(ca) [Colombia] El secuestro ¿método de lucha revolucionario a favor de los débil es ? (Una postura libertaria)

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Sat Jan 19 18:10:34 CET 2008


"La vergüenza es un sentimiento revolucionario" Karl Marx

Hay ideas y acciones sobre el mundo que pretenden transformarlo, ese es el
leitmotiv del quehacer político, en donde las ideas del "Deber ser" acerca
del bien Público son imperativos de lo social. Esto sucede en los extremos
polémicos de las posiciones ideológicas que surgen de los sectores tanto
de la "reacción" como de la "revolución", los que situados frente a la
marcha de los acontecimientos históricos no solo se polarizan, sino que
además cada uno en su postura no está exento de contradicciones o
denostados equívocos. En esos territorios movedizos que sacuden las
continuas tormentas de los conflictos sociales, la discusión acerca de los
fines y los medios sigue estando a la orden del día en la política
contemporánea.

En Colombia, país de múltiples contradicciones y contrastes sociales, ese
difícil debate está presente. En él, la acción insurgente ha instalado
como modo de lucha "política" una práctica que suscita grandes
interrogantes. Uno de ellos sería: ¿Es posible legitimar el secuestro con
intenciones de carácter económico o político?

Por un lado, el secuestro económico se ha adoptado como una táctica de "la
guerra o la lucha de clases". En esa óptica, se le pretende distinguir del
secuestro que realiza la delincuencia común, porque mientras ésta, en sus
fines buscaría satisfacer la ambición y enriquecimiento de un grupo,
quienes a cambio de los secuestrados tendrían como recompensa las
utilidades del preciado botín, para los otros por el contrario serviría
como un medio de financiamiento destinado a un propósito superior,
altruista y justiciero, como es la revolución social.

De otra parte, el secuestro político intenta el golpe espectacular de gran
impacto, mediante la retención y cautiverio de figuras de poder
significativas, con el fin de servirse de ellas como medio de presión para
obtener a cambio reivindicaciones sociales, derogación de leyes
represivas, zonas de despeje militar, o producir canjes de "intercambio
humanitario", para lograr la liberación de otros luchadores sociales y
políticos, presos sindicados por los llamados "delitos de rebelión".

A primera vista aunque los medios no sean "legales" para el
establecimiento, quienes los ejecutan los hacen ver como "legítimos" para
el resto de la sociedad. Con este tipo de versiones de "la lucha armada"
pretenden ser adalides de la justicia social y fuerza de choque para la
defensa de los más desfavorecidos, frente a los abusos del poder. La
argumentación también busca de paso advertir y castigar a los poderosos de
toda laya, que con cinismo encubren y niegan la desigualdad y la
injusticia. Esta acción desafiante es una forma audaz de responder,
mediante el uso de la fuerza, a la "legalidad" y "moralidad" propia de los
privilegiados. Sin embargo, esa lógica suele pasar por alto la relación
entre los fines y los medios de la lucha social, ya que ese accionar no se
pregunta si tales fines se justifican por tan pretendidos medios. Tampoco
se cuestiona, desde otros aspectos de la justicia, la privación de la
libertad, las vejaciones y/o suplicios tortuosos a los que se ven
sometidos los prisioneros, el sufrimiento y desasosiego de seres queridos,
además, el efecto contraproducente y repulsivo que generan estos métodos
de lucha frente a una conmovida y vulnerable opinión pública.

Resulta paradójico, que desde esa orilla "revolucionaria" se cuestione con
razón "la desaparición forzada" o el asesinato político, como formas
crueles y execrables en la violación de los derechos humanos, perpetrada
por acciones facistoides que buscan a sangre y fuego, disuadir,
desmoralizar o suprimir del escenario social a las fuerzas de la
oposición.

¿Hasta qué punto, la lucha política cuando se separa de la ética, termina
desdibujando el proyecto de una sociedad mejor?

Desafortunadamente en América Latina y en particular en Colombia, donde
aún sobrevive la lucha armada a favor de una supuesta "nueva" sociedad,
está ha ido virando, desde hace algún tiempo, hacía el peligroso camino
autoritario del Stalinismo. Lucha, en las que minoritarias elites
"vanguardistas" y mesiánicas, gracias a la acción militarista, se han
creído portadoras de la verdad y el derecho absoluto de disponer de la
vida de toda clase de personas, disidentes o secuestrados, y del destino
de un país.

Lo más vergonzoso del asunto es que con esto, en el continente, están
contribuyendo a una suerte de harakiri político del socialismo, ya que sus
prácticas suicidas en casi nada se diferencian de la barbarie dictatorial,
paramilitar y fascista. Monstruo narco terrateniente de varias cabezas,
que se ha engendrado a imagen y semejanza de sus opositores. Es a todas
luces claro que por ese atajo autoritario no solo se pervierte la lucha
por la justicia social, sino que se corre el desdichado riesgo de terminar
pareciéndose al "enemigo".

Privar de la libertad a seres humanos ricos o pobres, (como soldaditos y
policías rasos) y usarlos maquiavélicamente como botín o escudo de guerra,
en improvisados e incomunicados remedos de "archipiélagos gulag" en lo más
espeso y precario de la selva, durante largas temporadas en el infierno,
es simple y llanamente Fascismo. Quienes amamos la libertad y la justicia
social no podemos caer en la trampa y creer con ingenuidad, que hay un
fascismo bueno de izquierda, justificado, y otro, malo de derecha,
injustificado. El fascismo es precisamente una oligarquía armada y
antidemocrática, que se vale del monopolio de las armas para imponer a
ultranza su voluntad. El pueblo como sociedad organizada, el individuo
libre y crítico, deben oponerse por entero a tan nefastos medios, si no
quieren ser tarde o temprano cómplices o victimas de tan fatales
propósitos. Es urgente también empezar por defendernos de quienes dicen
defendernos.

Lo pavoroso y trágico de una guerra sucia y soterrada como la colombiana,
es que nos vamos acostumbrando a una pérdida de valores éticos donde se
nubla el horizonte de la justicia, y ya no se reflexiona acerca de lo
prudente, perjudicial e inconveniente de las acciones políticas
emprendidas contra la integridad ética de otros.

¿Qué sentido o qué valor tendría permanecer anclados a los inhumanos
principios de una guerrilla histórica, cuando sus prácticas de supuesto
brazo armado del pueblo, lo único que hacen es ahondar un sentimiento de
repudio nacional e internacional y fortalecer a su vez, leyes o gobiernos
de derecha, que so pretexto de "combatir el terrorismo", criminalizan todo
signo pacifico de protesta social?

Sí lo que se busca es una transformación más humana y justa de la
sociedad, está no se puede construir con la misma lógica de poder
autoritario como la que por tradición ha manejado la derecha más
reaccionaria. Además, ¿Cuánto más daño seguirá haciendo está equivocada
práctica, a la causa de un socialismo libre y democrático, distinto al del
estalinismo, el cual sigue haciendo curso en América Latina a través de
sus actuales epígonos?



Iván Darío Alvarez (Bogotá)

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Algunas reflexiones...
Por José Antonio Gutiérrez


Gracias por la contribución. La verdad que el tema colombiano es muy
complejo y, frecuentemente, se trata con groseras simplificaciones en la
prensa internacional, por lo cual una visión crítica y libertaria desde
Colombia es siempre bienvenida.

Respecto a los puntos que plantea el autor, creo que hay que destacar un
par por ser de gran importancia:

1. Que mientras la prensa colombiana e internacional, responsabilizan del
conflicto exclusivamente a los grupos guerrilleros, se desprende
claramente del texto del autor que éstos no son los causantes originales
del conflicto ni que son la "madre del cordero", sino que las agudas
contradicciones sociales de Colombia. Por tanto la crítica de este autor,
bajo ningún prisma, puede confundirse con las distorsiones groseras de la
prensa de derecha.

2. Que las prácticas más desagradables en que han llegado a incurrir
ciertos grupos insurgentes no son una práctica revolucionaria, como
interesadamente la prensa reaccionaria quiere hacer creer, sino que son
una degeneración de ésta. Degeneración la cual, me apresuro a agregar, se
deriva en gran medida por la misma prolongación de un conflicto que se ha
arrastrado por décadas, así como por el anquilosamiento estaliniano de
ciertos planteos políticos.

3. En esa degeneración, ciertas prácticas insurgentes han llegado a
hacerse indisociables de aquellas practicadas por el "enemigo", lo cual es
contra-producente para los fines de una transformación genuinamente
socialista. Este punto es importante: con él, se baja a patadas al Estado
colombiano de ese supuesto estado de "superioridad moral" en que se
pretende desvergonzadamente instalar en relación con sus opositores. "Es
urgente también empezar por defendernos de quienes dicen defendernos".

Sin embargo, creo necesario hacer algunas apreciaciones que creo que es
importante tener en consideración:

1. Cuando se asume la lucha armada, por parte de todos los bandos, debe
haber claridad de los riesgos que ella implica. Si un guerrillero sabe que
su destino puede ser la muerte violenta o la cárcel por crimen de
"rebelión", el soldadito raso debe saber bien que su destino puede ser
idéntico. Afirmar lo contrario, es resignarse al monopolio del Estado a la
violencia de clase siempre hacia los de abajo.

2. Que otra cosa muy distinta –y execrable- en un conflicto armado son las
acciones punitivas en contra de los civiles. Estos últimos no han
“asumido” los riesgos de la lucha armada y no pueden caer injustamente
víctimas de reglas que no asumieron. Secuestros son todos aquellos
civiles, que no formaban parte de los destacamentos armados, que son
apresados por uno u otro bando (incluídos los varios presos políticos
pudriéndose en las cárceles colombianas que lamentablemente no reciben la
misma atención que los secuestrados por las FARC). Aquellos que han sido
capturados con las armas en la mano, sean soldados o guerrilleros, son
prisioneros de guerra.

3. Que el repudio que nos puedan causar ciertos métodos de la insurgencia,
no deben hacernos perder de vista que estos mismos métodos han sido
realizados, en mayor medida y con mayor rigor, por el Estado, por las
clases dominantes y sus organismos paramilitares. La diferencia es que los
movimientos insurgentes dicen actuar desde valores diferentes, desde los
valores de la sociedad nueva, cosa que los carniceros fascistas del
paramilitarismo o del uribismo jamás han planteado siquiera. Este hecho,
les da una responsabilidad moral de cara al pueblo mayor a los
insurgentes.

4. Que para complementar lo anterior, si bien los movimientos insurgentes
tienen una responsabilidad política y ética acorde a los valores desde los
que dicen actuar, el Estado colombiano no es quien para pasar la cuenta en
este punto: ellos (y no los guerrilleros) han firmado todas las
convenciones habidas y por haber respecto a derechos humanos y debieran
ser (supuestamente) los garantes del bienestar común, y en vez de ello,
son una fuerza beligerante metida hasta el cuello en una guerra sucia. Los
únicos, por tanto, que pueden pasar la cuenta son aquellos que desde el
pueblo organizado luchan por una sociedad diferente, basada en los
principios de la solidaridad y la justicia social.

5. Que la lucha armada, que la utilización de la violencia política ha
sido consustancial al desarrollo de las luchas en América Latina debido al
mismo carácter extremadamente autoritario y represivo de nuestras
repúblicas. El origen de las guerrillas en Colombia mismo está de la mano
de la respuesta violenta como respuesta tradicional privilegiada y única
de los poderosos a las demandas de los pobres. A los poderosos y a los
para-políticos no se les va a derrotar solamente con flores y buenas
intenciones. Esto significa que como libertarios nos alejamos del
pacifismo, pues creemos que es legítimo oponer a la opresión, al
autoritarismo, al fascismo, en fin, a la violencia de los de arriba, la
violencia de los de abajo.

6. Pero también nos alejamos del "violentismo": como dice el autor, cuando
la utilización de la violencia, que puede ser una herramienta legítima
contra la opresión así como también una herramienta para oprimir
dependiendo de cómo se use, se vuelve contraproducente, es una grave
necedad el insistir en esta vía. Aunque sabemos que los argumentos para
criminalizar la protesta los sacarán hasta por debajo de las mangas, y si
no los tienen, los inventarán. Pero debemos ser precavidos de no ser
nosotros mismos quienes les ayudemos.

7. La violencia política es para los oprimidos muchas veces un recurso
inevitable, aunque de corazón la detestemos –pero jamás puede convertirse
en el vehículo principal de transformación social, ni mucho menos, ignorar
los vicios que conlleva, particularmente, cuando se le ha aplicado por
tanto tiempo.




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