(ca) TIERRA Y LIBERTAD , FEBRERO DE 2007: Del empleo del catastrofismo en la id eología dominanideología dominante

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Sun Feb 4 20:55:34 CET 2007


de http://www.nodo50.org/tierraylibertad

¿Quién no ha oído hablar de "recalentamiento climático" y de los desastres
consiguientes? Reportajes, programas de televisión o declaraciones
políticas impactantes tienden a poner ante nuestras narices lo que será
inevitable. Pero en el artículo anterior(1) he tratado de demostrar que
los científicos estaban lejos de coincidir sobre el análisis, las
explicaciones y las consecuencias de la situación climática, a pesar de lo
que dejan creer los medios, y de que todavía quedan en suspenso numerosos
interrogantes científicos y, por tanto, políticos.
Tomemos las cosas por el lado contrario, lo que no debería chocar a los
partidarios del libre pensamiento. Imaginemos, incluso sin llegar a estar
de acuerdo, que el "recalentamiento climático" no está probado o, si se es
demasiado refractario a esta idea, que es menos amplio de lo que se dice,
o que es parcial. Oiremos entonces a los medios de comunicación, los
sabios -conocedores o charlatanes- y los políticos desde otro ángulo. Se
preguntarán por qué hablamos todos tan doctamente y con angustia del
"recalentamiento climático", por qué tienen todos interés en hacerlo.
Intentadlo.

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TIERRA Y LIBERTADFEBRERO DE 2007
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El sensacionalismo
Para imponerse en un mundo moderno en el que se mezclan a la vez
racionalismo y religiosidad, ya sea antigua o nueva, escepticismo y
fanatismo, revuelta y fatalismo, toda ideología de vocación hegemonista
debe pegar fuerte. Recurre siempre al catastrofismo. Por eso, no duda en
cultivar la más grande confusión.
En la casi totalidad de los reportajes dedicados al medio ambiente, el
recalentamiento global aparece como la panacea explicativa (ese fue el
caso del reciente programa televisivo francés de Yann Arthus-Bertrand, que
fue visto por mucha gente). Como este fenómeno complejo y cambiante es
difícil de filmar, unas imágenes a veces alejadas del tema trataban de
ilustrar el asunto. Muy a menudo se veía la fotografía de un mar desecado
y resquebrajado, o bien olas golpeando una costa, sin saber si se trataba
realmente de un resultado del recalentamiento global o simplemente de la
manifestación de un clima habitual (estación seca, estación de los
tifones). Sin embargo, la imagen extrema para ilustrar algo global está en
al borde del fraude. Un poco como cuando la prensa anglosajona se
deleitaba con imágenes de barriadas en revuelta para afirmar que toda
Francia era un hervidero

¿La menor indundación, la menor sequía? Será en lo sucesivo debido al
"calentamiento global". Prestad atención, y comprobaréis vosotros mismos
igual que yo, cómo en los boletines informativos radiotelevisados, los
periodistas no se complican con explicaciones sofisticadas. Por otra
parte, si no lo han hecho con las revueltas callejeras, con el Oriente
Próximo o con el hambre en el mundo ¿por qué iban a hacerlo con el clima?
Y cuando consultan a un especialista y éste trata de matizar y precisar el
análisis, le cortan y le piden que diga sí o no, que la "culpa" la tiene
el recalentamiento climático. Yo lo he oído este año en la radio a
propósito de las tormentas del Mediodía francés. Esas tormentas, sin
embargo, proceden de un fenómeno clásico muy conocido por los geógrafos y
meteorólogos con el nombre de "episodio cevenol", que no ha sido este año
más intenso que otras veces.
Durante este tiempo son raros los reportajes sobre la contaminación
efectiva y no fantasmal, incluyendo nuestro propio espacio, y no los
dedicados a los bosques vírgenes o los casquetes polares que, desde luego,
son mucho más exóticos, estéticos y glamurosos a la vista. No veréis a
obreros en la miseria o casas de mierda. ¿Qué hay sobre el estado de la
capa freática en Bretaña, sobre los suelos de las antiguas zonas
industriales sin descontaminar, en los que los promotores construyen a
mansalva, o sobre las fábricas de Toulouse y su papel carbón? Asomaros
bien, no encontraréis gran cosa que llevaros a la boca. Eso vende menos y
es más arriesgado que introducir al oso en los Pirineos, por no hablar de
los hipopótamos en el lago Eduardo, en el Congo. Y los nitratos de las
aguas bretonas no deben nada al "calentamiento global".
Mirad bien los programas de Nicolas Hulot: las imágenes son exóticas,
bellas; son raros los planos de capas de petróleo abandonado o de marea
negra (que tampoco son debidas al "calentamiento global" sino a la jungla
capitalista que reina en el mundo de los transportes); son raros los
factores científicos claramente explicados. Todo ello pasaría entre dos
cortes publicitarios. La estetización de la catástrofe ¿no os recuerda
algo como procedimiento? Por el contrario, el discurso -de un experto in
situ o, todavía más dramático e impactante, de al voz en off del heraldo
Hulot- suaviza la demostración con argumentos de autoridad.
El discurso sensacionalista y catastrofista ambiental mezcla
insidiosamente las afirmaciones perentorias y la hipótesis eventual, el
modo condicional y el abuso del verbo parecer, lo que le permite guardarse
una salida de emergencia en caso de flagrante delito de confusión o
exceso. No duda en mezclar problemas diferentes y diferentes causas en un
marco apocalíptico pero confuso.

Un discurso aterrador y contraproducente
La evocación de las catástrofes medioambientales actuales, pero sobre de
todo las venideras -ya que, por definición, no se pueden verificar-
funciona como un espantapájaros destinado a asustar y culpabilizar a los
individuos pasivos e indiferentes. Asusta a las masas del mundo
pretendidamente post-industrial, estigmatizando a las masas del ex Tercer
Mundo, que son juzgadas culpables de pretender incorporarse al mundo
industrializado.
Teóricamente, el catastrofismo pretende, sobre todo entre algunos
militantes sinceros, hacer reaccionar a los individuos. Trata de imponerse
como un imperativo moral que justifica la revuelta. Ciertamente, el
catastrofismo ha permitido sensibilizar a las sociedades sobre los
problemas ecológicos y medioambientales, lo que ha favorecido ciertos
avances. Pero ha permitido también carreras políticas, llenas de buenos
sentimientos pero con resultados cuanto menos mitigados, los únicos sobre
los que debemos basar nuestro juicio político.
El catastrofismo tiene sobre todo efectos contraproducentes. Refuerza el
egoísmo colectivo frente a la situación presentada, como algo complejo,
inevitable, temible y angustioso porque igual puede ser lejano que
cercano. El individuo sigue tentado de salir a flote ya sea por medio del
misticismo o "escalando". Dicho de otro modo: después de mí, el diluvio.
El catastrofismo puede también estimular un terrorismo ecologista o de
acciones ejemplares destinadas a despertar a las masas "apáticas". Pero la
historia bulle de ejemplos en los que esas acciones no despiertan a nadie,
anulando a sus propagadores, que se encuentran solos en chirona mientras
que sus últimos apoyos se desloman por sacarlos. En cuanto al terrorismo,
que presupone una clandestinidad apartada del mundo, teñida de paranoia y
sensible al militarismo machista, desemboca en un impasse del que el
propio movimiento anarquista lleva haciendo balance desde hace al menos un
siglo.
El catastrofismo legitima también dos tipos de ilusión: la de poder crear
alternativas inmediatas, escapatorias dentro de una contracultura o de una
contrasociedad; y la de promover un capitalismo "ético" o "equitativo". La
primera es posible porque el sistema tolera espacios más o menos libres,
cuando no los recupera para su beneficio. La segunda no es incongruente,
porque los capitalistas no pueden cortar por mucho tiempo la rama natural
sobre la que se ha instalado su beneficio. Los más conscientes de ellos
-un poco como los Stiglitz o Soros, que denuncian los males de la
financiación en economía- proponen soluciones quirúrgicas. Estas dos
ilusiones, en principio contradictorias, se unen por el carácter
mixtificador de su desarrollo.

¿Y cuando la catástrofe no existe?
Cuando, a pesar de todo, la catástrofe anunciada sólo está en sus inicios,
o es menos fuerte y espectacular, el discurso pasa a la evocación
sentimental de las "generaciones futuras". Actúa sobre la fibra
paternalista al dejar lo que sea a nuestros sucesores, a todos los
sucesores, y no sólo a "nuestros" hijos.
Pero ¿por qué no comenzar a mejorar el entorno de vida para nosotros, aquí
y ahora? ¿Por qué esperar a mañana? Ese sentimentalismo calmante y bien
pensante es de hecho una hábil manera de rechazar las verdaderas
soluciones, las que podrían hacer bascular realmente el desorden
establecido. Recordemos que fue propulsado por el seudo "comandante"
Jacques-Yves Cousteau (habría que decir "capitán"), cuyas posturas
filosóficas y políticas son de carácter reaccionario(2).
Cuando los individuos constaten que la catástrofe anunciada no ha sido
tal, se producirá el mismo fenómeno que sucede a los niños cuando
descubren que el coco de los mayores no existe. Se hacen inconscientes
ante el peligro real. Se hacen pasivos, desconfiados y no comprometidos. O
esquizofrénicos, como los militantes a los que el marxismo ha anunciado la
pauperización de la clase obrera a medida que mejoraba el nivel de vida,
incluido el de ellos

Es "la heurística del poder" reivindicada por el filósofo Hans, que nos
prometía por otra parte una "dictadura benevolente" para salvar el
planeta, ni más ni menos, lo que no es ninguna novedad. Todos los dogmas,
todas las iglesias, nos prometen una catástrofe: el cristianismo con el
apocalipsis o el marxismo con el hundimiento del capitalismo bajo el peso
de sus propias contradicciones. Nosotros seguimos esperando.
No olvidemos tampoco que el catastrofismo revolucionario, conducido en los
años 1910-1920 por ciertos sectores del movimiento obrero y socialista, ha
desembocado en el mito de la violencia y su utilización por el fascismo,
que a su vez ha sustituido el economicismo por el psicologismo. La
trayectoria del sociólogo Roberto Michels, procedente de la extrema
izquierda italiana, luego admirador de Mussolini, es muy característica a
este respecto, al igual que la influencia entre los nazis del ensayista
Oswald Spengler, ideólogo de la decadencia occidental. Recordemos también
que al día siguiente de Mayo del 68 fueron muy numerosos los que
anunciaron sin ambages que la revolución estaba muy muy cerca, y que
actualmente ellos mismos, a instancias de Daniel Cohn-Bendit, Serge July y
otros como Philippe Sollers, se inclinan, por el contrario, aunque no
menos frenéticamente, hacia la variante del aforismo TINA (There is no
alternative, no hay alternativa).
Todos los dogmas, todas las iglesias, actúan con el terror, la angustia,
el castigo, la parálisis, la sumisión y el control. Suponer que el miedo
es el comienzo de la cordura es equivocarse, y equivocar a los demás. Es
hacer caer muy bajo la ambición filosófica del ser humano, y hacer
retroceder la emancipación tanto del individuo como del colectivo.
No se trata de negar la gravedad de los problemas o, por el contrario, de
callarse "para no desesperar a Billancourt"(3). No se trata tampoco de
decir que no importa, porque eso beneficia a los charlatanes, a los
mentirosos y a los ambiciosos, los que tienen el mundo sobre las espaldas
de los ingenuos.

Philippe Pelletier

Notas:
1.- Ver Tierra y libertad 222, enero 2007.
2.- Kéchichian Patrick: "La inmersión antisemita del comandante
Jacques-Yves Cousteau" (Le Monde, 18 junio 1999). También se pueden evocar
igualmente las posturas demagógicas radicales y malthusianas de Cousteau
que trata a los pobres del Tercer mundo como lo hacía Malthus con los
pobres de la Inglaterra victoriana. O incluso esta declaración de
Cousteau: "Europa va a ser invadida por los musulmanes de África del
Norte. No os equivoquéis: en tres generaciones (
) ya no se hablará
francés, alemán, español o italiano. Se hablará árabe" (Le Quotidien de
Paris, 5 junio 1991).
3.- Referencia a los industriales franceses.




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