(ca) ¿Qué significa la liberación del Tibet para usted ?

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Tue Apr 8 11:53:19 CEST 2008


La lucha por ser libres es recomendable y merece de toda nuestra simpatía.
En momentos en que el Estado comete actos brutales de violencia en contra
del pueblo, la solidaridad y la acción son necesarias y, de hecho, en todo
el mundo la gente de bien ha expresado su indignación por la situación en
el Tibet. Movimientos de protesta han llamado a terminar el “imperialismo
cultural”, a la “libertad”, más aún, a “aplastar al opresor” y buscan la
unidad mediante tales consignas y demandas. Sin embargo, ¿qué pasaría si
el Tibet conquistara su independencia de China”



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La cuestión de la liberación nacional es un tema complejo. La
discriminación, la destrucción de una cultura y comunidad son formas de
represión que se asumen como la lucha de una nación en contra de otro, en
lugar de situarlas en el contexto de la lucha de las clases dominantes en
contra de sus súbditos. Es así como los movimientos de liberación nacional
de toda clase, tienden a crear la ilusión de un interés común de la masa
en contra de un opresor el cual es siempre extranjero.
“Autodeterminación”, es frecuentemente una consigna que no significa, en
realidad, más que establecer el derecho de las elites de una nación
determinada a ejercer su poder e influencia, tanto económica como
política, sobre aquellos que se convertirían en los súbditos del nuevo
Estado-Nación.


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No es una coincidencia, entonces, que las “luchas de liberación” sean
apoyadas de manera selectiva. Individuos o segmentos de la sociedad dan
prioridad a una lucha por sobre otras, por diversas razones, y en Europa y
Norteamérica podemos observar la existencia de “causas célebres” que son
apoyadas por personas famosas y poderosas y que reciben una atención
mediática desproporcionada, en comparación a otras luchas análogas. Las
causas célebres son capaces de atraer y movilizar al pueblo, y reunir
ardientes partisanos para la causa. Pero no todas las luchas sociales o
tragedias humanas califican como causas célebres.

Las causas célebres son fácilmente convocadas por aquellos movimientos de
liberación nacional que, y esto no es para nada una coincidencia, se
relacionan con el establecimiento de independencias respecto a los
súper-Estado creados por el mal llamado “bloque comunista”. La naturaleza
totalitaria y brutal de tales Estados es profusamente descrita con
indignación por países que han cometido iguales atrocidades. Miembros de
la élite política norteamericana se apresuran a condenar las condiciones
humanitarias en China, y algunos llegan al extremo de proponer un boicot a
los juegos olímpicos semejante al de 1980 (cuando los juegos fueron en
Moscú, nota del traductor), mientras los EEUU siguen matando civiles en
guerras petroleras, apoyan a asesinos paramilitares derechistas, ejecutan
a sus prisioneros y apoyan, financieramente, condiciones de
semi-exclavitud en fábricas a lo largo y ancho del mundo que producen
productos para el mercado norteamericano. Solamente unos pocos “ciudadanos
del mundo concientes” fueron acarreados en tal frenesí para demandar un
boicot a las Olimpíadas en los EEUU.

Con esto no quiero decir que la situación en el Tibet no amerite nuestra
respuesta. Todo lo contrario. Pero, sin embargo, quisiera poner algunas
interrogantes a su consideración.

La situación del Tibet es tratada por muchos, como es normal, con un gran
sentido de urgencia. En mi ciudad, al menos tres piquetes han sido
convocados durante la semana pasada, con gran asistencia, y en el resto
del país la gente se movilizó de manera instantánea. Se nos exhorta de
manera apasionada a boicotear la compañía que produce los uniformes
olímpicos, a ir a la embajada china, a boicotear los productos chinos y a
cualquier persona que no muestre demasiado entusiasmo sobre este asunto,
se le tilda de cómplice de genocidio. En comparación, otros muchos eventos
han sido mayoritariamente ignorados por esta misma gente, tales como las
recientes acciones militares turcas en contra de los kurdos, o aún más
trágicamente, la persistente e indignante situación del Congo. ¿Cómo es
posible que, con el asesinato de más de 5 millones de personas en el Congo
en el último decenio, las masas de activistas locales hayan permanecido
pasivas, sino completamente ignorantes de la situación?

Las respuestas son complejas y, desafortunadamente, no muy convenientes.
Los tibetanos pueden fácilmente ser descritos como las víctimas por
excelencia. Como argumentaba algún personaje en internet, los tibetanos
son quienes más merecen nuestro apoyo, en comparación con los kurdos, pues
ellos no han sido violentos. Yo le respondía preguntándole que cuánta
gente había sido asesinada por los tibetanos en comparación con los
kurdos.

No creo que historiador alguno esté en posición de responder esta
pregunta. Durante la resistencia tibetana que apoyó la CIA, está
comprobado que decenas de miles de chinos fueron asesinados, pero los
simpatizantes de la causa tibetana argumentan que esto fue puramente
auto-defensa. En la actualidad, algunos tibetanos también han practicado
actos esporádicos de violencia étnica que, de hecho, pudieran ser
clasificados como pogroms, los cuales tienden a ser justificados por los
simpatizantes de su causa como una reacción apropiada a la colonización
china en el Tibet. Esta clase de episodios, si llegan a ponerse sobre el
tapete, son fácilmente yuxtapuestas a las imágenes dominantes de monjes
budistas, liderados por el Dalai Lama, como hombres de paz, en noble
oposición a los chinos, violentos y bárbaros.

La creación de tal imagen de los tibetanos, como pacíficos y alegres, es
probablemente el resultado de una larga campaña de relaciones públicas,
alimentada por crédulos ingenuos, y bien intencionados, tanto como por
propaganda gubernamental. Pocos se interesan en conocer las realidades del
sistema feudal que existía en el Tibet hasta la segunda mitad del siglo
XX, ni desean saber que “su santidad” el Dalai Lama es una deidad humana
que vive en un enorme palacio, mantenido y atendido por servidumbre, y
como una persona cuyo objetivo principal ha sido mantener el sistema de
servidumbre social y a las élites tibetanas. La composición social de la
sociedad Tibetana no entró en juego cuando la CIA apoyó la resistencia
tibetana; su apoyo estuvo ausente cuando éstos necesitaron a China como un
aliado político y volvió cuando la prioridad política se convirtió la
“lucha en contra de la expansión comunista”.

La campaña por la liberación del Tibet que surgió en los ‘80s, fue en gran
medida lanzada con ayuda de la CIA y del NED (Fundación Nacional para la
Democracia). Con tales patrocinadores, tuvo un buen comienzo que luego,
con la constitución de movimientos de base y grupos estudiantiles, recibió
la legitimidad de los activistas. Los tibetanos son sujetos ideales para
presentarlos como víctimas: amantes de la paz, religiosos, sabios,
viviendo en Shangri-La y oprimidos malévolamente por el peor de los
violadores de derechos humanos en el mundo. Budistas célebres y gente
adepta al movimiento New Age ayudaron a que esta causa encontrara la
atención de las masas. Así, habiéndose legitimado por los medios de masas
y habiéndose convertido en una causa célebre, miles de personas
interesadas en la paz y en la justicia social en el mundo han hecho esta
causa suya. Algunos prevén el desarrollo de una cierta forma de sociedad
civil burguesa luego de la liberación del Tibet, mientras que otros se
aferran a una visión idealizada de un Tibet espiritual y asisten a las
manifestaciones en trajes de color naranja y portando imágenes del Dalai
Lama. Y en tanto esta causa es asumida por miles de personas, cientos de
luchas igualmente urgentes, permanecen en el desconocimiento o son
despreciadas ya que los actores de estas luchas no parecieran ajustarse a
esta visión de la víctima perfecta. Han sido definidos y presentados al
mundo a través de los ojos de la prensa capitalista, o de cualquier modo,
no inspiran la suficiente empatía como para movilizar apoyo.


*****


La lucha por la liberación del Tibet puede que comience con la lucha en
contra del Estado policial chino –pero ciertamente que no concluye ahí. La
autodeterminación es frecuentemente un código para la determinación
nacional, pero la auténtica autodeterminación comienza por la autogestión.

¿Puede, el movimiento tibetano, convertirse de un movimiento de liberación
nacional en uno de lucha por la revolución social? No tenemos evidencia de
tendencias revolucionarias, aunque la información que recibimos está
filtrada por la visión ideológica de la élite liberal. Experiencias
recientes tienden a demostrar que el pueblo puede desembarazarse del yugo
de un estado totalitario “comunista” pero, sin experiencias de
auto-organización de base, y lanzados al vacío, esos países pueden
convertirse en economías de mercado más o menos democráticas, gobernadas
por élites económicas, o pueden convertirse en autocracias o regímenes
antidemocráticos, tales como aquellos de Asia Central.

La lucha por la liberación del Tibet, por tanto, no solamente es una lucha
en contra del Estado chino, sino que también es una lucha en contra de
todos los poderes que someterían al tibetano común y corriente una vez
conquistada la independencia nominal. Al orden feudal representado por los
monjes, el Dalai Lama y por los hijos de la clase mercantilista en el
exilio, no se le debe permitir echar raíces nuevamente en aquel país.

Uno debiera apresurarse a decir que el feudalismo no podría restaurarse en
el Tibet, pero esto no significa que condiciones similares no puedan
surgir bajo un régimen socio-económico diferente. Muchos trabajadores se
encuentran bajo servidumbre aún en la Europa occidental, en los EEUU y en
los Estados del Golfo Pérsico, en donde la servidumbre como sistema
económico no existe técnicamente. En fábricas en toda Asia los obreros son
tratados como esclavos, pese a que sus países gozan de independencia
nacional. Las cadenas impuestas por una clase dominante fueron,
sencillamente, reemplazadas por otra, y las formas de la esclavitud fueron
simplemente modificadas.

La liberación del Tibet no puede ser reducida a la libertad religiosa, a
la libertad de asociación, al respeto de las organizaciones civiles u
otras libertades que son conquistadas por los movimientos democráticos de
independencia. Ciertamente, no puede justificarse la represión a tales
libertades; incluso alguien crítico del clericalismo puede condenar la
represión basada en convicciones religiosas y comprender el impulso a
luchar contra esta situación. Sin embargo, todas estas libertades no
equivalen a una sociedad con un auténtico control popular, donde los
trabajadores y sus comunidades colaboren en la creación de la igualdad
social y en donde las élites políticas y financieras sean despojadas de su
poder, de sus mecanismos de explotación y de control social. La visión de
un Tibet liberado es inspiradora pero, lamentablemente, aún carece de
inspiración popular.

Laure Akai




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