(ca) 19 de julio de 1936: un día en la Historia

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Thu Jul 19 19:02:44 CEST 2007


A las cuatro de la mañana se sabe la noticia sensacional. Casares Quiroga,
cobarde, irresoluto, ha dimitido. En su lugar hay un Gobierno anfibio. A
su frente, Martínez Barrio. Con él, Sánchez Román, Azcárate, Feced...
Hombres moderados, hombres derechistas, hombres que ni siquiera se han
atrevido a firmar el burgués compromiso del Frente Popular. La declaración
gubernamental, leída por radio, no engaña a nadie: «Buscamos», dice, «un
punto de coincidencia para terminar con la grave situación actual».
Quiere, dicho en otros términos, ponerse de acuerdo con los sublevados
para entregarles el pueblo. La noticia irrita todos los espíritus.
Espontáneamente se forman enormes manifestaciones. Van, como avalanchas,
contra Gobernación y Guerra. Gritan: "Traidores, cobardes...".

Surgen oradores improvisados que arengan a las masas: "¡Nos han vendido!
¡Tenemos que empezar por fusilarlos a ellos!".

La organización confederal no duda ni vacila. Todos están acordes: "Éste
es el gobierno de la traición. ¡Hay que barrerlo!".

El nuevo Gobierno fracasa en todas partes. Los obreros se levantan airados
contra el pastel que se prepara. Los facciosos se burlan de los ministros
cuando les llaman por teléfono. El fracaso es terrible. Corre peligro la
vida misma de los ministros.

Hay que darse prisa. A las tres horas de formar el Gobierno, Martínez
Barrio presenta su dimisión...

Es la primera victoria del pueblo. Empieza a alborear el 19 de julio...

Los compañeros llevan dos noches sin dormir, pero nadie tiene sueño. El
Comité de Defensa trabaja a la desesperada por organizarlo todo. Ya hace
mucho que en torno a los cuarteles están montadas las guardias. Ya hace
tiempo que se tomaron todas las entradas de Madrid. Ya hace horas que
grupos de compañeros recorren las barriadas, estableciendo un contacto
perfecto con la calle de la Luna. Pero aún no basta. Los compañeros
carecen de armas. Los mejores militantes están en la cárcel...

Se ha formado un nuevo Gobierno. A su frente está Giral. Como ministro de
la Gobernación, Pozas. Una visita, fructífera, sobre los presos. David
Antona sale de la cárcel la mañana del domingo. Es el secretario del
Comité Nacional. Pero aún quedan presos otros muchos, El propio Antona
habla con el Gobierno la misma mañana del domingo. Un ultimátum: «Si no
salen nuestros compañeros antes de tres horas, asaltamos la cárcel...».

Antes de las tres horas salen todos. (Entre ellos, hombres que mañana
admirará el mundo. Uno, Cipriano Mera, aplastará las divisiones italianas
en Guadalajara. Otro, Julio, será jefe de Brigada. Otro, Verardini,
comandante de Estado Mayor. Y otros -López, Cecilio, González Marín,
etc.-, figuras destacadas y sobresalientes en la marcha de la gran
revolución española.)

Todavía faltan armas en el Parque de Artillería o no hay más que las de
anoche, o no quieren darlas. Pero quedan, en cambio, las armerías. Los
grupos no dudan un solo segundo. Una tras otra van siendo asaltadas todas
las armerías. Es heterogéneo el material que se encuentra. Son, en su
mayoría, escopetas de caza, revólveres viejos, cuchillos de monte...
Escasea también la munición. Pero no importa. Un arma es un arma y la
lucha ha comenzado ya.

Los demás partidos y organizaciones han imitado a la CNT en la requisa de
autos. Están en mayoría, sin embargo, los que llevan los colores rojo y
negro. En ellos, grupos de hombres, pistola en mano, que recorren Madrid,
que cercan los cuarteles, que se disponen a la batalla. Todas las fuerzas
de la guarnición están acuarteladas. ¿Sublevadas? Ni el ministro de la
Guerra lo sabe. En los cuarteles no se puede entrar. De los cuarteles no
dejan salir a nadie. Por teléfono se hablan de unos cuarteles a otros,
entendiéndose con palabras previamente convenidas. En los guardias de
asalto se puede confiar. En la Policía, muy poco. ¿ y en la Guardia Civil?
El pueblo, nada. El ministro de la Gobernación, que es inspector general
de la Guardia Civil, tiene la esperanza de conseguir que no se subleve...

Pero ya no es tiempo de cábalas. Ya han sonado los primeros disparos.
Desde un convento de la calle de Torrijos se tirotea al pueblo. La gente
reacciona rápida y violentamente. Pronto, con gasolina, se prende fuego a
las puertas. La avalancha de obreros entra decididamente. Caen algunos.
Pero a los pocos momentos han muerto todos los fascistas. La revolución ha
conquistado unos cuantos fusiles. La reacción ha perdido su primer
baluarte.

El Comité de Defensa se multiplica. A cada barriada se le ha encargado un
objetivo concreto. Millares de compañeros -desarmados, en su mayor parte-
vigilan los cuarteles de la Montaña, del Pacífico, del Conde Duque, de
María Cristina, de la Batalla del Salado... Otros han cercado los
cuartelillos de la Guardia Civil en las barria- das. No pocos han ido a
luchar a Carabanchel, a Vicálvaro, a Getafe... En el Comité de Defensa
todas son noticias alarmantes. Muchas de ellas carecen de fundamento.
Otras son ciertas. Los compañeros entran y salen a todo correr, armados
con todas las armas. Val, sereno, imperturbable, sin perder la cabeza un
solo minuto, da constantemente órdenes...

Pronto se establece diáfanamente la realidad. En Madrid, abiertamente,
sólo se ha sublevado hasta ahora el cuartel de la Montaña. Los demás,
siguen cerrados a piedra y lodo. Pero, desde ellos, todavía no se tirotea
a los trabajadores. En el cuartel de la Montaña, sí. Un grupo de obreros,
que ocupaba un automóvil, ha sido acribillado a balazos. Una camioneta que
volvía de La Playa ha sido agujereada por más de cien disparos. Entre los
ocupantes del cuartel y los trabajadores que lo sitian, empieza duramente
el combate.

En la Casa de Campo, en el puente de Segovia, al mando de Mangada, tres o
cuatro mil hombres -socialistas, comunistas, anarquistas y republicanos-
ultiman sus preparativos para marchar sobre Campamento. En el puente de
Toledo, en Delicias, en el barrio de Usera, otros millares de hombres
vigilan los caminos de Carabanchel y Getafe. Apresuradamente se han
levantado parapetos y barricadas. Madrid está en pie de guerra. En la
Puerta del Sol, en un amplio palacio, un hombre llama nervioso a unos
teléfonos que no contestan. En el Palacio de Buenavista, casi abandonado
por todo el mundo, otro hombre se llama ministro de la Guerra. y allá,
escondidos en la calle de la Luna, tres hombres con mono de obreros, tres
trabajadores que llevan varias noches sin dormir, organizan la defensa del
pueblo y se aprestan a lograr el triunfo para la revolución. Los tres
hombres -Val, Valle, Barcia- son el Comité Regional de Defensa del centro.
A ellos no les falta ningún resorte. A ellos les siguen y obedecen
millares y millares de obreros prestos a dar su vida por la libertad...

Barcelona ha triunfado hoy. Madrid templa sus nervios en esta noche tibia
taladrada por el ladrido furioso de las ametralladoras. España vive una
hora crítica. El día que amanece, será el más glorioso de la historia de
Madrid, capital invicta de nuestra revolución...

Extracto de "Madrid Rojo y Negro", libro de Eduardo de Guzmán




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