(ca) [Colombia] El angelito y los demonios: los niños y la violencia

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Sun Oct 5 20:10:49 CEST 2008


El angelito y los demonios: los niños y la violencia en Colombia
Sobre el asesinato del bebé Luis Santiago Lozano (Chía, Cundinamarca)

El reciente asesinato atroz de un bebé de tan sólo 11 meses por parte de
su padre en la localidad de Chía (Cundinamarca), remeció a la sociedad
colombiana, más allá de lo escabroso del crimen mismo. No es que el
infanticidio sea una cosa inusual en Colombia –en lo que va del año, más
de 70 menores de 5 años han sido asesinados-, pero esta vez los medios,
con RCN, Caracol y El Tiempo a la cabeza, se encargaron de explotar los
aspectos más macabros de este crimen en su batalla diaria por vender el
acontecer noticioso. Con un morbo asqueroso invadieron lo más íntimo del
dolor de esa familia, entregaban información contradictoria y daban
tribuna a una muchedumbre hambrienta de Circo Romano: desde los que pedían
la pena de muerte hasta los que pedían, sin rodeos de ninguna clase,
linchamiento.

Pero aparte del Circo Romano al que estamos tan acostumbrados en los
medios colombianos (cadáveres, manos amputadas, tripas y sangre son pan de
cada día), los medios también mostraron a los pantalleros políticos del
gobierno, aliados ellos mismos a los más sanguinarios criminales en
Colombia (paramilitares y narcotráfico), utilizando el horrendo
infanticidio como una manera de robar cámara y aumentar su alicaída
popularidad. Medios y para-políticos se dieron la mano para explotar al
máximo, sin ningún sentido ni de la ética ni de la decencia, el dolor de
esta familia y la trágica muerte del "angelito".

El fiscal Iguarán aullaba ante los medios que los asesinos no eran sino
"hienas" y el presidente Uribe, con rostro hipócritamente compungido
partía a Chía a "acompañar" a la familia. En Chía, Uribe, junto con
recomendar que cada colombiano se convirtiera en un guardián de los niños,
decía, soltando lágrimas de cocodrilo: "Esto es tan duro que lo deja a uno
sin palabras. Difícil reaccionar. Es una atrocidad que lo deja a uno
atónito, en silencio. Esto que ha pasado es una atrocidad que nos hace
quedar muy mal en el medio de la familia colombiana. Ojalá, con el
esfuerzo de todos, esto no se vuelva a repetir en nuestra Patria". Detrás
de su Supremo Líder, todos los uribistas aullaban de una manera que nunca
antes lo habían hecho ante otros infanticidios.

Pues bien, el abuso a menores en Colombia no es algo que recién se haya
descubierto, y como en toda sociedad cruzada por un conflicto armado, los
niños, junto con los demás sectores sociales vulnerables son lo que se
llevan lo peor de la violencia. Uribe, que en Chía jugó a protector de la
infancia, prefirió ignorar de su discurso los niveles de desnutrición
infantil de Colombia, que son una forma de maltrato institucional a causa
de un modelo económico criminal. La imagen de muchachitos famélicos, con
cabellos peroxidados por la desnutrición, jugando en la basura, es una
imagen demasiado familiar en Colombia. En el 2006, a nivel nacional, el
12% de los niños menores de 5 años sufrían de desnutrición, mientras que
el 33% sufrían de anemia. Este problema lejos de solucionarse desde
entonces, se ha ido, más bien, agravando, como lo refleja un estudio del
Programa Mundial de Alimentos presentado recientemente, en Agosto de este
año. Esta investigación tiene por mérito, además, centrarse en mapas
regionales de la desnutrición, pues el problema empeora notablemente
dependiendo de la región en que nos encontramos. Según este estudio, en la
Costa Atlántica, un 60% de los menores de 4 años sufren de desnutrición;
en Cauca y Nariño la cifra es de 18,7%, mientras que en el Cesar y en
Magdalena alcanza al 16,5%. Entre los indígenas colombianos, la
desnutrición infantil alcanza al 70% de los niños.

También olvidó Uribe mencionar del efecto que tienen los cercos militares
sobre las áreas de influencia guerrillera, con los cuales, a fin de
hambrear a los insurgentes, el ejército evita el ingreso de alimentos, con
consecuencias catastróficas para la población civil. Tal práctica,
contraria al derecho internacional humanitario, la comprobamos el 2006 en
la Sierra Nevada de Santa Marta, en el marco de la Misión Internacional de
Verificación de los derechos de los pueblos indígenas de Colombia: había
restricción al ingreso de alimentos por sobre una cierta cantidad a la
Sierra por parte del Ejército (cumpliendo órdenes de los paramilitares),
como una manera de acosar a los guerrilleros pero la cual tiene
consecuencias devastadoras para todas las personas de esa región. Sin
embargo, no es solamente en la Sierra Nevada donde se ha aplicado esta
práctica, sino que esta también ha sido moneda corriente en otras áreas
como el Chocó.

Y también olvidó hablar de los horrores del paramilitarismo, su aliado
político desde épocas en que era gobernador de Antioquia, cuando impulsó
las CONVIVIR, que darían paso a la unificación paramilitar en las AUC.
Recién este domingo (28 de Septiembre) aparecía una fosa con doce
cadáveres en Santander, entre los cuales, se encontraba el cuerpecito
desmembrado de un bebé de apenas cuatro meses. Esta masacre se habría
realizado entre el 2002 y el 2003, es decir, estando ya Uribe en el poder,
y estando en él, precisamente, gracias al apoyo de los paramilitares como
el mismo ex-jefe de las AUC, Salvatore Mancuso, lo ha señalado. La
victimización de las familias de los insurgentes, así como de quienes
hayan sido señalados de ser simpatizantes de la insurgencia o siquiera de
la oposición, ha sido una constante del conflicto, entregando horrores
apenas concebibles para alguien en su sano juicio. Sin ir más lejos, el
pasado 24 de Septiembre, en Medellín, la compañera feminista Olga Marina
Vergara fue asesinada junto a su hijo, su nuera y su nieto... de tan sólo
5 años. La violación de hijos de campesinos, el degollamiento y el
descuartizamiento de niños frente a sus padres, ha sido un horror hecho
realidad en más de una ocasión por los paramilitares en alianza con el
"glorioso" ejército colombiano, y aún no hemos escuchado un
pronunciamiento enfático por parte del "protector de la infancia" de
Uribe.

Aún tenemos recuerdos frescos de los horrores de la masacre de San José de
Apartadó, en Antioquia, en Febrero del 2005, donde entre los masacrados se
encontraban tres menores de 11 años, 5 años y 21 meses respectivamente,
los cuales fueron asesinados con la mayor sangre fría por 60 paramilitares
en connivencia con la Brigada XVII del Ejército. El sadismo de la masacre
se desprende de los relatos de uno de los "desmovilizados" de las AUC:

"Los niños estaban debajo de la cama. La niña era muy simpática, de unos 5
ó 6 años y el peladito también era curiosito (...) Propusimos a los
comandantes dejarlos en una casa vecina pero dijeron que eran una amenaza,
que se volverían guerrilleros en el futuro (...) 'Cobra' tomó a la niña
del cabello y le pasó el machete por la garganta (...) el padre de la niña
degollada les suplicaba de rodillas que no mataran a los menores". Además
contó (ed. el paramilitar) cómo la niña creyó que se trataba de un paseo y
le guardó a su hermanito una muda de ropa para el viaje. "Le decía adiós
con la manita".

Este escalofriante relato es una historia vivida en innumerables ocasiones
en todo el país, donde el paramilitarismo extendió hacia la infancia su
guerra contra-insurgente demencial y su estrategia de terror hacia la
población civil. Uribe encubrió este crimen culpando falsamente a las
FARC-EP de su autoría, llegando incluso a armar un espectáculo con un
supuesto desmovilizado fariano incluido, en el cual por todo el país
decían que la masacre era obra de los insurgentes. Nunca antes, un
presidente se había dedicado de manera tan sistemática a obstruir las
investigaciones que dieran con los verdaderos responsables: 15 militares y
60 paramilitares.

Por todo esto, Uribe ni siquiera ha pedido perdón.

El columnista de El Espectador, Francisco Gutiérrez, llamando la atención
sobre el doble estándar de los políticos uribistas ante el infanticidio,
hizo los siguientes certeros comentarios: "El senador Hernán Andrade,
(...) sugirió que se citara al consejo de política criminal para
considerar el aumento radical de penas a matones de niños, pues se trata
de prácticas intolerables. Válido. Pero creo que se trata del mismo
Andrade que, sólo hace unos poquitos meses, decía con toda la sangre fría
que no había que "demonizar" (literal) la relación de políticos con
paramilitares, esos grupos cuyas atrocidades inenarrables (que incluyen
asesinatos y violaciones de niños y mujeres embarazadas) al parecer no le
quitaban el sueño. Creo que el primer asunto que tendrá que considerar el
consejo de política criminal en su próxima reunión será la lógica, de lesa
humanidad, del senador Andrade".

Las lágrimas de cocodrilo de Uribe en Chía son detestables por su
hipocresía, por el manejo político que hizo del dolor de una madre (no es
primera vez que juega con el dolor de las víctimas), por la manipulación
de toda la situación y porque sabemos que, en realidad, la vida del bebé
Santiago Lozano le vale exactamente lo mismo que las vidas de los niños de
San José de Apartadó, o sea, nada.

Como se ve, el crimen de este bebé dejó al desnudo la hipocresía de una
institucionalidad que se horroriza por conveniencia con ciertos
infanticidios, mas no así con otros. Aún no vemos a los parapolíticos
expresando su horror cuando exhuman los cadáveres desmembrados de infantes
en las fosas que el paramilitarismo ha sembrado en toda Colombia. Ni
cuando enterraron a Olga Marina en Medellín acribillada junto a su nieto.
Aún esperan los vecinos de San José de Apartadó y de tantos otros
escenarios de masacres atroces, que Uribe pida perdón... ¿se atrevería
este para-presidente a dar un discurso semejante al de Chía ante la
comunidad de San José?

Pero también reveló este infanticidio el nivel de violencia de la sociedad
colombiana, donde la muerte, el asesinato, la venganza son desayuno de
todos los días y donde la vida humana se ha reducido a su mínimo valor.
Esta violencia es alimentada por una violencia estructural, cotidiana, que
se expresa desde los cercos militares, hasta el salario de los
trabajadores, pasando por la coerción estatal mediante los mecanismos
legales e ilegales. Violencia que es atizada por los medios
sensacionalistas.

Dejó este infanticidio en evidencia también la concepción de la "justicia"
de esta sociedad que se nutre, precisamente, de estos valores de
violencia, siendo el eje central de su quehacer el castigo, relevando a
segundo plano la compensación de las víctimas y la prevención. Porque mal
que mal, los crímenes en contra de la infancia se reproducen en medio de
una sociedad excluyente, injusta, que ha secuestrado el futuro de millones
de muchachos: 750.000 menores de edad abandonan anualmente la educación
básica en Colombia. Y muchos de esos menores de edad, terminan siendo
expertos en el uso de un revólver y prestando servicios como sicarios,
mientras apenas saben qué hacer con el lápiz y con el papel. Esta
sociedad, fundamentada en la explotación de los muchos en beneficio de
unos pocos, es la factoría donde se producen al por mayor los abusos y el
ambiente de marginalidad en que éstos tienen lugar. Cierto es que la
sociedad tiene el derecho a defenderse de los individuos que representan
un peligro para sus semejantes: pero si la justicia no parte de la base,
es decir, garantizando condiciones básicas de justicia social, seguirán en
pie las bases que permitieron que este drama tuviera lugar.

José Antonio Gutiérrez D.
03 de Octubre de 2008

Publicado en www.anarkismo.net





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