imposición. Precisamente por ello, reafirmamos nuestra 
solidaridad con todas sus víctimas, ahora en París, pero también en Líbano, en Turquía, en 
Bangladesh, donde varios blogueros laicos han sido asesinados recientemente a machetazos, 
o en las mismas Siria e Iraq. Víctimas entre las que se incluyen, no lo olvidemos, los 
refugiados sirios que han llegado a las costas europeas, arriesgando sus vidas en 
precarias embarcaciones. Vienen huyendo del mismo horror integrista que el DAESH ha 
impuesto en las calles de París, o de la pesadilla cotidiana de las bombas de barril con 
las que el régimen dictatorial de El Assad castiga a la población civil de las zonas que 
no controla.

Porque aunque ahora parezca que éste es un mal menor, no lo es, desde luego, para sus 
víctimas. Lo cierto es que el DAESH no hubiera llegado a ser lo que ahora es sin la 
cómplice pasividad del régimen de El Assad, que le dio manga ancha desde un principio, 
consciente de que su radicalismo le permitiría presentarse, andando el tiempo, como 
baluarte frente a los integristas o como mal menor en la ecuación, para mantenerse en el 
poder, aunque fuese de sólo una parte del país. Ahora, la reconsideración de la estrategia 
internacional de Francia le da la razón y demuestra que El Assad y el DAESH se necesitan 
mutuamente más de lo que cualquiera de ellos querría reconocer. Puede resultar 
comprensible que a raíz de los atentados de París el gobierno francés renuncie a su 
exigencia de que El Assad abandone el poder como paso previo para un proceso de paz en 
Siria, y sitúen a la guerra contra el DAESH en lo alto de su lista de objetivos. Pero esto 
no hace sino reforzar a los sectores islamistas de la oposición y compromete a los pocos 
moderados que quedan sobre el terreno, que llevan tiempo viendo con desesperación como se 
les exige que se centren en la lucha contra el DAESH, aun a costa de desviar fuerzas del 
enfrentamiento contra el régimen, como condición para recibir apoyo y armamento. No es de 
extrañar que la política occidental en el terreno se haya revelado como un rotundo 
fracaso, hasta extremos rocambolescos. Y mientras tanto, los bombarderos rusos siguen 
castigando las posiciones de todas las milicias enfrentadas al régimen, para permitir su 
supervivencia, con la excusa, de nuevo, de la lucha contra el terror. Desde luego, no son 
éstas las condiciones para favorecer a la oposición laica frente a un régimen autoritario 
y otros grupos integristas.

Por otro lado, contrariamente a lo que afirman quienes piden que se impida la entrada en 
Europa a los refugiados, con la excusa de que puede haber numerosos integristas entre 
ellos, estos constituyen la mejor defensa contra el integrismo y la dictadura. Conocen 
demasiado bien los horrores que ambos traen a la población civil y se han visto forzados a 
huir de ellos. Su mero acto de escapar constituye la evidencia de que rechazan el 
integrismo y la imposición y de que apuestan por una vida plena y digna sin, desde luego, 
renunciar a su cultura. No cabe duda de que puede haber casos aislados en los que algún 
integrista intente utilizar esta complicada vía para entrar en el continente, pero por lo 
que se ha visto en los atentados islamistas de los último años, incluido éste de París, la 
mayoría de sus perpetradores son nacionales, o residen en el país en el que atentan, o en 
otros vecinos. Por no hablar de los integristas de extrema derecha, claro. Más bien 
pareciera que quienes ya se oponían a la llegada de refugiados, por el motivo que fuese, 
han sumado este argumento falaz a su arsenal. Por el contrario, como ya dijimos en un 
comunicado anterior, sumar a los refugiados a nuestras luchas cotidianas (contra el paro, 
los recortes, por una calidad de vida mínima, etc.) es la mejor garantía de defensa contra 
el espectro autoritario, excluyente y homogeneizador que nos amenaza desde tantos bandos.

Pero todo lo anterior no quiere decir que creamos que tocar canciones de Lennon en un 
piano en la escena de la masacre o que colgar el cartel de Bienvenidos refugiados en las 
instituciones públicas vaya a hacer algo por cambiar las cosas. La actitud de la izquierda 
biempensante y acrítica, que siempre sabe modular su discurso para no comprometerse, no 
puede ser la nuestra. A los totalitarios hay que derrotarles en muchos frentes, desde 
luego, en el discurso y socialmente, pero también en los frentes de batalla, en la medida 
de lo posible, porque ni con neonazis ni con islamistas cabe diálogo alguno. Es cierto, 
cada caso requiere medidas proporcionales y adecuadas. A nadie se le escapa que no es lo 
mismo luchar en Kobane que oponerse a una manifestación de Pegida las calles de Dresde. 
Pero ambas situaciones forman parte de una lucha global contra el autoritarismo y la 
imposición y exigen tomar partido y hacerlo consecuentemente.

Quien no vea más allá de la pantalla del telediario pensará que esta afirmación es 
estatista y que se puede usar para justificar el papel de los ejércitos nacionales en la 
crisis. Es cierto que son éstos los que bombardean las posiciones del DAESH en Siria e 
Iraq, porque sólo ellos cuentan con los medios necesarios para hacerlo. Pero quienes 
combaten a los islamistas en el terreno son fuerzas populares, desde las unidades del 
Ejército Libre de Siria hasta las milicias kurdas del YPG y el YPJ y sus aliados. Sólo 
ellos han conseguido avances importantes sobre el terreno, que les han llevado 
recientemente a controlar Hassakeh y abrir la ruta hacia Raqqa. Es imprescindible aumentar 
de forma inmediata el apoyo y la solidaridad internacional que éstas reciben y sobre todo, 
en el caso de los kurdos, exigir al gobierno turco que deje de atacar sus unidades. Desde 
el momento en que éste, con la excusa de la lucha contra el terrorismo, combate a grupos 
de orientación laica y revolucionaria, como en Rojava (norte de Siria), se convierten en 
lo mejores valedores de DAESH y le dan un importante balón de oxígeno, como ya se ha 
comentado en otras ocasiones anteriores.

Por todos lados que miramos, pareciera que el ámbito de la libertad se va haciendo más 
pequeño. Las filas de quienes la defendemos, cada cual en la medida de nuestras 
posibilidades y circunstancias, están cada vez menos pobladas. Muchos, presa del miedo, 
empiezan a asumir un discurso totalitario que está siempre, en última instancia, cortado 
por un mismo patrón. Aceptan renunciar a sus libertades, a cambio de la seguridad que les 
prometen quienes ya no la pueden garantizar. Ese es el discurso del DAESH, cuando proclama 
que los territorios en los que se ha impuesto están libres de crimen; el de los gobiernos 
occidentales, cuando imponen estados de excepción o el de la ultraderecha, cuando promete 
un mundo falsamente idílico, construido sobre una uniformidad cultural y racial. Es 
urgente resistir esta narrativa envenenada, bajo cualquier forma que se presente. Sólo la 
solidaridad entre quienes seguimos apostando por la convivencia y la resistencia frente a 
la imposición, religiosa o de cualquier otro tipo, pueden conseguir superar éste clima de 
terror y avanzar hacia el mundo justo, libre y en paz que anhelamos. Esta solidaridad se 
puede concretar de muchas formas. Cada cual debe encontrar la suya. Mientras tanto, 
lamentamos amargamente todas las víctimas inocentes de los totalitarios y los integristas 
y condenamos sus acciones. También en París.

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