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(ca) Cien años del Congreso de Amsterdam
Date
Thu, 30 Aug 2007 23:23:32 +0200 (CEST)
El siguiente es un breve análisis, desde una perspectiva anarco-comunista,
de la trascendencia y la importancia del debate llevado a efecto, hace un
siglo, en Ámsterdam en el Congreso Anarquista celebrado desde el 24 al 31
de agosto de 1907. No nos interesa realizar una descripción lineal de tal
evento, sino que explorar algunos de los debates y polémicas que nos
permiten clarificar algunas de nuestras posiciones hoy en día.
----------------------
Cien años del Congreso de Ámsterdam (24-31 de Agosto de 1907)
Hace ya un siglo, entre los días 24 y 31 de Agosto de 1907, se realizó el
famoso Congreso Anarquista de Ámsterdam, el cual se dio en un momento en
el cual el movimiento libertario europeo, de la mano de la febril
actividad sindical y antimilitarista que recorría Europa, gozaba de nuevos
bríos. Desde la década de 1890, particularmente en Francia- con las Bolsas
de Trabajo y posteriormente la Confederación General de Trabajadores
(CGT)-, el movimiento obrero venía poniendo en práctica las ideas
libertarias de la acción directa y de la lucha obrera al margen de la
institucionalidad burguesa. El antiparlamentarismo que se respiraba en los
locales sindicales alejaba al movimiento obrero de la hegemonía absoluta
que durante unos veinte años ejerció la socialdemocracia, a la vez, que
les impulsaba naturalmente hacia el campo de batalla.
En los años inmediatamente precedentes al Congreso de Ámsterdam, tres
sucesos vinieron a marcar verdaderos hitos en este proceso de
radicalización del movimiento obrero: Por una parte, la revolución rusa de
1905 envió poderosos remezones revolucionarios a una Europa que creía
sepultado el espectro de la Comuna de París; por otra, se realizó en los
EEUU en 1905 el Congreso fundacional de la Industrial Workers of the World
(IWW), el cual había planteado un claro quiebre con el sindicalismo
norteamericano oficialista e institucionalizado, marcando un camino
independiente afín al sindicalismo revolucionario francés expresado en la
CGT (aunque no fuera sino hasta 1908 cuando se plantearán claramente las
posturas anti-parlamentaristas, momento en el que la sección de Deleonista
se aleja[1]). El Congreso de la CGT celebrado en Amiens, por último, había
planteado en 1906 claramente su finalidad sindicalista revolucionaria,
definiéndose decididamente por la acción directa, por la desaparición del
Estado y su reemplazo por las organizaciones proletarias, por la huelga
general como principal herramienta de transformación revolucionaria,
definiendo al sindicalismo como el único mecanismo emancipador de la clase
obrera, una decidida lucha contra el capitalismo y planteando a los
sindicatos como bases orgánicas de la nueva sociedad.
Es en este contexto, de creciente radicalización del movimiento obrero,
aglutinado principalmente en organizaciones sindicales de gran
combatividad, que entendemos mejor, tanto la urgencia del encuentro, así
como la discusión que en él se dio. Muchos de los asistentes eran
prominentes en los movimientos sindicales de Francia, Holanda y Bélgica y
entendían la necesidad de la organización a nivel internacional para hacer
más poderosa su influencia y su presencia en el movimiento obrero. La
elección de Holanda, como lugar de realización del encuentro, no fue
casual: desde 1905 que ese país contaba con una organización libertaria de
carácter nacional, mientras que en la mayoría de los países europeos aún
reinaba la desorganización y la existencia de pequeños grupos
conspirativos.
Este Congreso es hoy en día más que nada conocido por el debate planteado
entre Pierre Monatte, un obrero francés de 25 años y ya prominente figura
de la CGT, y Errico Malatesta, sobre la cuestión de los anarquistas y el
sindicalismo. Este debate ha sido parcialmente reproducido en numerosas
ocasiones, pero más nos interesa llamar la atención sobre otras cuestiones
discutidas en el Congreso y que, cien años después, siguen teniendo
actualidad y validez. La discusión arroja bastantes luces respecto a
cuestiones como la naturaleza del anarquismo, la organización anarquista,
ésta y el trabajo de masas, etc. Resulta lamentable que el debate que en
esa ocasión se dio sea hoy escasamente conocido entre los círculos
anarquistas. Y más lamentable resulta el hecho de que algunos de los
planteos simplistas, prejuicios y lugares comunes que emergieron en este
Congreso sean repetidos un siglo más tarde sin mayores alteraciones en el
movimiento, como si el siglo XX hubiese pasado en vano. Duele comprobar
que se ha avanzado muy poco en la discusión desde entonces.
Por ello creemos importantísimo conocer hoy las actas de este Congreso,
sus discusiones y aprender lecciones de ellas que pueden ser de gran
importancia para su aplicación práctica en el presente. Desde nuestra
tribuna, intentamos pues aportar a tal tarea con algunas opiniones e ideas
que se desprenden de este crucial momento en el desarrollo del anarquismo.
Dos concepciones del Anarquismo enfrentadas
Como decíamos, el Congreso de Ámsterdam aparece hoy como el momento en el
cual se dio una decisiva discusión, de cara y abiertamente, entre los
anarquistas mal llamados "tradicionales" y la nueva generación de
militantes fraguados en los combates sindicales[2]. El sindicalismo
revolucionario (y posteriormente su derivación anarcosindicalista) se
perfilaron, así, como las nuevas fuerzas que desde el terreno de la
práctica infundieron nuevo vigor al pensamiento libertario. Esta
discusión, que se ha entendido frecuentemente como una discusión de
asuntos meramente tácticos, no puede ser reducida a una sencilla cuestión
de métodos o de énfasis por parte de los diversos asistentes. Esta
discusión encerraba, en sí, una profunda divergencia respecto a la
concepción que del mismo anarquismo tenían las distintas partes en la
discusión.
Esta discusión ponía de un lado a los que entendían el anarquismo como un
movimiento fundamentalmente de luchas de clases y quienes se contentaban
con una visión puramente filosófica, que Antonioli (1979) describe como la
visión malatestiana de entender el anarquismo como la suprema disputa
entre la libertad y la autoridad, al margen de cualquier consideración
contextual. Tenemos, nuevamente, la vieja discusión entre la concepción
materialista e idealista del anarquismo como el telón de fondo de toda la
discusión que se celebró en Ámsterdam.
El anarquismo materialista
Dije anteriormente que el grupo de los anarquistas filosóficos ha sido mal
llamado el sector de los "anarquistas tradicionales" en virtud de que las
conclusiones del sector de los anarquistas sindicalistas no tenían nada de
nuevo, sino que eran sencillamente el rescate de la tradición anarquista
iniciada por Bakunin en la Primera Internacional, y posteriormente
olvidada durante las décadas de la represión, de la acción clandestina y
de los grupos conspirativos. Esta tradición se definía como materialista y
profundamente arraigada en la lucha de clases e indisociable del
proletariado como agente de cambio revolucionario fundamental. El
humanismo bakuninista jamás habla de un ser humano trascendente, eterno,
abstruso, sino que habla del ser humano enclavado en las contradicciones
sociales de su tiempo, enclavado en las relaciones sociales de producción,
enclavado en el conflicto de clases. Es el mismo Amédée Dunois, uno de los
conferencistas[3], quien se encarga de dejar esto en claro, sentando la
continuidad de esta tradición con la labor emprendida por las nuevas
generaciones militantes en el seno del movimiento obrero:
"En contra de los primeros (ed. los individualistas), basta recurrir a la
historia del anarquismo. Éste ha salido, por vía de desarrollo, del
colectivismo de la Internacional, es decir, en último análisis, del
movimiento obrero." (cuarta sesión, 27 de Agosto)[4]
Dunois en una sola sentencia, sitúa al anarquismo nuevamente en el terreno
de la historia y por fuera de las especulaciones eternas. Pero Dunois no
se detiene ahí. En la misma sesión nos dice también que:
"El anarquismo nos aparece mucho menos bajo el aspecto de una doctrina
filosófica y moral que como una teoría revolucionaria, que como un
programa concreto de transformación social."[5]
Este anarquismo, obrero e histórico, no tiene entonces profundos misterios
sobre los que lucubrar: su función última es servir de proyecto social de
transformación en el aquí y en el ahora. Lo cual, irremediablemente, le
ata a su contexto y a la coyuntura social.
El anarquismo idealista
El anarquismo del sector liderado por Malatesta, en cambio, tiene una
visión netamente idealista, que se expresa con toda claridad en la
undécima sesión (29 de agosto) cuando el propagandista italiano dice:
"Antaño deploraba que los compañeros se aislasen del movimiento obrero.
Hoy deploro que muchos de nosotros, cayendo en el exceso contrario, se
dejan absorber por este mismo movimiento."[6] Para Malatesta, anarquismo y
movimiento obrero existen como dos mundos paralelos, en el cual uno no se
explica en función del otro. A lo más, pueden llegar a ser compañeros de
viaje. Como el mismo Malatesta aclara más adelante, en la misma sesión,
"Veía yo en él (ed. movimiento obrero) un terreno particularmente propicio
para nuestra propaganda revolucionaria, al mismo tiempo que un punto de
contacto entre las masas y nosotros (...) Ahora bien, corresponde a los
anarquistas despertar en los sindicatos el ideal, orientándoles poco a
poco hacia la revolución social".[7]
El movimiento obrero, entonces, es sencillamente un terreno propicio para
la propaganda, pero no el elemento fundamental de transformación social,
rol que pareciera recaer en su visión sobre los sectores "iluminados",
infalibles depositarios de la verdad absoluta[8]. Esta visión no puede ser
sino calificada de iluminista: los revolucionarios nada tienen que
aprender del pueblo, la práctica viva de la clase obrera no nos enseña
nada, sino que el ideal, inalterable en el tiempo y en el espacio, tiene
sus guardianes encargados de llevar la palabra a los hermanos que aún
permanecen en la obscuridad. Sin lugar a dudas, que las más de dos décadas
de aislamiento dejaron una fuerte impronta en el movimiento que no sería
tan fácil de borrar.
Pero Malatesta, en su visión idealista, va más lejos aún y no solamente
niega el origen obrero del anarquismo, sino que niega la existencia misma
de las clases sociales[9]. "No hay entonces clases, en el sentido propio
del término, puesto que no hay intereses de clase. En el seno de la clase
obrera misma, existen, como entre los burgueses, la competencia y la
lucha."[10] Tal definición de las clases sociales demuestra una abismante
pobreza teórica y un insufrible desconocimiento conceptual. Las clases se
definen, según Malatesta, ya no por la relación que éstas guardan con la
propiedad, por la posición específica que tienen dentro de las relaciones
sociales de producción, sino que por sus "intereses". Y siendo los
intereses individuales tan diversos, ¿cómo entonces poder hablar de
clases? Esta visión es idealista, es subjetivista y no guarda relación con
el concepto de clase que se maneja tradicionalmente en las doctrinas
socialistas[11].
El anarquismo como experiencia práctica y teoría forjada en el combate
Henri Fuss, en la duodécima sesión, el 29 de agosto, replica de la
siguiente manera a las tesis de Malatesta: "Luchamos contra la burguesía,
es decir contra el capital y contra la autoridad. Ahí está la lucha de
clase; pero a diferencia de las luchas políticas, ésta se ejerce
esencialmente en el terreno económico, alrededor de estos talleres que se
tratará de volver a tomar mañana. Ya pasó el tiempo en que la revolución
consistía en hacerse de algunas alcaldías y a decretar, desde lo alto del
balcón, la sociedad nueva[12]. La revolución social hacia la que marchamos
consistirá en la expropiación de una clase. Desde entonces, la unidad de
combate, ya no es, como antaño, el grupo de opinión, sino el grupo
profesional, unión obrera o sindicato"[13]. Lo que Fuss hace es volver a
situar al anarquismo en la lucha de clases y al potencial revolucionario,
de transformación social, en la misma clase obrera de la cual el
anarquismo no es sino una parte –que, dicho sea de paso, tiene un rol
específico que jugar en el proceso de emancipación.
No nos entretendremos con más ejemplos sacados de la discusión para seguir
ilustrando esta cuestión. Creemos que las posiciones ya expuestas
representan claramente a las dos concepciones del anarquismo enfrentadas
en el Congreso. Los dos sectores enfrentados estaban claramente definidos:
uno representado por los anarquistas "puristas", liderados por Errico
Malatesta, pero también con gente como Pierre Ramus o Emma Goldman entre
ellos; y el sector del anarquismo obrero, nacido y templado en la práctica
de la lucha de clases, en las luchas de masas y en las organizaciones
obreras, que no contaba con ninguno de los que posteriormente serían
considerados, sorprendentemente, "teóricos" del anarquismo -los cuales
casi todos provendrían del campo de los puristas. Sorprendentemente, pues
el nivel del debate durante el Congreso es frecuentemente rebajado por los
"teóricos", los cuales dan constante pruebas de ignorancia y pobreza
teórica. Las mociones de Emma Goldman a favor de la iniciativa individual
y del derecho a la rebelión son realmente vergonzosas por su vaguedad, su
irrelevancia y su rimbombancia abstracta[14]. Las teorías del sector
obrero habían sido fogueadas en la misma práctica revolucionaria más que
en divagaciones filosóficas. Lastimosamente, sus argumentos hoy han sido
casi olvidados y quizás después de un siglo sea necesario sacarles el
polvo, pues son ellas las que representaban el movimiento libertario vivo
que hiciera temblar a la burguesía en esos años.
Recordemos, después de todo, que el capítulo más glorioso del anarquismo
en el siglo XX fue desarrollado por todos esos militantes anónimos, que
heroicamente se las jugaron y dieron la vida por la causa de un mundo
nuevo, en el seno del movimiento obrero, en las revoluciones rusa,
alemana, la huelga general italiana y, por supuesto, la española. Nuestro
anarquismo más tiene que ver con los campesinos de Aragón y los obreros de
Barcelona, que pusieron en práctica el comunismo libertario, que con los
discursos de Federica Montseny o Diego Abad de Santillán. Es a esos
militantes a quienes el anarquismo les debe tanto, pues ellos fueron la
columna vertebral de ese movimiento de masas que hasta el día de hoy nos
inspira; ellos, la clase obrera inspirada en el anarquismo vivo y no unos
cuantos filósofos o líderes. Muchos anarquistas hasta el día de hoy, tal
vez prisioneros del culto a la autoridad, aceptan como dogma, ciegamente,
acríticamente, cualquier postulado de las "vacas sagradas" del
anarquismo[15]. Y quizás sea, al contrario, de esa práctica y de las
lecciones legadas por todos esos militantes anónimos o malamente
reconocidos de donde podemos extraer enormes lecciones para el presente.
Creemos que al reconocimiento de este hecho se debe que las
investigaciones más interesantes sobre el anarquismo de las últimas
décadas sean en el terreno de la historia, y no en el terreno de la
filosofía política o siquiera de la sociología.
Los Anarquistas y las Organizaciones de Masas
Otra discusión, la del sindicalismo, tiene repercusiones mayores que lo
del ámbito puramente laboral, en nuestra opinión. De ella, creemos, se
pueden extraer conclusiones válidas para el trabajo de masas en general.
Es Dunois quien, en la cuarta sesión, nos entrega el primer elemento que
creemos indispensable para el desarrollo libertario del trabajo de masas:
"Ahora bien, (...) su lugar como anarquistas está en la unión obrera, y
ahí nada más. La unión obrera no es solamente una organización de lucha,
es ella el germen viviente de la sociedad futura, y ésta será lo que el
sindicato nos haya hecho. El error, es quedarse entre iniciados, rumiando
siempre los mismos problemas de doctrina, dando vuelta sin fin en el mismo
círculo de pensamiento. Por ningún pretexto, hay que separarse del pueblo,
pues por muy atrasado, por muy limitado que sea, es él, y no el ideólogo,
el motor indispensable de toda revolución. ¿Tienen ustedes entonces, como
los socialdemócratas, intereses diferentes de los del proletariado que
hacer valer -intereses de partido, de secta o de camarilla? ¿Debe el
proletariado acudir a ustedes, o ustedes ir hacia él para vivir de su
vida, ganar su confianza e incitarle, por la palabra y el ejemplo, a la
resistencia, a la rebeldía, a la revolución?"[16] (27 de Agosto)
Aunque nos parezca abusivo el decir que el anarquista tiene su rol
solamente en la unión obrera, y "ahí nada más", creemos que su pueda hacer
una lectura alternativa de ese párrafo: lo que realmente quiere decir es
que el anarquismo, al margen de las organizaciones populares, significa
poco o nada. Y ese es el espíritu del anarquismo que hoy creemos
imprescindible recuperar: el de un anarquismo en el seno del pueblo, el de
un anarquismo por fuera de la secta, el de un anarquismo para el pueblo y
desde el pueblo. Esto es una cosa y no podemos sino estar en el más pleno
acuerdo con tal aseveración. Pero constituiría un error el suponer en base
a la argumentación de Dunois de que el proletariado constituiría una clase
homogénea –cosa que podría desprenderse de su declaración respecto a que
los anarquistas no deban tener intereses diferentes del proletariado.
La Autonomía de las Organizaciones Populares y su Relación con las
Organizaciones Políticas
El anarquismo es una fracción del proletariado, y en el seno del
proletariado, como en el seno de cualquier clase, hay sectores con
diversas visiones políticas y es un error suponer que una fracción o
partido pueda convertirse en única representante de los "intereses" del
proletariado. Esto es lo que constituye la razón de ser de la organización
política; y es acá donde se dio también el punto de partida entre los
anarcosindicalistas y el anarco-comunismo que luego encontraría su
expresión en las tesis de la Plataforma. "Los partidos nos dividen, el
sindicato nos une" fue un axioma usado por la CGT en Chile en la década de
los ’30, que es representativo del ideario anarcosindicalista tradicional,
el cual contiene una verdad relativa, que es que las organizaciones de
masas han de ser el espacio de confluencia del conjunto del pueblo y no
una mera caja de resonancia para las discusiones partidistas.
A tono con esta opinión, favorable a la organización popular como un
espacio no partidista, autónomo y de confluencia del conjunto del pueblo,
se expresaron tanto Pierre Monatte como Malatesta que, aunque discutían en
la mayor parte de los asuntos, estuvieron en pleno acuerdo a este
particular respecto. Nos dice Monatte en la novena sesión: "ni la
realización de la unidad obrera, ni la coalición de los revolucionarios
hubieran podido, ellas solas, llevar a la C.G.T. a su grado actual de
properidad y de influencia, si no hubiésemos seguido fieles, en la
práctica sindical, a este fundamental principio que excluye de hecho a los
sindicatos de opinión: un solo sindicato por oficio y por ciudad. La
consecuencia de este principio es la neutralización política del
sindicato, el cual no puede y no debe ser ni anarquista, ni guesdista, ni
allemanista, ni blanquista, sino simplemente obrero. En el sindicato, las
divergencias de opinión, a menudo tan sutiles, tan artificiales, pasan a
segundo término; por lo que el entendimiento es posible."[17] (28 de
agosto)
Malatesta, haciéndose eco de las opiniones vertidas por los sindicalistas
dice[18]: "No estoy pidiendo sindicatos anarquistas que legitimarían, de
inmediato sindicatos social democráticos, republicanos, realistas u otros
y podrían servir, a lo sumo, para dividir más que nunca a la clase obrera
contra sí misma. Ni siquiera quiero sindicatos llamados rojos, porque no
quiero sindicatos amarillos." (Undécima sesión, 29 de agosto)[19]
Por tanto, partimos de la base de que es la organización popular la cual
ha de servir como espacio de confluencia para la clase obrera en su
conjunto. Eso es lo que hay de justo en el axioma de que "los partidos nos
dividen y el sindicato nos une". Pero muchas veces esta verdad relativa ha
servido para sembrar, injustificadamente, la hostilidad hacia el concepto
mismo de la organización política, cuando no ha sido interpretada como que
el sindicato o la organización popular basta para las tareas
revolucionarias y que las organizaciones políticas solamente cumplen una
función divisionista cuando la realidad es muy otra: las organizaciones
políticas y los partidos existen precisamente porque reflejan opiniones
divergentes existentes en el seno de la(s) misma(s) clase(s).
El problema no es, por tanto, la existencia o no de las organizaciones
políticas, sino que de qué manera éstas se relacionan con las
organizaciones sociales. Dicho de otro modo, el problema es mantener las
organizaciones sociales como espacios abiertos y autónomos de toda
organización política –incluso de la de los anarquistas. Lo que no
significa renunciar a la labor proselitista o a la lucha por lograr los
mayores niveles de influencia posibles, labores que consideramos de la
mayor relevancia. Fue, de hecho, alrededor de esos años que un escritor
marxista revolucionario, Georges Sorel, escribía en Francia en la
introducción a su famoso tratado "Reflexiones Sobre la violencia" (1908)
que, sin lugar a dudas, uno de los hechos más notables de nuestra época
era el ingreso de los anarquistas en los sindicatos. Esto nos da buena
cuenta de la importancia capital que la labor anónima de los anarquistas
en la CGT de esos años tuvo para convertir a esta organización en una
formidable herramienta en la lucha de los explotados.
Es el mismo Dunois quien en su discurso de la cuarta sesión corrobora
nuestra interpretación: "Convencidos desde hace mucho tiempo que la
emancipación de los trabajadores será obra de los mismos trabajadores o no
será, asignamos de buen grado al movimiento obrero el primer lugar en el
orden de la acción. Es decir que, para nosotros, el sindicato no tiene que
jugar sólo un papel puramente corporativo, llanamente profesional, como lo
entienden los guesdistas y, con ellos, algunos anarquistas rezagados en
fórmulas obsoletas... el papel nuestro como anarquistas, es decir quienes
pensamos ser la más avanzada, audaz y libre fracción de este proletariado
militante organizado en los sindicatos, es estar siempre a su lado y
combatir las mismas batallas, confundidos con él. Lejos de nosotros está
el pensamiento de aislarnos en nuestros grupos de estudio"[20].
En breve, Dunois entrega la visión de un anarquismo obrero, organizado
como una fracción del proletariado en derecho propio, luchando codo a codo
con el conjunto del pueblo y así ejercer también su influencia.
Las Organizaciones de Masas y el Poder Popular
Por otra parte, del discurso de Dunois ("La unión obrera... es... el
germen viviente de la sociedad futura") se desprende una concepción
profundamente arraigada en el ideario anárquico: que, en lugar de buscar
la conquista de la institucionalidad existente, sea en el propio
movimiento popular donde se sienten las bases de la sociedad futura. Es a
esto a lo que los anarco-comunistas nos referimos, en Sudamérica, como la
construcción de poder popular: que sean las propias organizaciones nacidas
desde las bases, desde los explotados y oprimidos, las que desplacen a la
institucionalidad de la burguesía y marquen la pauta sobre el nuevo mundo
que queremos construir. Ahí tenemos la experiencia de la CNT en España,
cuya experiencia orgánica y su prédica autogestionaria sirvieron como un
molde para las comunidades construidas por las manos de la clase
trabajadora desde el mismo inicio de la revolución. Pero también vemos que
en todas las experiencias revolucionarias, hayan tenido un movimiento
anarquista significativo o no, se dan tendencias espontáneas en el seno
del pueblo tendientes a la autogestión, bajo diversos nombres. Está en el
mismo pueblo esa tendencia, adquirida mediante su propia experiencia de
lucha, a convertirse en el dueño de su destino, directamente y sin
intermediarios. Es esta tendencia popular de la cual el anarquismo no es
más que la expresión en el plano político.
Esta concepción quedó plasmada finalmente en la moción de Dunois sobre
"Sindicalismo y Anarquismo", suscrita por Monatte, Fuss, Siegfried Nacht,
Sra. Ziélinska, Luigi Fabbri y Karl Walter, presentada a la decimotercera
sesión, del 30 de agosto, es la que representa plenamente nuestro
pensamiento, por tanto creemos pertinente reproducirla íntegramente:
"Considerando que el régimen económico y jurídico actual está
caracterizado por la explotación y el sojuzgamiento de la masa de los
productores, y determina, entre éstos y los beneficiarios del régimen
actual, un antagonismo de intereses absolutamente irreductible que da
nacimiento a la lucha de clases;
Que la organización sindical, solidarizando las resistencias y las
revueltas sobre el terreno económico, sin preocupaciones doctrinarias, es
el órgano específico y fundamental de esta lucha del proletariado contra
la burguesía y todas las instituciones burguesas;
Que importa que un espíritu revolucionario siempre más audaz oriente los
esfuerzos de la organización sindical en el camino de la expropiación
capitalista y de la supresión de todo poder;
Que la expropiación y la toma de posesión colectiva de los instrumentos y
de los productos del trabajo no pudiendo ser llevadas a cabo más que por
los mismos trabajadores, el sindicato está llamado a transformarse en
grupo productor, y resulta ser en la sociedad actual el germen vivo de la
sociedad del mañana;
Comprometen a los camaradas de todos los países a participar activamente
en el movimiento autónomo de la clase obrera y a desarrollar en las
organizaciones sindicales las ideas de rebeldía, de iniciativa individual
y de solidaridad que son la esencia del anarquismo, sin perder de vista
que la acción anarquista no está contenida en su totalidad en los límites
del sindicato."
El Congreso, si bien votó a favor de esta moción, también votó a favor de
otras mociones contradictorias. Hasta en este punto penaba la tradición
diletante forjada en los años en que el anarquismo se aisló del movimiento
obrero: se consideró, curiosamente, que votar mociones contradictorias era
una manera de evitar que la mayoría sofocara a la minoría (!).
El Congreso de Ámsterdam y el Anarco-Comunismo
Un anarquismo fundamentado en la lucha de clases y la experiencia
De una u otra manera, cómo hemos visto, las concepciones de un sector del
Congreso delinean de una u otra manera, esa corriente del anarquismo
revolucionario que, posteriormente, se expresará en la Plataforma, y a la
cual hemos dado en Sudamérica el nombre de anarco-comunismo. Otros
aspectos del debate, por ejemplo, la discusión relativa a la organización,
exponen aún más claramente las líneas de continuidad entre aquel
anarquismo que pretendía recuperar la tradición de los primeros
internacionalistas con nuestro anarquismo actual. Quien mejor representa
estas posiciones es, en nuestra opinión, Amédée Dunois, quien no solamente
defendió esta línea en el mismo Congreso, sino que además lo hizo en una
serie de artículos previos a éste, publicados, principalmente, en Les
Temps Nouveaux entre diciembre de 1906 y Julio de 1907. Es en estos
artículos, que el mismo Dunois distingue dos concepciones anarquistas: una
"purista", interesada en las generalizaciones abstractas, y otra
"obrerista", dedicada a la organización proletaria bajo la óptica de la
lucha de clases. Es él quien plantea que es esta última concepción la que
encarna la continuidad con el proyecto de los bakuninistas[21]. En un
artículo posterior al Congreso, Dunois plantea nítidamente sus
concepciones clasistas y el lugar privilegiado que otorga a la misma
experiencia en el desarrollo del anarquismo:
"El sindicalismo revolucionario no es sino anarquismo –pero un anarquismo
regenerado, refrescado con las brisas del pensamiento proletario, un
anarquismo realista y concreto que ya no se satisface, como el viejo
anarquismo, con negaciones abstractas y declaraciones, un anarquismo
obrerista[22], que confía en esa clase obrera que se ha fortalecido
durante años en la lucha, y ya no solamente en sus iniciados, para la
realización de sus sueños (...) Pero el anarquismo tradicional, envuelto
en sus mantas idealistas que mañana han de trocarse en sus mortajas, está
tan muerto, como el otro (ed. el anarquismo obrero) está vivo" ("Le
Congrès d’Amsterdam et l’Anarchisme", Pages Libres, no. 360, 23 de
Noviembre de 1907)[23]
Y es el sector que representa esta concepción del anarquismo el cual
plantea de manera más clara la necesidad vital de la organización:
necesidad que plantean en términos bastante claros y despojados de toda
vaguedad.
La importancia del rol que los anarquistas y su organización puedan jugar
en las organizaciones populares es puesto de manera clara por Pierre
Monatte en la novena sesión del Congreso, el 28 de Agosto cuando dice: "El
sindicalismo, que es la prueba de un despertar del movimiento obrero, ha
encauzado el anarquismo al sentimiento de sus orígenes obreros; por otra
parte, los anarquistas no han contribuido poco para llevar al movimiento
obrero sobre la vía revolucionaria y para popularizar la idea de la acción
directa. Así, sindicalismo y anarquismo han reaccionado el uno sobre el
otro, para el mayor bien de uno y de otro."
Lejos de la concepción de Monatte está la relación unívoca malatestiana
entre anarquismo y sindicalismo, en la cual los anarquistas son los
encargados de reproducir el ideal en el seno del movimiento obrero, sin
tener mucho que aprender de éste. Este es un anarquismo que se nutre de la
lucha de clases, que aporta sus herramientas al movimiento popular, pero
que tiene la humildad suficiente para aprender de las lecciones que la
misma experiencia de los explotados nos entrega. Es un anarquismo que, sin
miramientos sectarios, busca aprender de toda experiencia que sea útil,
lleve el signo que lleve. Pero para poder ejercer nuestra óptima
influencia, así como para ser capaces de absorber óptimamente las
lecciones que la lucha concreta nos entrega, la organización
político-revolucionaria, que permanezca en el tiempo y que organice
diversos sujetos en la lucha, es la herramienta esencial.
La unidad de los anarquistas... ¿Qué unidad?
Los anarco-comunistas hemos entendido la necesidad de que la organización
tenga consistencia mediante la unidad teórica y mediante la definición
colectiva de una táctica coherente. En ello reside el espíritu esencial de
la famosa Plataforma. Y sin embargo, tal cosa no es, como se ha querido
hacer creer, un aspecto "original" de la Plataforma, sino que está
enraizado en la misma tradición clasista y organizativa del anarquismo,
como se aprecia en la misma discusión del Congreso. Es el mismo Dunois
quien nos dice que:
"...la organización anarquista no tendría la pretensión de unir a todos
los elementos que se reclaman, a veces equivocadamente, de la idea de
anarquía. Bastaría que agrupase, alrededor de un programa de acción
práctica, a todos los camaradas que acepten nuestros principios y estén
deseosos de trabajar con nosotros." (cuarta sesión, 27 de agosto)[24]
No se podría ser más claro. Y tal fue como comprendió el sentido de estas
intervenciones durante el Congreso otra destacadísima y, lamentablemente,
olvidada militante anarquista, Lucy Parsons, quien expresó que:
"El reciente Congreso Anarquista, sostenido en Ámsterdam, Holanda, me
parece ser un sabio movimiento y un paso en la dirección correcta.
La causa Anárquica (no ha habido un movimiento en los años recientes) ha
carecido de un plan de procedimientos u organización. Ciertamente, de
alguna manera, por aquí y por allá, se han congregado algunas personas
que, de forma laxa, han formado alguna especie de grupo, llamándose a sí
Anarquistas, pero estos grupos eran formados, en su mayoría, por gente
joven e inexperta, que tenían casi tantas concepciones acerca de los
verdaderos objetivos del Anarquismo, como miembros componían el grupo;
consecuentemente, el resultado ha sido como podría haberse,
razonablemente, esperado. La causa anárquica ha carecido de concentración
de esfuerzos, y de una fuerza vitalizante que preste energía y dirección
hacia el objetivo común.
(...)Yo, personalmente, siempre he sostenido la idea de la organización,
junto a asumir la responsabilidad de sus miembros, tal como pagar
cotización mensual y colectar fondos para fines de propaganda. Por
sostener estas ideas, he sido llamada Anarquista "a la antigua", etc."
(Carta al Director, The Demonstrator, 6 de Noviembre, 1907)[25]
Es imposible no ver los puntos de encuentro en sus conclusiones respecto
al estado de movimiento, con respecto al balance realizado por Dunois y
por los autores de la Plataforma. El eco de los conceptos de unidad
teórica, unidad táctica, acción colectiva y disciplina es demasiado claro
y muestra que, desde la óptica libertaria, diversos militantes llegaron a
conclusiones semejantes por caminos diferentes.
Malatesta, en cambio, sigue entendiendo al movimiento anarquista como una
gran familia feliz. No es de extrañar, entonces, su oposición al proyecto
de la Plataforma veinte años más tarde, la cual no puede ser entendida
como un simple problema de comunicación o como los efectos de una mala
traducción. Malatesta, a fin de cuentas, reduce las diferencias en el
movimiento anarquista a un mero problema semántico: "mi impresión muy
clara es que lo que nos divide, son palabras que entendemos de manera
diferente. Buscamos querella sobre palabras. Pero en el fondo mismo del
asunto, estoy convencido de que todo el mundo está de acuerdo" (sexta
sesión, 27 de agosto)[26]
Luigi Fabbri, al contrario, en un informe preparado con antelación al
Congreso, se muestra reacio a aceptar que las diferencias entre
individualistas y anarquistas pro-organización sean tan sólo de palabras y
plantea la imposibilidad de reunir bajo un mismo alero a todos quienes se
reclaman del concepto de anarquistas:
"La división que existe sobre este punto entre los anarquistas es mucho
más profunda de lo que se cree (...) Yo les digo, como respuesta, a los
buenos amigos de la unidad a todo precio que afirman: ‘¡No nos hacemos
problemas de método! La idea es una sola, el propósito es el mismo;
nosotros, por tanto, nos unimos sin dejarnos dividir por un nimio
desacuerdo sobre táctica’ que yo, al contrario, caigo en cuenta después de
largo tiempo, que nos dividimos justamente porque estamos demasiado
apegados, y porque lo estamos de manera artificial. Sobre el barniz
aparente de la comunidad de tres o cuatro ideas –abolición del Estado,
abolición de la propiedad privada, revolución, antiparlamentarismo- hay
una diferencia enorme (...) La diferencia es tal que no se puede tomar la
misma ruta sin querellarse, sin neutralizarse recíprocamente nuestro
trabajo, (...) sin renunciar cada cual a lo que cree es la verdad"
("L’Organisation Anarchiste", en Volonté Anarchiste, 16-20 de junio de
1907)[27]
Es en esta constatación donde, nuevamente, encontramos el eco de las ideas
contenidas en la Plataforma respecto a organización. Podemos considerar
tanto al Congreso de Ámsterdam, por la discusión en él y a raíz de él
dada, como un importante antecesor de nuestras propias posiciones respecto
a la importancia de la organización política y a su carácter coherente.
Los usos de la organización
Respecto a la organización y sus usos, el Congreso también pronunció
interesantes ponencias. Nuevamente, es Dunois quien se plantea primero
sobre éste particular. Nos dice, cómo ya hemos señalado, que:
"el papel nuestro como anarquistas, es decir quienes pensamos ser la más
avanzada, audaz y libre fracción de este proletariado militante organizado
en los sindicatos, es estar siempre a su lado y combatir las mismas
batallas, confundidos con él"[28]
Aunque el debate se dé solamente en términos sindicales –algo que no es de
extrañar y que debe ser entendido según el momento histórico- nuevamente
creemos necesario insistir en que se desprende implicancias profundas
hacia el conjunto de las organizaciones nacidas en la lucha de los
explotados. No solamente sindicales, sino que organizaciones de todo tipo,
que desde los liceos hasta las poblaciones, tejen resistencias y
esperanzas. Esta vocación de servir al movimiento popular ha de estar
libre de todo exclusivismo y sectarismo; frecuentemente, escuchamos a
quienes no se mezclan con las organizaciones populares porque estas son
"muy burocráticas, muy amarillas, muy reformistas, muy autoritarias, etc."
y parecieran nunca estar "a la altura" de estos iluminados. ¿Es que acaso
los anarquistas somos neutrales y no podemos combatir esas deficiencias?
Desconozco, y creo que jamás ha existido, la organización perfecta, y por
ello la presencia de los anarquistas es necesaria para darles una
orientación libertaria. En 1880, el internacionalista Carlo Cafiero, nos
decía en este sentido que:
"no esperen para participar en un movimiento que éste lleve el sello del
socialismo oficial en él. Todo movimiento popular ya lleva en sí las
semillas del socialismo revolucionario: debemos participar en él para
asegurar que éstas crezcan. Un ideal revolucionario claro y preciso es
solamente formulado por una minoría infinitesimal, y de esperar para
participar en las luchas que éstas se aparezcan exactamente a cómo las
imaginamos en nuestra mente –entonces esperaremos eternamente. No imiten a
los dogmáticos que preguntan por fórmulas antes de cualquier otra cosa: es
el pueblo quien lleva la revolución viviente en el corazón, y debemos
luchar y morir con ellos"[29].
Monatte, en la duodécima sesión, del 29 de agosto, se declara partidario
del mismo espíritu: "Si, en vez de criticar desde arriba los vicios
pasados, presentes o incluso futuros del sindicalismo, los anarquistas se
mezclasen más íntimamente a su acción, ¡los peligros que el sindicalismo
puede encubrir, podrían evitarse para siempre!"[30]
Dunois plantea acertadamente que esta influencia que los anarquistas
puedan ejercer en el movimiento de masas, y que muchos creían que podía
ser ejercida suficientemente por la iniciativa individual, es óptimamente
efectuada sólo mediante la organización: "...si actualmente creemos deber
agruparnos entre camaradas, es, entre otras razones, para conferir a
nuestra actividad sindical el máximo de fuerza y de continuidad. Más
fuertes seamos, y sólo lo seremos agrupándonos, más fuertes también serán
las corrientes de ideas que podamos dirigir en el movimiento obrero."[31]
Dunois describe dos fines para la organización anarquista: el de realizar
la propaganda y de convertirse, eventualmente, en organizaciones de
combate. Para nosotros, el problema no radica fundamentalmente en ninguno
de estos dos aspectos, sino que en los objetivos políticos, radica en la
existencia de un programa que enlace las reivindicaciones del presente con
los objetivos del mañana que persigue el anarquismo. Es esa la cuestión
fundamental a nuestro modo de ver.
La organización: más que métodos y propaganda
El compañero holandés Christian Cornelissen, en una oportuna intervención
en medio del debate del sindicalismo (undécima sesión, 29 de agosto), nos
recuerda los riesgos inherentes al gremialismo puro y nos da a entender la
importancia de la acción de los anarquistas organizados en los sindicatos.
Pero su intervención tiene también el mérito de recordarnos que la
organización anarquista no tiene por objetivo el solamente llevar los
métodos libertarios a las organizaciones populares, sino que también los
objetivos libertarios. Nos recuerda que "el sindicalismo, por una parte,
la acción directa por otra, no son siempre y forzosamente
revolucionarios"[32]. Explica Cornelissen que muchos sindicatos usaron
medios extraparlamentarios y de acción directa para asentar sus propios
privilegios, a veces a expensas de los derechos de las obreras mujeres y
de los inmigrantes. Cita, para ello, numerosos ejemplos de sindicatos de
Europa y EEUU (los tipógrafos de Suiza y Francia, los cortadores de
diamantes de Ámsterdam, etc.).
Por ello, Cornelissen recomienda que “como anarquistas, es nuestro deber
sostener tanto al sindicalismo como a la acción directa, pero bajo una
condición: que sean revolucionarios en su finalidad, que no dejen de
apuntar hacia la transformación de la sociedad actual en una sociedad
comunista y libertaria."[33] Esta advertencia de Cornelissen es sumamente
clara y nosotros no podemos estar en mayor acuerdo con ella: no puede
reducirse al anarquismo solamente a una forma, sino que la cuestión de los
fines es primordial. Frecuentemente, vemos que el rol de los anarquistas
en las luchas o en las organizaciones no va más allá de proponer
mecanismos libertarios para tomar decisiones (asambleas, delegados
revocables, etc.) pero es en los objetivos donde creemos está nuestra
mayor falencia. Puede haber acción directa con fines reaccionarios, puede
haber asambleas sumamente participativas, democráticas, de abajo hacia
arriba... dominadas por la derecha, o incluso, por los fascistas. En fin,
el anarquismo no es solamente una manera de hacer las cosas, sino que
además y sobre todo, un proyecto de sociedad. Fines y medios deben ir
siempre de la mano, tal es la advertencia de Cornelissen.
Para que la influencia de los anarquistas en los objetivos del movimiento
popular pueda ejercerse de manera significativa, es importante el
aterrizar los conceptos o grandes principios del anarquismo a propuestas
concretas que en el presente puedan entregar una orientación a la acción
en lugar de ser puras aspiraciones o declaración de buenas intenciones. El
rol, por tanto, de la organización como un sencillo grupo de propaganda
es, a todas luces, insuficiente para llevar a cabo tal tarea. La
organización política debe hacer más que propaganda. La FdCA italiana
plantea en un documento notable que: "el objetivo de la organización
política anarquista comunista es, por tanto, el mantenerse como parte
integral de la lucha de clases para así radicalizarla y promover la
conciencia referente a sus objetivos finales. La organización no puede
limitarse a realizar la propaganda (propaganda abstracta, sin miramientos
al proletariado), sino que debe descender al nivel de conciencia expresado
por el proletariado en cualquier momento dado para buscar subirle. Para
hacer esto debe producir análisis, estrategias y propuestas creíbles. Sus
miembros deben ganarse la confianza de los trabajadores y distinguirse
como claramente de sus por la claridad de sus ideas y por su habilidad
para promover luchas convincentes que han de ser, si las condiciones lo
permiten, victoriosas"[34].
La organización y el autoritarismo
Una de las críticas que frecuentemente los sectores más individualistas u
hostiles a la organización hacen a los anarco-comunistas, es que toda
organización con estructuras claras, con cargos y con distinción de
responsabilidades, tiende al autoritarismo. Prefieren ellos modelos más
informales de organización, como los colectivos. Ya los sindicalistas, con
Monatte a la cabeza, insistían en que las organizaciones sindicales en que
ellos participaban no tenían nada de autoritarios y que el mandato último
recaía siempre sobre la base sindical. Es un error suponer que una
organización, solamente porque tenga mecanismos fijos para la toma de
decisiones o porque existan cargos con responsabilidades asignadas, está
cayendo en el autoritarismo. Lo importante siempre es el examen de las
dinámicas internas de las organizaciones, que efectivamente haya
participación, que efectivamente los cargos sean mandatados y no estén los
representantes actuando de espaldas a sus bases, que haya democracia
directa y que el poder último de decisión recaiga colectivamente en las
asambleas abiertas en la base.
Pero así como constituye un error el suponer que la organización con
estructuras claras sea más autoritaria que, digamos, un colectivo, es un
error también el suponer que estas organizaciones informales sean más
"libertarias". De hecho, la existencia de reglas, estructuras y cargos
definidos limita las posibilidades de cualquier individuo de hacer y
deshacer a su antojo, y permite reglamentar los mecanismos para la toma de
decisiones para asegurar la máxima participación de todos los miembros
afectados. Si algo hacen las estructuras y las normas claras en una
organización, es precisamente, evitar los excesos que pudieran darse por
parte de miembros puestos en determinada circunstancia, garantizando así
la igualdad de derecho de todos los miembros. Se evita así que, por
ejemplo, el compañero con más labia o con más tiempo disponible tenga un
peso desmesurado en relación a sus otros camaradas, evitando así las
autoridades de facto. En muchos colectivos se aprecia que, a falta de
mecanismos de decisión claros y reposando puramente en relaciones
informales, son unos pocos los que marcan la pauta al resto, lo cual no es
necesariamente algo hecho por mala voluntad o siquiera concientemente,
sino que es algo inherente a las relaciones humanas.
Un militante sindical, Benoit Broutchoux, en la séptima sesión, el 28 de
agosto, plantea acertadamente a este respecto, "Mi experiencia como
militante revolucionario me ha convencido fuertemente que la organización
sigue siendo el medio más eficaz para impedir este fetichismo (ed. el
culto a la personalidad) que se liga demasiado a menudo a la persona de
ciertos agitadores y les confiere una autoridad de hecho, no se puede más
peligrosa."[35]
Como para demostrar que todos los caminos llevan a Roma, es importante
notar que uno de los mejores tratados sobre esta cuestión en particular y
las dinámicas organizativas en general, es un documento que, de hecho,
proviene de la teoría feminista –pero el cual ha sido sumamente influyente
en el desarrollo del anarco-comunismo moderno. Nos referimos al documento
de Jo Freeman "La Tiranía en la Falta de Estructura" ("The Tyranny of
Structurelessness"), el cual se originó en una charla dictada por ella
ante la Unión Austral por los Derechos de las Mujeres, en Beulah,
Mississippi, en mayo de 1970. En éste, la compañera plantea que:
"De esta manera, la falta de estructura se convirtió en una manera de
enmascarar al poder, y en el movimiento de las mujeres es defendida con
mayor frecuencia por quienes tienen más poder (sean o no concientes de su
poder) (...) Para que todas tengan igual oportunidad de involucrarse en un
grupo dado y participar así en sus actividades, las estructuras deben ser
explícitas y no implícitas. Las reglas para la toma de decisiones deben
ser abiertas y disponibles para todas, y esto solamente es posible si se
han hecho formalmente. Esto no quiere decir que la formalización de la
estructura de un grupo destruiría a la estructura informal. Frecuentemente
este no es el caso. Pero impide que la estructura informal tenga un
control predominante y pone a disposición mecanismos para atacarla si la
gente en ella involucrada no son, al menos, responsables con las necesidad
de todo el grupo"[36]
Es, por tanto, un error el suponer que mayores niveles de organización
aumentan el riesgo del autoritarismo; antes bien, lo contrario es cierto.
Menores niveles de organización permiten que tenga un peso mucho mayor el
personalismo, el caudillismo y la autoridad de facto. La organización
libertaria debe ser entendida, a todo momento, como una manera de evitar
que estos problemas emerjan.
La importancia del programa: para que el anarquismo sea proyecto y no
solamente crítica
Otro aspecto que hermana a nuestro anarquismo con el de la fracción obrera
del Congreso, es el énfasis en mantener los pies firmemente asentados en
la realidad –creemos imprescindible el sostener una aproximación
programática al anarquismo, que esta vuelva al estudio de la realidad. Por
mucho tiempo las revistas anarquistas han estado llenas de artículos
filosóficos y han despreciado el análisis político o socio-económico. Es
más, en ocasiones, sectores anarquistas utilizan el mote de "marxista"
como descalificativo hacia quien se aventura en el campo del análisis
político o económico. La falta de conocimiento respecto a la realidad
social y el poco énfasis en su estudio redundan en la repetición monótona
de lugares comunes y en una práctica que, en ocasiones, más bien se
asemeja a dar palos de ciego. La insuficiencia se vuelve la regla y,
consecuentemente, los eventos nos hacen el quite sin que el movimiento
tenga mucho que decir al respecto. Es Dunois quien critica esta tendencia
presente ya hace un siglo:
"Se consideraba que la acción individual, la iniciativa individual bastaba
para todo. Se consideraban como desdeñables el estudio de la economía, de
los fenómenos de la producción y del intercambio, e incluso algunos de los
nuestros negando toda realidad a la lucha de clase, no consentían ver en
la sociedad actual más que antagonismos de opiniones a los cuales la
propaganda consistía precisamente en preparar al individuo." (cuarta
sesión, 27 de agosto)[37].
Pero no solamente es importante el estudio y el conocimiento de nuestra
realidad; es importante que este conocimiento y nuestra experiencia se
conviertan en un proyecto social, en un proyecto popular de transformación
y no solamente en vagas y retóricas declaraciones sobre la libertad. Como
anarquistas, tenemos desde ya que plantearnos cómo solucionar los enormes
problemas sociales en libertad. No para producir bonitas descripciones
utópicas de la sociedad del mañana, ni para ensayar programas de
ingeniería social que imponer al pueblo, sino que para convertir al ideal
libertario en un motor, en ideas fuerzas, en apuestas prácticas para la
transformación social, de las cuales las masas en lucha puedan extraer
lecciones y modelos.
De más está decir que tal programa no se impondrá sobre los programas de
los sectores autoritarios sencillamente por un asunto de superioridad
intrínseca, sino que en la medida en que una fuerza coherente y sólida de
anarquistas sea capaz de defender sus ideas, principios y propuestas en el
seno de las organizaciones populares y al calor de la lucha. En la mayor
parte de las organizaciones populares, y para ser honestos, a la mayor
parte del pueblo, le vale poco o nada si uno es anarquista o cualquier
otra cosa. Lo importante es qué es lo que planteamos frente a los
problemas y necesidades, tanto físicas como morales, apremiantes. Ahí es
donde el anarquismo debe traducirse en propuesta concreta. Tal visión de
un anarquismo programático es visualizada también por Dunois en su
discurso del 27 de agosto, en que señala la insuficiencia de la pura
propaganda o de la pura denuncia sin propuesta concreta de fondo:
"En cuanto protesta abstracta contra las tendencias oportunistas y
autoritarias de la socialdemocracia, el anarquismo ha desempeñado desde
hace veinticinco años un papel considerable. ¿Por qué, en vez de
mantenerse ahí, intentó construir, frente al socialismo parlamentario, una
ideología que le pertenezca? En sus audaces despegues, esta ideología ha
perdido de vista demasiado a menudo el terreno sólido de la realidad y de
la acción práctica y demasiado a menudo también, terminó aterrizando, que
lo quiera o no, en las desoladas riberas del individualismo."[38]
Creemos que de lo que se trata es de insuflar, nuevamente, con ambición a
nuestro anarquismo. Que éste no sea un mero satélite de otras
organizaciones[39], que critica a tal o cual caudillo de izquierda pero
que es incapaz de disputarle influencia en los hechos; que critica a las
burocracias pero es impotente para levantar una alternativa a éstas; que
no se baste con ser la mala conciencia de la izquierda, el anarquismo de
los eternos críticos de la impotencia, de los infalibles, sino un
anarquismo que sea capaz de convertirse a sí mismo en proyecto social. El
camino no es más que el que entrega el estudio y el debate serio, así como
la experiencia práctica y la acumulación de luchas sobre la espalda, las
cuales han de servir como la verdadera escuela del anarquista.
Un Proyecto aún en gestación
Esto fue parte de lo discutido en el Congreso de Amsterdam: hubo temas que
no se discutieron, como la cuestión de la mujer o el problema de la lucha
anticolonial. Ausencias inexcusables ya que el movimiento sufragista
estaba en pleno auge y, ciertamente, una mayor atención del movimiento
anarquista ahí reunido a las cuestiones feministas hubiera podido tener
una influencia positiva sobre el embrionario movimiento de liberación de
las mujeres. De igual manera, recordemos que hacía poco, el movimiento
anarquista internacional había visto la cuestión planteada durante la
revolución cubana de 1898, en que parte del movimiento anarquista se sumó
a la lucha anti-colonialista, y parte se mantuvo al margen. Así mismo,
muchos delegados venían representando al proletariado de notables países
colonialistas como Francia, Bélgica, Italia e Inglaterra, así como
representando a los EEUU, quien recién había emprendido sus aventuras
neocolonialistas en el Caribe (Cuba, Puerto Rico, República Dominicana) y
las Filipinas.
Pero lo que sí se discutió creemos que entrega valiosas lecciones al
presente. No para que hoy repitamos las mismas cosas, las mismas verdades
eternas, como papagayos. Sino más bien para ayudarnos a definir los
elementos fundamentales de una concepción del anarquismo con una vocación
efectivamente revolucionaria. Ahí pues habrá cosas que no cambien, habrá
elementos que den continuidad al pensamiento y a la acción, pero los
cuales deben ser examinados siempre bajo la óptica de nuestra época.
Siendo el primer congreso de esta naturaleza celebrado por los anarquistas
tras largos años (desde el Congreso de Londres de 1881), sirvió para dar
continuidad a la tradición anarquista legada por la experiencia de los
internacionalistas, pero también para evidenciar las posiciones en
conflicto dentro del anarquismo. De una u otra manera, este Congreso
desplazó a los sectores individualistas y puso al anarquismo social en el
tapete, definiendo, de paso, los principios constituyentes del anarquismo
clasista y revolucionario. Lamentablemente, este congreso no llegaría a
mucho en términos de resultados concretos en lo organizativo, y no será
sino hasta 1922 cuando, en Berlín, un nuevo Congreso daría forma a la
anarcosindicalista Asociación Internacional de Trabajadores. En esta
ocasión, al ser un encuentro de delegaciones puramente sindicales, la
cuestión de la organización político-revolucionaria no se tocó, quedando
este tema postergado hasta que en 1926 el grupo Dielo Trouda lanzara su
polémico documento Plataforma Organizativa para una Unión General de
Anarquistas. En esta discusión, vemos que se despertaron muchos de los
fantasmas dormidos desde el Congreso de 1907.
Sea como sea, y aunque los resultados prácticos hayan sido, por decir lo
menos, pobres, el Congreso de Ámsterdam nos legó algo fundamental, que son
las concepciones de ese anarquismo vivo por el cual nosotros siempre
tomaremos partido. Las concepciones de un anarquismo que busca hacerse
carne en el seno del pueblo, con todos sus aciertos y errores. Pues aún
cuando ese anarquismo se equivoque, su error vale más que mil doctrinas de
biblioteca.
José Antonio Gutiérrez Danton
29 de Agosto, 2007
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Bibliografía:
Antonioli, Maurizio:
- "Anarchismo e/o Sindacalismo" (CP Editirice, 1979)
- "Errico Malatesta, Le syndicalisme révolutionnaire et le Congrès
d’Amsterdam" (en "Anarchisme & Syndicalisme: Le Congrès Anarchiste
International d’Amsterdam -1907", Ed. Nautilus/ Ed. Du Monde Libertaire,
1997)
Freeman, Jo:
- "The Tyranny of Structurelessness", en "Quiet Rumours: an
Anarcha-Feminist Reader" ed. AK Press/Dark Star, 2002
Maitron, Jean
- "Le Mouvement Anarchist en France: des origines à 1914" Vol. I, col. Tel
Gallimard, ed. Maspero, 1975.
Arianne Miéville:
- "Entre Anarchisme et Syndicalisme" (en "Anarchisme & Syndicalisme: Le
Congrès Anarchiste International d’Amsterdam -1907", Ed. Nautilus/ Ed. Du
Monde Libertaire, 1997)
Skirda, Alexander:
- "Facing the Enemy: A History of Anarchist Organization from Proudhon to
May 1968" (AK Press, 2002)
VV.AA. (Actas del Congreso de Ámsterdam)
- "Anarchisme & Syndicalisme: Le Congrès Anarchiste International
d’Amsterdam, 1907", Ed. Nautilus/ Ed. Du Monde Libertaire, 1997*
*Las actas del Congreso fueron originalmente publicadas con el nombre de
"Congres anarchiste tenu à Amsterdam, août 1907 (Compte rendu analytique
des seances et resume des rapports sur l’etat du movement dans le monde
entier)", siendo publicadas en París en 1908. La edición citada es una
re-edición de las actas, más dos extensas introducciones. Hay disponible
una traducción al castellano de este documento en la página
www.antorcha.net
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Notas
[1] Hasta entonces, el preámbulo de la IWW planteaba la organización del
proletariado para la lucha en el terreno económico, así como en el
político –entendido esto como que la acción directa y la participación
parlamentarista eran entendidas como tácticas complementarias y no
opuestas.
[2] Los individualistas no jugaron, afortunadamente, un rol más que
marginal en este Congreso.
[3] Y en nuestra opinión quien mejor refleja las ideas que sostenemos
nosotros, anarco-comunistas, sobre las cuestiones en el Congreso tratadas.
[4] VVAA, p.157
[5] VVAA, pp.156-157
[6] VVAA, p.199
[7] VVAA, pp.193-194
[8] De hecho, según Jean Maitron (1975, p.324) Malatesta mismo se aparecía
como "el guardián vigilante de la doctrina anarquista pura".
[9] Nuestra visión no es dogmática: no consideramos las clases sociales
como un dogma, sino que como un hecho fundamental de nuestra sociedad bien
asentado por los hechos. Y si quiere discutirse la existencia o no de
clases, esto debe hacerse de manera empírica, con evidencia, y no con un
mero plumazo retórico.
[10] VVAA, p.196
[11] No hay asunto aquí en ahondar en todas las posibles implicancias de
tal idealismo para definir las clases, pero es interesante hacer notar que
esta clase de idealismo se compara en cierto sentido con el leninismo que,
durante décadas, ha definido a las diferentes corrientes políticas como
proletarias o pequeño burguesas, según su nivel de acuerdo o afinidad con
el Partido Comunista, único partido 100% "proletario" (aunque toda su
dirigencia fuera, en estricto rigor, pequeño, y no tan pequeño, burguesa).
El factor subjetivo, de alguna manera, existiría como determinante del ser
social, del factor objetivo. De ahí, toda su mitología política se basó en
una definición idealista –en base a cuestiones de carácter subjetivo- de
las clases. Malatesta obra con idéntica lógica, pero en sentido diferente:
es por la ideología, por las cuestiones puramente subjetivas que niega las
clases. Así, con esta lógica, el análisis político y social se convierte
en mero travestismo filosófico de espaldas al estudio de los factores
objetivos de la realidad social.
[12] Mención a la bochornosa aventura de Benevento, Italia (5 de abril de
1877), en que Malatesta con un puñado de hombres en armas se tomaron un
pequeño poblado y decretaron el comunismo anárquico... ¡hasta que llegó la
policía y arrestó a los libertadores!
[13] VVAA, pp.200-201
[14] "Yo también, en principio estoy a favor de la organización. Sin
embargo, temo que ésta, un día u otro, caiga en el exclusivismo. Dunois
habló en contra de los excesos del individualismo. Pero estos excesos no
tienen nada que ver con el verdadero individualismo, como tampoco los
excesos del comunismo tienen que ver con el verdadero comunismo. Expuse mi
manera de ver en un informe cuya conclusión es que la organización tiende
siempre, en menor o mayor medida, a absorber la personalidad del
individuo. Ahí está el peligro que hay que prever. Así sólo aceptaría la
organización anarquista con una única condición: que esté basada en el
absoluto respeto de todas las iniciativas individuales y no pueda
obstaculizar el juego ni la evolución de éstas." "El Congreso Anarquista
Internacional se declara a favor del derecho de rebeldía tanto del
individuo como de la masa entera. El Congreso opina que los actos de
rebeldía, sobre todo cuando son dirigidos contra los representantes del
Estado y de la plutocracia, deben ser considerados desde un punto de vista
psicológico. Son los resultados de la profunda impresión hecha sobre la
psicología del individuo por la terrible presión de nuestra injusticia
social. Se podría decir, como regla, que solamente la más noble, más
sensible y más delicada mente está sujeta a profundas impresiones que se
manifiestan por la rebeldía interna y externa. Tomados desde este punto de
vista, los actos de rebeldía pueden ser caracterizados como las
consecuencias sociopsicológicas de un sistema insoportable; y como tales,
estos actos, con sus causas y motivos deben ser entendidos, en lugar de
alabarlos o condenarlos.
Durante los períodos revolucionarios, como en Rusia, el acto de rebeldía
-sin considerar su carácter psicológico- sirve de doble meta: socava la
base misma de la tiranía y levanta el entusiasmo de los tímidos. Éste es
el caso sobre todo, cuando la actividad terrorista está dirigida contra
los más brutales y odiados agentes del despotismo. El Congreso al aceptar
esta resolución, expresa su adhesión al acto individual de rebeldía así
como su solidaridad con la insurrección colectiva."
[15] Que muchas veces poco o nada tenían que ver con los postulados de los
padres del anarquismo revolucionario agrupados en torno a Bakunin en la
Primera Internacional.
[16] VVAA, p.158
[17] VVAA, p.183
[18] VVAA, p.194
[19] La única posición contraria a la pluralidad de las organizaciones
populares (término más preciso que el entonces utilizado de "neutralidad",
que se presta a toda clase de interpretaciones equívocas), fue la vertida
por el delegado argentino Aristide Ceccarelli, quien en la decimotercera
sesión, el 30 de agosto, manifestó la posición de la FORA del V congreso
que planteaba que el sindicato se pronunciaba a favor del comunismo
anárquico. Tal posición, en nuestra opinión, confunde los espacios
políticos de los puramente populares y no aporta a la necesaria unidad del
proletariado en organizaciones de lucha y construcción amplias.
[28] VVAA, p.159
[29] Carlo Cafiero, "L’Action", publicado originalmente en Le Révolte, 25
de diciembre de 1880. Reimpreso en The Raven, número 6, Octubre de 1988,
p.178.
[30] VVAA, p.203
[31] VVAA, p.159
[32] VVAA, p.192
[33] Ibid.
[34] "Anarchist Communists: a Question of Class", 2003.
[35] VVAA, p.170
[36] Jo Freeman, p.55
[37] VVAA, p.156
[38] Ibid
[39] La crítica al resto de la izquierda, si no está acompañada de
práctica, significa poco o nada. Si se critica a los autoritarios sin una
alternativa libertaria, nuestra crítica pesa tanto como una hoja al
viento. Esto es lo que conocemos como la política satelital, aquella que
solamente existe en función de lo que otros hacen o dicen, siendo
incapaces ellos mismos de plantear su propia agenda. Tal actitud satelital
de ciertos anarquistas no solamente gira en torno a otros sectores de
izquierda; hay también quienes se desvelan siguiendo inquisitorialmente
los pasos a los anarquistas que sí tienen práctica para "denunciar" las
desviaciones y traiciones de los "malos anarquistas", sean éstas reales o
imaginarias. Tal actitud no es más que fruto del ocio y como tal ha de ser
ignorada.
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